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viernes, 15 de abril de 2011

La venganza es un plato que se sirve helado

Mr. Charlie Star cree que es norteamericano.

Mr. Charlie Star nació en Parque Chacabuco, donde vivió toda su vida.

Mr. Charlie Star fue enviado por la empresa durante cinco meses a EEUU hace cinco años por un curso.

Y por eso Mr. Charlie Star cree que es norteamericano.

Mr. Charlie Star se toma un bondi para venir a trabajar.

Mr. Charlie Star enfatiza hasta la ridiculez la pronunciación de cualquier mínima palabra en inglés, por más que la misma esté sola en una Pampa de español.

Mr. Charlie Star podría tomarse otro bondi, uno que lo dejara más cerca.

Mr. Charlie Star cree ser la palabra última en cualquier discusión que despunte en la oficina sobre EEUU por haber vivido entre ellos.

Mr. Charlie Star se toma un bondi para venir a trabajar que lo deja a veintiún cuadras de acá pero a sólo dos de un Starbucks, donde desayuna invariablemente. En Starbucks se vende, dice, el café más rico de todo el mundo.

Mr. Charlie Star nació en Parque Chacabuco, donde vivió toda su vida. Salvo por cinco meses en EEUU.

Mr. Charlie Star cree que es norteamericano.

Mr. Charlie Star es la espada de mi venganza contra el gordo Spam por haberme vandalizado el escritorio durante mis vacaciones.

Un cliente fuera de servicio nos retiene a cinco de nosotros junto a mi manager en su escritorio. Él, por supuesto, llegada la hora del almuerzo se desentiende de todo y sale. Poco después de él, los otros cuatro.

Abro su mail laboral y le mando un mail a Mr. Charlie Star.

Le escribo que hay una nueva política empresarial. Que en EEUU están viendo si nosotros podemos hacernos cargo de un team de supervisadores que hay allá. Que Mr. Charlie Star está siendo evaluado para este puesto.

Para eso él debe llamar a un empleado en la sucursal de Retiro (no esta), haciéndose pasar por un supervisor de la sucursal norteamericana.

Debe decirle que ha llegado a la sucursal norteamericana la noticia del vandalismo de un escritorio, que este tipo de comportamiento es intolerable y que habrá una investigación. Le copio el número del gordo Spam. Todos tenemos tres números diversos de teléfono acá. El que le copio jamás saltará en su identificador de llamada. Ni Mr. Charlie Star sabrá que es el gordo Spam ni el gordo Spam sabrá que es Mr. Charlie Star.

Envío el mail.

Borro el mail de la bandeja de enviados. Lo borro de la papelera.

Mr. Charlie Star llama inmediatamente, sin saberlo, al gordo Spam en la otra punta de la oficina. Lo escucho al gordo Spam, nervioso, en su inglés cavernícola tratando de explicar que era solo una broma. Que perdón. Que ama a la empresa. Que cambió de carrera en la universidad para seguir algo dentro de la rama de esta empresa. Que quiere trabajar toda su vida acá. Que perdón y que va a ser mejor empleado que nunca.

Mr. Charlie Star corta y, sonriente, va a festejar en el almuerzo, creyendo que su conversación fue escuchada por autoridades norteamericanas y hasta por Obama, quienes ahora seguramente estarán hablando del excelente inglés que tiene y de cómo parece un norteamericano.

El gordo Spam se queda sollozando.

Voy hasta la computadora de Mr. Charlie Star. No la bloqueó. Nunca lo hace. Abro su mail. Borro el mail que envié desde la computadora de mi manager. Lo borro también de la papelera.

Y salgo a almorzar.

martes, 22 de marzo de 2011

Run fast, gordo Spam!

Ah, volver. Qué verbo.

Ese grieguito que decía que uno nunca vuelve estaba soberanamente errado.

Se vuelve, y esa es la tragedia.

Después de ríos y montañas y aventuras y bosques y casi matarme cruzando un puente colgante, después de eso, volví. Volví, sí, distinto. Volví embadurnado por una capa de tranquilidad. Pero hay fragilidad en ella, ya que es arañada y mordida y masticada por todos de los que son parte de ese verbo maldito: volver.

Todos ellos me empujan de nuevo hacia eso de lo que intenté limpiarme en los últimos 15 días.

Todos ellos.

Todos.

La ciudad con su orquesta de bocinas y chirridos de subte y transeúntes atolondrados y mugre y desesperación.

La oficina con su elenco de intrépidos mamertos, trepadores, anémicos de alma y simplemente pelotudos.

No hay otra forma de describir al gordo Spam. Es un simple pelotudo.

Una vez. Una sola vez fue. Una vez dije que amo a Ellen Page. Que hasta en un papel chapucero como el de Inception la puedo amar. Una sola vez lo dije. Por ese motivo supongo que ahora hay 17 fotos de ella pegadas en mi escritorio. Y ni siquiera son buenas fotos, manoteadas de Google con cierto criterio humorístico. No. Pim, acá está ella. Pum, acá también. Pirím, otra más. Y pam, a imprimir y a pegar.

Y el gordo Spam ríe.

Sí, está bien. Me gustan los amanerados de Death cab for cutie. Todos tenemos nuestras delicadezas. Todos. Te apuesto que Rambo disfrutaría de un baño de espuma. Te firmo que Chuck Norris sonreiría complacido ante un masaje de pies. No el Techno Viking. No hay placer para él más que bailar y matar.

Ahora, ¿lo único que se le ocurre es imprimir un papel que diga “Death cab for cutie rocks!” y pegármelo en mi escritorio? Porque eso hizo el muy simple pelotudo.

Y el gordo Spam ríe.

¿Este es el vandalismo de recibimiento con el que tengo que enfrentarme? ¿Tengo que volver para caer en este Maëlstorm de puerilidad y anemia? ¿No hay respiro?

Ah, me desconectó el mouse también.

Y el gordo Spam ríe.

La capa de tranquilidad que tenía embadurnada cede.

Nos vamos de vacaciones para que, al volver, seamos distintos. Para que nuestros pulmones estén empapados de otro aire y pasen al menos dos meses hasta ser invadido nuevamente por el deseo de remodelar el rostro de nuestro jefe con un monitor.

Pero no. No. Simples pelotudos como el gordo Spam nos arriman su crítica dialéctica a la filosofía de ese grieguito. Se puede volver. Sin burocracias. Se puede volver.

Lo miro. Y entonces la venganza se desnuda ante mí sin pudor alguno. La contemplo. Las curvas de su cuerpo delinean un despiadado golpe que haría ruborizar incluso al Techno Viking.

Y el gordo Spam ríe.

lunes, 7 de febrero de 2011

Pintó el otoño

No se adelantó, arrabalero.

No se equivocó al elegir el día en el cual florecer.

Ni siquiera nos trailerizó lo que se viene.

No, no.

Hoy el otoño nos recordó que nunca se fue. Estuvo escondido tras los desperezados pétalos de las rosas y los jazmines. Aguardó envuelto en el canto de los pájaros. Y, claro, en la sombra de los escotes.

Deambuló amparado por el mayor escondite: su opuesto. Así, entre máscaras primaverales y veraniegas, fue preparando el nido. Lo fue llenando de café y chocolate y películas y melancolías y alegrías y vino y tortas fritas y mimos bajo frazadas y lluvias y mates y poesía.

Lo recorro con la mirada, como si fuese una mujer loca, hermosa y entrañable, acostada desnuda con una mano invitándome y con la otra en mi corazón.

-Si llueve me corto las pelotas.

El gordo Spam nunca tuvo la virtud del timing. Ni de la modestia dimensional. Ni del sentido del humor. O del tacto. Ni del buen aliento. O de la ausencia de un olor a transpiración hermanado con agonía, zorrinos y llantas mojadas.

Lo miro como se mira a quien acaba de arruinar a algo hermoso. Que es como Clint Eastwood mira al mundo.

-Hoy salgo con una minita.- agrega, como si me importara. Supongo que mi impresión de Clint Eastwood no es demasiado correcta. Si entrecerrara los ojos aún más podría pasar como una chapucera imitación de un oriental. Y un crítico vendría a insultarme por racista. Y otro crítico criticaría al crítico acusándolo de racista porque observar que el otro es diferente no es racista si no está empapado de prejuicios u odio pero el escandalizarse ante cualquier despunte de diferencia, el pretender que todos somos iguales, es racista. Y otro crítico criticaría al crítico del crítico acusándolo de racista ya que al lavarse las manos con el relativismo pretende ocultar que siempre hay relaciones de poder que utilizan como una de sus armas a, justamente, el relativismo. Y otro crítico criticaría al crítico del crítico del crítico diciéndole que--

-¿No te parece?

Supongo que el gordo Spam me siguió hablando y entre tantos críticos dialécticos no lo escuché.

Asiento apenas con la cabeza, frunciendo ligeramente los labios y alzando las cejas. Puede pasar como aceptación. Puede pasar como duda. Sonríe. No sé qué vio en mi expresión pero lo convenció. Se levanta con esfuerzo y se va. Lo veo irse. No porque quiero sino porque mi mirada fue atrapada en su campo gravitacional.

Logro desprenderla y la pierdo, una vez más, en el otoño arrabalero que se despereza del otro lado de la ventana. Ah, hogar de poetas menores y de--

-Wilfred. ¿Leíste el mail que te mandé?

¿Cómo explicarle a mi jefe que el Primero de Otoño es un feriado para mí? Asiento apenas con la cabeza, frunciendo ligeramente los labios y alzando las cejas. Me guiña un ojo y vuelve a su oficina.

Me pongo los auriculares. Y juego a hacerle panqueques de banana a esa mujer loca, hermosa y entrañable que es el otoño. Todo lo demás -trabajo, compañeros de oficina, problemas y chismes- que sea apuñalado por la lluvia mientras silbo al dar vuelta los panqueques y ella sonríe.


martes, 4 de enero de 2011

Cuando dos loquitos

Enero deriva de Janarius que deriva de Jano, dios de los comienzos.

Los comienzos se dan donde y cuando se tengan que dar. Pueden ser forzados, sí. Pero precoz será el final también.

Los comienzos despuntan constantemente. Sólo tenemos que tomarlos por la mano e ir con ellos. Pero a algunos los ignoramos. A otros los esperamos hasta que se den de otra manera. Rara vez se dan. A muchos no nos atrevemos.

Por motivos emocionales evidentes a varias personas les agradan los comienzos multitudinarios. Los tranquilizan. Les permiten formatearse. El primero de enero es, sin dudas, el mayor de ellos.

Mi manager es una de estas varias personas. Se vino hoy con botellas de sidra. Ayer había faltado. Repartió vasitos de plástico y propuso un brindis por el comienzo de un buen año y todas esas cosas que se dicen.

Brindamos. Fingimos una risa. Nos quedamos parados charlando como para no desmerecer el brindis. Y porque, también, cualquier excusa que nos mantiene lejos del trabajo es siempre válida.

No quiero darle riendas sueltas a mi paranoia pero creo que el tipo tiene mi nombre en alguna lista. Siempre está buscándome a ver qué hago o qué no hago. Me pispió hablando con ella y vino.

-¿Y, Wilfred?- me lanza, acercándose como un tiburón se abre paso hasta su presa- ¿Qué se cuenta?

Levanto mi vaso. -Genial esto del brindis. Me pone muy contento.

Ella, que la amo, sonríe y me da el pie. Por eso la amo. ¿Cómo no amar a alguien que siempre te da el pie? -¿Sí? ¿Por?- dice. Minimalista su pie, sí. Pero efectivo.

-¿Cómo por? Se casaron Neil Gaiman y Amanda Palmer. Cuando dos locos lindos se juntas hay que brindar.

Mi manager adopta una expresión de desconcierto. -Esto era por el año... ¿Quién? ¿Quién dijiste?

Ella sonríe aún más. -¿En serio? Debe haber sido genial la fiesta.

-¿Los conocés?

-¿Cómo no conocerlos?

La miro con todo el amor que un hombre puede sentir pero disimulado. -Tengo unas fotos que chusmeé por ahí. Si querés te muestro.

-Dale.

Y ahí se queda mi manager, sosteniendo un vasito de plástico con sidra, vistiendo una expresión de desconcierto y brindando solo por un falso comienzo. Salud.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Brindis

Ya no hay chimeneas.

Ya no hay, entonces, gordos barbudos que salten de una a la otra, arrimándonos lo que anhelamos o lo que no esperamos pero que nos sorprende con una sonrisa.

Ya no hay cartas llenas de deseos que arrojamos a lo incierto y a lo mágico.

Ya no hay esa bronca por recibir ropa y no un juguete.

Ni ese encanto de no entender del todo de qué hablan los adultos en la cena pero intentarlo y querer ser parte de ello.

Ya no hay esa fascinación monolítica por los fuegos artificiales.

Ya no hay ese juego con chiches nuevos o con los restos de los fuegos artificiales, ese juego tan fuerte que crea y destruye mundos.

Ni no comprender porqué lloró la tía.
Ya no hay nada de eso. Pero, de alguna forma, cambiado, reinventado, sigue estando por ahí. Y por eso levanto mi vaso.

martes, 21 de diciembre de 2010

Desear

"La civilización empieza cuando el objetivo primario -o sea, la satisfacción integral de las necesidades- es efectivamente abandonado. (...) Lo que la civilización domina y reprime -las exigencias del principio del placer- sigue existiendo dentro de la misma civilización. El inconsciente retiene los objetivos del vencido principio del placer. El retorno de lo reprimido da forma a la historia prohibida y subterránea de la civilización. Y la exploración de esta historia revela no sólo el secreto del individuo sino también el de la civilización." Herbert Marcuse.


Desear. Ese es el único verbo que existe; los otros sólo son en relación con él.
Hay siglos y siglos amurallando este impulso, rebanándolo en cuotas emocionalmente económicas, tapándole la boca con barro y con prudencia, circunscribiéndolo a determinados tiempos y lugares.
Pero la bestia se retuerce, apuñalada. Se retuerce, atada, desangrada y rodeada. Se retuerce y al hacerlo gira el mundo.
Que no se simplifique. Desear no es sólo sexual. Ese es otro de los mecanismos para subyugar al verbo. Desear es erótico, lo cual contiene y excede a lo anterior.
Desear es un viento que arrastra de un puerto a otro. Desear comer, dormir, acariciar, besar, matar, reír, viajar, mirar, robar, amar, dañar, saltar, gritar, bailar... Cada uno de nosotros somos resultados distintos de cómo nos las ingeniamos para contener y permitir este viento.
El viento que es una brisa. Pues toda nuestra vida todo lo que nos rodea nos ha ido educando el impulso. Otorgándole tiempos y lugares apropiados, maneras correctas, duraciones estimadas.
Y si hay un problema con las brisas es que no se sabe hacia dónde soplan. Los puertos desaparecen. Y todo se vuelve pantano.
Eso es este lugar, esta oficina. Un pantano. El rincón donde los deseos vienen a morir. Hay, sí, alguno. Pero ya no es el verbo que crea, que empuja, que mata y que da vida. Es un andar haragán, embarrado, entre el deseo sexual por un/a compañero/a, el deseo de que sea viernes para creerse (equivocadamente) desprovisto de los mecanismos represivos y sí entregarse plenamente al deseo, el deseo de comer, de cobrar más, de estar en cualquier otro lugar, de dormir.
Miro a la gente que me rodea, a los rostros deserotizados, a las expresiones de tedio, y me pregnto. Me pregunto si les amputaran estas restricciones, si les arrancaran el pudor y la idea de futuro, si los arrojaran desnudos de prejuicios al ahora, me pregunto qué harían. Qué violencias, orgasmos, odios, dichas y peleas despuntarían en ellos. Qué verbos irrumpirían en esta vida de adjetivos.

viernes, 17 de diciembre de 2010

A un paso de la tempestad

Va a llover. Va a llover pronto. Va a llover. Me lo repito una y otra vez, como un mantra, como un conjuro o, tal vez, como una incitación. Debe llover.
Juega en mi contra que pronosticaron lluvia. Y todos sabemos que al clima no le gusta concordar con lo que los meteorólogos argentinos vaticinan.
Juega en mi contra, también, que es viernes. Que mi mantra es visto con ojos iracundos por los de la oficina. Ellos desean un fin de semana desprovisto de lluvias.
Allá ellos con su postergación de la felicidad hasta el fin de semana, necesitando que todo salga perfecto en el mismo.
Allá ellos con su negligente concepción de lo perfecto que deja de lado a la lluvia.
Allá ellos con su engaño de que en los fines de semana dejan de bostezar.
Allá ellos con el dolor placentero que le representan los lunes, como hipocondríacos regodeándose siempre en una nueva enfermedad.
Allá ellos.
Porque va a llover. Va a llover pronto. Va a llover a cántaros. El diluvio, un poroto. Va a llover y llover y llover.
Allá ellos, en sus casas, mirando a través de la ventana. En la misma verán su reflejo, dividido entre el afuera y el adentro. Y en ese reflejo verán a su bostezo. Verán a ese parásito que es el bostezo. Verán que el mismo ha conquistado la totalidad de quienes son. Que ha devorado sus intereses, sus curiosidades, sus inquietudes, sus virtudes.
Se verán como un gran bostezo reflejado en la ventana de un monoambiente en un sábado lluvioso. Y me verán allá, en la calle, bailando bajo la lluvia. No hay nada más efectivo para contrarrestar al parásito del bostezo que bailar bajo la lluvia.
Va a llover. Va a llover pronto. Me lo repito una y otra vez, como un mantra, como un conjuro o, tal vez, como una incitación. Debe llover.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

¡Mañana fiesta abismal!

Si el mundo fuera (y lo es) un bolero
Esta fiesta sería como Manzanero
Autopistas de absurdo nacerán del bar
Desparramándose por acá y por allá.

La cita es mañana a partir de las ocho
Si venís me pondrías muy chocho
Es en Guardia Vieja 3460, a dos del Abasto
Está tan pero tan cerca como la tierra del pasto.

No habrá jirafas, unicornios ni King Kong
Pero sí pool, metegol y hasta ping pong
No habrá ni una estatua viviente ni un mormón
Pero sí música, arte y, en la calle, un dibujo de Perón.

Si no venís te diré que sos gai
O que sos una lady of the night
Me pongo agresivo como un sismo
Si no te venís a la fiesta del abismo.

martes, 14 de diciembre de 2010

¡Sexo! ¡Escándalo! ¡Muerte! ¡Dinero!

¿Capté tu atención? Jueves 16. ¡Jirafas! Fiesta abismal. ¡Tallarines! Guardia Vieja 3460. ¡Vikingos! Exposición de artes. ¡Tobogán! A partir de las 20 hs. Magia.

lunes, 13 de diciembre de 2010

¡Jueves 16! Fiesta abismal

Sabés que va a haber rock. Sabés que va a haber música gitana. Y hasta hip hop islandés. Sabés que va a haber exposición de fotos, dibujos y locuras. Sabés que van a estar los integrantes del cumpleañero programa de radio "El abismo de la obviedad." No sabés dónde ni cuándo. Pues bien, es el jueves 16 de diciembre en Guardia Vieja 3460 (en el bar "Le troquet de Henry"). A partir de las 20 hs.


Don´t be a whining bastard. Come! Come with friends! Come with the sexual partner you´re not (so) ashamed of. You can bring anyone. Anyone but Edgar Allan Poe. There´s a black cat in the bar and we all know that Edgar Allan Poe and black cats do not see each other in the eye.

Oui, oui. La fête est ce jeudi. Oui, le vendredi on travaille. Mais il y a soulement une vie. Tu veux vivre ou tu veux dormir? Qui es-tu? La beauté endormie? Putain!

Io sono un pazzo, si. Ma anche tu. Si, tu sei un pazzo. Un pazzo fuori del pazzo normale. Un pazzo molto pericoloso. E i pazzi pericolosi escono e bevono e ballano. Dove? Nel bar. Che bar? Dici sul serio? Non mi rompere le palle!

Þú ert að fara að hafa mikinn tíma! Til að fá sér í glas. Að dansa. Og ef til vill, ef þú ert heppin, þá verður þú kynlíf í baðherberginu. Ó, já. Allt getur gerst. Nei Það verður ekki gíraffa.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Olores

El olor a lluvia que es olor a entrecasa.
El olor a nafta que es olor a viaje.
El olor a tostadas que es olor a infancia.
El olor a café con canela que es olor a domingo de películas, de facturas y de cama.
El olor al primer cigarrillo del día que es olor a calma.
El olor a madera que es olor a verano y a abrazos y a casa.
El olor a la piel de ella que es olor a felicidad.
El olor al viento jugando entre las copas de los árboles que es olor a sonrisa.
El olor a chocolate que es olor a noche.
Podría estar sintiendo alguno de todos esos olores. Pero no. No. Siento otro ahora.
El olor a axila transpirada del gordo Spam que es olor a agonía.

martes, 30 de noviembre de 2010

Jugando en el infierno

El calor trepa por la piel como hormigas molestas que muerden y resoplan y maldicen y gritan. La transpiración se desliza por debajo de la ropa como babosas morosas y excedidas de peso. Los susurros se retuercen en el aire, preguntando hasta cuándo. Las miradas se posan en los tres confundidos hombres que no aún no se las ingenian para reparar el aire acondicionado de la oficina.
Ni una ventana se puede abrir. Estamos, más que nunca, atrapados en el infierno.
Me aterra. Me aterra respirar la exhalación de otros de acá. No quiero que entre en mí lo que estuvo dentro del gordo Spam.
Su remera talle infinito ostenta una galería de obras de arte abstractas firmadas por el sudor. Sobre su frente despunta en líquida agonía su intolerancia por el calor. Toma tragos largos y desesperados de agua fría. Sus ojos ruegan silenciosos e intensos a los tres hombres de mantenimiento. Y espera.
Me veo reflejado en él. Pero en un espejo que adelgaza.
No hay nada para distraerse de esto. Ya vi cualquier página. Ya charlé cualquier chapucería. Mi manager me manda un mail. No quiero trabajar. Que él se haya ido a trabajar desde su casa con el aire acondicionado clavado en 19 grados no me incita demasiado a ocuparme del asunto.
No puedo tolerarlo más.
A mí que me gusta leer y escribir, si tuviera que rescatar una palabra, una sola palabra, una palabra a la cual podría llevar a cualquier naufragio, incluso a este infierno, esa palabra sería jugar. En el juego hay seducción, hay amabilidad, hay pasión, hay creación, hay sorpresa, hay sutileza, hay diálogo, hay madurez, hay comunión con lo que se es y con lo que se quiere ser.
Miro a mi escritorio. Me detengo en los juguetes que lo pueblan. Agarro a uno. Voy hasta la cocina. Lo lleno de agua. Vuelvo a mi escritorio. Me siento. Me pongo en ocupado en el chat interno de la empresa. Le mando un mail a mi manager diciéndole que estoy trabadísimo en un llamado con un cliente. Que perdón que no le explico más pero esto es un lío para hablar y escribir a la vez. Que si se puede encargar alguien más.
Abro un word. Y arrimo al juguete al teclado. El juguete es ese pajarito con el que obeso Homero Simpson clickeaba las y. Lo dejo tipeando. Así no aparece el protector de pantalla. Así no ven que estoy away. Así no suponen que me fui a la plaza de la vuelta a tomar un helado.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Cómo saber si tu compañero de trabajo es un zombi

1. Camina torpe.
2. Huele raro.
3. Tiene la mirada perdida.
4. No está vivo.
5. Emite sonidos peculiares.
6. Sus hábitos alimenticios son cuestionables.
7. Es claro que no tiene sexo.
8. Su aliento es reprochable.
9. Quiere literal o metafóricamente matarte.
10. No es un buen conversador.

lunes, 15 de noviembre de 2010

La posibilidad de un hogar

Father Ted, un entrañable programa irlandés, está situado en una islita. La ficción no inventa. Tampoco refleja la realidad. La construye.
Hay, pues, una islita perdida en algún lugar del mundo donde conviven inocencia, violencia, absurdo, acidez y ternura, donde merodea por todos lados, en puntas de pie, ese olorcito a hogar.
El mar y la soledad arropan a la islita. No la soledad de aquel que se empantana y, encerrado en sí mismo, alza monolitos de cercanía y de distancia, de amores y de odios, siempre totalitarios, siempre resentidos. No. Rodea a esta islita la soledad del navegante que cada noche juega con las estrellas y la con inmensidad del mar.
El lujo le es ajeno: lo que no es casero no ha llegado a sus costas. Incluso el tiempo la ha evadido, como tal vez lo ha hecho con toda isla. No llueven sobre ella imposiciones, angustias, locuras y necesidades que monzonean en otros lados. Cuando garúan -ningún sitio es impermeable- lo hacen con ese sutil encanto irlandés.
La gente ahí no es paisaje. Cada relación, de amantes o de archienemigos, con todo el abanico intermedio, esconde un encanto tan poco habitual como delicado y profundo: que son compinches.
Es un un faro, la islita. Es la posibilidad de un hogar para todos los que sentimos que no pertenecemos. Es un albergue para todos aquellos que nos desgarramos por vivir en una cabaña en un bosque en Ushuaia ante el mar del fin del mundo, entre nieve y montañas, o para los que nos duele no desayunar cada mañana en esa casita en la costa última de Svalbard, y para todos los hogares en el medio.
Es un vendaje, la islita; un vendaje ante las puñaladas de deseos incumplidos.
Es, reitero, un faro. Un faro en la mitad de la tormenta, recibiéndonos y haciéndonos sentir como en casa, dándonos abrigo, algo de tomar y de comer y, cuando estemos recuperados, nos arroja de vuelta al mar. Nos mira ahí, en la tempestad, como un padre viendo a su hijo andar en bicicleta, alentándonos a encontrar nuestro lugar y a no vivir en escapismos o en fantasías de otros.
Sé que la islita tiene razón. Pero ahora, hoy, lunes en la oficina, envuelto en la tempestad de lo ajeno, manoteo el escapismo de la música y de la imaginación para huirle al aliento de tercer desayuno del gordo Spam. Aunque el muy turro no me deja desentender de este lugar.
-Qué cosa los lunes, che. Al menos ya se viene un feriado.- escupe.
Me saco los auriculares. -¿Qué?
-Que ya casi es feriado.
-Ah. Sí.- digo. Me pongo los auriculares.
-¿Te vas?
Me saco los auriculares. -¿Qué?
-Que si te vas a algún lado.
-Sí. A Craggy Island.- digo. Me pongo los auriculares.
-¿Y eso?
Me saco los auriculares. -¿Qué?
-¿Dónde queda eso?
-No existe ese lugar.
Me mira desconcertado y aún mascando. -Ah. ¿Era un chiste?
-No. Voy a ir.
-¿Cómo?
Encojo mis hombros. Me pongo los auriculares. Toco play. Y viajo.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Sombras

Un hombre camina en la intensidad hacia la puerta.
Su sombra se arrastra detrás y, en ella, peleas con su padre y risas y primeros besos y de desvelos por amor y por desamores y domingos en familia y ese llamado ebrio que recibió de su tío y su primera noche en su primer departamento alquilado y fantasías y angustias y sueños y fracasos y mimos y charlas y tristezas y esperas y desesperación y miedos.
La puerta se cierra detrás. La sombra con su océano de momentos se escurre bajo de ella, pasando como un charco hasta la otra habitación.
Queda acá, de este lado, el silencio. Silencio apenas. Silencio y suposiciones. Suposiciones y susurros. Susurros y cuchicheos. Cuchicheos y conversaciones, conversaciones empapadas de angustias y gritos y pánico y mierda y odio.
Ejércitos de ideas batallan sobre nosotros en la oficina. Los soldados se desangran y gritan y arremeten unos contra los otros. Triunfan por breves instantes y pierden por eternidades.
La puerta se abre y, con ella, vuelve el silencio.
Los soldados permanecen, moribundos, de pie. El hombre, el hombre que camina por la intensidad, pasa entre ellos. Los reconoce en la mirada de cada uno de nosotros. Pero no les presta atención. Va hasta su escritorio. Junta las fotos y los muñequitos ante el hombre de seguridad.
Nos saluda con una sonrisa tan variada como la vida misma. Sus labios se retuercen. Quiere decirnos algo. Pero ese algo trepa por su pecho y ya puede anticipar que no pasará por su garganta y no quiere abrirle la puertita de sus ojos enfrente de todos nosotros. Sus labios, entonces, se retuercen y nada más.
El de la seguridad le señala, apenas, hacia los ascensores. Como si él no lo hubiera visto ir y venir todos los días hábiles por cuatro años. El despedido contiene el insulto y lo sigue.
Un hombre camina en la intensidad hacia la puerta.
Su sombra se arrastra detrás y, en ella, abrazos y llantos y cucharitas y los juegos a los que jugaba de chico y esa mujer que le rompió el corazón y películas vistas acurrucados con esa mujer antes de que le rompiera el corazón y su odio por el helado de sambayón y ese sábado soleado y la primera vez que rió tanto que le dolía la panza y los cachetes y su primera clase de guitarra.
La puerta se cierra detrás. La sombra con su océano de momentos se escurre bajo de ella, pasando como un charco hasta la otra habitación.
Queda acá, de este lado, el silencio.