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miércoles, 30 de septiembre de 2009

Inestimable

Lo tengo que hacer. De vez en cuando lo tengo que hacer y si lo hago es porque soy un tipo tierno.
Sé que semejante comentario, más aún en quienes hayan leído el abanico de crueldades que realicé en años pasados, despertará sonrisas incrédulas, irónicas, a la expectativa de un giro de rosca, de una maldad durmiente en el instante previo a ser despertada.
Pero la verdad es que soy un tipo tierno.
Ejemplo: Father Ted.
Llegué a la serie Father Ted gracias a Graham Linehan. Llegué a Graham Lineham gracias a The IT crowd. Y llegué a The IT crowd gracias a mis diarias lecturas de Espoiler durante almuerzos calentados en microondas y devorados sigilosamente frente al monitor.
Había bajado los 25 capítulos totales de Father Ted. Al ver el primero, francamente, no me gustó. Me resultó lento. Trucho. Y, siendo ateo, un programa de curas no me llamaba la atención. Pero pronto me dije que tampoco me habían gustado los primeros de The IT crowd. Así que decidí darle otra oportunidad.
Al par de capítulos empecé a querer a los personajes. A quererlos en serio.
El padre Ted Crilly es ese tío bueno que todos buscamos en reuniones familiares. Es honesto, bueno, robó ciertos fondos de la iglesia... ¿pero quién no? Es paciente, bueno, ha insultado hasta a Dios... ¿pero quién no? Es creyente, aunque observó: "Los fascistas se visten en negro y le dicen a la gente lo que tienen que hacer. Mientras que los curas... eh... bueno."
El padre Dougal McGuire, si bien no me caía bien al comienzo, resultó un entrañable personaje, tonto hasta el punto de imbécil pero siempre simpático y con afiladas críticas a la religión y la iglesia, hechas desde su infantil mirada.
El padre Jack Hackett, ese viejo estropeado por el alcohol que lo único que podía decir era “¡culo!”, “¡chicas!”, “¡whisky!” y algún que otro insulto, era sin dudas un personaje maravilloso.
Y Mrs. Doyle… esa fea, fea mujer que les traía el té y tortas y limpiaba y cambiaba las tejas del techo. ¡Ah...! Me encantaría envejecer, ya viejo y decrépito, al lado de alguien así. Me encantaría. La ternura que me dio esa mujer.
Un par de capítulos luego, empecé a decirme: “Es imposible que hagan otro capítulo más.” Pero ahí estaban los próximos 20, esperando en mi computadora.
Déjeme explicar.
Father Ted es una comedia situada en una parroquia campestre en una isla ficticia, remota y minúscula de Irlanda, llamada Craggy Island. Al quinto capítulo, como es lógico, supuse que era imposible continuar. No tenían nada de qué agarrarse. Era el concepto de Seinfeld de un show sobre nada pero llevado al extremo. ¿Cuántas más cosas pueden suceder en una parroquia campestre en una isla lejana y olvidada?
¡Ah...! ¡Graham Linehan, viejo y peludo!
Cada capítulo, ideas nuevas y frescas. Cosas que los yanquis jamás se animarían a probar. Críticas mordaces. Tramas delirantes. Personajes entrañables. Y el sentimiento casero de fondo. De que no se preocupaban por ratings ni nada parecido. De que se divertían haciéndolo. De que esa parroquia era real. De que eran amigos de uno. De que uno los conocía. De que uno los quería.
Cometí el error.
Cometí el error de tratar de volverlo real, de buscar Father Ted en Wikipedia mientras la estaba mirando. Me enteré que el actor que interpreta a Ted murió poco después de haber filmado el último capítulo, lo cual tejió a los capítulos restantes con una melancolía increíble.
No sólo eso.
Me enteré que dos islas remotas y minúsculas de Irlanda se habían disputado cuál de las dos era Craggy Island ya que querían hacer un festival sobre la serie. Un festival sobre la serie, sí. En una isla remota. Sí. Ahora, ¿cómo decidieron cuál era? ¿Abogados? ¿Votos? ¿Dejaron que un ejecutivo de la cadena de televisión lo determinara? No. No, no. No. Lo decidieron con un partido de fútbol. Como cuando Ted era el DT de un equipo de fútbol con curas de 90 años y la hermosamente fea Mrs Doyle leía un libro llamado "Fútbol para mujeres", con una portada de telenovela, y hacía las de porrista. De la misma manera. 5 contra 5. Isla contra isla. Ahora, por favor, imagínense al verdulero, al kiosquero, al panadero, al carpintero y al campesino de una islita fría y olvidada jugando contra el zapatero, el cura, el hijo de la doctora, el pescador y el cartero de otra islita fría y olvidada, decidiendo quién era Craggy Island. Imagínense la angustia del que perdió. Imagínense lo que dejaron en el partido. Imagínenselo.
Eso no pasa con una serie yanqui. Esa clase de dulzura, de amor, de cariño. De compromiso. No pasa.
Y eso me conmovió. Creo que conmoverme por algo así me convierte en un tipo dulce.
Por eso tengo que hacerlo. Tengo que, de vez en cuando, recordarme que todo no es dulzura. Que el universo tiene 15.000.000.000 años y yo, 26. Que la humanidad es una sucesión de oscuridades apuñalada de vez en cuando por destellos de luz. ¿Cómo lo hago? ¿Cómo me recuerdo el lado oscuro? Prendo el noticiero. O voy al cine a ver una película pochoclera.
Como hice con District 9.
Ah, qué lavado maravilloso de dinero que es District 9. Si alguna vez se encuentran en el apuro de lavar varios millones de dólares vean la película. Les enseña con maestría cómo hacerlo.
Lo curioso es que la crítica no lo ha observado. Y la gente, aparentemente, tampoco.
Hace tiempo que Hollywood crea nuevas películas uniendo conceptos de dos películas ya hechas. Al azar. Tienen un tazón enorme con pelotitas donde están escritos los nombres de todas las películas. Un ejecutivo revuelve ante un escribano público. Saca una bolita. Lee el nombre. El escribano lo anota. Saca otra bolita. Lee el nombre. El escribano lo anota y le pasa, entonces, los dos nombres a otro ejecutivo, quien los escribe en un pizarrón enorme que durante meses será leído una y otra vez por mil monitos con mil maquinitas de escribir.
Ahora, ya saturados creativamente los pobres monitos, los de Hollywood han decidido el revolucionario concepto de sumar otra bolita. De tal manera, District 9 es la unión de Robocop, La mosca y Hotel Ruanda.
Ahora, la premisa de la historia (Hotel Ruanda) es interesante. ¿Pero qué pasa? La premisa no es todo. Como dijo Gabriel García Márquez: lo importante no es vivirla, sino contarla. Romeo y Julieta es una historia de dos familias que no se soportan y un pibe de una y una mina de la otra se enamoran. Nada más. Ahora, contada por Shakespeare es otra cosa. Tiene siglos y siglos y sigue en el imaginario colectivo.
Pero la crítica desangró elogios para District 9, subrayando su papel denunciador. Su carácter comprometido. Por más que sus diálogos sean torpes.
En el cine vi a gente descostillándose de risa cuando un personaje explotaba debido a las armas alienígenas. Lo cual pasaba más de una vez. Supongo que está bien, aunque es bastante estúpido, reírse por algo así en una película escapista-pochoclo. Pero esta película se propuso ser otra cosa más que una película escapista-pochoclo.
Observar que eso hacía reír a la gente, algunos descostillados de la risa, sin dudas me hizo quitar una capa de dulzura.
¿Qué más? A District 9 le falta sutileza.
Y advierto que en este párrafo cago el final. Si no quieren que les cague el final, pasen al párrafo siguiente. Cuando en el final la vemos a la mina viendo la flor de chatarra y diciendo "Mis amigas me dicen que no puede haber sido de él..." era mejor dejarnos con esa imagen, de la mina especulando, pensando, deseando. Pero no. Nos lo tienen que mostrar al tipo transformado en bicho haciendo la flor. Nos tienen que quitar la fantasía, la reconstrucción que el espectador hace ante una obra, la emoción. Porque ya sabíamos que era él. Pero así y todo nos lo tuvieron que mostrar. Así de poco vuelo tiene la película. Quizá sea necesaria su estupidez. Al lado mío en el cine uno exlamó en ese momento: "¡Claro! Ese es el tipo transformado ya en bicho.", lo cual demuestra mi poca fe en la humanidad. Y que otra capa de dulzura se cae.
Otra cosa interesante, a mi parecer, es que la película se propone contar algo distinto. Evolucionar tal vez el cine. Traer nuevos recursos. Nuevas historias. Da esa imagen. Ahora, para emocionarnos recurren a un instrumento musical que tiene siglos de antiguedad como el violín. Ahí, en esa estupidez, en lo aparentemente irrelevante, está la punta del iceberg a mi criterio. Es más de la misma mierda de siempre.
Pero la crítica y la gente la ponderó.
Otra capa de dulzura cae. Y al caer me doy cuenta que nada vale la pena. Que nadie ríe con Father Ted. No. Ríen con un hombre que explota. No pueden imaginarse envejeciendo junto a Mrs Doyle sino, ya viejos y decrépitos, deseando a la Megan Fox de turno. Que no hay sutileza en el mundo. Que no hay poesía. Que el universo tiene 15.000.000.000 años y yo 26, casi 27, y no estoy yendo hacia ningún lado con mi vida y que la mujer que amé me dijo que no y que un gordo pelotudazo amenaza con decírselo a toda la oficina.
Sus ojos se levantan morosos hacia los míos. –¿Qué pasa?- me dice el gordo de Spam.
Sonrío. Como habrán sonreído algunos al comienzo, esperando el giro de tuerca, la maldad durmiente en el instante previo a ser despertada. Y, al sonreír, cae la última capa de dulzura.
–Mirá tu mail.- digo apenas en un susurro, como quien contiene una risa.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Soldados de la resistencia

No hay peor infierno que un cielo mancillado. Hay cosas que siempre me han agradado y que, en una rutina oficinística poblada de entumecimientos, necesito resguardar. Son mi amparo final, mi última escotilla ante el vacío de allá afuera, ante los días que se suceden como bostezos, arañando cada uno de ellos en mi pecho, sumándose uno tras el otro en cada sonar del despertador, uniendo sus uñas y sus gritos en un coro insoportable hasta que la distracción de un nuevo sueldo los empapa de silencio por unos instantes. Son mi paraguas contra la rutina y el gris y las bocinas y la mugre y el sinsentido.
Son mi resistencia.
Me agrada la música. Me agrada de sobremanera. Y amputo los sonidos de esta oficina con diversas bandas de los lugares más ignotos. Porque estoy jugando a escuchar música que no esté en inglés, ni en castellano, francés, alemán o italiano. Por lo tanto sonrío, despojado de este lugar, asintiendo con la cabeza al ritmo de bandas de Eslovenia, de Rusia, de Rumania, Islandia, Hungría o de la República Checa. Y de Ucrania. No nos olvidemos de Ucrania.
Pero miro hacia algún lugar, hacia casi cualquier lugar acá, y mis ojos invariablemente encuentran insipidez. Y ahí la música desnuda su condición de escapismo y su cortina de hierro no es más que un mosquitero desgarrado y agujereado.
Necesito entonces otro soldado para socorrer al herido y disparar alocado desde la ventana de un edificio desmoronado, rodeado por todas partes por el enemigo que no deja nunca de avanzar pero que, de vez en cuando, se detiene.
El café. El buen café es algo que me encanta. Pero el de acá es ácido y el instantáneo no es buen café.
El enemigo da otro paso certero hacia mí.
Estúpido. Estoy confundido, eso es todo. Confundido por esta guerra de años contra el gris. Confundido y cansado, que ando llamando a soldados ya muertos.
El próximo soldado, compasivo conmigo tal vez, se presenta a sí mismo mientras me confundo por lo del café y por si debo pedirme uno o no. Es una mujer. Las mujeres, sin duda alguna, son lo único luminoso en la oscuridad. Y la única oscuridad posible en la luz. Pensarlas, desearlas o recordarlas. Esos tres verbos recorren todas las obras de los hombres. A esos tres verbos, por mi parte, le cebé incontables mates durante las horas en esta oficina, y las lindantes. He mirado, he deseado, he besado, he recordado, he sido rechazado.
–Es que pensé que ya no era bisexual. Que era nada más—
–Está bien.- interrumpo.
Pero nunca había sido rechazado con ese argumento.
Ella espera a que yo diga algo, a que la disculpe por haberme quebrado el corazón o por haber elegido una orientación sexual que no me contempla. Pero no hay nada que disculpar.
El silencio se esparce entre nosotros como un charco bajo una gotera. Decido pedirme un café. No porque pueda encontrar a un soldado de la resistencia ahí adentro. Sino para aparentarme ocupado. Para pensar qué decir. Para distraerme de sus labios y de la multitud de fantasmas que me empuja hacia ellos.
Otro soldado es la mirada. Me agrada mucho mirar a la gente. Imaginarme sus vidas. Sus pensamientos. Imaginar a qué departamento vuelven. Qué hacen. Imaginarlos aburridos. Divertidos. Imaginarlos teniendo sexo. Imaginarlos trazando planes. Saliendo a la noche. Durmiendo solos. Acompañados. Imaginarlos viviendo. Imaginarlos como seres humanos y no como paisaje móvil. Quizá sea un intento de aferrarme a un mundo que se me escapa. No lo sé. Pero me gusta mirar. Y mirar cuando miran. Esa delicia Kaufmaneana de la obra dentro de la obra. De verme en ellos. Verlos mirar. Verlos intrigarse por otros. Verlos desear. La cumbre es ver a una mujer viendo a otra mujer. Ver esa mirada siempre irregular, nunca fluida, siempre empezando en su cara, continuando por sus pechos, siguiendo su cintura, su cola, bajando por sus piernas hasta sus pies, para volver a su cola y, si la mujer es muy bonita o bien maquillada o con un escote prominente, volver a subir una vez más. Acompañar los movimientos de esos ojos siempre me ha deleitado.
Pero ahora.
Ahora que pretendo revolver el café.
Ahora que la veo a ella, a la mujer a la cual amé por una noche, mirando a otra mujer, no como el resto lo hace, ni como ella me mira a mí, ahora sé que no hay peor infierno que un cielo mancillado. Ahora sé que han pisoteado en mi última resistencia ante el gris.
Ahora sé que estoy vencido.
–La verdad es que me caés muy bien, Wil. Y siento que lo nuestro se está yendo a la mierda. Y no quiero.
–Pero tampoco querés…
–Nada más. No.
–Está bien.
–Perdón. Te tuve que haber dicho que soy lesbiana antes de salir con vos.
–No tenés que pedir perdón. Yo no te dije que soy heterosexual. Así que estamos iguales.
–Pero…
–Pero nada.
–¿Entonces?
–Entonces, no sé.
–Se va a ir a la mierda.
Me encojo de hombros.
–Quiero que me quieras.
Sonrío.
–¿Qué pasa?
–Sos una ovejita paseándose ante un lobo.
–Así que ahora sos un lobo.
–Sabés lo que quiero decir, dulce.
–¿No puedo convencerte de los placeres del vegetarianismo, señor lobo?
–No, señora ovejita. Me gustan las ovejitas mucho.
–Eso suena mal.
–Sos una tonta.
–Vamos. Volvamos que tengo laburo.
–Dejame tirar este café de mierda.
–Che, ¿y cómo va eso de buscar música de Afganistán y demás?
Sonrío. La amo por intentar hacer de cuenta que nada pasó. Que nunca nos vimos esa noche. Que nunca la besé. –Va bien. Si querés te paso una de Holanda que la descose.
–Dale.
Y mientras salimos de la cocina vemos, escondido detrás de la máquina de gaseosas, al gordo de Spam, fingiendo leer la lista de cumpleaños. Y sé que finge porque la lista es de hace dos meses.
–Hola.- nos dice intimidado por nuestras miradas, intentando ocultar su sonrisa, mientras enfila hacia el baño.
El gordo de Spam nos escuchó hablar. El chismoso más chismoso de la oficina.
Respiro profundo. Las bombas estallan cerca. Se pueden escuchar incluso los pasos del enemigo, acercándose. El edificio se desmorona. Es imbécil permanecer. Imbécil resistir. Pero quizá esté loco. Quizá después de todos estos años en esta maldita guerra contra el gris haya perdido la razón. Pero voy a hacerlo. Voy a llamar al próximo soldado.
La venganza entra en puntas de pie.

martes, 22 de septiembre de 2009

Comité de fantasmas

Las oficinas están llenas de ellos. Infestadas, incluso. Por lo que, al comienzo, me fue difícil distinguirlos del resto.
Resulta que me visitaron tres fantasmas.
Ajá.
Los fantasmas de mi soledad futura, pasada y presente.
Los tres revolotean alrededor mío, cuidando no ser succionados por uno de los tantos bostezos que hienden al aire. Como un moribundo ve a los buitres que vuelan en círculos arriba, alrededor suyo, así los veo; y bajo luego la mirada, entre desganado y reacio a aceptarlos. Finjo trabajar. Finjo un objetivo sólido, necesario, más allá de ellos. Una meta hacia la cual arrastrarme. Pero estoy en una oficina. No hay nada de tal naturaleza acá.
Y ellos lo saben.
Los malditos lo saben.
Sonríen.
Sonríen cuando revolotean, mirándome.
Saboreándome.
Mis dedos se deslizan fatigados sobre el teclado, acariciando conjugaciones de letras y números cuyo sentido me es ajeno pero que, por algún motivo, me pagan por hacerlo. Mis ojos la buscan, huidizos, entre las cabezas que se elevan por encima de los boxes. Y el resto agónico de mi intelecto, apuñalado por aburrimiento, por sueño y por demasiadas hipótesis sobre lo sucedido el jueves pasado, se retuerce mirando las fotos de ella en MSN, y sus nicks, preguntándose por qué los cambia, si hay algún significado oculto, algún mensaje, tal vez, destinado a mí.
No hay nada.
No hay lugar hacia el cual arrastrarme. No hay roca que arrojarles para espantarlos. No hay amparo. No hay escape. Me tumbo, vencido, en mi silla y los espero, ofreciéndoles mi pecho.
El primero en hundir su pico es el fantasma de mi soledad presente. –Le tenés que decir algo.- insta.
–No.- rivaliza el de mi soledad futura- Eso sólo devendrá en un momento aún más incómodo y se terminarían distanciando aún más y más y más y él terminaría solo.
–Eso ya está pasando. Él ya está solo. No están hablando. No realmente.- insiste el primero- Bostezan sobre que tienen hambre o sueño o qué comieron o sobre algún chiste acerca de alguien de la oficina, como para pretender que nada ha sucedido, que él no la besó y que ella no le dijo que es lesbiana. Conversaciones así no pueden durar.
El fantasma de mi soledad pasada, compungido, lleva la mano a su frente. –No puede serlo.- dice con los ojos cerrados, casi en un susurro, como si le doliera hacer memoria- Las cosas que ella le decía. La tensión que hubo. Su mirada. Su sonrisa. No es lesbiana. Él le gustaba.
–¿Y entonces qué pasó?- increparon, al unísono, los fantasmas del presente y futuro.
El fantasma de mi soledad pasada me mira a los ojos. Sonríe apenas, con compasión. –Le dejó de gustar.
Asiento quedadamente, con los labios fruncidos.
Un café.
¿Cómo pude olvidarlo?
Incluso en la mayor adversidad, en el más abisal sopor, en el más delirante aburrimiento, siempre, siempre, existe la muletilla de un café.Uno se para. Recorre monitores ajenos con la mirada. Camina. Presiona unos botones. Mira por la ventana al cielo rajado por cables. Escucha los ruiditos de la máquina. Saca el vasito. Revuelve. Vuelve. Y busca, aún otra vez, alguna página en Internet para mirar con la nueva compañía de un café. Incluso si ya la ha visto se la vuelve a ver. Como si le mostrara a su pareja una película que uno ya ha mirado. Bueno, lo hace igual pero ahora con el café. Compartiendo. Compartiendo con un puñado de ácido endulzado en un vasito de plástico. Maldita sea. ¿A quién quiero engañar? No hay escape. No hay amparo.
–Aunque quizá tendría que hablarle.- se contradice el fantasma de mi soledad futura- Sino ella contará que salió con él, que le dijo que es lesbiana y el rumor correrá por toda la oficina en un segundo y ninguna mujer le prestará atención y terminará solo y—
–Para vos siempre, de una manera u otra, terminaré solo.- interrumpo.
–¿Qué otra cosa soy más que el fantasma de tu soledad futura?- retruca.
No importa. Debo intentarlo. Decido darle una oportunidad a la muletilla del café. Me levanto. Me arrastro hacia la cocina. Los tres picos se retiran de mi pecho, asustados por el movimiento. De todas formas, no huyen. Me contemplan atentos. Y me escoltan. Tengo que lograrlo. Tengo que dejarlos atrás.
No tardo mucho en lograrlo.
Se distraen. Se distraen con otros fantasmas. Se ponen a charlar con los fantasmas de los sueños de quienes trabajan acá. Y con fantasmas de amores no correspondidos. De romances de un alter office. Fantasmas de relaciones que nunca fueron. Fantasmas de renuncias que murieron sin ser pronunciadas. Fantasmas de esperanzas. De aumentos. De ideales. De culos alguna vez hermosos que fenecieron ante la corrupción de una silla nueve horas cinco días a la semana. De esperanzas. De fidelidades apuñaladas por romances de oficinas. De riñones asesinados por el café ácido de acá. El mismo café hacia el cual corría, desesperado, como si fuese mi última salvación.
Los miro algo impacientemente. Una cosa es querer huir de ellos y de su verdad y otra muy distinta es que me abandonen. Que incluso mi soledad me deje solo. Les chisto, invitándolos a la trinidad fantasmagórica a que desnude el camino que tengo que seguir, a cómo hacer para recuperarla a ella.
Pero no.
Conversan muy a gusto con sus colegas sin prestarme atención. Insisto, acercándome unos pasos, mirándolos con lo que supongo es una mirada intensa. Y por el rabillo del ojo me veo. Me veo reflejado en la puerta de vidrio que da al hall de los ascensores. La idea revolotea encima de mí y no espera a que me haya muerto para hundirme su pico. Me he convertido en el fantasma de mis fantasmas, acechando a mi soledad.
–Es tiempo que la deje atrás.- pienso.
Por el momento lo que dejo atrás es al comité de fantasmas. Voy a la cocina y ahí está ella.
–Te quería hablar sobre algo.- me dice.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Puente Celeste

Pesan sobre mí unas cuantas maldiciones. Ridículas algunas. Insoportables la mayoría.
Una maldición es la reiteración de una hijaputez. Una sufrida constante que se la puede atribuir al azar pero, por mi parte, se la arrimo a algún dios enojado o a algún vecino macumbero. En mi defensa, es más sencillo depositar miedo y fe en una entidad imaginaria a que lidiar uno mismo con el vacío de la existencia. No por nada las religiones pueden sostenerse diciendo las mismas cosas que hace 2000 años. Al respecto, hay una maravillosa frase de un corto polaco de animación: “Los que escribieron la Biblia son los mismos que creían que la Tierra era plana.”
Pero estoy divagando.
Una de mis maldiciones, por ejemplo, es invariable. Siempre que, mirando televisión, me preparo algo para comer –y reitero la palabra siempre–, vuelvo a sentarme enfrente del televisor, ahora con la comida, y ni bien me siento empiezan los comerciales. Siempre.
Otra de mis maldiciones es curiosa. De chico, en Lomas de Zamora, siempre que caminaba por la calle –y reitero que reitero la palabra siempre–, al saludar a los vecinos estos me devolvían el saludo inverso. Por ejemplo, si les decía “Hola” me decían “Chau.” Si les decía “Chau”, contestaban con “Hola.” A mí solo me pasaba. Al de adelante, o al de atrás, le respondían con el mismo saludo.
Pero estoy divagando.
Entre tantas maldiciones, hace poco, como habrán podido leer en el post anterior, hubo una promesa de salvación.
Una mujer.
Y no cualquiera.
No.
Ella.
Ella que la vi desde que llegué a la variación del infierno que es esta oficina. Ella que me parecía elegante y dulce y sexual y misteriosa y nocturna y brillante. Ella que me resultaba interesante, seductora, intrigante. Ella que tenía una mirada que detenía el tiempo. Ella. Ella me habló. Y yo le contesté. Y la conversación nunca se detuvo.
No paramos.
No paramos de hablar.
Toda la semana. Por el IM de la empresa. Luego, por el MSN. Incluso de noche. Y en cafés improvisados en la cocina. Hablamos de ridiculeces, nos hicimos reír, nos contamos nuestros gustos musicales, cinematográficos, discutimos por horas sobre Sandman –esa obra que uno empieza a leerla apenas interesado y, al terminar la última historieta, está para siempre atrapado –y reitero la palabra siempre–.
Estuve estúpido. Toda la semana. Preguntándome qué podría ponerme de ropa que sea más coqueto pero que no muestre que de repente hice un esfuerzo. Preguntándome en la ducha sobre qué hablaríamos ese día. Y porqué no hablábamos de eso. Porqué no me animaba a invitarla a salir.
Pero estoy divagando.
Estuve hablando de maldiciones. Mi timidez ha sido, sin dudas, la mayor de mis maldiciones. Y esta vez amenazaba con devorarla a ella. Porque las conversaciones tan intensas y tan frecuentes terminan por quemarse a sí mismas si no se concretan.
Hablando de música ayer, ella me contó que tocaba Puente Celeste en el Tasso y me preguntó qué pensaba al respecto. Le dije que nunca los vi en vivo. Ella me dijo que tampoco. Le conté que el Tasso no es mi lugar preferido. Es mejor que Notorius que tiene la cocina demasiado cerca y eso interrumpe a la música. Ella me dijo tonto. Tonto me dijo. Me dijo que me estaba invitando a ir.
Ayer.
Le dije que sí.
Si son la clase de persona que les gusta la música, sean compositores, instrumentalistas o meros humanos como yo, vayan a ver a Puente Celeste. El percusionista tenía una hoja de palmera y una jaula de pájaros. O sea, podría ser esos que se quieren hacer los raros y tocan percusión con una percha. Pero no. El tipo tenía una batería normal. O sea, en algún momento ensayando con su batería el tipo frenó, con la vista perdida en algún lugar, y se dijo: –Pucha, me hace falta una jaula de pájaros y una hoja de palmera.
Y el que toca vientos... Ese es mi nuevo dios. Toca una flauta de Armenia y saxo y clarinete y otros tipos de flautas y no se puede creer como toca.
Todos. No se puede creer como tocan todos los de la banda.
De todas formas, esto lo hago como recomendación. Puente Celeste no necesita mi publicidad. Ayer, con el frío y la lluvia y el viento, pudimos entrar sólo porque habíamos reservado entradas. Estaba todo lleno.
Sí.
Fuimos a ver a Puente Celeste.
Los dos.
¿Cómo explicar cómo estaba ella vestida? Ese perfume. Esa insinuación de sus curvas. Ese maquillaje. Me hirió. Me desmanteló. Me tuvo en sus manos desde el comienzo de la noche. Y ella lo supo.
Reitero.
Era de noche. Hacía frío. Llovía. Nuestra mesa tenía una velita. Tomamos dos vinos. Dos vinos. Nunca habíamos visto a Puente Celeste en vivo. Por lo cual estaba esa emoción de inicio, de primera vez, ese descubrimiento compartido. Tanto en la banda como en nosotros fuera de la oficina.
Y ese viaje musical.
Desde alocadas melodías aceleradas, como Generala, que me daban ganas de ponerme a corretearla por todo el Tasso con una mirada criminalmente lujuriosa hasta canciones románticas como Chiquita.
Pero no nos besamos.
No.
Escuchamos. Comentamos. Nos deleitamos. Aplaudimos y aplaudimos y aplaudimos. Pero no nos besamos.
Mientras la acompañaba en la parada del colectivo todo mi ser me pateaba los talones para acercarme a ella, para abrazarla y besarla. Por dentro me decía que mejor tomar las cosas con calma. Que era la mujer de mi vida. Que sin dudas estaba enamorado. Pero otra parte de mí me decía que necesitaba besarla. Que necesitaba sentirla cerca de mí.
Ella se dio cuenta de mi pulseada interna.
–Wil…- me dijo con un tonito tan dulce que me dieron ganas de hacerle el amor ahí mismo- Wil…- reiteró, ahora con un tonito de “tenemos que hablar” que era, de todas formas, increíblemente tierno y también me daban ganas de hacerle el amor ahí mismo. Creo que me podría decir “el pollo con páprika es delicioso” o “necesito comprar dentífrico” y también hubiera querido hacerle el amor ahí mismo.
–¿Sí?- pude balbucear apenas.
Ella me miró. Y en sus ojos vi a mi vida. –Wil, esta semana fue…
–Me encanta hablar con vos.- apuré- O compartir esta noche. Me encanta. Todo.
Yo sabía. Sabía que era más elocuente que eso. Pero tenía un océano en mi pecho y apenas una garganta para filtrarlo.
Ella asintió. Me le acerqué. Mi corazón bailaba la Macarena. Ella sonrió. –Sos lo que para mí es el hombre ideal.
La miré largamente. Le acaricié el pelo. La cara. El cuello. Deposité mis labios sobre los suyos. Un beso íntimo. Mínimo.
El mejor momento de mi vida.
Me agarró de la mano. Me miró a los ojos. Sonrió. Respiró profundo. Hice lo mismo. Mordió su labio inferior, arqueando su ceja. –Wil.- dijo- Soy lesbiana.
No pude moverme. Era imposible. Pero ella no reía. Veía a sus labios moverse y en un eco distante me llegaba algo sobre cómo quería contármelo pero no se animaba. Yo asentía quedadamente con la cabeza. Soy el hombre ideal de una lesbiana. ¿Qué dice eso sobre mí, sobre mi hombría? ¿Qué está pasando?
Y entonces lo entendí.
Otra vez.
Pasó otra vez.
Había dicho "hola" y me contestaron "chau."

viernes, 11 de septiembre de 2009

Como monitos haciendo malabares

Las oficinas tienen rituales, y muchos. A lo largo de las dos temporadas –podríamos llamarlas así, supongo– de este blog me he encargado a desnudar la mayoría. O los que me causan más curiosidad. No tiene sentidos repetirlos ahora. Pero sí destacar uno: el copy-paste de links de YouTube.
Encontré que hay dos tipos de personas que pasan un link de YouTube. Las que lo pasan como spam algunos y como si hicieran un beneficio a la humanidad los otros, pero ambos sin nunca interesarse en la respuesta, en la opinión, de la persona a quien se lo han enviado. Y están los que quieren ver el video al lado de uno o, al menos, quieren nuestra opinión. Quieren compartir.
Ramiro me pasa un link de YouTube. No tengo nada mejor que hacer por lo cual entro. En la ventanita, mientras se bufferea el video, amanece el rostro de la Loca de mierda. Ya sé quién es. Lo cierro.
Es ahí es cuando descubro que Ramiro es la clase de copy-pasteros de links de YouTube que quiere ver el video al lado de uno. Lo que ve es que no abrí su link. Es más, lo cerré.
–¿Ya lo viste?- arriesga.
Asiento con la cabeza y los labios fruncidos. Casi una firma mía, diría, cuando quiero huir de una conversación o cuando no sé cómo decir lo que quiero decir.
–Es genial, ¿no?- insiste
–Sí, no sé.- balbuceo.
Su rostro adopta una expresión desconcertada. –¿Qué? ¿No te gusta?
No quiero entablar una conversación, por lo que deslizo un sonido entre mis dientes. –Y…- siseo, para clickear en el botón de Send/Receive del Outlook. Pero no. Ningún mail nuevo viene en mi rescate.
No se mueve. Ramiro no se mueve. Espera que me explique. Como si hubiera algo que explicar. Simplemente no me gusta. Pero por algún motivo se siente dolido. Ofendido. Prefiero los spameros de YouTube. Como mucho te preguntan más tarde en algún cumpleaños o reunión si viste el video y si le decís que sí se ríen y cambian amenos de tema y si le decís que no te dicen que sos un boludo, que tendrías que haberlo mirado que estaba buenísimo, y cambian amenos de tema.
–Es una genia la mina.- propone Ramiro como inicio de discusión.
Giro hacia el Outlook. Nada. Ni un puto mail.
Miro a Ramiro. Decido enfrentarlo. –¿Vos viste a Capusotto?
–Sí, obvio.
–¿Pero lo viste bien?
–Sí. Me encanta el chabón.
Asiento con la cabeza. Me meto en YouTube. Me meto en el primer video que aparece de la Loca de mierda.
Lo miramos juntos. Voy señalando. –Esa mirada, Capusotto. Ese gesto, Capusotto. Ese tono, Capusotto. Esa expresión, Capusotto. Capusotto, Capusotto, Capusotto. Pero, a la vez, tan por debajo de Capusotto.
Él mueve la cabeza de un costado al otro, reacio a dejarse convencer. Hacemos lo mismo con dos videos más hasta que logro persuadirlo. Pero no del todo. –Bueno, no sé. No creo que lo imite. Quizá… quizá lo cita. Como influencia. Ahí está bien, ¿no?
–Ahí es común: hay personas que se pasan la vida citando.
No está dispuesto a retirarse. –Pero lo que me cabe de la mina es que es suelta, ¿viste?- agrega- Habla del mambo de las mujeres. Del sexo.
Asiento con la cabeza. –Claro, estás completamente equivocado.- digo- Mirá, te voy a decir algo muy triste. A las minas se las disculpa. Bastante. Se las critica un montonazo en miles de ámbitos que a un hombre no. Y las critican fuertísimo. Pero en todo esto de expresarse se las disculpa. Obvio que hay quien las critique, o con medida o con odio, como no aceptando que puedan expresarse. Pero yo digo otra cosa. Se las disculpa. Y esto te lo digo yo, que creo muchísimo más en la mujer que en el hombre. Se las disculpa. Como se les disculpa a los tontos. Como a un monito que hace malabares y deja caer una bola y la gente dice “¡No importa, es un monito! Qué tierno.” Es tristísimo, es condescendiente, pero es parte de la sociedad machista en la que estamos. Por ejemplo, si una mina como la Aguirre habla enojada de todo y diciendo que los hombres somos tontos o superficiales o evidentes o falsos o engañadores, y qué se yo qué más, le llueven comentarios diciéndole que es una idola, que entiende a las mujeres, que al fin alguien dice las cosas como son. Por más que no escriba muy bien. De hecho no escribe bien. Pero le publicaron un libro. O dos, no sé. ¿Por qué? Porque la disculpan. Porque que intente escribir es una monería. Es simpático. Es terrible esto que te digo. Y esto te lo digo en un ámbito más mediático o chapucero como los blogs y demás. En poesía, cuentos y demás no lo veo así. Pero, ahora, un tipo hace lo que la Aguirre y el resultado sería desastroso.
–No sé.
–Quizá alguien de stand-up, quejándose de todo y criticando a las minas. Sí, hay de esos. Pero dudo que le publiquen libros y tengan espacio en un diario. Quizá porque en el fondo está llenos de gente como ellos, ¿no? Quizá porque eso es un poco lo que se vive. Y por eso triunfa un poco la versión opuesta. No sé... Mirá, ¿sabés cuál es un buen método para analizar las cosas? Extrapolarlas. Por ejemplo, ¿viste en las series y películas yanquis que cuando hay un gay el tipo va a sus padres y les dice que es gay y los tipos o lo rechazan, avergonzados, o los abrazan y les dicen que están orgullosos?
–Sí, sí. Eso pasó en Will & Grace.
–Pasó en mil. Pero bueno… Extrapolalo. Imaginate vos yendo a lo de tus viejos y diciéndoles que sos heterosexual y ellos abrazándote y diciéndote que están orgullosos de vos. Es ridículo. He ahí la prueba que no estamos en un mundo igual, por más que no dejen de meter a putos en la tele y todos se crean políticamente correctos.
Ramiro asiente quedadamente con su cabeza, sopesando la idea. –Tenés razón.
Asiento también. –Bien. Ahora, con esto de la Loca de mierda... Aparte de robarle tics a Capusotto, la mina esta habla sobre que le chupa el dedo al flaco o que hace esto o esto en la cama y que los tipos son así o esa es allá. Y lo hace sin mucho vuelo que digamos, sin ocurrencias ni originalidades. Imaginate un video de un tipo diciendo eso de una mina. Diciendo que a las minas le hacés tal cosa y están contentas, que hay que tratarlas así, o que no sabe qué mensaje de texto mandarle a tal mina, o que rompe las cartas de amor de una ex novia. Pero imaginate un tipo diciéndolo en la misma manera que ella lo dice. En la misma manera. Con el mismo gesto, el mismo tonito. Le lloverían mensajes de odio por todas partes. Le dirían que es un pelotudo. Un creído. Que es un machista. Un limitado. Que hay más cosas en la vida. Que madure. No le disculparían una mierda. Y la mina, que seguro habrá recibido también mensajes así, terminó en MTV o no sé donde.
Ramiro se queda en silencio. Suspira. Me mide con la mirada. –No sé... insiste.
–Ojo. Quizá estoy celoso.
–¿Celoso? ¿Por?
–No sé.- balbuceo. Dejo que se dé cuenta. Permanece en silencio. Maldita sea. Giro ligeramente hacia mi computadora. Maximizo el Word en el archivo de cuentos que vengo escribiendo. Pretendo que escribo algo.
–Ah.- cae Ramiro- Por lo que escribís. Claro. ¡Claro, qué putín que sos!- ríe- Te la pasás acá escribiendo y escribiendo y la minita llegó a MTV y vos estás acá. Calentito, ¿no?
–Calentito.- contesto.
Ramiro ríe de nuevo. –Que putín que sos.- dice, satisfecho mientras vuelve a su asiento, como si al hacerlo se reivindicase.
Giro hacia mi monitor. Sonrío. No se trata del Outlook en un rescate tardío. No. Es un mensajito de ella, cuyo nombre por ahora me reservo, agregándome al IM de la empresa. Espero ansioso mientras tipea.

-nombre censurado- says:
confieso haber chusmeado en lo q decian… no te tenia asi

Rosas, Wilfredo says:
asi como?

-nombre censurado- says:
asi, no se.. interesante.

-nombre censurado- says:
q escribis?

Sonrío. No fue casual mi discurso. Ni la manifestación de mis celos. Siempre supe que ella estaba a un escritorio de distancia. El fin último de todo es una mujer. El comienzo también.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Por algo

No puedo estar más aburrido. Simplemente, no puedo. Lo intenté y no, no puedo. No hay estrato más elevado, hondo o avanzado de aburrimiento. Estoy bostezando en el punto multidimensionalmente más intenso que el aburrimiento puede tener.
Revuelvo el café ácido en la cocina del trabajo, con la mirada perdida en la ventana, paseando aleatoriamente de los edificios que desangran cables hasta el cielo amatambrado.
Sé que no hay nada a lo cual volver. Sé que mi computadora me espera ahí, a 52 pasos, sin ninguna página web, música o mail que pueda lanzarme un chaleco salvavidas a este océano insondable del aburrimiento. Sé que me ahogaré acá, sentado en la oficina. Ahogado rodeado de gente y de un silencio apenas silenciado por el ruido de teclados y conversaciones insípidas. Sé que revisaré los diarios en la mediocre espera de que haya sucedido alguna catástrofe lo suficientemente cinematográfica como para sacudirme y para, lo que es más triste aún, divertirme.
Pero no.
Nada.
Ningún avión caído, invasión extraterrestre, huracán, plaga o declaración de guerra.
Nada.
Nada más que las mismas miserias de siempre.
Y encima ni siquiera llueve, como para entretenerme con eso. No. Se queda medio nublado, medio despejado.
No hay nada. Nada con lo que entretenerme. Nada. Ni siquiera este café. Lo venía tomando tan lentamente no por el gusto desagradable que tiene. Sino para que me dure más. Para que en las mínimas acciones que representan mover mi mano hasta la boca, inclinar el vasito y tragar pueda yo encontrar algo con lo que distenderme. Por eso demoré tanto que ahora está frío y criminalmente horrible.
Lo tiro.
Reviso los diarios. Siguen sin invadirnos los extraterrestres. Voy a buscar otro café. Me detengo a los tres pasos.
–¿Alguien quiere que le traiga algo de la cocina?- pregunto.
Todos me bostezan variaciones de una negativa. Maldita sea. Eso me hubiera hecho demorar unos minutos más. Caminar memorizando sus pedidos, sus ridículas preferencias a la hora de tomar un café dantescamente insípido, y hacer malabares para traérselos. Pero no. Ni siquiera me dan el gusto.
Me los quedo mirando. Si pudieran ver más allá de la apariencia de hombre cansado y dormido y aburrido y fastidiado que seguro tengo podrían ver a un Rambo que les dispara con ambas manos y les escupe dardos venenosos y les patea granadas. Pero no. Ninguno ni siquiera gira para observarme.
–¿Y de abajo? ¿Del kiosco?
Todos niegan con la cabeza menos uno. Pero no esperen que este que no respondió me va a venir con algo inusitado. No esperen que saque de sus bolsillos un mapa de un tesoro arcaico y me pide que lo acompañe en sus aventuras indianajonenses. Ni esperen que diga a los gritos que leyó en el diario que los extraterrestres nos están invadiendo. No esperen un giro en la trama. No esperen el más mínimo movimiento, de hecho. El tipo apenas se quedó dormido frente a su monitor.
Bajo al kiosco de la esquina.
Compro un alfajor. Una Coca. Y voy a la plaza de la vuelta. Me siento ahí. Busco distraerme y engañarme mientras respiro profundamente como quien llega a un bosque.
Miro a la gente ir y venir.
Los miro bien.
Sus gestos, movimientos, sus voces, caras, ropas. Me pregunto qué vida tendrán, a qué casa o departamento vuelven. Me imagino sus caras al tener sexo, sus gustos y fantasías. Todos, por más elegantes o serios o fríos que se paseen, transpiraron y gritaron pelotudeces y se refregaron un organo sexual por su cara. Todos y cada uno de ellos. Me imagino también sus angustias. Sus juegos de cuando eran niños. Sus horas mirando televisión. Sus risas. Su aburrimiento.
Y ahí el chocolate del alfajor cobra un gusto amargo.
¿Les pasará lo mismo...?
¿Estarán todos, sin saberlo muchos y otros apenas coqueateando con la idea, en el mismo punto insondable del aburrimiento que en el que me encuentro yo?
¿Quiero yo proyectarlo en el resto, restándole importancia a mi angustia en la angustia de la multitud, o estamos todos insoportableemnte aburridos?
Por algo llegaste leyendo hasta acá.