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viernes, 17 de octubre de 2008

Incertidumbre

Y pasó nomás.
Es curioso escuchar todos juntos en una conferencia de prensa a un tipo de la India mencionando a The LALALA Herald y no sonreír.
Es curioso escucharlo decir que Pastelito fue despedido y no sonreír.
Es curioso escucharlo decir que seremos todos reemplazados. Esta vez, sin siquiera el atisbo de una sonrisa.
Aparentemente, nos reemplazarán pibes más jóvenes. Dos turnos de 6 horas cada uno. Mucho menos pagos.
Y eso es todo.
La angustia de varios años en la vida de uno se reduce por la matemática de otro.
Hay tantas cosas en el cajón de mi escritorio.
Y tantas en mi cabeza.
Incluso cuando he sacado todo, toda tarjeta de cumpleaños que pasé acá, todo papel absurdo, todo post-it intercambiado con la recepcionista, y con Amazon Woman, todo dibujo que hice aburrido, todo apunte de la facultad de materias cursadas tantos años atrás que me siento como un padre ancando viendo fotos de cuando su hijo era bebé. Incluso cuando he sacado todo del cajón, dije, hay algo ahí. Más allá de la mugre. Hay cierta ausencia. Cierta ausencia que me dice que nunca estuve aquí. O cómo mierda voy a pagar el alquiler. Cómo haré con mi futuro. Cómo voy a salir de esta.
Es obscenamente blanco el cajón. Sin saber muy bien porqué, agarro un lápiz y escribo mi nombre ahí. Algo me recuerda a esa hermosa película Sueños de libertad. Miro para arriba. Por suerte el techo no ofrece un lugar para pasar la soga.
Le dejo las llaves del cajón de mi escritorio al de seguridad. Le digo que hay algo de mugre en el cajón. Me contesta que no me preocupe, que los nuevos no van a tener acceso a los cajones. Van a quedar todos cerrados y clausurados así como están.
Bajamos todos, escoltados por los de seguridad. Algunos lloran. Otros insultan. Muchos no sabemos cómo reaccionar.
La luz del sol nos recibe metafórica. Entrecerramos los ojos como si hubiéramos salido de una cueva en la que estuvimos encerrados por años. Pero no hay elevación en esta luz. No hay un renacimiento. Simplemente salimos de una cueva absurda de números sin sentido a un mundo aún más absurdo y mugriento.
Algunos empiezan a irse, arrastrando los pies por la vereda. Como si su sombra llevara grilletes. Otros se quedan, hablando. Unos pocos se abrazan.
Parece el fin del viaje de egresados. Gente que se promete amistad eterna y probablemente nunca se volverán a ver. Otros huyen, felices de dejar todo atrás. Unos pocos buscan sacar algo positivo de todo esto.
Pero no es un viaje de egresado. No egresamos de nada. No es el fin de una etapa de aprendizaje. No hemos dejado el mundo de la temprana adolescencia para comenzar a empaparnos de adultez.
No.
No hay una clausura de una etapa. Hay la cesación de un absurdo. Un absurdo de números sin sentido que nada han aportado. Y desde los balcones, desde los balcones de oficinas inmersas en sus propios números sin sentido, nos miran curiosos otros empleados. Intercambiamos miradas de desconcierto con ellos. Sin una palabra parecemos preguntarnos qué carajo es todo esto de pasar la vida encerrados en trabajos tan odiados como necesitados.
Mientras dialogo tan silenciosa como profundamente con un desconocido, quiero creer que mi nombre, sepultado por siempre en la oscuridad del cajón, es firma del fin. Del fin de este absurdo. Que ahora encontraré algo en lo mío. Que se acabarán las angustias de vivir de lo que quita vida. Que basta de gris.
Pero algo me asegura lo contrario. Se puede morir, de hecho, muchas veces. Algo me susurra al oído que esto no es el comienzo de la felicidad. Esto es incertidumbre. Plena y delirante incertidumbre.
Está bien, supongo. He venido diciendo que uno debe zambullirse en la incertidumbre. Que es la única manera de crecer, de desafiarse. Claro que lo venía diciendo con los bolsillos certeros. Ahora es otra cosa.
Ya casi se fueron todos. Salvo el Brontosaurio, que llora desconsolado. Y Paz que con cara de sapo triste, lo busca consolar. Me pone triste saber que nunca los volveré a ver. Llegué a odiarlos profundamente. Pero saber que nunca los volveré a ver me pone triste.
También está ella. Victoria. Contempla con los ojos entrecerrados a los oficinistas que nos observan como bichos raros.
Es fácil, dije, hablar de vivir libremente y empapado de incertidumbre teniendo los bolsillos certeros. La mayoría que lo hace es porque sabe que tiene una red de seguridad -sean familia o amigos-. Sino la incertidumbre fácilmente te lleva a vivir en la calle. Fácilmente. Pero, disculpando la metáfora cursi, la certeza del corazón sólo llega después de la incertidumbre. No hay ninguna red de seguridad. Nada de lo que nosotros, los tímidos, buscamos desesperados antes de dar el primer paso. Buscando la certeza, lo seguro, no se vive. Se existe.
Me le acerco. Nos encojemos de hombros, al no encontrar palabras. Victoria me sonríe, tal vez con ternura, tal vez con tristeza. Encuentro las palabras. –¿Querés ir a tomar un café?

miércoles, 15 de octubre de 2008

Tan ideal

La mañana era tan ideal para escuchar Sleeping in de The Postal Service y mirar la lluvia caer y prepararse otro café y llamar al trabajo diciendo que una gastritis me impide asistir que, sin dudas, lo hice.
Sin dudas, también, debería estar en la oficina. Más aún como andan las cosas. Pero si uno no se sumerge en momentos y en elementos poco deseados, es imposible crecer como artista y como persona.
Como sugiere Alan Moore, hay que buscar los patrones en uno y, entonces, obviarlos. Nadar en lo imprevisible. En lo ajeno. Sólo así uno se puede desafiar.
¿Cuántos días, meses, años, estuve frecuentando la venganza y las satisfacciones de la venganza? Demasiados.
Así que esta vez, con Pastelito al borde de ser despedido, tomaré el consejo del señor Moore y nadaré en las módicas dimensiones de mi bañadera.
Tengan un muy buen día.

viernes, 10 de octubre de 2008

Un Hulk invisible

No se puede detener. Es como un Hulk invisible. Un verdadero Vengador Anónimo.
Incluí el horóscopo en The LALALA Herald. Sólo que no divido por signos zodíacos. Sino por nombres. A Pastelito le irá mal en el amor y en la salud pero bien en el dinero al recibir un aumento firmado por su tan imparcial tío. Al Brontosaurio le irá bien en el amor al reencontrarse en un almuerzo pasional y escondido en el Burguer King de 9 de Julio y Corrientes, a prudentes varias cuadras de la oficina. Pero a no demasiadas para un reportero de The LALALA Herald.
Cosas así.
Incluí también un mail donde cada cual puede hacer una denuncia o subir un texto insultando a alguien de la oficina. Y todas serán publicadas.
Es sorprendente la cantidad de mails que recibí. El odio contenido que había en esta oficina. Y yo que pensé que era el único. Sin dudas no es así.
Los de IT, por supuesto, trataron de ponerle filtros a The LALALA Herald. Pero agregué una opción para recibir el diario en el mail personal. Y una ayudita de un anónimo integrante de IT sobre cómo hacer para eludir dichos filtros.
Todo me dice que The LALA Herald es invencible. Hasta lo estoy subiendo desde distintos locutorios de la zona, por las dudas. No hay nada que me ligue a él. Nada. Es un Hulk invisible y constante. Sin el pusilánime del Dr. Banner. Es un Mr. Hyde sin el Dr. Jekyll.
Aunque algo, algo en los genes mutantes y asesinos del monstruo imparable, tiene cierto miedo. Cierto temor. Toda la gerencia de la empresa está reunida desde las nueve en punto de la mañana en la sala de conferencias. Se escucharon gritos. Varios. Y no salen. Ni al baño.
Muchos aprovechan y se van abajo a fumar. O a la cocina a distenderse. O directamente a la plaza de la vuelta. Yo, en cambio, aprovecho y voy hasta la computadora de Pastelito. Reviso una y otra y otra vez que nadie me mira. Mando una nueva copia del The LALALA Herald desde su mail. Y vuelvo a mi escritorio.

miércoles, 8 de octubre de 2008

The LALALA Herald

Las cosas están alteradas. Para ser sutiles. Creo que nos rajan a todos. Se desató un infierno. Bueno, seamos honestos. Desaté un infierno.
Ah, qué delicia.
Resulta que lo que estuve cobijando durante mi falsa gripe no le cayó muy bien a la upper managment, como Pastelito tanto le gusta nombrarla y, al hacerlo, siempre incluirse en dicho término. A él, sin dudas, no le cayó bien. Nos ruge. Nos insulta. Nos discrimina. Y todo esto alimenta aún más a aquello que lo enoja.
¿Qué es?
Un diario.
Pensé un diario.
No un diario de venganza, como este blog.
No.
Sino un diario. Como el que uno le compra al diarero.
Pero sólo que este es gratuito.
Se llama The –incluir nombre de mi empresa que no pienso reproducir acá– Herald.
Lo mando desde una casilla anónima de mail. A todos. Todos. Y cuando digo todos es todos. Jefes de acá y de afuera. Y cuando digo de afuera es de afuera. Sean de USA o de la India.
The LALALA Herdald reproduce esas verdades que todos tienen entre dientes sin nunca decir. Es la carne del grito contenido. Es lo que todo oficinista siempre quiso gritar cuando en reuniones grupales el teamleader pregunta si alguien tiene algo que decir.
The LALALA Herald acusó la incompetencia de Pastelito. La inoperancia de su tío, el jefe de RRHH. Lo mal que trabaja el Brontosaurio. Denunció a un tal Wilfredo Rosas que faltó casi un mes por una gripe. Y a Paz que cobra más que el resto por un arreglo que hizo con RRHH. The LALALA Herald sostuvo que nos deberían aumentar el sueldo. Que en tal empresa pagan 500 bruto más por el mismo trabajo que nosotros. Exactamente el mismo trabajo. Y que el mail para mandar CV es tal.
Es muy cómico verlo a Pastelito rugiendo. Gritándonos que denuncien quién es el cobarde que hace eso. Que no le causa ninguna gracia las viñetas cómicas del diario. Me olvidé de mencionarlo, el diario tiene viñetas cómicas. Como todo diario. Me pareció lo apropiado. Algunos son chistes universales sobre oficinistas y otros son denuncias en tonos de humor. Y defenestraciones gráficas de Pastelito, de su tío y de todo aquel que se creyó más que el resto. Lo cual me incluye.
Su voz está tensa. Y cansada. Nos asegura que si el diario continúa nosotros no lo haremos. Nos manda a comer. Acepto su propuesta. Pero, antes, debo hacer una parada. Ir a un locutorio a mandar el nuevo episodio de The LALALA Herald.

viernes, 3 de octubre de 2008

Volver con la frente altiva

El absurdo no es una estética. Es una ética.
Hay que descontrolar. Hay que buscar lo imprevisto. Lo extraño. Lo que destruya al sentido común. A lo establecido. A lo chapucero. A lo mediocre. A lo que no asoma la cabeza un poquito más alto para ver qué otras opciones hay.
Hay que pegarle una buena patada en el culo al sentido común. Que no es más que una construcción. Algo totalmente relativo. Momentáneo. Algo que lo tomamos por verdadero e inquebrantable y es frágil y ridículo.
Todo el mundo pensaba que iba a sacar aún otro disco con un arpa francesa u otra banda de sonido de Disney pero reuní a The Police, dijo Sting. ¿Por qué? Porque era lo que no se esperaban, agregó. Por si no se entendía.
¿Por qué no empezar una dieta un martes? ¿Por qué no empezar una semana el viernes?
Hoy, después de no sé cuántos días de ausencia, volví a la oficina.
Como si nada hubiera pasado.
Como si fuera totalmente lógico aparecerme un viernes después de semanas sin venir.
Me preguntaron cómo me sentía. Les dije que mejor. Fingí una tosesita, de todas formas, mientras se los decía.
Les dije que fue fatal estar en cama. Pero que por suerte mitigué el aburrimiento con la maravillosa serie How I met your mother. En un gesto de inusitada bondad, les recomendé a todos mirarla. Les dije que es como un Friends pero con el cual uno puede identificarse. Que tiene un absurdo delicioso. Que arranca bien y sigue cada vez mejor. Que al fin alguien está haciendo la vieja fórmula de Hitchcock (chico conoce chica) de una manera tan fresca.
Fingí preocupación por la carga de trabajo que mis compañeros tuvieron que cubrir debido a mi ausencia. Y le di a Pastelito todos los certificados que me pidió.
–Tantos días por una gripe.- me dice, refunfuñando- Esto es raro.
–Viste como son las enfermedades hoy en día.- retruco- Evolucionan. No responden a los medicamentos. Vienen cabronas. Bueno, a vos te pasó. ¿No habías faltado un par de meses por una gripe? Yo falté semanas apenas. La tuya debió ser muy, muy jodida. Muy.
Pastelito entrecierra los ojos. No sé si es con odio o si finge ser un oriental. Y se va.
Mejor, necesito estar tranquilo. Sin nadie que me mire. Sin nadie que se dé cuenta de lo que planeé hacer en todos estos días.