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miércoles, 28 de julio de 2010

Y no

Corto a cada trozo de pollo con sumo cuidado, compenetrado en lo que hurga mi cuchillo, como si estuviera realizando la primera vivisección a un ángel. Llevo el tenedor a mi boca con parsimonia. La servilleta recorre cautelosa las comisuras de mis labios tras cada bocado. Y asiento también. Apenas. Morosamente. Como sopesando una intricada pero sutil danza de sabores.
Y no.
El pollo no está todo lo sabroso y suculento que me prometió el mozo. De hecho, está seco y algo quemado. Y jodidamente salado.
Pero la farsa es necesaria. A mi alrededor comen y hablan y ríen y chusmean todos los de mi grupo. Todos. Project techs. Project leaders. Teamleaders. Teamleaders managers. Managers. Toda la estúpida cadena jerárquica de estúpidos títulos en esta estúpida empresa.
Y no.
No quiero hablar con el gordo Spam sobre Ricardo Fort. No quiero hablar con Ramiro sobre Two and a half men. No quiero hablar con Mr. Charly K sobre las discrepancias de chimentos entre TMZ y E! acerca de no sé qué estrellita de cine que hace de no sé qué vampiresa en no sé qué serie de no sé qué canal.
Y no.
No sirven. Estos almuerzos para levantar la moral y unirnos como grupo no sirven. No a mí, al menos. Me hacen sentir eterno. Me hacen sentir un Dorian Gray aburrido y fastidiado con mi eternidad y con las nimiedades de las que hablan los mortales. Me vuelven un Sandman sin curiosidad. No porque mis intereses sean mejores. No porque mi mundo sea otro. Sino porque en el suyo siento que no pertenezco. Que no puedo respirar.
Prosigo entonces con la farsa de estirar hasta lo absurdo cada bocado. De pasearme con la mirada y con una sonrisa estúpida de conversación en conversación, nunca deteniéndome en alguna. Así lo lograré, me digo. Así retirarán los platos pronto. Así llegará el desafío de encontrar algo con qué entretenerme mientras esperamos la cuenta. Y, luego, caminar lento y mirar todo como si fuera la primera vez que lo veo y respirar y jugar y sonreír.
Y no.
No, no, no. Mi cuchillo hurga en el pollo con la lentitud de una película rusa. Y el gordo Spam lo dice.
-Qué silencio, ¿no?
Mis ojos se deslizan hacia él. Lo instan a que no continúe esa frase. Esa frase de vieja molesta que se repite en tantas comidas. ¿Por qué no disfrutar del silencio? ¿Tenemos que hablar de TMZ y Fort y chismes de empresa y de actores que hacen de higiénicos vampiros? Está bien, este no es mi mundo. Lo entiendo. Esos son los temas de conversación en este mundo. Lo entiendo. ¿Pero es que acá no se puede estar callado y estar a gusto a la vez? Eso sí que no lo entiendo.
Sus labios se abren, mostrándome que lo va a hacer. Y mostrándome también que está masticando carne.
-Se ve que hay hambre.- dice.
-O que no hay de qué hablar.- digo.
Y no.

martes, 20 de julio de 2010

Feliz día

Uno mira hacia donde quiere estar.
Mis ojos se arrastran por el piso. Como yo desearía hacer. Como lo hicieron soldados en trincheras eludiendo balas. El fango sembrado por acero y pólvora es ahora alfombra donde despuntan escritorios y sillas y oficinistas. Las balas son ahora miradas escoltadas por sonrisas acompañadas por dos mínimas palabras que encapsulan una letal frase.
Feliz día.
Y no. No, viejo. No. No que no. No soy tu amigo. Y vos tampoco sos mi amigo. Yo no lo creo. Y vos tampoco. ¿Entonces por qué la farsa? ¿Es que el atisbo de un día distinto en un océano de días igualmente grises es tan vital que hay que acentuar aún más esa diferencia? Y entonces a saludar en el día del amigo. Y a llenar de flores en el día de la primavera. Y en San Valentín. Y a saludarse entre feroces ateos en Navidad.
Que la posibilidad de un día único nos haga olvidar la semejanza y el tedio del resto. Que celebremos el aniversario y no el año. Que vivamos para el fin de semana. Que existamos y que no vivamos.
Me desplomo en la silla, herido. Varios supieron interceptarme con Feliz día, Feliz día del amigo e incluso un tarareado Feliz, feliz en tu día, amiguito que Dios te bendiga, que comas bananas podridas y que cumplas para atrás. Ni siquiera le modificó la letra para hacerlo más acorde a este día, el muy desgraciado.
Alrededor todos se saludan y besan y dan abrazos. Y no entiendo. No entiendo si lo viven como real. O si son conscientes de la hipocresía. Quizá lo sientan. Quizá lo sientan y sea genuino y sea yo el ajeno y desubicado. Sin dudas siento que no pertenezco acá, después de todo.
Mis ojos se posan en la ventana. Uno mira hacia donde quiere estar. Pero hasta las 18 tendré que frecuentar estos metros cuadrados.
La sombra del gordo Spam me empapa. Me mira. Lo miro. Sonríe. -Feliz día.- dice.
Respiro profundo. Me mira. Lo miro. -¡Jirafas! ¡Pororó! Picaporte y sandías, tobogán y Perón.- digo, abrazándolo. Bueno, abrazándolo es un término aproximado. Sería como el enano Willow intentando abrazar al planeta Tierra.
Me mira. Lo miro. Entrecierro los ojos. Podría funcionar. Se ríe. Funcionó.
-Estás loco, man.
-Chasquibums y tarta de Nietzsche. ¡Baldosas!
Se va, riéndose. Agarro un post-it. Tengo que idear nuevas maneras más allá del dadaista desquiciado para eludir algo incómodo, escribo.
Las horas que me separan de las 18 son varias. Y mis gambetas, pocas. Y me lo dirán. Me dirán Feliz día de nuevo y será terrible.
-Hola.- me dice la recepcionista- Feliz día.
Los ejemplos más tremendos suelen suceder pronto.
Y sí.
Es terrible. Es terrible en una manera que no había contemplado. Terrible en una dosis que me corroe por dentro. Que me destruye. Colapsa en mí todo, incluso las titánicas ganas de mirarla y decirle que no quiero ser su amigo, que hay amanecer en su mirada y praderas en su sonrisa y primavera en su perfume y abrazarla y besarla y hacerle el amor ahí mismo. Aunque la nada devoradora sólo deja en pie la fuerza suficiente como para sonreír y como para decirle: -Feliz día.
Y se va, contenta, ignorante del profundo caos y desolación que dejó en mi pecho. Mis ojos, tras ella. Después de todo, uno mira hacia donde quiere estar.

miércoles, 14 de julio de 2010

Fronteras

Las fronteras siempre me intrigaron. Esas delicadas líneas que son nada y que son también abismo. Murallas intermitentes. Las fronteras, al igual que la invención del Año Nuevo, surgen de nuestra imposibilidad de aceptar que nada empieza. Que todo se continúa.
Entonces dividimos. Dividimos y establecemos jerarquías y justificamos las murallas y lo que separan porque toda mentira debe ser justificada.
Mente y cuerpo, consciente e inconsciente, primavera, verano, otoño e invierno, países, edades, sentimientos, primer y tercer mundo, orientaciones sexuales y, por supuesto, team leaders y empleados.
A Ramiro lo ascendieron de nuevo. Sin aumento de sueldo, por supuesto. Sin cambio de oficina. Ni siquiera le dieron un mousepad más coqueto. Nada. Fue tan sólo una palmada en la espalda, como diciéndole: "Sigue intentando ser el pez más gordo en esta pecera, muchacho. Vas por buen camino." Ahora es una especie de team leader de los team leaders. Algo bastante chapucero. Pero se cree Dios. Dios se cree.
Se para al lado mío, pecho inflado, y contempla a la oficina como si fuese dueño de cada silla, computadora, lapicera, post-it, persona y cubículo. Toma un trago del café ácido que escupe la máquina de acá y suspira, como suspiran los policías en películas yanquis en la ruta mientras controlan a los presos que pican al costado del camino.
Ahora el puntillado trazo cartográfico me rodea. Una frontera ligera y abismal me separa de este lugar. Una muralla en la forma de auriculares. Edith Piaf, esa noche con recuerdos de amanecer, canta. Canta Non, rien de rien / Non, je ne regrette rien. Y me invade la imagen de alguien contemplando a su vida, empapada de miserias y alegrías, sosteniendo que no se arrepiente de nada. Y me invade la certeza de que mi caso no es el mismo.
Pero ahí está el meollo del asunto. Las fronteras colapsan. Hay inviernos en primavera. Hay amor donde sólo debería haber una relación profesional. Hay niñez a los cincuenta años. Hay odio y discriminación en lo políticamente correcto. Hay oficina en Edith Piaf. La voz de Ramiro se cuela en la canción. Detengo enseguida el mp3, rehusando ser artífice de tan macabro dúo.
Y la muralla cae. Cae con la verdad de que no soy ajeno a esta oficina. Que no hay frontera entre ella y yo. No puedo esconderme en auriculares y canciones francesas y leyendas irlandesas y mitologías nórdicas.
Estoy acá.
Si quiero vivir en Camboya, encontraré la manera de irme a Camboya. Si deseo pasar el invierno en la India, lo haré de alguna forma. Si anhelo tomar un té en Rusia, lo tomaré nomás. Porque esas son las fronteras que no colapsan: las excusas que se pone uno mismo para no estar donde se desea, para no hacer lo que quiere.
-Los miércoles se complica.- desliza Ramiro mientras toma un trago de café, casi en un susurro, como si soltara una verdad que el mundo no está listo para oír aún.
Lo miro. Me mira. Toma otro trago. Asiente con la cabeza, sonriente. Desconoce que acaba de interrumpirme a Edith Piaf. Desconoce que si hubiéramos vivido hace setecientos años semejante imprudencia hubiese sido castigada con un hachazo en la cabeza. No sólo eso. Sigue sacándome charla. -¿Tenés algo pensado para el finde?- propone.
Asiento con la cabeza. No quiero ser incorporado en ningún posible plan.
-Yo no. Ni idea qué hacer. Quizá ir al cine. Pero no pasan nada. No sé.
Supongo que es apropiado encogerme de hombros. Eso hago.
Me señala con su dedito de team leader manager a mi monitor. -¿Venís bien con el trabajo?- dice- Avisá si necesitás que te ponga a alguien a trabajar side by side que esto tiene que salir hoy sí o sí.
Lo miro. Me mira. El muy turro también se busca el hachazo. Asiento con la cabeza. -Team leader manager.- reparo.
Sonríe, orgulloso. -¿Viste?
-Vi.
-Estoy muy contento, gracias.
-¿Te imaginabas esto?
-Algo sospechaba pero no pensé que fuera tan groso.
-No, no. De chico. ¿Qué querías ser a esta edad cuando eras chico?
Me mira. Lo miro. El brillo en sus ojos es otro. -Astronauta. Quería ser astronauta. Y paleontólogo también. Y músico. Y quería viajar y escribir mis aventuras.
Me mira. Lo miro. Toma un trago de café. Contempla a la oficina. Pero ya no es un policía vigilando a los presos que pican al lado de la ruta. Ya no hay camino. La muralla entre lo que es y lo que quiso ser colapsó. Las dos variaciones de Ramiro se miran la una a la otra, por primera vez. Y no se reconocen.

lunes, 5 de julio de 2010

Fuegos hormonales

En los últimos días, evidentemente, se compraron fuegos artificiales. Para que escoltaran al triunfo de Argentina el sábado.
Empezaron a hacerse escuchar, tímidamente, unas horas después. Algunos, al menos. Aislados. Desasociados. Envueltos en silencio a lo largo del resto del sábado y del domingo. Quizás los prendían sólo por haberlos comprado. Tal vez, para dar aliento incluso en el fracaso. O puede ser que los hayan encendido con el fin de festejar otros triunfos.
Por ahí el chiste de un sobrinito merecía un petardo.
El haber conseguido trabajo se aplaudía con una cañita.
Aprobar un parcial, con un rompeportones.
Conseguir departamento, con estrellitas.
Cada vez que un fuego artificial estallaba en la calma del fin de semana, alguien era feliz.
Pero el lunes ha llegado.
Y, con él, bocinas y caños de escapes y motores y ringtones y bocinas y pedidos de teamleaders y protestas y comentarios sobre tal escándalo en la televisión o sobre tal otro y bocinas y más bocinas. Si alguien es feliz ya no se lo escucha.
Me pongo entonces los auriculares, sabiendo que cualquier alegría es callada por la ciudad. Y subo en el ascensor como quien desciende al infierno.
Y ahí está ella.
La recepcionista nueva. Su primer día.
Me mira. Sonríe. Y me saluda con la manito. Voy hasta ella y le doy un beso. Su perfume. Sus ojos. Es. Su sonrisa. Su mirada. Seguramente. Seguramente hizo lo mismo ya con los 63 empleados que no llegaron tan tarde como yo. Seguramente no hay nada de especial en su saludo. Pero, de todas formas, a la hora del almuerzo bajaré y me compraré unos chasquibums para anunciar mi felicidad. Y que la ciudad trate de callarme si se atreve.