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jueves, 25 de junio de 2009

Conversación en la cocina de la oficina

Hay dos clases de persona. La que le gusta Two and a half men y la que no.
Yo nunca la vi.
No sos una persona entonces.
¿Sabés que a mí nunca me cerró esa serie?
¿No? A mi me encanta.
¿Qué te encanta? Los diálogos son una porquería. Los personajes, también. Siempre pasa lo mismo. Encima, no sé, pero sos mina.
¿Qué?
¿Que cómo siendo mujer te puede gustar?
¿Por qué no me puede gustar?
Peren, peren que yo nunca la vi, che. ¿De qué trata?
De un pelotudazo solterón que se la cree que se pasa correteando minas mientras un hermano medio neurótico y pelotudo se queda con su hijo gordo y más pelotudo en su mansión, junto a una mucama aún más gorda y más pelotuda.
Pará, pará… Tampoco es tan así.
Es así. Y lo único que hace es decir que las minas o son putas o son mal cogidas o son gordas monstruosas. Es decir, o tienen sexo o no tienen sexo o no pueden tener sexo. Y vos, siendo mina, te parece que está buena la serie.
Me gusta mucho, sí.
Te gusta el personaje de Charlie.
Pará, pará… ¿Quién es Charlie?
El solterón este que te decía. Ah, ¿ese que andaba correteando minas? ¿Te gusta ese?
Sí, me gusta.
Tenés problemas con tu papá, ¿no?
¿De qué hablás?
Como diría Charlie cuando ve una mina más fácil que el resto de las minas fáciles con las que se acuesta, tenés daddy issues.
Epa, bien que te sabés lo que dice el tipo como para odiar la serie.
Es que la miro a veces.
¿Para qué? Si la odiás.
No sé como explicarlo… Es como tomar un café y mirar a este lugar.

viernes, 12 de junio de 2009

El descaro

La música suena, y es una música hermosa. Delicada, sutil. Evoca un paisaje imposible y hermoso, y una mujer en ese paisaje, imposible y hermosa ella también. Y sugiere mis brazos alrededor de ella, parado detrás. Propone un vaivén, leve, acompañando el abrazo. Propone esa vastedad que sólo puede habitar en los deseos o, sin dudas, en cualquier otro lugar que no sea una estación de subte. Giro hacia el televisor que cuelga en lo alto mientras los vagones vuelven a reptar hacia la oscuridad. Giro con la intención de capturar algo de ese abrazo suspendido en una perpetua felicidad antes de sentarme en un piso gris de un edificio gris. Y ahí veo a qué pertenecía la música. Una propaganda de Kirchner y Scioli.

lunes, 1 de junio de 2009

Abismo bajo los pies

Sal sobre los labios. Y abismo bajo los pies.

–¿447? Hay que jugarle.

Inmensidad. Inmensidad por todos lados.

–Claro. La noticia ahora subió de rango porque hay un argentino.

El chapoteo apuñalando el silencio. El sol apuñalando la mirada. Los ojos entrecerrados.

–Te apuesto que fue por culpa del argentino, que se afanó el pararrayos.

Sal en los labios, en la boca y en los ojos. Abismo bajo los pies.

–No tienen pararrayos los aviones.

Una bestia se retrae y hunde debajo, arrastrando trozos de metal y plástico y cables y vida y gente que nada hacia arriba con la oscuridad aferrada a sus tobillos.

–Sí que tienen. Pero igual si te da un rayo cagaste fuego. Es así.

Silencio. Sólo puede oír su propia respiración y los latidos de su corazón. Si hunde sus oídos bajo el agua le parece escuchar algo retorcerse. Y gritos. Intenta no hundirlos.

–Fue un rayo láser. Jeje. Te faltó la otra mitad de la noticia.

Su grito apuñala el silencio. Nadie responde.

–Mirá si los encuentran y los tipos estaban en una isla paradisíaca lo más panchos.

Quiere elevarse para ver mejor. Para discernir algo. No puede.

–O en Lost. Boludo, es Lost.

No ve horizonte. No ve nadie de quién sostenerse. No ve nada.

–A mí no me cierra lo que dicen los diarios. Si hay una tormenta el avión no se mete. Tienen un radar metereológico que pueden saber qué pasa media hora para adelante.

Sal en los labios, en la boca y en los ojos. Abismo bajo los pies.

–No te hagas el que sabe. Cortala con Google, vos.

Teme que alguna criatura desde abajo lo devore y no verla venir ni poder huir.

–No. No Google. Bing, el nuevo.

Vuelve a gritar. Nadie responde. Cierra los ojos. La sal le irrita la mirada. Sólo el sonido de su corazón y de su respiración en la inmensidad.

–Uy, no me metí. ¿Bing es el de Microsoft, no? Porque ya Google me estaba aburriendo.

Quedarse ahí o nadar. ¿Pero hacia dónde?

–El que está bueno ese de nombre complicado. Welfram algo. Welfram beta. Algo así. ¿Cómo era? Pará, pará que lo Googleo.

La imposibilidad de elevarse no le permite ver costa alguna. Teme, de todas maneras, lograr elevarse y no ver ningún horizonte más que océano.

–¿Ves? ¿Ves lo que te digo? Si lo tenés que Googlear no es bueno. Google es la ley, che.

Vuelve a gritar.

–Wolfram Alpha. Acá está.

Nadie responde.

–Para mí que a Google no lo destronan. Google va a ser el nuevo Imperio Romano.

Decide empezar a nadar. Siguiendo al sol. Sus oídos se hunden. Escucha algo retorcerse y gritos y golpes abajo. Es mi imaginación, se dice.

–¿Qué decís, man? Si Google fuera el nuevo Imperio Romano, Nostradamus lo hubiera dicho.

Intenta mantener su cabeza sobre el agua pero no puede y los gritos y los golpes y el avión retorciéndose en lo profundo le llegan desde abajo. Patalea y patalea y patalea y patalea.

–Nostradamus. ¿En serio? ¿Creés en él?

De un lado del mundo un manojo de personas patalea sobre lo profundo.

–Seguro. El tipo si hoy estuviera vivo estaría laburando para la CIA. Así de clara.

Del otro lado del mundo un manojo de oficinistas patalea sobre la superficie.

–O para el FBI.

Y los dos manojos, cada cual a su manera, se ahogan.

–Nunca entendí la diferencia entre esos dos.