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viernes, 28 de septiembre de 2007

De todas formas

Creo que me demoré en el post de hoy porque no tenía ganas de escribirlo. Quizás porque escribirlo es aceptarlo. Y la verdad es que fui un estúpido. Me angustié pensando en lo que había pasado en aquella media hora entre mi jefe y la recepcionista.

Gutiérrez lanza el diario sobre mi escritorio. Lo miro. Él frunce los labios. Ya me había pasado el link, a mí y a toda la oficina. Pero creo que verlo sobre papel, materializado, es una forma de anclarlo. De lidiar contra la contundencia de lo real.

Me angustié, en serio. Pensé que la recepcionista me había delatado, que había complotado con mi jefe. Fui un estúpido, dije. ¿Cómo pude haber pensado eso de ella?

–¿Viste?- me arrima Gutiérrez. Pispeo al diario. Lo marcó con un círculo en una lapicera. Asiento con la cabeza y se lo devuelvo. Se lo lleva bajo el brazo y va a mostrárselo al siguiente. Lo sigo con la mirada. Creo que lo hace porque, en el fondo, le indigna. Se siente en la mitad de un proceso maquinal, de engranajes y repuestos. Y eso, en el fondo, lo aterra.

Hablé con ella por MSN. Ayer. Le dije. Le dije que me partió el pecho a la mitad no poderla ver después de la reunión. Que fue todo tan rápido. Un portazo. Un murmullo. Y su asiento vacío al día siguiente. Y, también al día siguiente, el aviso en el diario para reemplazarla.

Gutiérrez le muestra el diario a Pastelito. Pastelito dice que la turra se llevó no sé cuánto de indemnización. Sinvergüenza. Con su infantilidad de mostrarle al jefe esa tarjeta de cumpleaños castró a esta oficina de una de las pocas cosas que me hacían sobrevivirla. De alguna manera la va a pagar. Y la va a pagar caro.

Se lo dije. A ella. Que Pastelito iba a pagar. Se lo dije por MSN. Le encantó la idea. Con la excusa de juntar ingenios y maldades para este propósito la invité a mi departamento. Aceptó sin titubeos. Vino ayer a la noche. El pecho me dolía por los insobrevivibles golpes que mi corazón daba. Eran las angustias y los deseos de tres años latiendo en la posibilidad que ofrecía cada instante. Fue una de las cosas más maravillosas para contar que me pasó en el último tiempo. De todas formas, ella me pidió que no contara. Y un caballero cumple con su palabra.

miércoles, 26 de septiembre de 2007

La incertidumbre.

Van cinco minutos ya.

El lunes mismo fue. Me le adelanté. La invité a ir a fumar abajo. Ninguno de los dos fuma pero esa es nuestra excusa para escapar un poco de ese sonido a cascada plástica de los teclados y de las luces enfermizas de la oficina. Es nuestra excusa para hablar sin ser vistos.

Van diez minutos ya.

–Mirá, ¿leíste el blog?- me le adelanté mientras fingía fumar.
La recepcionista frunció la nariz. –Todavía no. ¿Algo interesante sobre el simulacro de hoy?
Respiré profundo, la miré a los ojos y con el pecho desgarrado le dije la verdad.

Van quince minutos ya. Paz, que se sienta un poco más cerca, me dijo que escuchó un grito.

Le dije la verdad. Que no sabía si contarle. Que nuestro jefe aprovechó que no había nadie en la oficina para hurgar buscando en cada papel la misma caligrafía del comentario en la tarjeta de Pastelito. Ese comentario que lo defenestraba. Que había cosas escritas por ella en su escritorio. Que no pude sacarlas.

Voy hasta lo de Paz y no escucho ningún grito. Vuelvo a sentarme. Miro el reloj de mi monitor. Van veinte minutos.

Pobre. Se pasó el lunes y el martes atragantándose con lo que podría venir. Porque la angustia frente a una incertidumbre es peor que la angustia frente a una fatalidad. La fatalidad es concreta. Se lidia con ella y listo. Pero la incertidumbre pudre la mente, vuelve de nuestro pecho un abanico de ansiedades.

Veinticinco minutos. Me paro. Voy hasta lo del Brontosaurio. Alguna excusa para hablarle se me va a ocurrir. Necesito estar ahí parado. Necesito pispear a través de la persiana americana de la oficina de mi jefe. Necesito verla.

La llamó. El sinvergüenza de nuestro jefe la llamó. Hace veinticinco minutos. Treinta ya. Y nada. Desde lo del Brontosaurio no se ve nada. Finjo interés en su diálogo sobre las fiestas electrónicas. Necesito encontrar una manera de justificar mi presencia ahí. Esta incertidumbre me está matando. Me paso la mano por la cara para terminar rascándome la nuca, nervioso. Tengo que tranquilizarme. Pensar con racionalidad. Se me ocurre generar un problema de trabajo, un issue con algún cliente, como para justificar mi irrupción en su oficina y así ver lo que está pasando. Pero no. El picaporte de la puerta se mueve. La puerta se abre. Ella sale.

lunes, 24 de septiembre de 2007

El momento perfecto.

Llega el momento. Todo el fin de semana masticando posibilidades y contemplando imprevistos. Todo el fin de semana tejiendo redes de mentiras y zurciendo una media que se me rompió. Porque me las va a pagar. Cueste lo que cueste, el sinvergüenza de mi teamleader me las va a pagar por haberme designado brigadista del piso.
Me entero que el simulacro de incendio va a hacerse en cinco minutos. Tengo tiempo para jugar otra partida al solitario online. Por el rabillo del ojo veo venir a mi teamleader. Minimizo.
–Me imagino que te habrás empapado con lo que tenés que hacer ahora.- me dice, mordiéndose los labios para no reír.
Respiro profundo. –Nadie me dijo nada.- retruco.
–Te di los manuales. No empieces de nuevo.- llorisquea.
Lo miro. Domino mi instinto. Demasiada planificación para que un arrebato la venga a echar a perder. –Quedate tranquilo.- contengo finalmente. Es cuestión de esperar el momento perfecto.
Arranca la alarma. Me paro, desganado. El chaleco naranja late sobre mi escritorio, como una broma de mal gusto, como un intento ya obsceno de esta oficina por quebrarme. Me lo pongo. Y, sí, me llueven las bromas. De todos. De Paz, Pastelito, del Brontosaurio y de Gutiérrez. Todos. Me paro frente a la puerta. Odio lo que estoy haciendo y actúo exactamente eso. Necesito que se den cuenta. Lo necesito para mi plan. Cuento los que bajan por la escalera. Paz y el Brontosaurio me dicen números aleatorios para despistarme. Amazon woman pasa a mi lado. Sonríe. –Estás tan desconcertado como cuando te pegué ese post-it en el monitor.- me confesa, para perderse en la multitud. Bueno, no sé si perderse es la palabra correcta. Con su altura sería como una jirafa perdiéndose entre pingüinos.
No llego a contestarle. Turra. Fue ella la del post-it de los teléfonos. Claro. Me observaba desde arriba, como el ojo de Sauron. Estuvo esperando el momento perfecto para decírmelo, dejándome atragantado con la respuesta. Nunca me di cuenta. Sonrío. Conozco de memoria los pliegues de su carne pero no los de su tinta.
Finalmente todos bajan. El momento perfecto. Miro alrededor. Sólo queda mi jefe. Necesito que se vaya. Más allá del simulacro. Voy a buscarlo. Le pido que baje. Niega lentamente con la cabeza. Me muestra la tarjeta del cumpleaños de Pastelito. Empalidezco.
–Vos bajá.- me dice- Voy a ir buscando escritorio por escritorio hasta que encuentre la letra del hijo de puta que escribió esta dedicatoria.
Lo miro. Está loco. Y me está arruinando el plan. Tengo que sacarlo de ahí. Y tengo que sacar cualquier papel escrito por la recepcionista del escritorio de ella. –Yo te ayudo.- balbuceo.
Niega con la cabeza. –Bajá, por favor.- me dice.
La excusa me surge estúpida pero única. –Como brigadista necesito que—
–Bajá, por favor.- repite.
Voy hasta la salida. Me detengo en la recepción. Hay varios papeles escritos al alcance de la vista. Miro de reojo a la oficina de mi jefe. Me está observando. No puedo manotearlos. Un cosquilleo me recorre. Con la mano insiste para que me vaya. No sé qué hacer. Mi cuerpo grita una cosa. Mi mente dice otra. Y él me sigue mirando. Finalmente bajo, y mis pasos retumban por toda la escalera. El sinvergüenza estuvo esperando el momento perfecto.

viernes, 21 de septiembre de 2007

Lo que faltaba.

No les basta con hacerme atragantar con números sin sentido. No les alcanza con rodearme de armas biológicas como Gutiérrez, Paz o el castigo metafísico que es Pastelito. No. No es suficiente. Aparentemente, tiene que venir mi teamleader, comunicarme que ahora soy uno de los brigadistas del piso y yo lo tengo que aceptar. Lo miro, desconcertado. El frunce los labios como quien oculta una carcajada. El muy sinvergüenza. Me la está devolviendo. Así de sencillo. Me la está devolviendo por lo que le hice con el Access. Se tomó su buen tiempo pero la hizo de película. La verdad, que la hizo bien. Aplaudible.
Me sueno el cuello. –Escuchame…- empiezo, entre resignado y esperanzado- ¿Hay alguna manera de que sea otro el que—
Niega con la cabeza. –Sos el más apto.- interrumpe. Y se le escapa. Al sinvergüenza se le escapa. Una sonrisa, digo.
El más apto. Dijo una estupidez como motivo sólo para hacerme saber que esto es algo estrictamente personal. Me echo hacia atrás. Lo miro. Quiero pasarle el cable del mouse alrededor del cuello y encastrar el mouse en una de las salidas del aire acondicionado. Entonces, mientras él ahorcándose se balancea hacia su muerte, bajarle los pantalones y comparar su miembro con su celular para darme cuenta de muchas cosas. Pero sólo toso.
–Brigadista del piso.- repito.
–Brigadista.- reitera, lento, como si lo saboreara, para irse con ese caminar rotundamente amanerado.
Me paso la mano por el pelo para terminar rascándome la nuca, nervioso. Respiro profundo. Me digo que no estaré acá para el próximo simulacro de incendio. O que, al menos, faltará un buen tiempo. Siguen sin responderme un CV, después de todo.
Mi teamleader vuelve. Arroja una linterna, un chaleco naranja y un manual sobre mi escritorio. Me sonríe.
–Preparate.- me dice- Hay un simulacro el lunes.

miércoles, 19 de septiembre de 2007

Como chicos en el colegio.

Nos llaman a una reunión en una sala que hay en el subsuelo. Aprovecho la distracción general para dejarle otro ñoqui en el escritorio de Pastelito. Bajamos. Amazon woman me sonríe con una rapidez y ternura entrañable. Me dice, por lo bajo –que para ella por lo bajo es a los dos metros y medio– que quiere ir a ver Inland empire conmigo. Asiento y nos perdemos en la multitud. Aunque nunca dejamos de mirarnos. A escondidas. Como un juego. Como una necesidad.
Llegamos al subsuelo. Me siento en el fondo. No sé de qué será pero es sobre la empresa y eso ya me basta para saber que no me interesa. Sólo quiero pasar desapercibido. Miro alrededor. Delante de nosotros hay un hindú.
Nadie dice nada. Silencio, y algún que otro bostezo. El hindú nos mira sonriente. Alguien susurra “Apu” y dos risas contenidas se pierden entre el murmullo del aire acondicionado y las miradas censuradoras de los jefes. Cuando todos finalmente nos sentamos, el hindú comienza a hablar en inglés. Sobre el cambio de empresa y lo que eso conlleva. Al menos, eso creo. No entiendo lo que dice. El hombre no habla como si tuviera una papa en la boca, no, habla como si en la boca tuviera una ensalada de papas y dos prostitutas muertas. Ni una palabra le entiendo. Miro alrededor, desesperado. Algunos asienten con la cabeza, con actuada comprensión, tras cada pausa que hace el hombre. Otros se miran los zapatos. Un par dragan al lugar con la mirada para individualizar a la mujer más bonita de la empresa. O su escote, al menos.
El hindú sigue y sigue. No me referiré a él por su nombre. No por miedo a ser despedido sino porque, en la lectura rápida que un blog supone, temo que se crucen con semejante nombre y terminen miopes. Dieciséis consonantes y siete vocales. Las conté, ahí, escritas en fibrón en una pizarra blanca.
Vuelvo a mirar alrededor. El hombre incita a que le preguntemos algo. Un susurro sugiere preguntarle cómo es trabajar con Homero Simpson. Algún oficinista anémico ancla el chiste, reiterando el nombre “Apu.” Pastelito levanta la mano. Como en el colegio. Empieza sobre relaciones humanas en la empresa y la falta de control de recursos humanos. Un murmullo recorre al lugar. Lo quieren linchar, lo sé. Aprovecho la distracción y saco el celular, a escondidas. Bloqueo mi número. Disco el número de Pastelito. Le suena en la mitad de la respuesta. Se apura a apagarlo. Interesante, el rojo tomate que ahora lucen sus mejillas combina con el verde pastel de su sweater. Pastelito se sienta y quiere que la tierra lo trague y lo escupa del otro lado. Quizá de un lado en el cual las gripes en verdad duren tres meses y su descarada mentira pase desapercibida.
Paz levanta su mano. Otra vez, como en el colegio. Quítenle la corbata a un oficinista anémico y tendrán un niño. Incluso yo, acá, sentado en el fondo. Paz empieza a preguntar sobre las posibilidades de crecer en la compañía. Empieza, digo, ya que no lo voy a dejar terminar. Saco mi celular y el ringtone de no sé qué canción de Paulina Rubio invade a la sala, y a la tranquilidad de nuestros jefes. Paz manotea sus bolsillos, desesperado.
Nuestro teamleader, en un acto rotundo de prepotencia, pasa por encima de su autoridad y le pide a toda la empresa que por favor apaguen sus celulares. Finjo obedecerlo. Antes de apagarlo disco su número. Un tema de Madonna irrumpe en su pantalón. La empresa estalla en susurros. Las palabras “puto” y “reprimido” recorren a cada centímetro del lugar. El hindú tose. Bromea algo sobre los repentinos llamados. Al menos eso creo ya que sigo sin entenderle una palabra. Da por finalizada la reunión, vaticinando otras en la brevedad. Protestamos por lo bajo, como chicos en el colegio. Sólo faltan avioncitos de papel y rimas indecorosas con los apellidos de los ahí presentes. Salvo del hindú, que seguro zafaba. El que pudiera armar una rima con semejante apellido, jocosa o no, merecería una montaña de lingotes de oro. Y vida eterna.
Volvemos a la oficina. Demoro mi regreso. La recepcionista bromea sobre los comentarios agresivos que recibió en el blog. Me acompaña a la computadora para señalarme uno en particular. Me detengo antes de llegar ahí. No puede ser. Otro post-it pegado en mi monitor. Lo agarro, con una lentitud casi teatral. La miro a ella, sin entender. Imposible que lo haya escrito ella. Al menos, no este. No puede ser. Lo leo. Ruego que no pueda ser. Lo dejo sobre el escritorio y me desplomo sobre la silla. Justo cuando pensé que ya había zafado. Ella me mira, confundida. Lo agarra del escritorio. –Podés bloquear los números pero no los ojos.- lee.

lunes, 17 de septiembre de 2007

Todos menos dos.

Es de no creer. Después de faltar tres meses por su gripe biónica, el sinvergüenza de Pastelito tiene el descaro de ofenderse. El viernes le mostró la tarjeta de su cumpleaños a nuestro jefe. Con indignación, lo hizo con indignación. Como si le hiriera profundamente que lo hayamos llamado un ñoqui. O, al menos, lo actuó de tal manera. Para mí se parecía a un chico que, sobrepasado por las burlas de sus compañeros del jardín, no le quedó otra más que llorarle a la maestra. Y fue así. Era una pequeñez, una infantilidad. Una tarjeta con dibujos de ñoquis y firmas jocosamente amenazadoras. Nada más. No creo que hubiera pasado a mayores. Mi jefe se hubiera reído, encogido de hombros y nada más. Pero no fue así. Uno de los anónimos se refería a él. A mi jefe. Y no se refería de una manera muy positiva que digamos. Lo defenestraba, básicamente.

Me paro. Miro alrededor. Abro el cajón. Saco uno, ya el tercero debe ser, y lo dejo sobre su escritorio.

Decía que el anónimo lo defenestraba a mi jefe. El viernes nos juntó a todo el grupo en la sala de conferencias. Mantuvo silencio por un buen rato. Gutiérrez empalideció. –Por favor no me digas que va a haber despidos…- se le escapó, casi al borde del desmayo. Mi jefe negó con la cabeza, apenas, como quien contiene un grito. Nos mostró, entonces, la tarjeta de Pastelito.

Vuelvo a mi silla. Ahí vuelve. Justo. Lo mira. Se rasca la nuca, confundido. Gira alrededor, como buscando algo que no sabe aún bien qué es. O alguien. Lo agarra para tirarlo en la basura y vuelve a sentarse, atragantándose con un insulto.

–¿Quién fue el gracioso…?- dijo mi jefe. Luego abrió la tarjeta. Se tomó su tiempo antes de leerla. Lo hizo a media voz, lento, para poder escuchar si alguien lanzaba la más mínima risa. Y nos costó, nos costó horrores, no reírnos. Al menos, a todos menos a dos.

Se va. Vuelvo a abrir el cajón. Miro alrededor, por las dudas. No hay nadie. Saco otro del cajón. Lo dejo en su escritorio y vuelvo lo más rápido que puedo.

–Sé que es viernes y que nos queremos ir.- dijo nuestro jefe luego de un insobrevivible momento de silencio- Pero, primero, este anónimo me dice jefe cuando les pedí mil veces que me llamen por mi nombre. Odio que me digan así.- empieza a abanicar mi jefe- Después, el resto es lo suficientemente hiriente y malparido como para merecer un despido.- alarma. Todos actuamos seriedad. Al menos, todos la actúan menos dos a los que no les hace falta.

Vuelve. Ahí está. Lo agarra. Mira alrededor. –¿Quién es el gracioso?- dice a la nada- Es el quinto del día ya. No es cómico.

Se pasó la mano por la cabeza. –Es viernes. Tienen el fin de semana para pensar.- intentó tranquilizar mi jefe- Para el lunes quiero que hayan penado lo suficiente. Porque quiero que me digan quién firmó este anónimo. Gente así no puede trabajar conmigo.- amenaza. De nuevo, todos actuamos sinceridad. Al menos, todos menos dos. La recepcionista y yo.

–En serio.- vuelve a protestar Pastelito- Estoy cansado de que me dejen ñoquis en el escritorio. No soy un ñoqui. ¿Quién es el gracioso que se trajo un paquete de ñoquis...? ¿Quién...? ¡¿Quién...?!

Salimos de la sala de conferencias, destruidos. La recepcionista se me acercó. –Soy una boluda.- me susurró- Nunca tuve que haber firmado eso.
La miré, esbozando una sonrisa. –No te preocupes. Algo se me va a ocurrir para el lunes.

viernes, 14 de septiembre de 2007

En los hombros de una giganta.

La recepcionista se acomoda un mechón de su pelo detrás de la oreja. Algunas hacen eso y sólo se peinan. Ella hace eso y erotiza, despliega y destruye el alma del hombre que la esté mirando. –¿Cómo te enteraste…?- puedo apenas balbucear. Las palabras son escasas cuando la belleza abunda.

Mira hacia la puerta para asegurarse que nadie nos escuche. –Estaba buscando qué hacer para la tarjeta del cumpleaños de Pastelito. Alguna maldad, ¿viste?- explica ella- Entonces puse Pastelito y oficina en Google. Y salió tu página, el blog.

La estoy mirando a los ojos, y no entiendo. El corazón me late tan fuerte que no puedo entender lo que me dice. Sabe. Sabe que la amo. Y ahora sabe que sé que sabe que la amo. Un cosquilleo recorre mi cuerpo entero. Debe ser la forma que tiene el instinto de cachetear a mi timidez y gritarle que ahora es el momento oportuno. Los piropos y las declaraciones de amor con las que me vengo atragantando por tres años corren desesperadas hacia mi garganta. Pero la puerta es demasiado chica, y la ansiedad demasiado grande, como para que las palabras se pongan a hacer fila o sacar turno.

–Sabés…- puedo apenas balbucear.

Ella me mira. Quiero estrujarla entre mis brazos y que no se vaya nunca, nunca. Sonríe. Mira hacia la puerta para asegurarse que nadie nos escuche. –Sé.- me dice- Sé muchas cosas de vos que no sabía.

–¿Cosas buenas?- pregunto, e instantáneamente me quiero ahorcar por haber preguntado semejante infantilidad.

Ella sonríe. Mira hacia la puerta. No me responde. Giro para seguir su mirada. Amazon woman sale a la recepción. –Vamos a cantarle el cumpleaños a Pastelito.- me dice mi amante de cuatro metros- ¿Vamos?- insiste, tomándome de la mano. Me siento arrastrado, por una y hacia otra.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

A quien corresponda

Perdón por no responder los comentarios. No supe qué hacer. Esto me superó. Pero decidí seguir. Con el blog, digo. Poner mi cabeza en concebir una maldad para el cumpleaños de Pastelito. El de la oficina que haya leído lo que escribí acá, lo que hice, puede buscar chantajearme. O quizás despedirme.

Hijo de puta. Me pegó un post-it con la dirección de esta página en mi monitor, con esa caligrafía que todavía no pude rastrear. Creo que es mi teamleader. Me debe estar mirando, escondido atrás de un monitor, sonriendo. Porque no se acercó todavía. Y eso me tiene desesperado. Desconfío de todos. Averiguo en Internet si recibiré indemnización en caso de despedirme por mantener este blog. Mediante este post lo invito a decirme cuál es su propuesta. Le ruego que lo haga.

Me llega la tarjeta del cumpleaños de Pastelito. La miro. Tiene pegada la imagen de un pastel en una oficina, y de un plato de ñoquis. Todos firman con un anónimo. Insultos, bromas, rimas indecorosas. Escribo que es un puto reprimido. Humor lacónico y primitivo. No estoy de ánimo para otra cosa. Miro la lista de quienes tienen que firmar. Sigue la recepcionista.

Mejor, necesito despejarme en su mirada. Voy hasta ella. Le doy la tarjeta. Sonríe maliciosamente. Me comenta que ella la confeccionó. Apenas puedo balbucear unas palabras para felicitarla por su ingenio. Mi alma se estruja y se despereza en su perfume. Cada instante y segundo que me separa de sus labios es una agonía. Se toma su tiempo para firmar. Mejor, necesito olvidarme de todo y que ella sea la entera geografía de mi existencia. Al menos, por un rato. Encima me saca conversación. Parece absurdo. Desde que estoy con Amazon woman, la recepcionista me volvió a mirar como antes. La amo. Debe ser la injusticia de la vida que a uno le dan alternativas cuando no tiene la posibilidad. Me devuelve la tarjeta. Inmediatamente leo su dedicatoria, de curioso. Me detengo. La miro. Claro. El amor es ciego. Nunca había revisado su escritorio. Es de ella la caligrafía de los post-its.

lunes, 10 de septiembre de 2007

No puede ser

Hoy la maldad trasciende las fronteras de mi cuerpo. Se acerca el cumpleaños de Pastelito, probablemente el personaje más odiado de la oficina. ¿El motivo? El sinvergüenza supo faltar por tres meses, con sueldo, por sólo una gripe.

Todos elaboran alguna crueldad para hacerle. Planes elaborados y absurdos, como prepararle una torta explosiva que estalle en su cara, dialogan con estrategias más modestas, como regalarle lencería erótica femenina o, simplemente, que nadie de la oficina lo salude en su día.

Voy al baño a jugar al Tetris en el celular. Se me ocurre juntar plata y regalarle una ridícula cantidad de remedios contra la gripe. Es bastante primitiva la idea, pero me hace sonreír. Vuelvo a mi computadora. Otro post-it pegado en mi monitor. Estoy cansado de esas amenazas anónimas. Lo voy a abollar pero, sin darme cuenta, lo leo. Empalidezco. Miro alrededor, desesperado. No puede ser. Fui tan cuidadoso. Un grito cabalga por todo mi cuerpo. Me sueno el cuello para callarlo. No puede ser. No le conté a nadie. A nadie. Lo vuelvo a leer. Ahí está, escrita en esa caligrafía aún ajena, la dirección de este blog.

viernes, 7 de septiembre de 2007

Atrapado

Otra vez. Vuelvo del baño para encontrar otro post-it amenazador. “Vas a pagar”, dice con una caligrafía que todavía no pude rastrear. Revisé, con fingido disimulo, escritorio por escritorio. Pero no encontré quien escribiera parecido. Abollo el papelito, y me dedico a chatear con Amazon woman –prefiero no decir su nombre– mientras Paz tararea un tema de Paulina Rubio.
Hace unos días que no nos vemos. La conversación destila sexo y boludeces. Gutiérrez se para a mi lado. Minimizo la ventanita con una velocidad supersónica. Observa, de todas maneras, que estoy hablando con ella. No le incomoda intrometerse en el contenido de un monitor ajeno. No, en absoluto. La vergüenza es una característica del alma, y Gutiérrez carece de la misma. Quiero creer que no fue carcomida por esta oficina sino que la vendió por el amor de una mujer, o quizá por saber cómo empezará la cuarta temporada de Lost. Necesito creer eso o, de lo contrario, es sólo cuestión de tiempo hasta que yo pierda la mía. O hasta que me dé cuenta que ya la perdí.
–Estás hablando con ella.- me dice Gutiérrez, al borde de una risa- Yo casi me la cojo, ¿sabés?
Me paso una mano por la cara, para ocultar mi expresión. –Me enteré, sí.- balbuceo, apenas. Es un caradura. Amazon woman y el Patova lo trompearon rotundamente delante de toda la oficina y ahora se viene con que casi se acuesta con ella. La idea, de todas formas, me puebla de un cosquilleo desagradable.
–¿Y qué te dice?- lanza, con actuado descuido.
Sonrío. –Calculo que te vas a tener que quedar con la marimacho del Patova. Pero eso no es para ostentar.
Gutiérrez se va. Me pongo los auriculares para castrar el sonido de Paz escuchando a Paulina Rubio. Vuelvo a chatear con Amazon woman. Me cuenta una fantasía sexual de por cierto interesante. Le contesto con una fantasía mía. Ella se interesa. Empezamos a planear un encuentro. El cosquilleo desagradable que me produjo Gutiérrez cambia por otro enteramente distinto. Más desagradable aún. Por el reflejo del monitor lo veo a Paz, a mis espaldas, leyendo el diálogo.

jueves, 6 de septiembre de 2007

A pedido popular

Por las dudas, si no leen los comentarios, acá va una descripción.
Amazon woman es morocha, de pelo largo y lacio. Delgada, de piel tersa y blanca, poblada por un perfume primaveral. Mide cuatro metros. Es bonita. No la clase de bonita por la cual uno daría un puñado de su alma con tal de besarla. Daría un puñado por la recepcionista, por ejemplo. Pero Amazon woman es bonita. Quizá es porque siempre miro a su rostro de lejos. Es absurdamente alta. Tal vez, de cerca, no sea bonita. Debería comprarme una escalerita y averiguarlo.
Es tímida. No habla con nadie, salvo ahora conmigo. Y, bueno, antes con Gutiérrez. Cierto, me había olvidado de ese detalle. Que hace poco se haya enganchado con el sin alma de Gutiérrez le saca algo de encanto. Bastante encanto. Mucho encanto.
Y, con respecto al color de los ojos, bueno, dejen que me compre un telescopio y les digo.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

Flashback

La cosa fue así. El viernes, mientras esperábamos a reunirnos con nuestro jefe, empezamos a hablar, todos, por el IR Communicator. Mi atención, lógicamente, no se detuvo en el diálogo con el Brontosaurio, ni con el Patova. Apenas con Paz y Gutiérrez. Sí lo hizo con Amazon woman.
Nunca había cruzado más que un par de palabras con ella. Ella era la antisocial de la oficina. Yo no sabía otra cosa más que eso, y que mide como cuatro metros. Al hablar me di cuenta que era una mujer tímida e interesante, y que tampoco quería verse atrapada en esta oficina. Entre una cosa y la otra, nos pasamos el número del celular.
Nos reunimos con nuestro jefe. Él nos rugió. Nos insultó. Nos amenazó. Nos cruzamos la mirada con Amazon woman. Hasta una sonrisa. A la salida la saludé con un beso y sentí un cosquilleo en el pecho. Estuve pensando si mandarle un mensaje para ir a tomar algo. Como siempre, tasé la posibilidad del no, y lo que eso significaba en una pecera mórbida como lo es una oficina. Era exponerse a ser rechazado por casi un fenómeno de circo. A mí no me significaba eso pero a los imbéciles que me rodean sí. Y no tenía ganas de oírlos con esa boludez. Porque los rumores en una oficina corren aunque nadie los inicie.
El domingo, no aguanté. A la mierda los pelotudos y lo que digan. Nos mensajeamos que estábamos aburridos, los dos mirando viejos capítulos de Family guy. Nos juntamos a tomar mate. Vino a mi departamento. Amazon woman en mi departamento. Era algo tan irreal. Les juro que me latía el pecho. A cada instante quería acercarme y besarla. Un cosquilleo cabalgaba por todo mi cuerpo. Le cebé un mate. Mientras ella lo tomaba, un mechón de su pelo cayó sobre su cara. Se lo acomodé detrás de la oreja, sin darme cuenta de lo que hacía. Nos miramos. Ella me tomó la mano. Me acerqué a ella y a la mierda el mate, el termo y la bandeja con bizcochitos.
Y, sí, se me cruzó por la cabeza chistes tales como que se me iba a desgarrar la mandíbula besando todo su cuerpo. Que me iba a apunar. Que existe algo mayor que el infinito y eso es la cantidad de besos que entran en su cuerpo. Que debe gastar fortunas en jabón. Que iba a ser difícil llenar esos zapatos. Pero la verdad es que fue hermoso. Con ese tinte prohibido, secreto y explosivo que hay de por medio cuando se tiene sexo con alguien del trabajo.
Se quedó a dormir. Fuimos a tomar el mate a la plaza el lunes, que teníamos feriado. Volvimos al departamento. Lo hicimos otra vez. Ver a alguien en el trabajo por tres años y después tenerlo en tu cama es erotizante. Al menos, lo es para mí. Después se fue a su casa. Me mandó un mensajito a las dos horas diciéndome que la había pasado maravilloso. Y hoy nos vimos acá. Nos saludamos con un beso en la mejilla. Aunque cada centímetro que me separaba de sus labios era una muerte. No dijimos nada sobre comentar lo nuestro acá. Pero creo que está sobreentendido que no lo vamos a hacer. Al menos esos espero, mientras la veo ahora hablando con la recepcionista.

lunes, 3 de septiembre de 2007

La verdad que viene bien

La verdad que viene bien. Este feriado, digo. Es el día del trabajador en Estados Unidos y eso significa que en esta oficina hindú situada en la Argentina no se trabaja. Curiosidades de la globalización.
La verdad que viene bien. Queda, sí, latente cierta incertidumbre. Como cuando uno tiene un examen difícil al día siguiente y no puede esperar el momento después de entregar la hoja. Porque creo que prefiero, en el fondo, olvidarme de este feriado e ir a trabajar sólo para saber qué es lo que va a pasar.
Pero el sol se filtra entre las cortinas de mi departamento. Subo la persiana. Miro alrededor. Es un día hermoso. La primavera, arrogante, busca adelantársele al otoño. Trato, entonces, de olvidarme de la oficina. Sugiero preparar el mate e ir a la plaza. Guardo unas galletitas en la bolsa. Llamo al ascensor. La beso mientras esperamos que venga. Bajamos y vamos caminando agarrados de la mano.
La verdad que viene bien. Amo esta irrealidad de tener un feriado cuando todo el mundo trabaja. No hay nadie en la calle. Nadie en la plaza. Sólo Amazon woman y yo.