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miércoles, 17 de septiembre de 2008

Soy Wilfredo Rosas

Soy Wilfredo Rosas.
Soy el Vengador Anónimo.
Soy el déspota que se doblega a sus compañeros de trabajo.
Soy el oficinista resignado.
Soy el resentido.
El desalmado.
Soy el enamorado no correspondido.
Soy el que mira desde las sombras.
Soy el medio Edipo.
Soy el que no debería estar acá. Pero lo está. Día tras día.
Soy el brigadista del piso.
Soy el ex de la ex recepcionista.
Soy el ex de Amazon Woman.
Soy el ex adolescente.
El ex pibe que quiso ser director de cine.
Soy una conglomeración de deseos y frustraciones.
Soy el oficinista.
Soy el revolucionario.
Soy la rencarnación de Pastelito. Pues hoy llamé diciendo que me alargaron el reposo por 72 horas. Y fingí una tos después de soberana cifra. Agudita, como la de Zoolander.

lunes, 15 de septiembre de 2008

El olvido de Pastelito

No puede haber un lunes mejor que este. Tal vez si lloviera y tuviera una linda película para ver. Y alguien con quien verla.
Pero no. Es hermoso. Así como es.
Este día fue antecedido por un sábado donde cervezas se compartieron en grata compañía, con los muchachos de Puente Celeste y de Death Cab For Cutie que unieron distancias geográficas y estilísticas para ambientar el momento.
El domingo, la hermosa alegría de ir a ver a los Les Luthiers al teatro. Y salir, luego, al mundo con una sonrisa, con ese sentimiento en el pecho que sólo ellos y Quino y Fontanarrosa pueden despertar. Con esa tierna ilusión que un mundo mejor es posible.
Y hoy, bien tempranito y bien metido bajo las frazadas, hacer el segundo llamado del día. Esta vez, a Pastelito. Dejarle un mensaje en su contestador, con voz que finge dolencia y anuncia ausencia. Y estrechar las piernas y la sonrisa. Entre bostezos diagramar la libertad de estos dos días. Pues, si voy a fingir reposo, que sea por cuarenta y ocho horas.
Pongo a preparar café y bajo a comprar facturas. Es que me tenté. El primer llamado de la mañana fue para encargar seis docenas de medialunas para los de la oficina. A nombre de Pastelito. Es que la vez pasada me parece que se olvidó del resto.

viernes, 12 de septiembre de 2008

Ay ay ay

Martes, miércoles y jueves estuvimos tapados de laburo. Tapados. Numerito sin sentido tras numerito sin sentido en un carnaval interminable. Resulta que llegó no sé qué proyecto y todo tenía que estar hecho para el viernes. Y lo logramos nomás. Nos falta un poco todavía pero ya, a esta altura, podemos decir que lo logramos.
Significó no pararse salvo cuando era extremadamente necesario. Significó considerar cuán extremadamente necesario era ir al baño en determinado momento. Significó no salir a almorzar. Significó quedarse más tarde. Significó salir de la oficina moviendo inconscientemente los dedos, como si aún tipeáramos numeritos sin sentido. Otro que Charles Chaplin en Tiempos Modernos. Pero sin esa hermosa, hermosa mujer. Significó no abrir el MSN. No revisar mails. Significó no ir a buscar café. Ni husmear por la ventana. Significó no escribir el post del miércoles. Ni encerrarme en el baño a jugar al Tetris en el celular. Significó resignar cada pequeño bastión de libertad que me queda.
Pero lo logramos.
Domamos al monstruo compuesto por una multitud de numeritos sin sentido.
Lo hicimos.
Hoy Pastelito nos reúne en la sala de conferencias. Nos felicita. Y nos dice que por nuestro esfuerzo la empresa ganó cerca de medio millón de dólares. La sonrisa del Brontosaurio resplandece. Resplandece hacia lados distintos, teniendo en cuenta el cubismo de sus dientes. La marimacho del Patova lanza un chiste imbécil sobre una cuestión técnica. Todos ríen. Pastelito aprovecha la distensión para contarnos lo obvio, que afuera están muy contentos por nuestro trabajo. Pero su sonrisa oculta algo más. Espera el silencio absoluto para anunciarlo. Nos dice que vamos a ser recompensados. Que por todo lo que nos esforzamos nos merecemos medialunas. Y abre el paquete. Dos docenas de medialunas para setenta y cinco personas.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Una sucesión de novedades infortunadas

No hay decisión más difícil en invierno que la de cerrar el agua caliente de la ducha. Amo el invierno pues, como todo melancólico, me deleito en una estación que inspira constantemente el deseo de volver. Pero esa, la de finalizar un baño de agua caliente por la mañana, es una decisión terrible. Pues uno sabe que después de esa acción lo esperan unas baldosas cruelmente frías, un viaje incómodo y un trabajo insípido. Mientras empieza a deslizar la perilla y el agua a disminuir, uno ya desea volver a esa cálida tranquilidad.
Pero con resignaciones se construye al mundo. Y así acá estamos. En otro lunes. Aunque qué sería de nosotros si no afrontáramos con nuevas ansias a esos ridículos siete nombres con los que fragmentamos nuestra vida. El ridículo nombre de esta fracción, lunes, me recibe con una nueva ansia. La de venganza.
Bien, no sé cuán nuevo es eso en mí. Pero sin dudas el aluvión de novedades se impusieron sobre mi pseudo novedad.
Paz me recibió a la mañana con un café de Martínez. El Brontosaurio me compró medialunas de Alimentari. En un momento pensé que una conducta apropiada sería desmerecerlas. Pero luego me percaté que tenía hambre y frío y es fácil pensar estupideces con el estómago lleno. Acepté su desayuno. Pero no más. No deslicé una sonrisa. No balbuceé nada sobre la discusión del viernes. Nada en mi rostro tomaba el hecho de aceptar su desayuno como si aceptara su disculpa.
El mediodía me saludó con una sorpresa. Ya no trepaba de los auriculares obscenamente grandes de Paz ese plástico conjunto de notas definido como Paulina Rubio. No. Death Cab For Cutie. Paz estaba escuchando una de mis bandas favoritas. Era obvio, buscaba desesperado tener mi aprobación. Pero que el enemigo de uno mueva su cabecita siguiendo el ritmo de algo que a uno lo apasiona es, sin dudas, desgarrador.
Y ahora, vuelto del almuerzo, otra novedad ajena rasga lo previsible en esta oficina, comprometiendo mis intrincados planes de venganza. El Brontosaurio hablando con Victoria. Como si compartieran un secreto. Me le acerco a Paz. Lo codeo y señalo hacia ahí.
–¿Y este?- curioseo.
Paz sonríe, como un nene. –Te está haciendo gancho.

viernes, 5 de septiembre de 2008

Los albores de la maldad

En mi adolescencia, entre libros de Poe, me llegó un concepto. Uno sólo muere por flaqueza de voluntad. Mientras mi mirada recorre agónica a los iracundos, pero sin embargo anémicos, rostros del Brontosaurio y de Paz, el concepto vuelve a mí.
–¿Cómo que fui yo?- deslizo- ¿Por qué?
El Brontosaurio pliega sus labios como un perro que enseña sus dientes. Diablos. Necesita ir al dentista. –Porque estuvimos haciéndote hacer nuestro laburo.- dice, escupiendo odio.
Señalo con mi cabeza hacia donde está sentado Pastelito. –Eso fue por culpa de él.- gruño.
Paz entrecierra sus ojos. –Fuiste vos. Nos dijo que volviéramos a agarrar el laburo que te habíamos dado y no lo hicimos y te resentiste y me rompiste los CDs de Paulina Rubio porque vos sabés lo que me encanta Paulina—
–¿Cómo?- interrumpo el llanto de Paz.
Paz asiente.
–¿Estuvieron haciéndome hacer su trabajo?- me indigno, fingiendo sorpresa.
–Eso no es motivo para meterme porno gay en el cajón y que toda la oficina—
–¿Estuvieron haciéndome hacer su trabajo?- reitero, apretando los dientes e interrumpiendo ahora al Brontosaurio.
Paz y el Brontosaurio intercambian una mirada de confusión. Paz gira apenas su cabeza hacia un costado, como un perro al cual se le habla raro y trata de entender. –Sí, pero vos sabías…
Niego con la cabeza. –No pueden ser tan forros.- protesto. Lo golpeo a Paz en el pecho. –Vos te sentás al lado mío, man. Al lado mío. ¿Y me la mandás a guardar así?
–Pará.- tranquiliza Paz- No te enojes.
Los recorro con la mirada, indignado. –Son una porquería. Eso son.
Me siento.
–Pero—
Interrumpo al Brontosaurio apenas levantando mi mano. Me pongo los auriculares. Los puedo ver por el reflejo de mi monitor, contorsionándose de arrepentimiento. Finalmente, se van. Mejor, cuando uno diagrama una verdadera venganza no necesita contratiempos revoloteando en los albores de la maldad.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Muchachos...

Ah, qué delicia. El lunes fue mi tercer feriado del año. Sí, el tercero. Pero no anduve quejándome por esta escueta cifra. No, señor. No. Bueno, un poco sí. Pero no hice un escándalo de eso. Tampoco hice todo lo que uno fantasea hacer con esos escasos días de libertad. No fui al Tigre. No visité a mis amigos pues todos estaban trabajando. No viví intrépidas aventuras en la calle como Facundo Arana en esa publicidad. Pero planché mientras miraba capítulo tras capítulo de Curb your enthusiasm, serie de Larry David, co-creador de Seinfeld, y eso fue una variación de felicidad.
Y, sí, después volver. Volver al gris. Pero volver con calma, sin preocuparme por si vuelvo resignado o con ansias de venganza, si vuelvo para planear mi escape o para pagar el alquiler. Supongo que ninguna importante batalla en la vida se pelea en un día.
Pero llego hoy y acá está, ajeno a la calma de mi filosofía y de mi regreso. El Brontosaurio. Mole interminable que devoró multitudes de vidas para alimentarse. Sin ninguna virtud que disculpe estos asesinatos. Y no sólo eso. Está sentado en mi escritorio.
–¿Pasa algo?- lo saludo.
El Brontosaurio toma un sorbo de Coca. Pliega sus labios, enseñándome sus dientes cubistas. –Wil…- empieza- Con Paz estuvimos hablando. Y coincidimos en varias cosas.
–Hacen linda pareja.- le digo.
Su rostro se tensa. –No soy gay.
Niego con la cabeza. –No. No, claro que no. Aunque esas revistas que estaban en tu cajón... Raro.
–¡No eran mías!- ruge. Y el eco de su ímpetu retumba por todo su cuerpo, en onduladas de grasa.
–No, claro que no. Eran de un amigo, ¿no?
Me apunta con su dedo hinchado cual chorizo a punto de estallar en la parrilla. –Mirá. Con Paz estuvimos hablando sobre todo este temita de las revistas. Y los dos creemos que sos vos.
–¿Aparecí en esas revistas?- pregunto- Porque quizá en el pasado tomé de más y alguien me ofreció un dinero y vos sabés cómo es uno cuando es joven y fantasea con estar en las películas y en tapas de revistas y alguien te hace una propuesta y vos pensás que quizás es el primer escalón de una escalera que me conducirá a Hollywood pero terminás haciendo porno gay. Pasa, pasa muy seguido.
–Creemos que sos vos el que me puso las revistas gays en el cajón.- insiste el Brontosaurio, ajeno a cualquier sonrisa.
–Y el que me rompió los CDs de Paulina Rubio.- acota Paz.
Los dos me rodean, con una chispa de asesinato en sus insípidas miradas. Lamento no tener corbata pues es un inmejorable momento para aflojármela. –Muchachos, negociemos.