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viernes, 30 de mayo de 2008

Es fácil tener principios con el estómago lleno

Hemos llegado a tal instancia del camino que dar el próximo paso sería empaparnos de incertidumbre. De manera tal que, muy cómodamente, estamos transitando lo que nos es familiar, lo que nos es cómodo. Estamos volviendo por donde vinimos.
Inversos a la arquitectura positivista y lineal que alberga los conceptos de Darwin.
Destrozamos el lenguaje con mensajes de textos, con epidemias de errores ortográficos, con castraciones discursivas. Palabras en peligro de extinción. Letras amputadas en medio de pronunciaciones facilistas. Una Babel corrompida que no deja de desmoronarse. Pues de una torre se hace una ruina. De la ruina, escombros. Y de los escombros, barro.
Es en el barro donde ermitaños virtuales se anonadan ante monitores. Fascinados los miran, como un mono incontables almanaques atrás observaba a una roca para darse cuenta que era roca y era herramienta. Pero estos ermitaños no tienen semejante transformación de la realidad. No. Son devorados por el monitor. La roca es roca y canción de cuna.
Y mientras, somnolientos, contemplan absortos cómo bailan en la televisión, como antaño danzaban alrededor del fuego, se acomodan calentitos y cómodos en sus frazadas y dan otro paso hacia atrás. Hacia el mono.
Ante semejante camino supongo que no es muy criticable que yo transite unos pasitos hasta él, hasta Pastelito, para saludarlo falsamente por su cumpleaños y robarle unas facturas que tan deliciosamente trajo. Mierda, es fácil tener principios con el estómago lleno.

miércoles, 28 de mayo de 2008

De vuelta

Existen robos modestos y existen robos descarados, como el que el último comercial de Fernet Branca le hizo a la musiquita de Amelie. O como hice yo, faltando por una fingida tortícolis el jueves y el viernes de la semana anterior para aprovechar que el lunes pasado fue feriado yanqui.
A veces se necesita improvisar unas vacaciones. Las mías fueron improvisadas bajo la clave de sol y de clandestinidad. Pero el retorno a la oficina, lamentablemente, y para seguir con la metáfora musical, fue empapado por el Réquiem de Mozart.
–Tortícolis, ¿eh?- increpa Pastelito.
–Sí, sí.- digo, pasándome una mano por la parte de atrás del cuello- Estaba durísimo. ¿Cómo anduvieron las cosas—
–Tortícolis.- reitera- Justo un jueves y un viernes.
Asiento con la cabeza.
–Tortícolis.- repite- Justo un jueves y un viernes y justo antes de un lunes feriado.
Me encojo de hombros. –La enfermedad no se toma vacaciones.- sostengo. Es temprano, aún no pude tomar un trago del ácido café de acá. Supongo que la elocuencia se me escapa entre los bostezos. Así como el alma se me escapa entre los almanaques de esta oficina. O la femineidad de la marimacho del Patova se le escapa segundo a segundo. En este instante está tan femenina como Patoruzú cambiándole la rueda a una Ford F100.
Pastelito resopla, en un desesperado intento por asemejarse a Cruella de Vil cuando no es más que Winnie the Pooh, y vuelve a su lugar.
–¿Qué pasó?- viene curioseando Victoria, su hermosa y genéticamente imposible hermana.
–El cuello… No lo soporto.- miento- Todo el fin de semana duro estuve.- agrego, adoptando un lenguaje corporal más rígido aún que el de Robocop.
–Pobrecito…- dice, dulce, con un suspirito que haría a Peter Pan lamentar no ser hombre- A ver… Dejáme ver.
Y sus dedos, sus delicados dedos, se posan sobre mi cuello, empapándome con somnolencia y con un torbellino. Cierro los ojos. Para disfrutar. Pero no lo hago del todo. Para verlo a Pastelito mirándome.

miércoles, 21 de mayo de 2008

Las mujeres del ascensor

Está la que, fastidiada, toca una y otra y otra vez el botoncito para cerrar la puerta. Incluso si uno corre desesperado hacia el ascensor. Ella, sin pudor alguno, sigue apretando el botoncito. Y si logramos, cual Indiana Jones, pasar del otro lado con apenas un milímetro de margen, ella resopla y sigue apretando el botoncito. Como si al hacerlo pudiera abrirse una pequeña puertita de la cual salga una mano robótica que nos cachetee por haberla hecho desperdiciar dos segundos de su tiempo. Pues, ajena a la cordialidad, cada piso en el cual el ascensor se detiene es recibido con un gruñido y un frenético presionar del maldito botón.
Están las que se miran en el espejo. Están las que lo hacen con discreción para tal vez acomodar el peinado o la ropa o darse cuenta que tienen que cruzarse de brazos para ocultar que tienen frío. Y están las que creen que se encuentran en la privacidad del espejo de sus baños, acomodando pestañas, lápiz labial y hasta corpiños a apenas unos centímetros del cristal.
Está la que, mientras finge una sonrisa, desea silenciosamente que la primera mujer, la del botoncito, logre cerrar la puerta para acelerar el viaje y no tener que soportar el coqueteo mediocre de su compañero de trabajo.
Está la que habla a los gritos por el celular pensando que así puede desafiar a la ausencia de señal.
Está la que sabe que viste todas las miradas del ascensor y la que se siente un vampiro en un cuarto de espejos.
Está la que inunda al lugar con su perfume.
Está la que desea que él le diga algo. Lo que sea.
Está la gorda que, tanto al entrar como al salir, da pasos lentos y estratégicos para disminuir el balanceo que su peso ocasiona en el ascensor.
Está la que lee el mensajito de texto que está escribiendo alguien más.
Está la que mira de pies a cabeza a otra mujer, deteniéndose en su ropa, su cuerpo, su rostro, su maquillaje.
Está la que habla muy efusivamente de un trabajo insípido sólo para ocultar lo insípido que es.
La que bosteza sin taparse y sin importarle que el mundo entero vea sus amígdalas.
Están las que escuchan música demasiado fuerte y sus auriculares vomitan un ritmo plástico. Algunas bajan el volumen cuando se dan cuenta que otros también pueden oírla. Otras siguen moviendo sus cabecitas, indiferentes ante este hecho.
Está se suena sus huesos con una habilidad casi circense.
La que lleva bajo el brazo el paraguas, fastidiada por el meteorólogo que le mintió descaradamente a la mañana cuando dijo que iba a llover.
Pero ella.
Ella, la que inunda al lugar con el perfume. Me pregunto si ella será la misma que desea que él le diga algo, lo que sea.
Y si yo seré ese él.
La puerta del ascensor se abre. Busco cruzar por última vez su mirada, en vano, y bajo, dejando atrás una estela de cobardía. Ella se queda sola en un ascensor saturado por posibilidades que se bifurcan pero nunca se encaminan.

martes, 20 de mayo de 2008

Hombres de Corrientes y San Martín

Hay unos hombres en la esquina de Corrientes y San Martín que trabajan de repetir todo el día una palabra: cambio. Es categóricamente aburrido su empleo pero supongo que la mayoría de las veces la vida se gana con una rutina absurda. Este ejemplo, el de los hombres de Corrientes y San Martín, es tal vez el más elevado de dicha premisa.
A primera hora de la mañana se plantan enfrente de dichos locales y, hasta ya entrada la noche, transitan invariablemente esa sola palabra. –Cambio, cambio… Cambio, cambio, cambio…
Los negocios, tiempos atrás, contrataron algunos jóvenes más aventurados que oscilaban su oficio entre dos –y a veces tres– palabras. Eran sin dudas más progresistas y este liberalismo desató escándalos.
Cabe destacar que los hombres de Corrientes y San Martín suelen ser cuatro. Seis como mucho. No obstante su reducido número, una gran conmoción tuvo lugar en esa esquina cuando aparecieron los más jóvenes con sus extrañas ideas. –Cambio, cambio… Dólares, cambio… Dólares, cambio. Cambio, cambio.- decían los nuevos hombres de Corrientes y San Martín.
Este agregado, aparentemente insignificante, mereció la desaprobación de los conservadores. Desencadenó en todo tipo de agravios, desde rimas indecorosas con el apellido del progresista de turno hasta el liso y llano golpe en la cara. –A los muchachos de antes nos bastaba con una sola palabra.- clamaban los más viejos, enfurecidos e impotentes frente a un presente que ya se les escapaba.
Como si todo este asunto discursivo fuese una pugna espiritual, las aguas se dividieron en esa esquina. Dos escuelas pronto tuvieron lugar. La conservadora y la progresista. La única diferencia, en un principio, era la inclusión de la palabra dólar por parte de los segundos.
Los conservadores hablaban sobre lo sagrado de la tradición, sobre los significados filosóficos de la sutileza. Los otros se dedicaban a resaltar la libertad de expresión, la caída postmodernista de todo límite y sugerían volver al mensaje en algo menos hermético.
Una gran discusión sobre la hermenéutica tuvo lugar ahí mismo, mientras confundidos clientes ingresaban a los locales para cambiar pesos por dólares.
La escuela progresista no tardó en tener una rama radical que se dedicó a incluir aún más palabras al oficio. –¿Qué tal, caballero? Permítame aclararle que en este local que está detrás de mí, usted, buen hombre, podrá cambiar la cifra que desee de la moneda local por alguna moneda extranjera de su elección, o tal vez al revés, si usted así lo prefiere.- decían los más extremistas.
Este libertinaje desató un caos impensable. Los clientes ya no podían ingresar a los negocios pues los inundaban con panfletos de ambos bandos, los aturdían las protestas por megáfonos y los invitaban a conferencias sobre el tema, instándolos a apoyar a los clásicos o a los progresistas o a los neo-progresistas.
Los radicales acentuaron aún más su verborragia y empezaron a anunciar las casas de cambio sin parar nunca ni utilizar la palabra “cambio.” Se los puede ver aún hoy: son esas personas que van, solas y locas, caminando por la calle mientras hablan consigo mismas. Su destinatario se ha marchado, pero ellos perduran.
No pasó mucho tiempo hasta que los negocios de Corrientes y San Martín notaron que ingresaban cada vez menos clientes a causa de la pugna discursiva. Decidieron despedir a todos los progresistas con el motivo de exceso de pensamiento y se quedaron con los conservadores, quienes lloraron de alegría al volver al pasado.
La esquina pronto se inundó nuevamente con la sonoridad de la palabra cambio, repetida por seis voces hasta la infinidad. En efecto, los clásicos eran más efectivos. Anunciaban todo de una manera clara, trabajaban un año y pico frecuentando la modesta y única palabra una y otra vez por horas y horas, hasta que finalmente se volvían locos y eran reemplazados por otros.

viernes, 16 de mayo de 2008

Una Babel oficinística

No me lo pude sacar de encima, al nuevo, como para postear el miércoles.
El nuevo va a encargarse de las tareas de Gutiérrez y a Pastelito no se le ocurrió idea más feliz que yo sea su tutor.
Lo cual, era de esperar, me irritó.
No porque significaba que yo tengo la pericia suficiente como para enseñar numeritos sin sentido, algo de por cierto lamentable, sino porque el nuevo es... irritante.
No habla en castellano.
Habla oraciones en inglés. Mete acento portugués de vez en cuando. Imita al ritmo cordobés y chileno. Y vuelve al inglés.
Ejemplo: C’mon, Wilfrediño… Mañana es mi birthday and you’re invitado, chaval.
Han degollado a personas por menos.
Esta caravana de máscaras discursivas sería interesante si el nuevo fuera una persona oscura que busca ocultar quién es, como mi asesino favorito, Dexter Morgan. Pero no, el nuevo lo hace simplemente para ocultar la monotonía de lo que dice. Para endulzar los somnolientos diálogos que frecuenta.
Después de la jornada entera del miércoles tolerándolo hoy, viernes, día por antonomasia de libertad y alegría, decidí no tolerarlo más.
Bloqueo el número de mi interno y lo llamo al nuevo.
Lo llamo hablando en inglés pero con acento hindpu. Le digo que soy un manager en la sucursal central de la empresa, en la India. Que la mitad de la empresa está trabajando horas extras por su culpa.
Si el tipo quiere jugar a Babel, juguemos a Babel nomás.
Le pregunto por un número de orden. Me dice que no la encuentra. Le digo que busque mejor, que hay 200.000 números de teléfono fuera de servicio por su culpa.
Balbucea que no sabe cómo podría haber pasado.
Le pido que me pase con su superior. Que esto amerita un despido. Y que esto significa reconsiderar llevar toda la operación a la India.
Él balbucea algo.
Le digo que 200.000 números es inaceptable.
Le pido que se fije en un sistema. Lo hace, desesperado, sin saber qué hacer. Me pide que espere. Me pone en espera. Me viene a buscar. Empiezo a hablar como si estuviera hablando por teléfono con mi vieja. Me pide por favor que lo acompañe. Finjo que le pido a mi vieja que me espere.
Voy con él.
Me muestra el post-it donde anotó el número de orden que le di y el sistema que le pedí. Me dice que no sabe qué hacer. Le sugiero que revise una información.
Vuelvo a mi escritorio.
Vuelvo al teléfono.
Empiezo a levantar mi voz, pidiéndole que me saque de espera. Lo hace. Le afirmo que ponerme en espera es una falta de respeto. Que tiene que solucionar esto de inmediato. Me comenta que no sabe qué hacer. Le pregunto si revisó un sistema. Me dice que sí. Le pregunto si el tomate sigue estando caro. ¿Cómo?, pregunta. El tomate, respondo. Me confiesa que no entiende. ¡Jirafas, jirafas, jirafas!, grito y corto.
Lo miro.
No entiende.
No tiene idea de lo sucedido.
Mira el post-it con la inexistente orden que supuestamente desconectó por error a 200.000 números de teléfono. Mira el teléfono temiendo recibir otra llamada.
Me pregunto si debo arrojarle un post-it abollado en el cual esté escrito que todo era una broma, un rito de iniciación.
Pero me contento.
Si quiere alzar una Babel oficinística, mezclando todos los lenguajes en uno para ocultar la somnolencia de sus palabras, tendrá una Babel nomás. Y lloverán sobre él mails, llamados y post-its en todos los idiomas. Y la lluvia no se detendrá hasta que él, el nuevo, grite en un único y nativo idioma: ¡Basta, la puta madre, yo renuncio!

lunes, 12 de mayo de 2008

Pastelito, como el coloso de Rodas

13:38.
Ya deben estar por venir, me digo.
13:40.
Pucha. Pastelito sigue en este pasillo.
13:45.
Mierda. Me olvidé de hacerlo. Le mando desde la casilla de la recepcionista un mail al de seguridad pidiéndoles que los deje entrar, que son parte de un festejo corporativo.
13:50.
Lleva tiempo. Preparación. Riesgo. Y dinero. Ah, pero qué maravilla el resultado.
13:55.
¡Por favor!
A partir de la masiva escupida que orquesté desde las sombras, Pastelito se ha vuelto uno de esos guardias vietnamitas déspotas que custodian a los norteamericanos buenos y honrados en tantas películas bélicas.
Camina dejando oír sus pasos, a los que violenta contra el piso, para agigantarlos, para que lo confundamos por el coloso de Rodas, enorme y magnánimo entre los grises y pequeños escritorios.
Nos recorre con una mirada asesina, incongruente con los colores disneísticos de su vestimenta. Nos recuerda que es nuestro superior, como el sargento receloso en policiales negros, hostigando al incomprendido detective.
Lo hace con todos y cada uno de nosotros.
Salvo por una excepción.
Su genéticamente imposible hermana, la hermosa Victoria.
Odio. Odio. Odio. Odio. Sonrisa. Odio. Odio. Odio. Odio. Sonrisa.
Porque va y vuelve por el pasillo.
Alterna su expresión empapada de odio por una sonrisa cada vez que pasa por lo de su hermana, para vestirse de resentimiento a tan sólo un paso.
Miro el reloj.
14:10.
Pastelito decide hostigar otro pasillo.
14:20.
Los de seguridad me contestan el mail. Está todo bien. Pido que confirmen comunicándose al interno de Gutiérrez.
14:30.
Finjo disimulo y me paso por el escritorio de Gutiérrez.
14:38.
Llaman los de seguridad al interno de Gutiérrez. Llegaron. Puntuales. Los de seguridad los están haciendo subir.
14:39
Estudio mi reflejo en el monitor. Actúo diversas expresiones de sorpresa. Elijo la que más me gusta y me quedo con esa mueca.
14:40.
Un grupo de mariachis rodea a Victoria y le cantan canciones de amor. Pastelito, de pie, se siente derrumbar. Como el coloso de Rodas.

viernes, 9 de mayo de 2008

The end

Guitérrez volvió al piso para que le paguen la indemnización. Se agaró a los insultos con la marimacho del Patova.
Pastelito draga entre toda la oficina buscando un responsable, desconfiando de todo el mundo, como Denzel Washington en el muy buen policial El plan perfecto que, lamentablemente, no logra a transmitir en sus subtítulos su deliciosa impronta.
El tío de Pastelito suspendió a la Crazy mother fucker porque le agarró un ataque de risa a lo Patán cuando vio a todo el mundo escupir las medialunas.
La empleada de limpieza descuartizó verbalmente a la racista mujer que tose cuando esta le dijo si no quería llevarse igual las medialunas ya que servían y eran comida.
Amazon woman escupió su café con sal, sin querer, sobre un CD de colección de Paulina Rubio. Paz lloró.
El Brontosaurio amenazó con renunciar si no le subían el sueldo. Le aseguraron que no lo iban a hacer. No obstane, no renunció. La marimacho del Patova se lo refregó en la cara. El Brontosaurio la llamó Jean Claude Vandamme y ella lo escupió.
Cayó una tonelada de trabajo aparentemente atrasado.
El viejo teamleader renunció.
Un día carnavalesco, entretenido y pochoclero. Al menos, según me comenta Victoria por el MSN.
Yo estoy en casa. Me inventé una gripe. Me gusta que las cortinas bajen cuando no esté en el escenario. Me gusta porque, cuando vuelva este lunes, nadie esperará lo que voy a llevar conmigo.

miércoles, 7 de mayo de 2008

Revolución púrpura

Para convencer a los estudios que filmaran algo tan disparatado como la primera trilogía de Star wars, George Lucas pidió que su único pago fuera el dominio total del merchandising. No existía. El merchandising como hoy lo conocemos no existía. Los estudios aceptaron sin dudas y George Lucas amasó una fortuna de una manera impensada.
Así pienso hacer yo.
Reemplazando la fortuna por la venganza.
Y Star wars por esta oficina.
Me significó un buen dinero. Y la posibilidad de ser despedido. Pero las revoluciones púrpuras ameritan riesgos.
Hoy la mayoría de nosotros cumple cuatro años en la empresa. Hoy este blog cumple un año y tres días. Hoy es, espero, el fin.
Pero ayer…
Ayer a la mañana pasé por Alimentari y compré siete docenas de medialunas para toda la oficina. Un gran desembolso. Más aún porque tenía hambre y no las pude comer. No las traje acá, de hecho. Se las di a mi primo.
Ayer a la noche me pasé con mi primo inyectando jugo de remolacha a las medialunas. Empezamos con pescado pero el olor era evidente. Perdimos media docena.
Ayer a la noche, también, me pasé sacando el azúcar de cada uno de los cientos de sobrecitos de azúcar que fui robando en estos días y poniéndoles adentro sal.
Pero dije que hoy era el fin…
Hoy, desde el mail de la recepcionista, hice un pedido a Alimentari por seis docenas y media de medialunas.
Desde el teléfono de Gutiérrez cancelé el pedido.
Fui a la cocina y puse todos los sobrecitos de azúcar. Perdón, de sal.
De nuevo, desde la casilla de ella mandé un mail a todo el piso felicitándonos por los cuatro años que cumplimos e instándolos a buscar café que ya llegaban las medialunas del festejo. Me fijé de incluir al jefe de RRHH, el tío de Pastelito, que aborrece que comamos adentro de la oficina.
Cuando llegó mi primo con el pedido llamó al interno del Brontosaurio, que se avalanzó inmediatamente a bajar a buscar las medialunas ya pagas.
Unas palabras improvisadas de Pastelito, buscando apropiarse del jolgorio que le era ajeno.
Miro atentamente.
Uno revuelve su café.
Otro abre el paquete de las medialunas.
Otro abre el sobrecito, le pone sal, sin saberlo, y revuelve.
Se abre la puerta del piso.
Uno se lleva la medialuna a la boca.
Otro, el café.
Y otro.
Y otro más.
Se cierra la puerta. Es el tío de Pastelito.
Mira indignado alrededor.
Antes que alguien pueda percatarse de su presencia, todos empiezan a escupir las medialunas y los cafés.
El jefe de RRHH draga a los rostros de cada uno de la oficina, púrpuras por el asco. Incluso el mío. Sí, para saborear la venganza tuve ser parte de ella.

lunes, 5 de mayo de 2008

Hacia la batalla final

Se puede sentir el viento susurrando entre los monitores.
Todo está silencioso.
Despidieron a Gutiérrez. Y amenazaron con hacer lo mismo con cualquiera que se atreva a decir “Gris” cuando ellos digan “Blanco” o “Negro.”
…Imbéciles.
Tendré a toda la oficina gritando “Púrpura” este miércoles.

viernes, 2 de mayo de 2008

Adiós

Señor Gonzalo Gutiérrez,

Este no es un mail de despedida. Es un llamado a despertarte.
Estudiabas Diseño Gráfico y cambiaste de carrera para alimentar el perfil de técnico en telecomunicaciones que esta empresa requería.
Cambiaste de carrera. Le apostaste a algo que no eras.
¿Y cómo te pagaron? Mandaron a los de seguridad para controlarte mientras guardabas las cosas que tenías en tu cajón.
Diste cuatro años de tu vida, diste tu carrera universitaria, diste mil días de tu vida, nueve mil horas –si no contamos las horas de viaje– sólo para que te traten como alguien ajeno. Como un criminal.
Te marchitaste en el gris.
Antes, por más que yo lo detestaba, resistías encerrándote en el baño de la oficina leyendo novelas rusas. Sobre el final cambiaste a eso por hablar por MSN. Tarareabas una y otra vez Hakuna matata. Sobre el final de tu boca no salía otra cosa más que los números sin sentido que esta empresa vomita. No tenías tema de conversación más que el sueldo, los bonos y demás cuestiones ligadas al trabajo.
Te marchitaste en el gris.
Podrás, sí, decir que esta es una revolución cobarde. Que predico desde la comodidad de un bolsillo que sigue recibiendo su sueldo. Pero señalame una revolución que no se alce sobre alguna injusticia.
Tenés indemnización. Vivís con tus viejos. Tenés tiempo. Tiempo para pensar.
Si volvés al gris o no depende de vos. Te di el empujoncito afuera. Creo que también tenés tiempo para darte cuenta si el gris ya te empapó por completo o si, en algún rincón, todavía persiste el eco de Hakuna matata.
Atentamente,

El Vengador Anónimo.