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viernes, 29 de agosto de 2008

Fin de mes

Al fin, fin de mes. Al fin, fin de semana. Al fin, fin de semana largo. Así es, el lunes no vengo a trabajar vaya uno a saber por qué feriado norteamericano que esta empresa hindú me concede en la Argentina. Peculiar.
Mi abuelo decía que con el bolsillo lleno uno piensa mejor. No sé cuán cierto sea esto. Sólo sé que con el bolsillo lleno encamino mejor mi odio.

Lunes
Llego a la oficina. Paz me recibe diciéndome que me vio muy cansado la semana pasada. Que prefiere retomar sus viejas tareas para sacarme un peso de encima. Como si fuera por bondad que lo hace. Y no porque estuvo delegándome su trabajo.
Acepto con una sonrisa.
Cada vez que va al baño le desaparece un CD de Paulina Rubio. Supongo que el escondite está bien. Es adentro del tacho gigante cerca de la cocina donde todos vaciamos la yerba de los mates.

Martes
Los de seguridad pasan revisando escritorio por escritorio, acompañados por Paz que asegura que alguien le robó los CDs de Paulina Rubio. No le importa comprometer, tal vez, su masculinidad ante toda la oficina. Sólo quiere encontrar el responsable y hacerlo pagar. Adentro del cajón del Brontosaurio encuentran pornografía homosexual. Paz en su afán por los rumores no puede evitar decirlo en voz alta y, de a una, las cabezas de la oficina empiezan a girar todas en la misma dirección. El Brontosaurio asegura que no sabe qué son esas revistas. Que no son de él. Se indigna. Dice que alguien le puso esas pelotudeces en algún momento. Esas pelotudeces, como él dice, me costaron bastante caro por cierto. Maldito desagradecido. Ya pagará.

Miércoles
Día tranquilo. Paz sigue despotricando sobre conspiraciones contra él y su amada Paulina Rubio. El Brontosaurio cuelga en su escritorio un póster de no sé qué mina de un programa donde la gente baila y aparentemente eso es tan maravilloso como para cautivar a millones de personas y a incontables horas en diversos programas y canales.

Jueves
La de limpieza avisa al de seguridad. El de seguridad avisa a Paz. Encontraron unos CDs de Paulina Rubio en una bolsa de basura. Paz los saca, rayados y empapados en yerba y líquidos malolientes. Es la primera vez que lo vi llorar a Paz. Y, francamente, me encanta.

Viernes
Cobramos. Bajo a Musimundo y compro todos los CDs de Paulina Rubio. Espero que Paz no esté y se los dejo en su escritorio, en una bolsa. Sobre la bolsa pongo un post-it. Sobre el post-it escribo. Sos sólo mi títere, está escrito. Y bajo a almorzar, aprovechando que ahora tengo tickets restaurant. Un almuerzo elegante de negocios con un ex integrante de esta oficina. O, tal vez mejor dicho, un almuerzo de venganza. Porque esto es sólo el principio.

miércoles, 20 de agosto de 2008

Un día hermoso

Sé que sonará, al menos, curioso. Pero es un día maravilloso para escuchar a David Bowie o a Johann Sebastian Bach. Por suerte, ambas opciones están en mi reproductor de mp3. Y la asignación de trabajo todavía no llegó. Por lo que puedo contentarme con mirar por la ventana mientras se desperezan melodías tan hermosas, acompañando a la lluvia que se desliza por el vidrio. Entrecierro los ojos y me imagino en mi casa haciendo exactamente lo mismo. A veces el contexto lo es todo.
Sin dudas, lo es todo. En mi casa Pastelito jamás podría aparecer y mucho menos para interrumpir Life on Mars de Bowie en su mejor momento. Pero acá lo hace. Y sin sutilezas. Golpea en mi escritorio como quien golpea en el mostrador vacío de un hotel, buscando llamar la atención del encargado.
Me saco los auriculares con lentitud. Con demasiada lentitud. No para demostrarle falta de interés ni fastidio. Sino porque temo que cuando mis manos estén sueltas no puedan evitar estrangularlo hasta matarlo. Y es un día tan hermoso para desperdiciarlo encerrado en la comisaría.
–Reunión.- me dice apenas.
Asiento con la cabeza y lo sigo a la sala de conferencias. Me siento. Miro el matafuegos. Miro su cráneo. Miro el matafuegos. Miro su cráneo. Miro el matafuegos. Cuatro golpes con el mismo deberían bastar para matarlo. Quizás tres. Pero no. No, Wilfredo. No pienses locuras. Esta camisa es nueva y no la quiero manchar.
–Wilfredo, te quisiera asignar un nuevo proyecto.- comenta.
Me incorporo en la silla. Supongo que la sangre no debe ser tan difícil de lavar. Aparte su sangre, sin dudas, debe estar muy aguada. Sí, el matafuegos es la solución. Pero no. No. Mirá si vienen con esas lucecitas azules como en las de CSI y descubren manchas de sangre que había pensado eliminadas. Jamás podría vivir con eso, vivir sabiendo que vestí por mucho tiempo algo tan íntimo como la sangre de Pastelito sobre mi piel.
–Un nuevo proyecto.- digo al final- Disculpame pero me asignaste el trabajo de Paz y del Brontosaurio.
–¿Brontosaurio?
–De Brotto.- corrijo- Estoy un poco sobrecargado.
Pastelito entrecierra su ceño. –Pero…- balbucea.
El sinvergüenza lo va a hacer. Va a decirme que no le importa. Que tengo que hacerlo. Que si él lo dice tengo que hacerlo. Que cómo puedo estar sobrecargado si de vez en cuando pasa y me ve revisando mails personales. O escuchando música mientras miro por la ventana. Maldito sinvergüenza.
–Pero…- insiste, preparándose para su discurso demoledor- Les había pedido que volvieran a sus tareas hace semanas.

miércoles, 13 de agosto de 2008

Inmovilizado por una multitud de enanitos

–¿Por qué querés saber?
La miro a esos ojos en los cuales siempre quise zambullirme. O besarlos para iniciar un carnaval de besos por todo su cuerpo. Me encojo de hombros.
–Sí, estuve con Paz.- confiesa Victoria- ¿Y qué? Sí, me sacó esa foto.
No sé qué decir. –Perdón.- arriesgo a balbucear.
–¿Perdón? ¿Por qué? Si me encanta. Me encanta que la oficina entera me haya visto desnuda.- refunfuña, irónica.
Frunzo los labios. De repente, para ella soy parte de la oficina. Y yo que pensé que era Wilfredo.
Se cruza de piernas. –¿Algo más en que pueda satisfacer tu curiosidad?- pregunta, conteniendo tal vez un insulto.
Niego con la cabeza. –Perdón, yo…- balbuceo. La miro intensamente. Deseo que mi mirada sea como esos aparatitos que usaban en Men in black. Pero lo que sus ojos me devuelven evidencia que recuerda. Y que detesta lo que recuerda. Clavo la bandera blanca entre nosotros y me voy a sentar.

–¿Por qué querés saber?
–Porque acá todos están—
–No, no todos.- interrumpe Victoria- ¿Por qué vos querés saber?
La miro a los ojos y suspiro. –¿Honestamente?
–Honestamente.
Me sueno el cuello. –Porque quiero saber que no sos vos la de la foto.
–¿Tan feo cuerpo tengo?
Sonrío. –No. Quiero saber que vos y Paz no… sabés.
Ella asiente con la cabeza. –¿Tan feo gusto pensás que tengo?
–¿Entonces?
–No, Wilfredo. Ni estuve con él ni estaría ni ese es mi cuerpo.- dice ella. Nunca pensé que una negativa de su parte me haría tan feliz. Me mira a los ojos. –Me da curiosidad porqué yo te doy curiosidad.- agrega.
Nunca pensé que un juego de palabras tan chapucero me causara tanta alegría.

Estoy sentado en mi lugar. La miro entre los monitores. Es hermosa. Parece un amanecer desperezándose entre el plástico y el gris.
–Es fácil. Vas, le preguntás y listo.- me dice un enanito sobre mi hombro izquierdo.
Un enanito sobre mi hombro derecho acomoda su boina. –Eso es una mentira. A la religión y a los medios les encanta las dualidades, sí o no, en contra o a favor, cielo e infierno, buenos y malos, porque es la forma de captar la atención de los imbéciles. Las cosas en la vida no se manejan con dicotomías tan simples.
–Es muy cierto.- apoya un tercer enanito que trepa por el bolsillo de mi camisa.
–Supongo que tenés dos opciones.- dice el primer enanito- Ir y volver con lo que deseás o ir y volver con lo que temés.
El enanito de la boina refunfuña un insulto. –Si serás simplista. Ir y no volver es la opción.
El tercer enanito llama la atención desde el bolsillo. –Decíle lo que sentís. Eso es lo importante.
Un cuarto enanito asoma por el cuello de mi camisa. –No es un boliche esto.- asegura- No podés camuflarte entre la oscuridad y la multitud. Quedás en evidencia. Y, sea cual fuera su respuesta, la vas a ver día tras día tras día tras día.
Un quinto enanito se sienta sobre mi brazo. –Así no podés vivir. Jugándola a lo seguro no te la jugás nunca.
Un sexto enanito trepa por los botones de mi camisa. –Si ella quisiera que supieras la verdad ya hubiera vendio y te la hubiera contado.- advierte.
Un séptimo enanito hace equilibrio sobre mi nariz. –O quizás espera que vayas a preguntárselo.- me dice.
Y yo, inmovilizado por una multitud de enanitos, la miro entre los monitores. Parece, en verdad, un amanecer.

lunes, 11 de agosto de 2008

Hoy es uno de esos días.

viernes, 8 de agosto de 2008

Algo muy profundo en el conglomerado de tedio, de chismes y de Paulina Rubio que es Paz quiere arrancarme la mano. Arrancármela con sus propios dientes. Pero ahí permanece. Levantada.
Pastelito también la recorre con su mirada. Me vomita una insinuación empapada de odio. Piensa que fui yo el que subió la foto de su hermana desnuda al disco compartido. Piensa que finalmente aceptaré mi culpa. –¿Wilfredo…?- desliza entre el nudo de su garganta.
–Yo sé quién subió la foto.
Pastelito resopla. Paz transpira. Se retuerce en el asiento. Lo mira a Pastelito, prediciendo tal vez su reacción. Como quien cierra los ojos al ser apuntado con un arma, anticipando el frío que se les meterá en las tripas. Pastelito tose. –¿Y quién fue?
Lo miro a Paz. Suspiro. Bajo la mirada. –No quiero hacer leña de un árbol caído pero—
–¡¿Quién fue?!- grita Pastelito, interrumpiéndome.
Todos cambian la posición en la que están parados o sentados, incómodos.
Lo miro. Quiero aplaudirlo. Quiero darle una palmada en la espalda y felicitarlo, decirle que finalmente abandonó los parciales territorios de los colores pasteles. Que finalmente libró sus sentimientos, sus emociones. Que se arriesgó a evitar esa censura higiénica propia de Disney sobre los sentimientos. Que se embarró de vida.
–Perdón.- se disculpa- ¿Qué nos estabas contando, Wilfredo?- repone, con el mismo tono monótono de voz de siempre.
Una lástima, me digo. –Fue Gutiérrez.
–Gutiérrez.- repite Pastelito.
Asiento con la cabeza. Quizás ya se fijó cuándo la foto fue creada. Quizás sepa que para esa fecha Gutiérrez ya había sido despedido. Quizás suponga que el hecho que media oficina vio la foto en el disco compartido alteró la inalterabilidad de esas fechas. Pero sin la ambigüedad de un quizás pocos riesgos se tomarían. Sin ir más lejos, habría cinco veces menos parejas dando vueltas. –Gutiérrez.- repito- No sé si tuvo algo con ella o si es una especie de joda—
–No me importa.- dice Pastelito. Permanece en silencio. Cierra los ojos. La foto de su hermana desnuda permanece ahí, a la vista de todos. Sus pezones y su vagina están ocultos burdamente bajo unos manchones de marcador negro, como si fueran territorios más desnudos que el desnudo. Como si esos tres puntos disculparan el hecho que está desnuda. Es tan evidente que hace todoe este escándalo por él y no por ella.
–Pueden irse.- dice.
Todos nos levantamos. Un escalofrío conquista mi espalda. Puedo sentir su voz diciéndome que me quede. Luego estaremos a solas y me dirá que si pienso que lo tomo por estúpido. Que no pudo haber sido Gutiérrez. Que estoy despedido. Pero nada sale de sus labios.
Todos nos vamos, dejándolo a solas con la foto de su hermana desnuda. Situación complicada.
Paz se me acerca. Me mira y sonríe nerviosamente. –Gracias.- susurra.
–La piedad ad honorem no es lo mío.- digo- No pienses que no te lo voy a cobrar.
Él abre sus ojos de par en par. Saca su billetera.
Lo interrumpo negando con la cabeza. Sonrío. –Tu dinero no vale acá.

miércoles, 6 de agosto de 2008

Lo que corresponde

A todo lo que da. Uno de los pseudos técnicos cree que descubrió la música electrónica y la pone en sus parlantitos a todo lo que da. No sólo eso. Improvisa bailes. Y aplaude. O golpea su escritorio intentando seguir el ritmo. Imbécil.
Nadie le dice nada. Rezongamos, sí. Pero nadie se para y le enseña modales como corresponde. ¿Cómo corresponde? Pues bien, creo que todos vivimos lo suficiente como para darnos cuenta que las personas realmente no cambian. Lo hemos presenciado en promesas de cambio que nos hicieron nuestras parejas. O nosotros mismos. Motivo por el cual supongo que la educación que corresponde es un tiro entre los ojos.
Abro el cajón. Maldita sea. No tengo un arma. Supongo que hay otra posibilidad. Quizás. Sí... Bloqueo mi mi interno y llamo al suyo, para que parezca que recibe un llamado de afuera. Improviso un acento tejano y le pregunto malhumorado por una orden. Le doy unos datos que reviso en el sistema y le pido que por favor averigüe lo antes posible qué está sucediendo. El pseudos técnico baja el volumen de la música.
Ah, felicidad.
Pero bien lo dijo alguien de la tierra carioca que todos creen empapada de alegría: La tristeza no tiene fin; la felicidad, sí.
–Todos a la sala de conferencias.- anuncia Pastelito. Nos levantamos confundidos y empezamos a caminar hacia ahí. Él se da vuelta. –Vos no, Victoria.- pide.
Frunzo los labios. –Tipo sutil este Pastelito.- digo.
Nos acomodamos como podemos. Algunos susurran que se trata por un aumento de sueldo. Otros, que se vienen despidos. Uno opina que se encontró al culpable de la foto de Victoria. Paz se empalidece. Me da cierta lástima. –Seguro nos reunió para contarnos que va a dejar de vestirse con colores pastel.- bromeo.
Paz y el Brontosaurio largan una carcajada. La marimacho del Patova se ríe y todo tiembla.
–¿Sí, Wilfredo? ¿Decías?- patotea Pastelito. Me encojo de hombros. Él resopla. Nos recorre con la mirada. Y, así nomás, saca la foto de Victoria denuda y nos la enseña. Le cubrió los pezones y la vagina con un marcador negro. Deposita su mirada sobre mí. Supongo que no pude actuar mi expresión de odio. –¿Qué pasa, Wilfredo?- me dice- ¿Te resulta muy familiar la foto?
–No me parece apropiado que nos muestres eso.
–A mí no me parece apropiado que alguien la ande mostrando por ahí.
–¿No es eso lo que estás haciendo?- retruco.
–¿Quién fue el gracioso?- desvía Pastelito- ¿Quién fue el que la guardó en el disco compartido?- pregunta, mientras nos recorre enseñándonos las fotos. A todos. A hombres y a mujeres y a intermedios como la Patova. Algunos náufragos sociales de la oficina ni se habían enterado y devoran a la imagen con disimulo.
No puedo creer que lo esté haciendo. No tiene respeto por su hermana. No tiene ni una pizca de respeto.
–Nadie se va a ir de acá hasta que me digan quién fue el responsable.- insiste Pastelito- Lleve el tiempo que lleve. Sino, un apercibimiento para cada uno. Y, si no me equivoco, muchos están en el tercer strike.
–Segundo.- corrijo- Al tercero ya te vas.
–Como sea.- remonta Pastelito- Así que mejor hable el responsable. O alguien que sepa quién fue. No me importa. Pero no me voy a ir de acá hasta no saber quién fue. Sino, un apercibimiento para cada uno.
Paz transpira y se retuerce. Pobre. No está hecho para esta presión. En cualquier momento se larga a llorar. Supongo que es lo que corresponde.
Levanto la mano. –Yo sé quién fue.- digo, con la voz quebrada. Paz me mira aterrado. Pero, en el fondo, sé lo que corresponde.

lunes, 4 de agosto de 2008

Como el ojo de Sauron

Nos monitorea las computadoras. Nos espía. Nos escruta. Nos increpa. Nos draga. Nos harta. Pastelito se ha convertido en el ojo de Sauron, buscando desesperadamente el origen de la foto de su hermana desnuda. Paz, un improvisado Frodo, la aferra entre sus dedos, rogando pasar desapercibido. Pero yo tengo otros planes. –¡Gollum!- aclaro mi garganta- ¡Gollum!
–Tiene ganas de llover.- dice Paz, casi nostálgico, mientras mira por la ventana- El día tiene ganas de llover.- reformula, como en búsqueda de una técnica poética.
Lo observo por el reflejo de mi monitor. Maldito bastardo. No sólo tengo que hacer su trabajo sino que tengo que escucharlo con sus variaciones líricas de bostezos. –Tiene ganas de llover.- le contesto, no obstante. Y, siguiendo su técnica poética de reformular la misma oración, amplío. –Tiene ganas de llover soretes de punta si Pastelito se entera—
–Bajá la voz.- interrumpe mientras mira, desesperado, hacia ambos lados. Se sienta. Nervioso, pasa una mano por su pelo. Error. Paz se peina con gel. Refunfuña, molesto, al mirar su reflejo en el monitor y percatarse que su peinado ahora es peligrosamente parecido a una escultura vanguardista. Abre el cajón, saca un tarrito de gel y va hacia el baño. Vuelve. Se había peinado. Se sienta. –No sé cómo se enteró Pastelito.- protesta- Nadie usa el disco compartido. Nadie.
Lo miro. Pobre ingenuo. –Porque alguien le dijo.- propongo.
–¿Pero quién?
Me encojo de hombros. –No sé. Sos un tipo muy querido.- miento- Supongo alguien que no te soporte. Pero es demasiado lo que hizo. Te mandó al frente. Tiene que haber algo más. Quizá algo personal.
–Casi hablo sólo con vos.
–Entonces no.- me apuro a desviar- ¿Algo laboral?
Asiente con su cabeza. –Puede ser... ¿Pero quién?
–Alguien a quien lo hayas perjudicado. O que esté abajo tuyo y quiera treparte. O que esté a la par tuyo y quiera destacarse.- abanico, nombrando a prácticamente toda la empresa. Me encanta volver paranoico a alguien. En especial si se peina con gel.
Los ojos de Paz se abren como dos huevos desperezándose sobre una sartén. –El Brontosaurio.- dice- Claro, al gordo ese lo nombraron supervisor también y quiere quedarse solo en el puesto. Ese haría lo que sea por llegar arriba.
–Lo que sea.- apoyo. Es maravillosa la facilidad que tiene la gente para aceptar una explicación. Supongo que se debe a los guiones chapuceros que vemos por todos lados.
–Este me va a oír.- infla el pecho Paz. Y sale disparado hacia la mole interminable del Brontosaurio.
Miro hacia la ventana. –El día en verdad tiene ganas de llover.- digo.