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martes, 24 de noviembre de 2009

Esféricos Rambos

El sueño manda a matones para que le den una buena golpiza a mis ojos. Pero mis ojos, dos esféricos Rambos, resisten. No se cubren con los párpados buscando protegerse o, al menos, amortiguar el dolor. No. Siguen abiertos. Siguen abiertos por más que sepan que no hay motivo alguno para soportar la tortura. Porque saben. Saben que el resto entero del cuerpo se ha rendido al sueño. Saben que no hay nada interesante desplegándose delante de ellos. Saben que el día afuera está nublado. Saben que no tengo trabajo en esta oficina. Saben que todas las personas jerárquicamente superiores a mí están en una conferencia y que lo van a estar por unas cuantas horas más. Saben que es tan fácil, y tan cómodo, rendirse. Cerrar los párpados y dejarse ir. Pero no. Esféricos Rambos.
Giro morosamente hacia mi costado. Y un puñal se retuerce en el abdomen de mis ojos. Ellos gritan y escupen sangre y se ríen y les preguntan a los matones si eso es todo. El gordo Spam ronca. Giro morosamente hacia mi otro costado. Ramiro ronca.
–Vamos, no tiene sentido seguir.- insta uno de los matones- Todo su cuerpo declaró la retirada. E incluso, miren, cuerpos aliados. Cierren los malditos párpados de una buena vez.
Mis ojos, ensangrentados, sonríen con esos labios y dientes ya rojos. –Siempre estuvimos solos en esta guerra.
Asomaron entonces sus cabezas. Como los soldados japoneses que, desconociendo el fin de la Segunda Guerra Mundial, permanecieron escondidos en bosques por décadas. Mis neuronas asoman sus cabezas entre los árboles. Escucharon los gritos de dolor y de resistencia de mis ojos. Reconocieron en estos un llamado. Se juntaron entonces y, en el piso del bosque, trazaron un plan de rescate.
A través de la sangre puedo ver al gordo Spam, ese ser interminable, devorador de comida chatarra y de chismes de la oficina, que sale con la hermosa de Majo. Y, al lado, a Ramiro, un oficinista bastante boludo que lo promoví a archienemigo al haber cambiado a mis espaldas mi chocolatín por el suyo.
Una de las neuronas asiente, mirando al plan trazado en el suelo. El resto comienza a asentir también.
Me levanto. Voy hasta Majo. Le sonrío. Me sonríe. –Te morís de sueño, ¿no?- me dice.
–No. Ni un poco. Jamás.- rugen mis ojos.
–Sí, la verdad que sí.- le digo yo- Encima con los ronquidos de esos dos…
Se ríe como se reiría una ardilla. –Se los escucha desde acá.
–¿A vos eso no te jode?
–No, me pongo los auriculares y listo.
Sonrío. –No, no… Decía cuando dormís… con…
–No.- se adelanta- Eso del gordo y yo es un mito. No sé quién empezó ese rumor.
Por un lado estoy aliviado. Siempre quise creer que eso era una mentira del gordo Spam. Busco que el alivio se muestre como sorpresa en mi rostro. –Ah, ¿sí? ¿Y lo de Ramiro también?
Echa su cabeza hacia atrás. –¿Qué? ¿Ahora estoy con ese boludo supuestamente?
–Supuestamente.
–Pero ni hablo con él. No entiendo. ¿Quién carajo vendrá con esos rumores?
Me encojo de hombros. Suspiro. –Hay dos opciones, creo.
Se acerca hacia mí. Puedo olor su perfume. Intento amputar el abanico de deseos que el mismo despliega en mí. –A ver…- se interesa.
–Sos una mina linda.
Sonríe. –Dale.- dice, incrédula.
–En serio. Muy linda. Por lo cual puede ser el rumor de alguna mina celosa y boluda que te quiera hacer quedar mal.
–Puede ser.
–Puede ser.- repito- O…
–O…- ayuda.
–O puede ser el rumor de algún tipo inseguro y boludo que quiera quedar bien. O dos tipos, con un rumor autoreferencial cada uno.
Frunce el entrecejo. –Decís que esos dos…
Vuelvo a encogerme de hombros. –Puede, puede.
–Yo los mato. Yo voy y los mato.
Mi mano sobre su antebrazo. Intento amputar, de nuevo, el abanico de deseos que el tacto suave y cálido despliega en mí. Le sonrío. –Pará, loca desquiciada.
–Pero se lo merecen.- dice.
–No. No. No se merecen que vayas y les digas cosas sin sentido, enojada, sin que puedas probar nada de todo lo que les decís.
–¿Entonces?
–Se merecen una elaborada venganza.
Usan el filo de sus relojes para romper la cinta que ataba a sus manos. Se liberan. Tosen un poco más de sangre. Renguean hacia fuera del sótano donde los golpearon y torturaron. Respiran, trabajosamente, aire fresco que tiene olor a dolor, a sangre y a libertad. Mis ojos resistieron, solos en una guerra ya perdida, y ahora permanecen de pie, viendo cómo se ha revertido la situación. El sueño ha sido vencido. Un objetivo, una venganza, se yergue como despabiladora meta en el horizonte. Y delante suyo se despliega una recompensa, le hermosa sonrisa de una hermosa mujer. Y los esféricos Rambos le devuelven la sonrisa.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Creep

Te mintieron. Olvidate de las neuronas, axones, lóbulos y la materia gris. Esa no es la correcta arquitectura de nuestro cerebro. No. La verdadera, la que se despliega dentro de tu cráneo, está conformada por discos de vinilo. Uno arriba del otro, con sus respectivas púas. Decenas, cientos de ellos.
Cada uno tiene su peculiaridad, aunque de vez en cuando varios suenan al mismo tiempo.
Están los vinilos lisérgicos y surrealistas de los años 60s y 70s, cuya púa despierta cuando uno duerme.
Están los reiterativos, a veces tribales y a veces electrónicos, cuyos golpes repetitivos instan a respirar, pestañar, tragar saliva y demás reincidencias necesarias.
Están los discos vintage, que uno pone con amigos o con parejas, ya sea para recordar una cronología de distancias o de cercanías.
Están los virtuosos del rock progresivo, que despliegan habilidades o fantasías que uno considera ajenas y entonces uno acaricia el vidrio detrás del cual ellas bailan, ostentando sus posibilidades, y los dedos recorren el cristal imaginando otro tacto y los labios se mojan en un vaso de whisky, solo en el living, mientras cambia los canales en el televisor y la esposa y los hijos duermen. O mientras uno tipea números en una oficina con la mirada perdida en la ventana.
Están, también, los vinilos que saltan. Uno saca la púa, o la vuelve a encaminar, pero pronto se corre otra vez, como acechada por un fantasma, y ahí está, brincando cual conejo terco. Cada pisotada deviene en una reiteración. Pero no necesaria, como la anterior de respirar, pestañar o tragar saliva. No. Esta es una reincidencia dolorosa. Es la mirada de una mujer a la cual no pudimos besar. Es un pariente que ya no está más. Es una persona que amamos y que fue nuestra rutina y nuestros deseos y que ahora vive su vida y su vida nos es desconocida. Es una contestación que no nos animamos a decir. Es un error que en el recuerdo parece tan cambiable. Es una estrofa, repetida hasta el hartazgo, rogándonos que hagamos o que no hagamos algo. Y la ignoramos y corremos la púa y la púa vuelve a saltar.
Es algo que no pudimos resolver.
¿Qué demonios hago acá? No pertenezco acá. La frase es de Radiohead en Creep. La he tarareado años y años y años. Poco más de quince ya. Nos estamos poniendo viejos... Hasta la tuve de ringtone en la jocosa versión de Richard Cheese, lo cual es la desmitificación absoluta, la demolición última de cualquier sensibilidad. Pero así y todo la mano fantasmal, en los momentos más insospechados, aún agarra a la púa y la hace saltar en esa misma estrofa.
El sábado fui a un festival internacional y gratuito de música judía en el Planetario. Cosas que uno suele perderse por hacer las mismas pelotudeces de siempre. Llegué a la música judía a través de la música gitana. Llegué a la música gitana a través de Gogol Bordello. Llegué a Gogol Bordello a través de la película Everything is illuminated. Llegué a la película Everything is illuminated a través de una recomendación años atrás acompañada por mates en el Planetario. La vida a veces en un círculo.
Llegué al Planetario y escuché. Escuché y salté. Salté y bailé. Bailé y grité. Grité y aplaudí. Aplaudí y me enamoré de una chica que bailaba sonriendo, llevando su mandíbula inferior hacia un costado en una mueca por demás tierna. Y mientras bailaba se subió al escenario una cantante loca linda de Eslovenia y empezó a tocar una canción y yo conocía esa canción. Maravillas de la globalización. Y salté más. Y bailé más. Y grité más. Y aplaudí más. Y fuegos artificiales coronaron la noche con treinta y pico de músicos en el escenario, los de todas las bandas que habían asistido al festival, entonando juntos una canción tradicional. Cosas que uno suele perderse por hacer las mismas pelotudeces de siempre.
Llegué al domingo a través del sábado. Llegué al lunes a través del domingo. Y de vuelta a las mismas pelotudeces de siempre. Esta vez, el curso de Excel que continúa con sus fórmulas insípidas y sus chistes acartonados y la voz aburrida del trainer y la aspiradora que me succiona el alma y el monocorde sonido del aire acondicionado y bostezos y ejemplos y el break del almuerzo que nunca llega.
¿Qué demonios hago acá? No pertenezco acá.
Corro la púa, molesto. Miro alrededor, buscando al fantasma pícaro que se encarga de hacer saltar al vinilo. Nadie. Ni siquiera la insinuación de un rostro o una sombra. Esta oficina es incapaz de albergar algo espectral, sobrenatural, poético. Pero de todas formas ahí está, escondido detrás de algún monitor, riendo en voz baja por su travesura. Y resoplo, malhumorado por mi impotencia. Los de alrededor me miran con el rabillo de sus ojos. Miran, luego, a mi libreta que en vez de estar llena de anotaciones sobre Excel y sus misterios se encuentra habitada por dibujos. Una expresión peyorativa trepa por sus rostros. Como si contemplaran a un extranjero cuya distancia les molesta. Y mi lapicera esboza en la hoja un dragón con galera y bastón y sus ojos dan latigazos a mi espalda.
Aunque me siento solo sé que este aislamiento no me tiene por único habitante. Hay una legión allá afuera. Una legión de extranjeros. En trabajos insípidos. En contextos chapuceros. Gente que no pertenece. Que sonríe y viste una máscara y trata de pasar desapercibida pero no puede. Aunque a veces debe hacerlo y se esfuerza y lo logra. A medias. Gente que se alegra por una cantante loca linda de Eslovenia, o por cualquier variación de esta peculiaridad. Gente que es argentinamente distante a lo argentinamente cercano.
El tiempo implacable arremete contra ellos y empapa de otoño a sus virtudes que caen fatigadas por resistir en vano. O caen ahogadas por no ser nutridas ya que el cansancio los arrima a hacer las mismas pelotudeces de siempre. Y las mismas pelotudeces de siempre avecinan a esta gente a los mismos pelotudos de siempre. Entonces la cara se consume bajo la máscara. Y de vez en cuando, mientras toman whisky frente al televisor, solos en el living, suenan los vinilos del rock progresivo con su despliegue de habilidades y fantasías y posibilidades que debieron renunciar. Y suena una canción de esa cantante loca linda de Eslovenia y recuerdan y sonríen y beben otro trago y se van a dormir.
Esta legión, cada uno desde su soledad, desde su frustración, golpea y patalea un muro. Todo muro se puede vencer. Pero el cansancio de la rutina, la confrontación contra las plagas económicas y políticas de este país, debilitan los puños y el muro de yergue estoico e imbatible.
–Wilfredo, ¿podrías pasar al frente para demostrar cómo insertar esta fórmula?- me pide el trainer.
Miro a mi alrededor, volviendo del ensueño. –Claro.
Voy al frente. Me inclino sobre la computadora y clickeo acá y allá y allá y copio unos números de una columna y los pego en otra columna y clickeo con el botón derecho y el trainer me corrige y yo asiento y clickeo con el botón izquierdo y la mano del fantasma se desliza sobre la púa y ¿Qué demonios hago acá? No pertenezco acá.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Encima eso

¿Qué harías si te indemnizan? La pregunta es la ensoñación de cada oficinista en mañanas cuando aún no llegaron los compañeros y toma mate, solo, mirando a través de la ventana al diseño abstracto que el cableado de los edificios estampa en el cielo.
Quizás irme, finalmente, a Tierra del Fuego. Buscar algún lugar en la costa. Un lugar con árboles y una cabaña. Y vivir ahí. Y tomar mate, solo, mirando a través de la ventana al mar del fin del mundo. Tal vez viajar. Viajar y empaparme de historias, olores, sabores, colores, mujeres, risas, idiomas, paisajes, silencios, todos ajenos, todos nuevos. O, por qué no, invertirlo. Agarrar el dinero e invertirlo todo en algo que asegure que jamás volveré a pisar una oficina.
La pregunta es la ensoñación de cada oficinista y es, también, mi frustración. Porque me indemnizaron. Y, como conté en “Dante, viejo y peludo”, no lo invertí. No me empapé de mundo. No me fui a Tierra del Fuego. No. Me quedé. Me quedé, alquilando, buscando un buen trabajo. Buscando algo dentro de lo mío. Buscando algo que me apasione y, también, me mantenga. Buscando, aunque sea, algo donde no hubieran matafuegos ni gente que merezca ser asesinada con los mismos. Pero los meses se sucedieron con una marcha inquebrantable y los ingresos apremiaban y conseguí un trabajo, de nuevo, en una oficina. En una oficina donde hay matafuegos y gente que merece ser asesinada con los mismos.
Ramiro, por ejemplo. Él sí hizo lo que fantaseé por tantos años pero que, al conseguirlo, no lo concreté.
–Muy bien Inglaterra. Muy linda.
Encima eso. Inglaterra para mí es… O sea, siento una conexión con los ingleses que…
–¿Fuiste a Stonehenge?- pregunto para dejar de pensar.
–No sé. No creo. ¿Qué es eso?
Entrecierro mis ojos. –El monumento. Circular. Las piedras.
–No, no.
Suspiro. –¿Y las Casas de Parlamento?
Estira su cabeza, invitándome a una definición.
Frunzo los labios. –Un edificio viejo, con—
–Ahí todos los edificios son viejos, man.
Asiento. –Claro, claro.
Encima eso. Este se fue a Inglaterra que para mí es… O sea, siento una conexión con los ingleses que… Y este… Y este ni la más puta idea qué es Inglaterra y tiene el descaro de decirme que él si fue y yo no.
–Más modernoso es el norte.- agrega Ramiro.
–¿De Inglaterra? ¿Sí? Porque yo había—
–No. De Europa.
Toso. No puedo evitar toser. Los países nórdicos, Finlandia, Noruega, Islandia, Suecia, para mí son… Son… Siento que tengo sangre… Algún antepasado… Las palabras me fallan para poder describir lo que…
–¿A dónde fuiste de ahí, seré curioso?- pregunto con un tonito de voz fino, como si la pregunta atravesara un agujero diminuto y se retorciera y estirara para poder pasar.
–Me arrastraron por todos lados. Suecia, Finlandia, Islandia, Noruega.
La pregunta que hice fue una infradotada. Si al llegar a la garganta vio que ahí había un nudo, que habían bajado la persiana del boliche, que había un cartel de contramano, la infradotada de mi pregunta tuvo que haber dado la vuelta atrás y retirarse en vez de seguir adelante, heroica, como Indiana Jones rodando bajo la pared que descendía y encima dándose el lujo de buscar su sombrero que había quedado atrás. Porque hizo eso. La pregunta metió el “seré curioso”, así, elegante, cinematográficamente, de más, como Indiana con su sombrero.
Me lo merezco. Me lo merezco por pelotudo. Por intentar cambiar. Porque soy un tipo tímido. Un tipo cuya idea de paraíso es una cabaña rodeada de bosques con un ventanal al mar del fin del mundo. Y acá estoy, socializando. Indagando. Preguntando. Intercambiando. Me lo merezco. Merezco sufrir. Merezco padecer la desgracia de escuchar a alguien despreciando lo que no sólo deseé, sino que pude tener pero no me animé. Y la frustración se posa sobre mí como una sombra. Aunque la sombra es del gordo Spam, con una caja de chocolates.
–¿Te vas mañana?- pregunto.
–Mañana me voy.- dice Spam. De vez en cuando le gusta hablar como Yoda.
Encima eso. Esta mole va por un mes a Tailandia. A dar un curso en una sucursal de esta empresa. Y yo por Tailandia… O sea, la comida, la música, los paisajes, la religión… Tailandia para mí es… Y este, con su remera XXXL de Cristian Castro… Este va… Y yo… Y yo… Y yo agarro uno de sus chocolates. Y sonrío mientras el gordo Spam arrastra su anatomía infinita hasta otro lugar. Miro al chocolate. Blanco. Encima eso. El chocolate blanco no me gusta.
–Después de ahí, del norte de Europa, me fui a Rusia.- continúa Ramiro.
Lo miro. Frunzo los labios. Encima eso. Rusia para mí es… No. Me voy al baño. No puedo soportarlo. Cuando vuelva va a estar hablando de Tinelli y ya no sufriré. Tanto, al menos. Bueno, sí, sufriré pero no con algo tan personal.
Me lavo la cara. Me miro en el espejo. –Fuerza.- me digo.
Mi manager sale del cubículo. –Los miércoles se complica, ¿no?- sonríe.
Encima eso. No sólo me escuchó sino que me lanzó esas muletillas sobre los días de la semana y su dificultad que tanto aborrezco.
–Un poco, sí.- acepto. Encima eso. Tengo que comérmela para poder seguir pagando el alquiler. Más aún ahora que me lo suben. Encima eso, también.
Vuelvo. Me siento en mi lugar y giro hacia Ramiro que efectivamente me habla de Tinelli. Desenvuelvo mi chocolate para mitigar la miseria de esta nueva conversación. Y ahí está. El chocolate. Miro confundido el paquete. Es chocolate amargo. Frunzo el ceño. Ramiro continúa hablando, como si nada. El sinvergüenza me cambió el chocolate cuando fui al baño. Tenía chocolate blanco. La puta madre. Tenía chocolate blanco.
Lo llevo a mi boca. Y la amargura se despliega en mi boca y la venganza en mi mente. Encima eso. El chocolate amargo me encanta. Así que masco lentamente, muy lentamente.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Abandonad toda esperanza quien clickee aquí

Al menos tengo dos chupetines. Debo, quizás, conformarme con eso. Pero no puedo. No puedo hacerlo.
Una cadena de ignorancias autoinfligidas nace del chupetín que está en mi boca. Ignoro el hecho que estos dulces son una táctica de la empresa. Finjo desconocer que si nos los dan es por el azúcar. Pretendo ser un desentendido del efecto estimulante que tiene el azúcar. Desoigo esa vocecita afirmando que si nos lo dieron fue para mantenernos despiertos en el ambiente más somnoliento posible: un curso de Excel un viernes nublado por la mañana.
Por más que tenga a su engaño químico esparciéndose por mi cuerpo, buscando que me concentre, que me entusiasme por lo inentusiasmable, no puedo evitar pensar, una y otra y otra vez, que no pertenezco a esta oficina. De la misma manera en que no puedo evitar percibir al tiempo acá como una criatura torpe, gorda, embarrada, cansada, fastidiada. Una criatura que no avanza. Que se echa a dormir, pero no lo consigue, y entonces cambia de postura y rezonga y ronca y se rasca y tose y se destapa y se tapa y cambia de postura y se rasca.
No puedo evitar sentir, tampoco, a una aspiradora clavada en mi pecho. Succiona, silenciosamente, a mi vida, a mis ganas, a mis virtudes, a mis creatividades, a mis intereses. A mí.
La voz monocorde del trainer enumera fórmulas de Excel, desnudando sus utilidades y funciones con cierta pedantería, vanagloriándose, como si nos develara secretos de la alquimia, nuevas poses del Kama Sutra, la ubicación de la Atlántida o la incógnita del éxito de Two and a half men.
Quisiera arrancar al matafuego de la pared y golpear su cráneo una y otra y otra y otra vez hasta que no haya más cráneo. Hasta que no haya más la posibilidad de decir “Si me hacen el favor de clickear con el botón derecho sobre esta célula...”
Pero me detengo.
Mis fantasías sobre agarrar matafuegos y con ellos volver cubistas a los rostros de mis compañeros son recurrentes. Me preocupa. Estoy sin dudas estancado creativamente. Todo por culpa de esta maldita aspiradora que me amputa las ideas. Todo por culpa de este maldito Excel que le da lugar a la aspiradora. Quisiera crear una máquina del tiempo para volver al pasado y arrancar un matafuego y destrozarle el cráneo al inventor del Excel y así poder fantasear con otra manera de destrozar cráneos que involucre a un matafuego. ¿Un teléfono tal vez? No. Mierda. La aspiradora sigue succionando por más que ya no haya nada ahí.
No me queda otra. No me queda otra más que esperar a que pase el tiempo y que el curso termine. Al menos tengo dos chupetines. Debo, quizás, conformarme con eso. Pero no puedo. No puedo hacerlo.
Lo que debo es concentrarme. No en el curso. No en las mil y una fórmulas de este programa del demonio. Si acepté venir fue para seguir de cerca a Majo. Tal vez porque es hermosa. Quizá porque no puedo entender cómo alguien tan polimórficamente nauseabundo como el gordo Spam puede estar con alguien así. Tal vez porque al indagar en esta despareja unión quiero entender mi soledad. O quizás porque la aspiradora ha succionado en verdad todas mis virtudes y busco la venganza más sinvergüenza, asquerosa, infantil y mediocre: robarle la mujer.
No hay nada como compartir bostezos para entablar una relación. Donde, ante el imperialista aburrimiento que avanza sobre cada flanco posible del cuerpo y de la mente, el menor gesto o el chiste más inacabado pueden despertar una risa. Donde a uno, por contraposición, no le queda otra más que resultar interesante.
El trainer saca pecho, con una sonrisa. –Chicos.- dice con tono de maestra jardinera- Si me hacen el favor de clickear con el botón derecho sobre esta célula…
Giro a mi derecha, hacia el lugar de Majo, con el chiste armándose en mi boca. Suspiro. Miro a su monitor apagado. A su asiento vacío. Elevo la mirada hacia la ventana y me pierdo entre los edificios y el cielo gris. La imagino, a unas treinta cuadras, en su cama mirando una película con un certificado médico falso en su mesita de luz y una sonrisa en su cara. Esa hermosa sonrisa, nocturna y luminosa, que el gordo Spam tiene el privilegio de besar. Miro, por último, a su chupetín sobre mi escritorio, esperando a que se termine el que tengo en mi boca para reemplazarlo. Al menos tengo dos chupetines. Debo, quizás, conformarme con eso. Pero no puedo. No puedo hacerlo.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Los señorcitos de mi reproductor de MP3

Me saco los auriculares. –¿Qué?
–¿Nos anotamos en el curso de Excel?
Lo miro. –Dejame de romperme las pelotas, Ramiro.
Me pongo los auriculares.
Creo que hay pequeños señores en mi reproductor de MP3. Estos señorcitos son los que eligen las canciones, que de ninguna manera son aleatorias. Y lo hacen con una finura increíble. Sí, a veces parecen aleatorias. Es cierto. Pero es cuando están cansados. Fastidiados de su trabajo. Esperando al viernes. Tomándose un café en la cocinita del reproductor de MP3. O revisando sus mails. Ahora, cuando se sientan en sus pequeñas sillas, despojados de cansancios, aburrimientos y desganos, ahí, estos señorcitos hacen historia. Ahí estos señorcitos emplean canciones en momentos oportunos, acompañan con una tonada a un sentimiento o a una vivencia.
Saben cuál poner cuando estoy pagando en la boletería del subte y el subte está ya en el andén y suena la chicharra y me está dando las monedas y puede ser que llegue, puede ser.

Saben cuál poner cuando miro a una mujer y deseo besarla muy lentamente.

Me saco los auriculares. –¿Cómo?
–Que parece piola el curso de—
Me pongo los auriculares.
Saben cuál poner cuando llueve.

Y ahora, mientras miro cómo el gordo Spam habla con la hermosa de Majo, los señorcitos también saben qué poner.

Gentle Giant. El gigante gentil. ¿Cómo puede ser que el gordo Spam esté con Majo? ¿Cómo puede ser que esté con alguien? ¿Será tan desagradable como lo veo? ¿O al enojarme con esa unión estoy enojándome con mi desunión? Después de todo, estoy más solo que una persona que quiere decir que está más sola que algo pero no recuerda qué es ese algo, qué es lo que se suele decir, y se pone a preguntar qué se dice, ¿se dirá más solo que un turco en la neblina?, no, eso es más perdido que un turco en la neblina, ¿se dirá más solo que bocina de avión?, no, eso es más al pedo que bocina del avión… a ver… más solo… más solo… más solo que árbitro en el día de la madre… ¿era así?... y de repente esa persona se percata que hasta está solo en el mundo de las metáforas, que se encuentra aislado de las correctas expresiones… Así de solo.
Quizá no pueda concebir esa unión tan dispar. Quizá entiendo el concepto de que los polos opuestos se atraigan pero, en la realidad, me niego a aprehenderlo. O quizá años de oficina socavaron en mis pocas buenas cualidades, volviéndome merecedor de esa soledad, volviéndome un ser repugnante que envidia a un pobre gordo que supo conseguir a una mujer de sueños. No lo sé. Es algo que sin dudas tendré que investigar. Como un detective en una película policial negra, husmeando en los rincones de mi ser.
Y a propósito, los señorcitos saben qué canción poner en ese ánimo.

Me saco los auriculares. –¿Qué pasa ahora?
–¿No te anoto entonces?- me dice Ramiro. Veo que en la lista está el nombre de Majo.
–Sí, man. Te dije que me parecía piola el curso.
Se rasca la frente. –¿Qué?
–Te dije que me anotaras desde el comienzo.
Ramiro frunce el ceño, confundido.
Me pongo los auriculares. Los señorcitos, de nuevo, saben qué poner.

¡Venganza!

lunes, 2 de noviembre de 2009

Tufillo a tridimensionalidad

Hay objetos, personas, lugares, comidas, músicas, textos, y hasta gestos, que transitan día a día por los senderos de la bidimensionalidad. No se despegan de su carácter superficial y previsible.
Tomemos, por ejemplo, las historietas. No las viñetas de humor que aparecen en los diarios. Sino el comic. La mayoría de la gente piensa que recorren la bidimensionalidad de tetas y superhéroes. Que no se apartan de una lectura masturbatoria de una adolescencia tardía.
Grave error.
Déjenme ejemplificar con From Hell, un comic de (al menos) 500 páginas, de Alan Moore y Eddie Campbell.
Hicieron una película basada en esta historieta. Actuó Johnny Deep. Quizá la recuerden. A Alan Moore le disgustó tanto la adaptación que pidió que en todas las veces próximas que adaptaran una historieta suya no lo mencionaran nunca como creador. Que no quiere tener nada que ver con lo que hagan con sus historietas. Quien lea la novela gráfica sabrá entenderlo.
From Hell, la historieta, es una obra sublime, profunda, ramificada y dura, dura como ninguna. Alan Moore toma a Jack el destripador como padre del siglo XX. Lo entrelaza con el periodismo fabulador y sensacionalista. Con la hipocresía. Con la violencia. Los resentimientos. El sopor. El aburrimiento. Las conexiones del poder. Con una sociedad inmovilizada. Con frustraciones sexuales. Con el grito desesperado que se escucha de fondo en el día a día. Lo entrelaza con lo que veo, escucho y siento todos los días en esta oficina.
No es una lectura sencilla. Por ejemplo, hace un recorrido por la arquitectura de Londres y su significado simbólico. Sobre detalles de arquitectos paganos en iglesias cristianas. Sobre diversas religiones y sus similitudes y significados. Sobre la historia inmigratoria, política, religiosa y económica de Londres. Sobre la evolución del cerebro a lo largo de los siglos y su influencia en la subjetividad. Sobre el antiguo culto a divinidades femeninas, y el poder social que tenían las mujeres en los comienzos de los tiempos. Pues la mujer daba a luz y ese fenómeno no se entendía del todo y era alabado y la mujer, venerada. Sobre cómo el hombre se rebeló, tomó su poder, la dominó, sumió, y con símbolos y dioses la mantuvo así. Sobre cómo el sacrificio de vírgenes o del primer nacido son sacrificar la sexualidad de la mujer: su inicio o su fin. Un concepto sin duda curioso e interesante, al cual remite con hallazgos arqueológicos, antropológicos y legales. El rol más bien sumiso de la mujer desde hace miles de años hasta no más de 50 años atrás, desde la prohibición del voto, de educación, de trabajo, de decisión sobre su embarazo, su rol recatado y pasivo en la sexualidad y el cortejo, su similitud de propiedad en casamientos por arreglo, hasta de prohibición de fumar en público, no es gratuito. Habla, luego, sobre las veces en la que la mujer buscó resurgir. Y sobre cómo el hombre, con crueldad, religión y símbolos, intentó seguir manteniéndola dominada. Y traza a Jack el destripador como punto cumbre.
No es sin dudas una lectura sencilla. Ni agradable. Porque remueve muchas cosas atávicas, antiguas, que parecían estar dormidas adentro de uno.
A ver.
Imagínense esto.
Imagínense a una prostituta, llamada Mary, de la Inglaterra Victoriana.
Imagínensela linda y dulce y perdida en la vida.
Imagínensela borracha, sí. ¿Pero qué otra le quedaba? Se vendía por monedas con tipos que la embarazaban porque le acababan adentro sin que ella pudiera evitarlo. Que le tiraban las monedas en la calle. Que la insultaban. Con proxenetas sacándole dinero. Con la sociedad mirando para el otro lado. ¿Qué otra le quedaba a Mary?
Imagínensela siendo mutilada por Jack el destripador.
Y no sólo eso. Sino con violencia y calma e intimidad y soledad. Tomándose su tiempo. Jugando con las partes de su cuerpo.
E imagínenselo a Jack, mientras le rebana los pechos, apareciéndose con ella, ya descuartizada, en una oficina.
Imagínenselo a él, ensangrentado, cuchillo en mano, hablando a oficinistas que no lo escuchan.
Imagínenselo diciendo lo siguiente:

Niños morosos, bárbaros, jugando sin alegría con sus juguetes inconmensurables. ¿De dónde proviene el sopor de sus ojos? ¿Cómo este siglo los ha adormecido tanto? ¿Debe el hombre recibir maravillas sólo cuando perdió todo asombro?
Su época nació con sangre y fuegos, mientras que ustedes puede que no vean ni la más mínima chispa. Su pasado es dolor y acero. ¡Conózcanse! Con todos sus números titilantes y sus luces, no piensen que están desconectados de la historia. Su raíz negra los nutre. Está adentro suyo. ¿Están tan dormidos que no pueden sentir el aliento de esta sobre su cuello, ni ver la sangre que empapa a sus puños? ¡Véanme! ¡Despiértense y mírenme! He venido a ustedes. Estoy entre ustedes siempre. […]
Una cultura desinteresada. […] Sus mujeres, muestran todo menos sus sexos y sin embargo esta exposición no provoca ni la más mínima respuesta. Su propia carne no les significa nada. ¿Qué pensarán ustedes de mí? Que soy un antiguo demonio o un pequeño desagradable horror. Sin embargo, ustedes me asustan. No tienen alma. Con ustedes, estoy solo. […] Este desafecto. Es el Apocalipsis.
Ah, Mary, cómo el tiempo nos ha igualado. Somos iguales, ambos meros curiosos de nuestra desvanecida época en este mundo sin lujuria. En este mundo soy ignorante, mientras que vos… vos sos virtuosa.

Y la abraza, diciéndole eso la abraza. Y lo hace con dulzura. Con amor. Empapado en su sangre. Con sus vísceras y venas colgando de sus manos.
Si puede haber algo tan jodidamente tridimensional, con tantas lecturas distintas, en algo por prejuiciosa antonomasia bidimensional como es la historieta, sin dudas lo puede haber en el gordo Spam.
Puedo estar equivocado sobre su bidimensionalidad: decir chistes y engordar.
Puedo haberlo juzgado mal. Después de todo, lanzó un chascarrillo sobre la Guerra Fría. Una persona insípida, aburrida, monótona, no haría algo así.
Hay cierto tufillo a trisimensionalidad ahí.
Me acerco a su escritorio. Le pregunto por su fin de semana. Me comenta que fue al teatro. Levanto mis cejas, en aprobación. Temo que me diga una de esas obras con tetas y culos al aire y humor de pacotilla. Me dice que fue a ver al Fantasma de la ópera. Levanto aún más mis cejas. En un arrebato de amistad voy a cantarle uno de los leitmotivs. No el de amor. Sino el pulenta. El chaaaan chan chan charan chan. El sing for me. El de Nightwish. El gótico. El que la descose. Pero se me adelanta.
–Chaaan... chan chan charan chan. Charan chan.- canta.
Asiento con la cabeza. Encontré a alguien interesante debajo de esa coraza desagradable. –Terrible, ¿no?- digo.
–Terrible bolazo, man.- contesta- Un embole la música. Y esa canción, en particular, es re careta.
–Careta.
–Careta, sí.
Entrecierro los ojos. –Pero a vos... ¿Qué música te gusta más o menos?
–CC.
–¿La de La niñera? ¿Sacó un disco?
–No, boludo. Cristian Castro.
–Ah.
–Eso es pulenta.
–¡¡Chaaan...!! ¡¡Chan chan charan chan!! ¡¡Charan chan!!- canto para mis adentros. Eso es pulenta. Pero bien, gustos musicales. Hay varios. Y a mi me gusta la música de Ucrania así que hace rato que aprendí a ser yo el raro.
–Fui con una minita.- me dice- Ella me llevó.- agrega, con tono rasposo y la mirada perdida más allá de la ventana, en el día gris. Una mirada taciturna, tal vez.
Bien. Coquetero. Hombre que entiende los deseos de una mujer. Que la acompaña. Que comparte un vino con ella y comparte un postre italiano y hablan sobre la obra y sobre ella. ¡Bien Spam, viejo y peludo!
–Seh.- agrega- La próxima elijo yo la obra de teatro.
–¿Cuál?
Vedetísima.
Lo miro. Contengo la respiración. Asiento quedadamente con la cabeza. Esto no está yendo a ningún lado.
Me distraigo enseguida con Majo. La veo caminar y me pierdo con el mayor disimulo posible en el deshielo de su ropa y en la insinuación de sus pechos. Entrecierro los ojos y siento su perfume. Muevo los dedos de mi mano, intentando adivinar el tacto de su piel. Me alegro no ser esos adormecidos inalterables descriptos por Jack.
El gordo Spam sonríe al ver mi mirada casi criminal. –Con ella fui.
–¿Qué?
–A ver al Fantasma de la ópera.
Lo miro.
Me mira.
Lo sigo mirando. Sus ojos hablan verdad.
Gordo Spam, tu tridimensionalidad será mi pie entre la bidimensionalidad de tu culo.