En algún lugar de nuestro inconciente hay una personita desesperada. Esta personita tiene la necesidad de individualizar experiencias y objetos con palabras. Para ella, nombrar es delimitar. Esto la tranquiliza, ya que acarrea cierto dominio. Para esta personita, llamar “piedra” a la piedra la vuelve, de alguna manera, parte suya. Hemos forzado nuestras cuerdas vocales durante miles de años hasta poder concebir palabras no por una necesidad de comunicarse, sino por el temor a lo innombrable, a lo inalterable, a lo impenetrable.
Esta personita desesperada aparentemente se puso de pie en el inconciente de Amazon woman. –Estoy algo cansada de tener que esconderme así.- me dice, atrás de la máquina de gaseosas que está en el camino a la cocina.
La miro. Es como una jirafa buscando esconderse detrás de un triciclo. Asiento con la cabeza. –Sí, tuvo su emoción por un tiempo pero—
–Pero te quiero besar sin esconderme.- interrumpe.
Levanto la mirada hasta llegar a sus ojos. La panorámica me lleva una media hora. Finalmente, al borde de un calambre en los ojos, cruzo la mirada con ella. Sonreímos. Unos pasos con taco alto, desprolijos y apresurados, vienen hacia la cocina. Amazon woman me tira un beso y vuelve a su escritorio. Me tomo un tiempo antes de hacer lo mismo. Me siento. Me desperezo. Abro el mail anónimo que me creé. Mando desde ahí otra foto de las que saqué con el muñeco de Homero Simpson del Brontosaurio. En esta, Homero está en el fondo de mi pecera. El título de la foto es “Lo que mata es la humedad.” Sutil referencia a la increíble cantidad de sudor que emana del interminable cuerpo del Brontosaurio. Ni bien clickeo para mandarlo, me paro y voy a la cocina. Como para no estar en mi computadora en el momento en el que todos empiecen a recibirlo. Desde la cocina escucho las risas. Espero un minuto o dos. Vuelvo. Una ventanita naranja titila en la barra de herramientas. Me sueno el cuello. No esperaba ver ese nombre ahí. Es el Brontosaurio.
Guevara, Juan [09:54 AM]:
se q sos vos el de las fotos
Rosas, Wilfredo [09:54 AM]:
¿?
Guevara, Juan [09:55 AM]:
si no la cortas cuento a todos lo de vos y amazon
Rosas, Wilfredo [09:55 AM]:
¿?
Guevara, Juan [09:55 AM]:
lo q leiste
Cierra la ventanita. Hago lo mismo. Me paso la mano por el pelo hasta terminar rascando mi nuca. Me sueno el cuello. Abro el mail anónimo. Mando otra foto.
viernes, 19 de octubre de 2007
Personita desesperada.
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Wilfredo Rosas
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10:32
30
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miércoles, 17 de octubre de 2007
Esperar y observar.
Diego, el de seguridad, un cordobés que supo venirse a vivir de Sudáfrica a Barracas –cosas de la globalización–, no lo puede creer. Vine a trabajar tres horas antes. Hoy tengo que irme antes por lo cual cambié horas de sueño por horas de libertad. Curioso, debieran ser lo mismo.
Vine a trabajar entre una galería de porteros baldeando veredas y persianas de negocios cerradas. La ciudad está desierta. La oficina, también. Estas palabras hundiéndose en las teclas es el único sonido que me rodea. Pongo alguna que otra canción de Sparklehorse. Fuerte. Bien fuerte. Me paro. Miro alrededor. Decido aprovechar la ocasión.
Voy hasta el escritorio de Amazon woman. Le dejo el chocolate Jack que a ella tanto le gusta al lado de su teclado. Miro alrededor. Tengo que sembrar alguna venganza, ahora, que nadie me mira. Pero no sé cómo. Me siento un diabético en la fábrica de Willy Wonka. Frunzo el ceño. Creo que la víspera del amor me está nublando la maldad. Diego, el de seguridad, me viene a buscar charla. Le comento mi ofuscación.
–Con el Bronto no te metas.- me aconseja. Lo miro extrañado. Él me ceba un mate y me explica. –La gente habla mientras espera al ascensor como si yo no existiera.
Acepto su explicación a medias. Ya encontraré una manera de meterme con él. Tomo el mate, tranquilo. El sol me pega en la cara a través de la ventana. A veces, no es necesario cosechar maldades. Basta disfrutar que estoy tomando mate, hojeando la nueva Fierro, tranquilo, sin ningún sonido, sin la voz de nadie que detesto ni las canciones de Paulina Rubio que se filtran a través de los auriculares de Paz.
Le pido a Diego las llaves. El cordobés no me hace ni una pregunta. Voy hasta un escritorio. Agarro lo que necesito. Voy hasta otro escritorio. Hago lo mismo. Vuelvo al primero. Termino y vuelvo acá. Diego se ríe y me ceba otro mate.
Será interesante ver cuánto tarda Paz en descubrir que dentro de todas las cajitas de sus CDs de Paulina Rubio hay CDs de Motorhead. No pienso decirle nada al respecto. Y dudo que él conozca a Hernán, a quien tampoco pienso decirle nada al respecto. Porque también será interesante ver cuánto tarda Hernán en darse cuenta que dentro de las cajitas de sus CDs de Motorhead hay CDs de Paulina Rubio. Y no sólo eso, sino un post-it denunciando que mira pornografía en el trabajo. Calculo que será cuestión de esperar y observar.
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8:01
33
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martes, 16 de octubre de 2007
Amazon woman, stay close to me…
Nos juntamos a escondidas en la cocina. Bueno, no sé cuán a escondidas pueda ser teniendo en cuenta que Amazon woman mide cuatro metros. Nos damos un beso amparados por la máquina de café, escuchando si viene alguien hacia la cocina. Siento un temblor titánico. Nuestros labios se separan. Nos miramos a los ojos. –El Bronto.- apenas murmura ella. Inmediatamente centro mi atención en revolver mi café ácido. Ella finge interés en la planilla con los cumpleaños de la oficina.
El Brontosaurio pasa. Me mira. Niega con la cabeza. Sigue de largo. Tenemos que seguir disimulando, de todas formas. Y por algún motivo, por un estratega en huelga dentro de mi cerebro, me pongo a cantar una canción. –Amazon woman, stay away from me… Amazon woman, mama let me be…- y, dándome cuenta que es algo que cantaba antes, burlándome de ella, me detengo. Los mecanismos de nuestra mente son sorprendentes. Lo cual es una manera elegante de decir que nuestra estupidez a veces es sorprendente. Lo cual es una manera cobarde de decir que mi estupidez es sorprendente, y no a veces nomás.
Ella me mira, al borde de una sonrisa. –Es American woman.
–¿Eh?
–No Amazon woman, sino American woman.- corrige, ya sonriendo.
–Ah, no… yo, eh…- balbuceo.
Ella mira hacia la cocina. El Brontosaurio no nos presta atención. Amazon me tira un besito y vuelve a su escritorio. Tomo un trago de mi café mientras la veo irse. –Las boludeces que hacemos en soledad tarde o temprano salen a luz.- me digo. Pronto unos pasos titánicos interrumpen mi pensamiento. El Brontosaurio sale de la cocina. Me mira. Niega con la cabeza.
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23
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lunes, 15 de octubre de 2007
Maquillando rutinas.
Lo de siempre. Al menos, mi siempre. Porque la ciudad que ostenta su burdo cemento me dice, sin la cortesía del pudor, que siempre soy yo el boludo que viene a trabajar un feriado. Que mis amigos están ahora con sus pies en la laguna de Lobos y yo estoy con mis dedos en el rústico plástico del teclado. Me invade un sentimiento de frustración de mi pasado: cuando tenía que ir los sábados a la mañana a las clases de gimnasia del colegio. Me posee la angustia de sentir que vine a trabajar un domingo.
Suelo tomarme mis libertades. Compro una docena de facturas, llego tarde y suelo trabajar menos que de costumbre. Son pequeñeces con las cuales trato de transformar este domingo a la fuerza por domingo a elección. Pero toda rutina tiene su quiebre, incluso cuando esta rutina esté a trasmano del mundo, como en mi caso.
Resumamos. Vine con ánimos de domingo: escuchar música en mi mp3 y jugar jueguitos online –los últimos bastiones de la resistencia en la oficina–. No vine con ánimos para venganzas, protestas, post-it amenazadores ni mucho menos. Pero Pastelito puede volver un domingo en un día de furia. No vino. Cualquiera puede no venir. Pero no Pastelito. No después de haber faltado tres meses por esa excusa de gripe. Una sospecha me recorre la piel. Busco la hoja que tiempo atrás nos dio el teamleader. Esa en la que están nuestros números de teléfono por cualquier emergencia. Yo di uno falso. Pero dudo que Pastelito tenga esa maldad. Lo llamo. No atiende nadie. Cuelgo. O tiene identificador de llamada o no está. Prendo mi mp3. Pretendo olvidarme. Suena Death cab for cutie y por un momento logro despejarme. Pero Paz, el sinvergüenza de Paz, me habla por el IR Communicator. Me comenta que Pastelito no viene. Le dije que sabía, que había escuchado que se tomó el día aunque igual se lo pagaban. Paz no cuestiona. Reproduce. A veces creo que la gente necesita algo de qué hablar, lo que sea, con tal de ocultar el silencio que le es propio. El Brontosaurio no tarda en contactarme.
–Tenemos que hacer algo.- me dice para tomar un trago de Coca Cola- No lo soporto.
Lo miro. Es lógico. Después de todo, con el incidente del muñeco logré enfrentarlos. –El problema es cómo vengarse de él. Le dije a Paz que—
–Con Paz no hablo.- interrumpió- Me comentó que vos le contaste.
Sonrío. –Claro… Quiere hacer el papel de bueno con vos desde la foto.
–Exacto.
Entrecierro los ojos. –¿Pastelito y Paz estarán…?
–¿Unidos en esto?- completa él- Pensé eso. No sé.- me dice para tomar un trago de Coca Cola.
Le muestro la hoja con los teléfonos. –Lo llamé pero no atiende nadie.
–Hijo de puta.
–Hijo de puta.- repito, asintiendo lentamente con la cabeza- Para mí que tiene identificador de llamada. Si es así, sólo hay una cosa por hacer.
El Brontosaurio da un paso hacia mí. Me siento como Mahoma. Cuando la montaña va hacia él, obviamente. –¿Qué?
–Llamarlo desde un locutorio así no reconoce el número.El Brontosaurio agarra la hoja y sale del piso. La oficina tiembla con cada paso que da. Mis pasos son más sutiles. Buscan esconderse, además. Voy hasta la computadora del Brontosaurio. Me meto en mi mail. Bajo la foto del muñeco de Homero Simpson sodomizando a Apu. Se la pongo de fondo de pantalla. Cierro la sesión del mail. Me levanto. Voy a mi computadora. Me pongo los auriculares. Vuelvo a la canción de Death cab for cutie. Miro por la ventana, a la ciudad desnuda. Lindo domingo.
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viernes, 12 de octubre de 2007
Querían guerra y la van a tener
Hoy vine de muy buen humor. El día empezó con todos los ingredientes que considero necesarios para que un hombre simple como yo sea feliz. Dormí lo suficiente. Es más, le robé unos minutos al despertador. Tuve una buena ducha. Viajé cómodo en el subte. Es más, viajé divertido. Me paré entre dos vagones, con un pie en cada uno. Era como estar en una especie de pequeña montaña rusa. Sí, es estúpido, lo sé. Pero cuando uno se siente feliz puede darse el lujo de ser estúpido. Y yo estaba más que contento. Me había preparado un CD con la música que estuve bajando el último mes. A la noche salgo con los chicos de acá que renunciaron y después voy al cine con Amazon woman. Estaba feliz. Es más, estaba ansioso por venir a trabajar. Me iba a pasar la mitad del día escuchando chismes sobre Pastelito y la extraña aparición del muñeco de Homero Simpson y la otra mitad escuchando la música que me grabé. Convenía pasar un tiempo discreto, de todas formas, después del escándalo con la torta. Eso me hacía feliz. Ni siquiera, en la calle, la gente con paraguas –mis enemigos por poética– me podían perturbar. Y de esta manera entré al edificio de mis miserias con una sonrisa. Lo saludé a Diego, el de seguridad, e ingresé al piso. Fue entonces cuando los vi.
Fui caminando hasta ellos con un paso lento. –Hola…- dije, en un tono algo seco.
–¿Qué tal, muchachón?- me respondió el de IT- Ya estamos por terminar.
Dejé mi CD sobre el escritorio. –¿Terminar qué?
Me mira, como confundido. –¿No leíste el mail?- me pregunta mientras ajusta no sé qué tornillo de mi computadora desarmada. Tengo una política. Si recibo un mail en la casilla de la empresa que no va dirigido directamente a mí, no lo leo. Así que fruncí los labios y negué con la cabeza. El de IT clickea algo en una pantalla que nunca antes había visto en mi vida y empieza a armar la computadora de nuevo. –El mail.- repite- De la migración.
Por un momento pienso hacer un chiste al respecto pero veo que saca el CD que estaba adentro y me lo da. Frunzo el ceño. –Esto es tuyo, muchachón.- me dice.
Le quiero preguntar por qué me da un CD que es mío. En cambio, le pregunto sobre la migración. Él junta sus cosas. –Es una política de la empresa, muchachón. No se puede hacer uso del floppy ni del CD. Están deshabilitados.- me dice, para saludarme e irse. Me siento. Esto no puede ser. Es injusto, es absurdo, es ridículo. Como si me castraran sin siquiera pedirme permiso. Es ridículo. Respiro profundamente. Miro el CD que con tanta alegría había grabado. De a poco, esa ingenuidad de haber viajado con un pie en cada vagón, sintiéndome un domador subterráneo, se va esfumando. De a poco, las 18hs no es la hora a la que me voy a ir. Sino el plazo que tengo para vengarme. De a poco el asesinato se despereza entre mis costillas. Convenía pasar un tiempo discreto desde el escándalo de la torta. Pero si quieren guerra la van a tener, entre post-its, mails y demás artículos de oficina.
Golpeo mis pulgares contra la base del teclado. Mi cerebro estruja ideas y posibilidades. La opción me llega inesperada. Reviso las cuarenta fotos que saqué, buscando una en particular. –Suerte que saqué de más.- me digo. Quería usarlas todas juntas después, como en Amelie. Pero el contexto me gritó que usara una, una en particular, ahora.
Creo una casilla de mail anómina. Escribo una oración y mando la foto a la casilla de la recepcionista. Voy a reenviarla a todo el piso desde la casilla de ella pero me freno. Lo miro a Paz. Estuvo demasiado preocupado el último tiempo con el escándalo de Paulina Rubio. Lo que una persona feliz como yo quiere es hacer a otros felices. Voy hasta su escritorio.
Le busco charla. Le digo que estoy cansado de responder los mails de la recepcionista, que no paran de llegar. Él me dice lo mismo. Abre la casilla para contar con indignación la cantidad que ella recibió en esta semana. Ve el nuevo que mandé. Estalla en carcajadas. Finjo hacer lo mismo. Me mira, con maldad. –Eso lo reenvío a todos.- me dice. Copia la foto a su disco rígido. El imbécil lo va a hacer desde su mail. Quiere recibir crédito por haber reenviado ese mail. No se da cuenta que le conviene el anonimato. Voy a detenerlo. Pero me freno. Lo que una persona feliz como yo quiere es hacer a otros felices. Lo dejo.
Me siento en mi computadora. Escucho la cascada de risas. Miro el mail. Ahí está la foto que mandé, con esa oración que se me ocurrió hace un rato. Se lee “Homero protesta por las políticas de la empresa” y abajo está la foto del muñeco de Homero Simpson sodomizando a un muñequito mío de Apu. El Brontosaurio se para al borde de un grito. Paz lo mira y entonces se da cuenta.
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39
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miércoles, 10 de octubre de 2007
Crimen sin castigo.
Nuestro jefe nos mira. A los quince que reemplazamos a la recepcionista, apiñados todos en su oficina. Nos mira y niega con la cabeza, con desprecio. Pero lo sé. Todos nos damos cuenta. Nuestro jefe contiene la sonrisa. Esto lo sobrepasó. Nos tiene que castigar de alguna manera pero esto lo sobrepasó.
El pedido vino prepotente de parte de mi teamleader. Los quince debíamos encargarnos del festejo de hoy. Aparentemente, la empresa hoy cumple seis meses con los hindúes acá. Nos lo informaron hace menos tiempo, pero las cosas suelen ser así. Mi teamleader nos enumeró las tareas. Que debíamos repartirnos para comprar la torta con el logo de la nueva empresa, gaseosas, vasos de plástico y demás giladas. Yo agaché la cabeza y me froté las manos.
No deja de mirarnos. –¿Quién fue?- empieza nuestro jefe. Los quince nos encogemos de hombros en su oficina. Él se pasa la mano por la cabeza. –Si no me dicen quién fue los rajo. A los quince.- amenaza. Es imposible. Sé que es imposible. Por eso lo hice.
Como nadie quería encargarse de las tareas del festejo, nos las tratamos de sacar de encima. Nadie comentaba con nadie. Teníamos un monto estipulado para gastar y eso era todo. Chequeábamos los mails que habíamos mandado a través de la casilla de la recepcionista. Si alguien no había mandado el pedido de las gaseosas, entonces otro lo hacía. Como en un trabajo grupal. Mejor dicho, como en una comunidad sin individualidades ni personalidad. ¿Eso es lo que quieren? Eso es lo que tendrán. Me apuré en mandar el mail del pedido de la torta con el logo a una pastelería. Adjunté el logo y el pedido. Me apuré también en borrar el mail de repuesta diciéndome que la dirección a la cual lo había mandado era incorrecta.
–Esto es inaceptable.- nos dice nuestro jefe. Inaceptable, me repito. Inaceptable es que repartan el trabajo de una persona para ahorrarse un sueldo. Inaceptable es que no nos valoren. Que nos muestren, con total pudor, que en esta empresa no valemos, que somos sólo una extensión de estos escritorios grises. ¿Eso es lo que quieren? Bueno, ahí lo tienen nomás. Nadie recuerda qué pedido para el festejo hizo. Nadie recuerda quién pidió la torta. Somos máquinas. Somos grupo. No somos individuo. Ahí lo tienen. No pueden culpar a nadie. La recepcionista, al fin, tuvo su venganza. Después de todo, fue desde su mail. Corporativamente es ella la responsable.
Le pedí a mi primo que viniera hoy al edificio como si fuera el delivery de la torta. Bajó Paz. Le pagó y subió la torta. No era nada sospechoso ni extravagante. Una torta de chocolate bastante grande con el logo de la empresa arriba. Mi primo después me daría la plata, me dijo por un mensajito de texto. También me dijo que Paz le resultó medio imbécil. Con el dinero no llegué a cubrir lo que gasté haciéndola pero, bueno, pocas veces estuve tan contento de ir a pérdida con algo.
–Esto es más que inaceptable.- repite nuestro jefe. Está acorralado y lo sabe. Y lo sé. No puede hacer nada más que reprocharnos. Esto es crimen sin castigo. Se pasa la mano por el pelo. Intenta relajarse. Afuera de su oficina toda la empresa murmura. Miro a través de su persiana americana. Sin vanagloriarme, pero me siento como un rey pispeando su reino. No son ellos mi reino. No. Me suicidaría si así fuera. Mi reino son los rumores y mentiras que pasan de boca en boca.
Todo empezó hace un rato, con un brindis ridículo con vasos de plástico bajo las mórbidas luces de la oficina. Los hindúes dieron un discurso. Nuestro jefe hizo lo mismo. Los glotones se amontonaron alrededor de mi torta. Mi teamleader tuvo el honor de cortarla. A las pocas porciones se le trabó el cuchillo. No le saqué los ojos de encima. Él, nervioso, intentó por otro lado. Pero al rato le pasó lo mismo. Raspó con el cuchillo. Había algo amarillo adentro. Sólido. Mi jefe se le acercó, intentando salvar la escena frente a los hindúes. Intentó servir por otro costado pero se encontró con la misma dificultad. Con esa habilidad propia de los gatos y los políticos, dijo que era una torta con una sorpresa, pedida especialmente para la ocasión, y le cedió el honor de develar la sorpresa a los hindúes. Se le acercó a nuestro teamleader. –¿Vos pediste una torta con sorpresa, no es cierto?- escuché que le susurraba. Mi teamleader negó con la cabeza. Mi jefe empalideció. Aunque el blanco de su rostro es incomparable cuando, apenas segundos después, los hindúes sacaron de adentro de la torta el muñeco de Homero Simpson del Brontosaurio. La oficina estalló en risas. –Tiene algo escrito en la panza.- dijeron los hindúes, confundidos pero sonrientes pensando que se trataba de un halago local, una tradición que escapaba a su entendimiento. Rasparon el chocolate. Todas las cabezas de la oficina giraron hacia la misma persona. En la panza estaba escrito “Pastelito.”
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lunes, 8 de octubre de 2007
Esto va a ser genial.
Lo miro. Acomoda unos papeles en su escritorio y mira alrededor, con la expresión de una estatua perdida en la mitad del desierto, enterrada a medias por la arena. Con esa misma actitud indistinta, ridícula, cubierta su mármol caradura por el ignoro que sufre en esta oficina, está Pastelito. Acomoda unos papeles. Descubre su tarjeta de cumpleaños. Sonríe. La tira al tacho de la basura.
El sinvergüenza.
Estaba esperando un momento más oportuno. Pero decido adelantar la venganza. Busco una orden que Pastelito haya trabajado y redacto una serie de mails, escalando un aparente error en la misma. Un cliente fuera de servicio. Y todos, los peces más gordos de esta empresa, los nombres lo suficientemente conocidos como para nunca querer verlos en mail que hable sobre nosotros, todos ellos, individualizando un error que hizo Pastelito. Finalmente, desde el mail de la recepcionista le reenvío la cadena de mails a Pastelito.
Me paro y voy a hablar con Gutiérrez. La conversación es agónica. No sé de qué hablarle. Casi se me escapa que en el fin de semana me vi con Amazon woman. Pero la angustia discursiva vale la pena. Pastelito empalidece. Abre cincuenta programas a la vez. Revisa todo. Relee el mail. Imprime el mail y lo clava con una chinche sobre una de las paredes de su escritorio. Mira a la orden y mira al mail. Se agarra la cabeza.
Es el momento. Lo dejo a Gutiérrez. Vuelvo a mi computadora. A través del usuario de la recepcionista entro en la orden de Pastelito. Me meto en los comentarios de la misma. Tipeo “Lerolero… ¡Cómo te la creíste, Pastelún!”
Me paro. Voy hasta lo de Paz. Se saca los auriculares que vomitan una canción de Paulina Rubio. Este muchacho tiene severos problemas. Pero no necesito hablar para espiarlo a Pastelito. Sólo necesito fingir que lo escucho. Paz me cuenta sobre el embrollo del muñeco robado de Homero Simpson. Que el Brontosaurio no deja de recibir post-it anónimos sobre el asunto. Que está a punto de un ataque de nervios. Y entonces lo veo. A Pastelito. Abre los comentarios de nuevo. Lee mi comentario. Se rasca la nuca. Lo vuelve a leer. Mira alrededor. Se rasca la nuca. De vuelta, esa expresión de una estatua enterrada en el desierto. Sus músculos faciales se pelean para exhibir desconsuelo, abandono e impotencia. Pero sólo logran mostrar una expresión estúpida. La cara de Pastelito. Se para. Va hasta lo de mi jefe.
Lo dejo a Paz hablando sobre el muñeco de Homero Simpson que está en el fondo de mi pecera. Me siento, reconfortado en el anonimato de mi venganza. Viene mi teamleader. Me dice que la empresa hindú cumple acá no sé cuánto tiempo y que entre los que reemplazamos a la recepcionista nos tenemos que encargar de los preparativos del festejo. Asiento con la cabeza. Espero que se vaya antes de permitirme sonreír.
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viernes, 5 de octubre de 2007
Cosechando en silencio.
Tuve que cambiar mi rutina para venir al trabajo. Peor no importa. Me lo traté de tomar con calma.
Llegué una hora tarde. Una hora y siete minutos, especificó mi teamleader. –¿Qué clase de ejemplo le estás dando a los hindúes?- me critica.
Lo miro. –No conozco su cultura. Quizá la impuntualidad allá es respetada.- acoto.
Él no ríe. Ni siquiera sonríe. En cambio, anota algo en su libreta. Siempre hace lo mismo. Como si hiciera algo con eso. Estoy seguro que, cuando nadie lo mira, tira esas hojas. Es más, me propongo demostrarlo en el futuro. Pero hoy llegué tarde y tengo que ponerme al tanto. No con el trabajo, no. Con lo que he venido cosechando en silencio.
Paz se saca los auriculares cuando ve que nuestro teamleader se retira. –¿Te enteraste?- empieza Paz. El bueno y rumorístico Paz. Su vida en esta oficina depende de las vidas ajenas. –Van a hacer una auditoria de las cámaras de vigilancia.
Odio ser el que genera los rumores y el último en enterarse. Pero, de todas formas, finjo sorpresa. –¿Por?
Paz se arrima. –Aparentemente, nuestro jefe se quedó acá en el simulacro de incendio. Diego, el de seguridad, lo acusa de—
–La desaparición del muñeco de Homero Simpson. Sí, lo sé. El Brontosaurio se la pasó hablando de eso.
Paz niega con la cabeza. –En estas semanas desaparecieron tickets restaurant y un mp3.
Eso sí que no lo sabía. –No creo que haya sido él quien—
–Por algún motivo no quiere que se revisen las filmaciones junto con los de seguridad y nuestro senior manager, como debe ser.- interrumpe Paz. Asiente con la cabeza, con el ceño fruncido, como quien está frente a un misterio. Vuelve a su asiento. Se pone los auriculares y tararea desprolijamente un tema de Paulina Rubio.
Miro a la cámara. Agarro un post-it. Escribo. Escribo con la zurda, por las dudas. La letra queda irreconocible. Me paro. No está en su escritorio. Voy hasta allá, con una botellita de agua vacía en una mano y el post-it en la otra. Levanto la botella y la agito en el aire, como para evidenciar que estoy yendo a la cocina a llenarla. Miro alrededor. No hay nadie. Dejo el post-it sobre el escritorio del Brontosaurio. Sigo de largo.
Cuando vuelvo de la cocina, un murmullo se entremezcla con el sonido de los teclados. Me siento. Paz se me acerca. –¿Viste?- empieza. Niego con la cabeza, aunque sé lo que me va a decir. Se me acerca. –Alguien puso un post-it en el escritorio del Brontosaurio.
–¿Y?
–El post-it decía que alguien de esta empresa tenía su muñeco. Y que no se preocupe, que pronto se lo iba a devolver.
Sonrío. –No te lo puede creer.- digo. Tomo un sorbo de mi botellita de agua. Me desperezo. Miro por la ventana. Es viernes. Supongo que voy a disfrutar del fin de semana, con el regocijo de aquel que estuvo calladamente esparciendo kerosén y ahora todo depende de cuándo se le antoje prender un fósforo.
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miércoles, 3 de octubre de 2007
Finalmente
Lo veo a Diego, el de seguridad, venir hacia mí. Directamente hacia mí. Supongo que o tengo una entrega esperándome en planta baja o viene a preguntarme. Al fin, después de una semana. No puedo creer que haya tardado tanto.
–Wilfredito…- me dice. Le encanta llamarme así.
Lo miro. –Dieguito.- le contesto- ¿Qué hacés por acá? ¿Me vas a cachear?
Sonríe. –Te gustaría, ¿eh? Pero no. Necesito hacerte una pregunta.
Frunzo los labios, para denotar confusión. Giro hacia él, dándole la espalda a mi monitor, para expresar interés. Levanto las cejas, para invitarlo a un diálogo. Me rasco la nuca, para rascarme, ya que me pica. –Sí, decime.
–Me contaron que sos el brigadista—
–Del piso, sí.- interrumpo- ¿Vos también me venís a joder por eso?
–No.- apenas dice. Tiene un chiste escondido tras sus labios, me doy cuenta, pero por algún motivo finge seriedad. Tal vez porque se acerca la pregunta. –Quería saber- continúa él, con un tono resignado- si cuando bajaste en el simulacro de casualidad viste el muñeco de Homero Simpson en el escritorio de—
–Del Brontosaurio.- interrumpo.
Él frunce los labios. Lo llama por su nombre real. Creo que para darle más seriedad a todo esto. –Entonces lo viste.
–Creo. La verdad, no estoy muy seguro. Pero me parece que sí. ¿Por?
Se suena el cuello. –Mirá, entre vos y yo, es un muñeco y nada más. Él dice que vale no sé cuánto. La cuestión es que no deja de insistir. Dice que hay hurtos en la oficina. Hurtos, sí, lo dice con esa palabra. Y me está volviendo loco.
–Ese tipo puede volver loco a cualquiera.
Asiente con la cabeza. –Entonces fuiste vos el último que viste al muñeco.
Finalmente. –Bueno…- digo, fingiendo cierta duda- El último en el piso fue nuestro jefe.
Adopta una expresión seria. Esta vez me doy vuenta que no es actuada. –No podía quedar nadie acá.
Me encogí de hombros. –Se lo dije.
Anota algo en su libreta. Presiona fuertemente sus mandíbulas. El hunt de la recepcionista suena en mi escritorio. –Atendé.- me dice y va hasta la oficina de nuestro jefe. Miro al hunt. Me pongo los auriculares para escuchar algo de Pearl Jam y empiezo una nueva partida del solitario.
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29
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lunes, 1 de octubre de 2007
Lunes angustiante
Hubo dos entrevistas para reemplazar a la recepcionista y se suspendió la búsqueda. Los avisos se retiraron del diario y cesaron los mails de RRHH que pedían recomendadas.
Todo porque los hindúes quisieron probar algo. Y mi jefe, gustoso, les concedió la oportunidad. Por más que sea ineficaz laboralmente. Y por más que sea injusta, angustiante y destrozadora moralmente.
A los hindúes se les ocurrió, para ahorrarse un sueldo, distribuir las responsabilidades de la recepcionista entre varios de nosotros.
Pusieron un hunt para que nos turnemos en atender las llamadas entrantes y una cuenta de mail única a la que accedemos para responder los mails laborales que ella recibía. Además, a regañadientes, nos vemos obligados a cumplir una serie de obligaciones, como la de ser el cadete de nuestro jefe y conseguir y distribuir artículos de oficina. A propósito, es sorprendente la cantidad de clips para papeles que pide Gutiérrez. Lo estuve observando estos días y nunca lo vi usar uno. Al menos, no en el trabajo.
Todos nos rehusamos a desempeñar estas tareas. En especial, atender las llamadas del hunt.
Por ahí es porque no queremos que nos den trabajo extra. Quizás es porque lo vemos como tacañerismo de unos hindúes que vienen de sus lujosos lofts a trabajar en autos último modelo. O tal vez es porque, en el fondo, necesitamos creer que nosotros, ya idos, vamos a ser reemplazados. Que cuando las pocas encarnaciones de personalidad que podemos traer acá –fotos, calcomanías, dibujos y algún que otro muñequito– sean arrancadas no quedará únicamente el gris de los escritorios. Que aquel dibujito de un elefante con galera que hice en la puerta del baño no será borrado. Que la angustia de vernos atragantados con esta rutina, enfrentados con nuestra pequeñez, no será en vano. Que lo único que va a perdurar no es esta empresa absurda. Tan fácilmente desmontable, por cierto. Que las jodas que nos hacemos a diario, que nuestras proezas y miserias serán comentadas al lado de la máquina del café cuando ya nos hayamos ido. Que, simplemente, no vamos a desaparecer. Quiero creer eso. Lo necesito creer. Pero el teléfono del hunt suena y tengo que atender.
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9:53
42
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viernes, 28 de septiembre de 2007
De todas formas
Creo que me demoré en el post de hoy porque no tenía ganas de escribirlo. Quizás porque escribirlo es aceptarlo. Y la verdad es que fui un estúpido. Me angustié pensando en lo que había pasado en aquella media hora entre mi jefe y la recepcionista.
Gutiérrez lanza el diario sobre mi escritorio. Lo miro. Él frunce los labios. Ya me había pasado el link, a mí y a toda la oficina. Pero creo que verlo sobre papel, materializado, es una forma de anclarlo. De lidiar contra la contundencia de lo real.
Me angustié, en serio. Pensé que la recepcionista me había delatado, que había complotado con mi jefe. Fui un estúpido, dije. ¿Cómo pude haber pensado eso de ella?
–¿Viste?- me arrima Gutiérrez. Pispeo al diario. Lo marcó con un círculo en una lapicera. Asiento con la cabeza y se lo devuelvo. Se lo lleva bajo el brazo y va a mostrárselo al siguiente. Lo sigo con la mirada. Creo que lo hace porque, en el fondo, le indigna. Se siente en la mitad de un proceso maquinal, de engranajes y repuestos. Y eso, en el fondo, lo aterra.
Hablé con ella por MSN. Ayer. Le dije. Le dije que me partió el pecho a la mitad no poderla ver después de la reunión. Que fue todo tan rápido. Un portazo. Un murmullo. Y su asiento vacío al día siguiente. Y, también al día siguiente, el aviso en el diario para reemplazarla.
Gutiérrez le muestra el diario a Pastelito. Pastelito dice que la turra se llevó no sé cuánto de indemnización. Sinvergüenza. Con su infantilidad de mostrarle al jefe esa tarjeta de cumpleaños castró a esta oficina de una de las pocas cosas que me hacían sobrevivirla. De alguna manera la va a pagar. Y la va a pagar caro.
Se lo dije. A ella. Que Pastelito iba a pagar. Se lo dije por MSN. Le encantó la idea. Con la excusa de juntar ingenios y maldades para este propósito la invité a mi departamento. Aceptó sin titubeos. Vino ayer a la noche. El pecho me dolía por los insobrevivibles golpes que mi corazón daba. Eran las angustias y los deseos de tres años latiendo en la posibilidad que ofrecía cada instante. Fue una de las cosas más maravillosas para contar que me pasó en el último tiempo. De todas formas, ella me pidió que no contara. Y un caballero cumple con su palabra.
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miércoles, 26 de septiembre de 2007
La incertidumbre.
Van cinco minutos ya.
El lunes mismo fue. Me le adelanté. La invité a ir a fumar abajo. Ninguno de los dos fuma pero esa es nuestra excusa para escapar un poco de ese sonido a cascada plástica de los teclados y de las luces enfermizas de la oficina. Es nuestra excusa para hablar sin ser vistos.
Van diez minutos ya.
–Mirá, ¿leíste el blog?- me le adelanté mientras fingía fumar.
La recepcionista frunció la nariz. –Todavía no. ¿Algo interesante sobre el simulacro de hoy?
Respiré profundo, la miré a los ojos y con el pecho desgarrado le dije la verdad.
Van quince minutos ya. Paz, que se sienta un poco más cerca, me dijo que escuchó un grito.
Le dije la verdad. Que no sabía si contarle. Que nuestro jefe aprovechó que no había nadie en la oficina para hurgar buscando en cada papel la misma caligrafía del comentario en la tarjeta de Pastelito. Ese comentario que lo defenestraba. Que había cosas escritas por ella en su escritorio. Que no pude sacarlas.
Voy hasta lo de Paz y no escucho ningún grito. Vuelvo a sentarme. Miro el reloj de mi monitor. Van veinte minutos.
Pobre. Se pasó el lunes y el martes atragantándose con lo que podría venir. Porque la angustia frente a una incertidumbre es peor que la angustia frente a una fatalidad. La fatalidad es concreta. Se lidia con ella y listo. Pero la incertidumbre pudre la mente, vuelve de nuestro pecho un abanico de ansiedades.
Veinticinco minutos. Me paro. Voy hasta lo del Brontosaurio. Alguna excusa para hablarle se me va a ocurrir. Necesito estar ahí parado. Necesito pispear a través de la persiana americana de la oficina de mi jefe. Necesito verla.
La llamó. El sinvergüenza de nuestro jefe la llamó. Hace veinticinco minutos. Treinta ya. Y nada. Desde lo del Brontosaurio no se ve nada. Finjo interés en su diálogo sobre las fiestas electrónicas. Necesito encontrar una manera de justificar mi presencia ahí. Esta incertidumbre me está matando. Me paso la mano por la cara para terminar rascándome la nuca, nervioso. Tengo que tranquilizarme. Pensar con racionalidad. Se me ocurre generar un problema de trabajo, un issue con algún cliente, como para justificar mi irrupción en su oficina y así ver lo que está pasando. Pero no. El picaporte de la puerta se mueve. La puerta se abre. Ella sale.
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lunes, 24 de septiembre de 2007
El momento perfecto.
Llega el momento. Todo el fin de semana masticando posibilidades y contemplando imprevistos. Todo el fin de semana tejiendo redes de mentiras y zurciendo una media que se me rompió. Porque me las va a pagar. Cueste lo que cueste, el sinvergüenza de mi teamleader me las va a pagar por haberme designado brigadista del piso.
Me entero que el simulacro de incendio va a hacerse en cinco minutos. Tengo tiempo para jugar otra partida al solitario online. Por el rabillo del ojo veo venir a mi teamleader. Minimizo.
–Me imagino que te habrás empapado con lo que tenés que hacer ahora.- me dice, mordiéndose los labios para no reír.
Respiro profundo. –Nadie me dijo nada.- retruco.
–Te di los manuales. No empieces de nuevo.- llorisquea.
Lo miro. Domino mi instinto. Demasiada planificación para que un arrebato la venga a echar a perder. –Quedate tranquilo.- contengo finalmente. Es cuestión de esperar el momento perfecto.
Arranca la alarma. Me paro, desganado. El chaleco naranja late sobre mi escritorio, como una broma de mal gusto, como un intento ya obsceno de esta oficina por quebrarme. Me lo pongo. Y, sí, me llueven las bromas. De todos. De Paz, Pastelito, del Brontosaurio y de Gutiérrez. Todos. Me paro frente a la puerta. Odio lo que estoy haciendo y actúo exactamente eso. Necesito que se den cuenta. Lo necesito para mi plan. Cuento los que bajan por la escalera. Paz y el Brontosaurio me dicen números aleatorios para despistarme. Amazon woman pasa a mi lado. Sonríe. –Estás tan desconcertado como cuando te pegué ese post-it en el monitor.- me confesa, para perderse en la multitud. Bueno, no sé si perderse es la palabra correcta. Con su altura sería como una jirafa perdiéndose entre pingüinos.
No llego a contestarle. Turra. Fue ella la del post-it de los teléfonos. Claro. Me observaba desde arriba, como el ojo de Sauron. Estuvo esperando el momento perfecto para decírmelo, dejándome atragantado con la respuesta. Nunca me di cuenta. Sonrío. Conozco de memoria los pliegues de su carne pero no los de su tinta.
Finalmente todos bajan. El momento perfecto. Miro alrededor. Sólo queda mi jefe. Necesito que se vaya. Más allá del simulacro. Voy a buscarlo. Le pido que baje. Niega lentamente con la cabeza. Me muestra la tarjeta del cumpleaños de Pastelito. Empalidezco.
–Vos bajá.- me dice- Voy a ir buscando escritorio por escritorio hasta que encuentre la letra del hijo de puta que escribió esta dedicatoria.
Lo miro. Está loco. Y me está arruinando el plan. Tengo que sacarlo de ahí. Y tengo que sacar cualquier papel escrito por la recepcionista del escritorio de ella. –Yo te ayudo.- balbuceo.
Niega con la cabeza. –Bajá, por favor.- me dice.
La excusa me surge estúpida pero única. –Como brigadista necesito que—
–Bajá, por favor.- repite.
Voy hasta la salida. Me detengo en la recepción. Hay varios papeles escritos al alcance de la vista. Miro de reojo a la oficina de mi jefe. Me está observando. No puedo manotearlos. Un cosquilleo me recorre. Con la mano insiste para que me vaya. No sé qué hacer. Mi cuerpo grita una cosa. Mi mente dice otra. Y él me sigue mirando. Finalmente bajo, y mis pasos retumban por toda la escalera. El sinvergüenza estuvo esperando el momento perfecto.
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viernes, 21 de septiembre de 2007
Lo que faltaba.
No les basta con hacerme atragantar con números sin sentido. No les alcanza con rodearme de armas biológicas como Gutiérrez, Paz o el castigo metafísico que es Pastelito. No. No es suficiente. Aparentemente, tiene que venir mi teamleader, comunicarme que ahora soy uno de los brigadistas del piso y yo lo tengo que aceptar. Lo miro, desconcertado. El frunce los labios como quien oculta una carcajada. El muy sinvergüenza. Me la está devolviendo. Así de sencillo. Me la está devolviendo por lo que le hice con el Access. Se tomó su buen tiempo pero la hizo de película. La verdad, que la hizo bien. Aplaudible.
Me sueno el cuello. –Escuchame…- empiezo, entre resignado y esperanzado- ¿Hay alguna manera de que sea otro el que—
Niega con la cabeza. –Sos el más apto.- interrumpe. Y se le escapa. Al sinvergüenza se le escapa. Una sonrisa, digo.
El más apto. Dijo una estupidez como motivo sólo para hacerme saber que esto es algo estrictamente personal. Me echo hacia atrás. Lo miro. Quiero pasarle el cable del mouse alrededor del cuello y encastrar el mouse en una de las salidas del aire acondicionado. Entonces, mientras él ahorcándose se balancea hacia su muerte, bajarle los pantalones y comparar su miembro con su celular para darme cuenta de muchas cosas. Pero sólo toso.
–Brigadista del piso.- repito.
–Brigadista.- reitera, lento, como si lo saboreara, para irse con ese caminar rotundamente amanerado.
Me paso la mano por el pelo para terminar rascándome la nuca, nervioso. Respiro profundo. Me digo que no estaré acá para el próximo simulacro de incendio. O que, al menos, faltará un buen tiempo. Siguen sin responderme un CV, después de todo.
Mi teamleader vuelve. Arroja una linterna, un chaleco naranja y un manual sobre mi escritorio. Me sonríe.
–Preparate.- me dice- Hay un simulacro el lunes.
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miércoles, 19 de septiembre de 2007
Como chicos en el colegio.
Nos llaman a una reunión en una sala que hay en el subsuelo. Aprovecho la distracción general para dejarle otro ñoqui en el escritorio de Pastelito. Bajamos. Amazon woman me sonríe con una rapidez y ternura entrañable. Me dice, por lo bajo –que para ella por lo bajo es a los dos metros y medio– que quiere ir a ver Inland empire conmigo. Asiento y nos perdemos en la multitud. Aunque nunca dejamos de mirarnos. A escondidas. Como un juego. Como una necesidad.
Llegamos al subsuelo. Me siento en el fondo. No sé de qué será pero es sobre la empresa y eso ya me basta para saber que no me interesa. Sólo quiero pasar desapercibido. Miro alrededor. Delante de nosotros hay un hindú.
Nadie dice nada. Silencio, y algún que otro bostezo. El hindú nos mira sonriente. Alguien susurra “Apu” y dos risas contenidas se pierden entre el murmullo del aire acondicionado y las miradas censuradoras de los jefes. Cuando todos finalmente nos sentamos, el hindú comienza a hablar en inglés. Sobre el cambio de empresa y lo que eso conlleva. Al menos, eso creo. No entiendo lo que dice. El hombre no habla como si tuviera una papa en la boca, no, habla como si en la boca tuviera una ensalada de papas y dos prostitutas muertas. Ni una palabra le entiendo. Miro alrededor, desesperado. Algunos asienten con la cabeza, con actuada comprensión, tras cada pausa que hace el hombre. Otros se miran los zapatos. Un par dragan al lugar con la mirada para individualizar a la mujer más bonita de la empresa. O su escote, al menos.
El hindú sigue y sigue. No me referiré a él por su nombre. No por miedo a ser despedido sino porque, en la lectura rápida que un blog supone, temo que se crucen con semejante nombre y terminen miopes. Dieciséis consonantes y siete vocales. Las conté, ahí, escritas en fibrón en una pizarra blanca.
Vuelvo a mirar alrededor. El hombre incita a que le preguntemos algo. Un susurro sugiere preguntarle cómo es trabajar con Homero Simpson. Algún oficinista anémico ancla el chiste, reiterando el nombre “Apu.” Pastelito levanta la mano. Como en el colegio. Empieza sobre relaciones humanas en la empresa y la falta de control de recursos humanos. Un murmullo recorre al lugar. Lo quieren linchar, lo sé. Aprovecho la distracción y saco el celular, a escondidas. Bloqueo mi número. Disco el número de Pastelito. Le suena en la mitad de la respuesta. Se apura a apagarlo. Interesante, el rojo tomate que ahora lucen sus mejillas combina con el verde pastel de su sweater. Pastelito se sienta y quiere que la tierra lo trague y lo escupa del otro lado. Quizá de un lado en el cual las gripes en verdad duren tres meses y su descarada mentira pase desapercibida.
Paz levanta su mano. Otra vez, como en el colegio. Quítenle la corbata a un oficinista anémico y tendrán un niño. Incluso yo, acá, sentado en el fondo. Paz empieza a preguntar sobre las posibilidades de crecer en la compañía. Empieza, digo, ya que no lo voy a dejar terminar. Saco mi celular y el ringtone de no sé qué canción de Paulina Rubio invade a la sala, y a la tranquilidad de nuestros jefes. Paz manotea sus bolsillos, desesperado.
Nuestro teamleader, en un acto rotundo de prepotencia, pasa por encima de su autoridad y le pide a toda la empresa que por favor apaguen sus celulares. Finjo obedecerlo. Antes de apagarlo disco su número. Un tema de Madonna irrumpe en su pantalón. La empresa estalla en susurros. Las palabras “puto” y “reprimido” recorren a cada centímetro del lugar. El hindú tose. Bromea algo sobre los repentinos llamados. Al menos eso creo ya que sigo sin entenderle una palabra. Da por finalizada la reunión, vaticinando otras en la brevedad. Protestamos por lo bajo, como chicos en el colegio. Sólo faltan avioncitos de papel y rimas indecorosas con los apellidos de los ahí presentes. Salvo del hindú, que seguro zafaba. El que pudiera armar una rima con semejante apellido, jocosa o no, merecería una montaña de lingotes de oro. Y vida eterna.
Volvemos a la oficina. Demoro mi regreso. La recepcionista bromea sobre los comentarios agresivos que recibió en el blog. Me acompaña a la computadora para señalarme uno en particular. Me detengo antes de llegar ahí. No puede ser. Otro post-it pegado en mi monitor. Lo agarro, con una lentitud casi teatral. La miro a ella, sin entender. Imposible que lo haya escrito ella. Al menos, no este. No puede ser. Lo leo. Ruego que no pueda ser. Lo dejo sobre el escritorio y me desplomo sobre la silla. Justo cuando pensé que ya había zafado. Ella me mira, confundida. Lo agarra del escritorio. –Podés bloquear los números pero no los ojos.- lee.
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51
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