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lunes, 30 de julio de 2007

La venganza será terrible, y ajena.

Tuve un muy buen fin de semana. Hoy me levanté de muy buen humor. Y hasta viajé sentado en el subte. Pero, no obstante, lo pienso hacer.
Llegaron a diferentes horarios pero con la misma cara de vergüenza.
–Después de una semana sin venir, hay que recibirlos.- murmuro.
Escribo entonces el saludo. Lo copio. Abro el IR Comunicator. Escribo de antemano la respuesta que les voy a decir. Pego entonces el saludo y se lo mando a Paz, al Brontosaurio, a mi teamleader, a Amazon woman y al Patova.
El saludo es: “¿Y…? ¿Disfrutaste de las vacaciones que te dio el buchón de Gutiérrez?” La respuesta mía a sus comentarios es: “Ah, nada, pensé que sabías. Perdón.” Pongo en away el IR Comunicator y voy al baño. Me quedo en el pasillo, no obstante, observando las reacciones.
El Patova se levanta y le vomita una mirada asesina a Gutiérrez quien, desentendido, canta Hakuna matata.
Amazon woman hace lo mismo pero sin levantarse. Mide cuatro metros, después de todo.
El Brontosaurio deja de masticar su segundo desayuno.
Mi teamleader sólo frunce los labios. Puto reprimido.
Paz por primera vez en su vida detiene una canción de Paulina Rubio.
Yo, por lo tanto, sigo caminando hacia el baño sonriendo. La venganza será terrible, y ajena.

viernes, 27 de julio de 2007

Con el cerebro latiendo...

De alguna manera siento al cerebro latiendo dentro de mi cráneo.
Ayer mi jefe nos llevó a un alter office. Realmente no quería compartir diálogos, ni nada, con ninguno de acá.
Pero la cosa es así.
Frecuentar esta rutina ya me angustia de una manera criminal. Y realmente no vislumbro un horizonte posible, una alternativa o un cambio de postura sobre la misma situación. Por ende, la propuesta facilista del alcohol fue bien recibida.
Tuve, sí, que compartir diálogos con gente que odio, o que me es indiferente. Y ni siquiera fueron diálogos sobre algo interesante. No. Trabajo. Después de nueve horas encerrados bajo esas luces mortecinas salen y hablan de trabajo. Que tal cliente es un hijo de puta –uno con el que estoy trabado también–, que tienen un consejo para tal caso, que no saben qué va a pasar con los hindúes que compraron la empresa. Por ende, apuré las pintas de cerveza.
Mi cuerpo pronto se pobló de ese cosquilleo confuso. Ese es el umbral. El límite entre la ebriedad y la jocosidad. Ahí es dónde uno ahoga, o libera.
Y yo había ido con intenciones de ahogar. Lo juro. Pero a veces el inconsciente tiene otros planes. Básicamente tiene estrategas hijos de puta, obrando en lo oscuro.
Miré alrededor y vi mediocres. Fue así. Sonará pretencioso pero fue así. Todos con sus corbatas y sus escotes. Mandando mensajitos de texto en sus celulares último modelo supersport. Y me vi, en el espejo. No me vi entre ellos, sino con ellos. Ahí mismo se me desgarró el alma. Entera. Con la fuerza que pude busqué mi billetera, arrojé un par de ticket restaurant a la mesa. Mi jefe justo estaba hablando de un cliente hijo de puta con el que estoy trabado en el trabajo. –Te vas antes así mañana entrás tempranito, tempranito y solucionás eso, ¿no?- dijo, irónico.
Fruncí los labios. –¿Sabés qué?- le dije- Estoy cansado de toda esta mierda. Renuncio.
Y me fui.
Quisiera decir que hoy me quedé en la cama. Quisiera decir que hoy no vine a trabajar con el cerebro latiendo dentro de mi cráneo. Quisiera decir que a todos no les pareció que mi renuncia era sólo una burla frente al comentario de mi jefe. Quisiera decir que mi angustia no es un chiste para ellos. Lamentablemente, no puedo.

miércoles, 25 de julio de 2007

Antes de ser aquel hombre

Vine en subte. Entro al vagón, lleno. Pero hay dos asientos libres.
Frunzo los labios. Me quedo parado. Por algo debe ser.
Pronto llega un oficinista anémico y se sienta ahí, como si nada. Al lado de él hay un hombre. Un grito silencioso recorre el rostro de este hombre. –¡Hijos de puta!- estalla al fin. El oficinista se sobresalta. El resto en el vagón permanecen inmóviles, como si estuvieran acostumbrados. Por eso los asientos estaban libres.
–¿Lo podés creer?- arranca el hombre. El otro mueve ambiguamente su cabeza, sin nunca mirarlo a los ojos, como si tratara con un loco. El hombre abolla su tarjeta del subte y la arroja. –¡Hijos de puta!- repite- Después de 30 años me despidieron. ¿Lo podés creer?
El oficinista anémico reitera el gesto, sin nunca mirarlo a los ojos. Va a pararse cuando el hombre lo detiene. –Me podés escuchar.- pide, imperioso- ¡Estos hijos de puta hacen como si no existiera!- grita, señalándonos con la mano.
El oficinista anémico reitera el gesto. El hombre se seca las lágrimas que recorren su rostro. –30 años y por nada. Reducción de personal. ¿Te parece?
El oficinista anémico reitera el gesto, sin nunca mirarlo a los ojos. El hombre golpea al asiento libre que está a su lado. –Hijos de puta. Me faltan 10 años para jubilarme. Decíme qué voy a hacer, ¿eh?, decíme…
El oficinista anémico reitera el gesto. El hombre vuelve a secarse las lágrimas. –30 años atragantándome con un trabajo de mierda para que me peguen una patada en el culo cuando quieran. ¿A vos te parece? ¡Hijos de puta!- grita.
El oficinista anémico reitera el gesto, sin nunca mirarlo a los ojos. El hombre se acomoda la corbata y se para. –Pero me van a escuchar, estos hijos de puta, me van a escuchar.- vaticina, encaminándose hacia la puerta del subte.
El oficinista anémico contiene una sonrisa. Tiene una anécdota para contar en el almuerzo a sus compañeros anémicos.
Alguien se sienta en el asiento del hombre. La gente cambia la posición en la que está parada, para aliviar la tensión.
Frunzo los labios. Tengo que renunciar, me digo, antes de ser aquel hombre. Cualquiera de los dos.

lunes, 23 de julio de 2007

Otro cazador

Vuelve del baño, veinte minutos después.
Suspendieron a Paz, al Brontosaurio, al Patova y a Amazon woman. Y a mi teamleader. Eso fue la cereza de la torta.
Pero a él no.
Gutiérrez. El sinvergüenza de Gutiérrez llamó a mi jefe antes que terminara la pelea. Y acá está, impune, mientras deja las obras completas de Borges sobre su escritorio. Librito chiquito para leer en el baño de la empresa.
El muy caradura.
Abro el MSN. Sigo esparciendo el rumor silencioso, y falso, que Gutiérrez no lee en el baño sino que se toca.
Tiene que pagar. Por caradura, por buchón, por haber dicho que la recepcionista zafaba y por haber salido a almorzar con ella. Tiene que pagar. Estoy lejos de ser aquella mujer semidesnuda, esa, la de los ojos vendados que sostiene una balanza, pero Gutiérrez tiene que pagar, y caro.
Si esta oficina es mi infierno será el purgatorio de muchos.
Lo miro. Hay que estudiar al enemigo. Va a la impresora. Vuelve. Viene hacia mí, con una hoja. La deja en mi escritorio. –No entiendo.- me dice.
–¿Qué pasa…?
Se rasca la nuca, como confundido. –Es la tercera vez que me lo mandan. De un mail anónimo.
Agarro la hoja. Es la letra de la canción I touch myself. La leo. Improviso una expresión de desconcierto aunque por dentro me río a carcajadas. Cada estrofa que dice I touch myself está subrayada.
El rumor se esparció hasta llegar a las manos correctas. Le devuelvo la hoja, como si no entendiera de qué me está hablando. Miro alrededor. Entre estas cabezas de oficinistas anémicos que sobresalen de los boxes grises hay otro cazador.
Sonrío. Ningún purgatorio se construye sólo con un par de manos.

viernes, 20 de julio de 2007

La David y la Goliat

Ni al baño.
No fui al baño en toda la mañana. Por las dudas. A ver si me lo perdía.
En eso, el instante. Se retiran todos los jefes del piso. Mi teamleader se para y los despide con la mirada, como si se tratara de un guardia en una prisión despidiendo a los de el turno anterior.
Se van. Él sonríe.
Empieza un murmullo.
Mi teamleader frunce el ceño. No tiene idea lo que le espera.
El Brontosaurio, en el fondo, empieza a golpear el escritorio. Acompasadamente lo hace, como si se tratara del tambor que anuncia una batalla.
Y el murmullo crece.
–¿Qué pasa acá?- frena él, tratando de imponer su voz de pata ovalando sobre el resto.
No tiene idea lo que le espera.
En eso, el instante. El Patova se levanta. El Brontosaurio grita y aplaude. La oficina entera ruge mientras la marimacho del Patova camina hacia los cuatro metros de altura de Amazon woman que ya está parada, proyectando una sombra titánica sobre ella. La David y la Goliat.
Se paran a un metro. La oficina estalla silenciosamente.
Paz les tira un papelito, oculto tras la montaña del Brontosaurio. Y ahí empieza.
Mi teamleader trata de acercarse a ellas pero entre Paz y el Brontosaurio lo retienen.
Amazon woman la agarra de los pelos. –¡Putaaaaaaaaa!- le grita. El Patova lleva su cabeza hacia atrás. Le escupe en la boca abierta. La cara de Amazon woman se contrae del asco. El Patova retrocede aún más y le encaja un cabezazo en la boca. La mujer de los cuatro metros se lleva la mano a la boca. Sangra. La oficina ruge. El Patova, inflada por los aplausos, salta cinematográficamente sobre el escritorio. Recién ahora están a la misma altura. Todos se ríen al observarlo. Todos menos Gutiérrez que por algún motivo habla por el celular. Tipo raro si los hay. El Patova, que se escondía tras sus puños como una boxeadora diminuta, gira alrededor, desconcertada por las carcajadas. Amazon woman aprovecha y le encaja una trompada concisa e inesperada en el estómago.
Mi temleader finalmente logra meterse en el círculo y las pretende separar.
El Patova le encaja una trompada en la boca. Él retrocede un paso. Frunce los labios e intenta devolverle la cortesía. Sólo que el Patova se tira hacia atrás. Su mano termina en la cara de Amazon woman. Con el impulso de la trompada mi teamleader termina mirando hacia la puerta. La cara se le transforma. Giro hacia la puerta. Está mi jefe con su celular en mano. Corta. Miro a Gutiérrez. Corta también. El hijo de puta de Gutiérrez lo llamó al celular.
Paz y el Brontosaurio, aún ajenos a la presencia de mi jefe, gritan a coro: –¡Tomamos apuestas! ¡Dos tickets restaurant al Patova...!
Mi jefe se hace notar. Nunca lo vi gritar tanto. Los llama aparte al Patova, a Paz, a Amazon woman y al Brontosaurio. Y a mi teamleader. La oficina se sienta, en un silencio relativo. Los MSNs estallan en todas las computadoras.
Todos sonríen. Yo, no.
Miro a Gutiérrez que, como si nada, y como siempre, se lleva un libro obscenamente largo al baño. Anoto la hora. Hijo de puta.
Frunzo los labios. Me sumo a los MSNs.

Wilfred - El océano durmiente says:
Che… te enteraste lo de Gutiérrez?
The man without a hat says:
….q cosa?
Wilfred - El océano durmiente says:
Los libros q lleva son para aparentar nomás
The man without a hat says:
….q?
Wilfred - El océano durmiente says:
No lee en el baño. Se toca, man.

Ahora sí. Todos sonríen, y yo también.

miércoles, 18 de julio de 2007

Es cuestión de esperar

Ningún plan es perfecto. Aunque se encuentre elaborado con una minuciosidad y maldad implacables, siempre depende del factor humano. No… Digámoslo cómo corresponde. Depende de la cobardía ajena. Porque para hoy, Amazon woman y el Patova se tendrían que haber agarrado a trompadas.
Y nada. Ni un insulto.
Se tendrían que haber tirado de los pelos, insultado, escupido, revolcado y arrimado –en la confusión– un seno contra el otro, una boca contra la otra. Sí, aunque se trate de dos ejemplares femeninos de tan dudosa femineidad, la mente masculina sigue pidiendo por un lésbico catfight.
Pero no fue el caso.
No hubo, repito, ni siquiera un cruce de insultos.
Nada.
Me quiero vengar del Patova por el derechazo que me supo encajar. Tengo que concentrarme en esto como si fuera una guerra.
–¿"Aunque me tenga que subir a una escalera te voy a romper la cara"?- repite Paz, al teléfono, riendo, como si no lo pudiera creer.
Frunzo los labios. Pispeo el interno de la persona con la que está hablando. Es uno de los sin-alma de IT. Es demasiado hermoso para ser cierto. Corta, sonriente.
–¿Qué pasa?- apuro.
Se me acerca, como quien va a revelar un secreto. –Revisaron de casualidad una conversación del IR Comunicator ayer.
Es hermoso y cierto. –¿Qué conversación? ¿De quién?
Paz sonríe. Se toma su tiempo. –Del Patova y Amazon woman.
Por dentro grito un gol. Pero no cualquier gol. No. Uno de esos que se da con esfuerzo, con culo y justo en el último minuto de un partido empatado. En verdad era cuestión de esperar.
–Terrible.- continúa Paz- Pareciera el colegio secundario. Están arreglando para pelearse el viernes.
–¿Por qué el viernes?
–Se nota que borrás todos los mails que llegan de trabajo. Todos los jefes van a estar en una conferencia en el séptimo piso.
Sonrío. Me echo hacia atrás en la silla. Era cuestión de esperar, nomás.
En eso mi teamleader viene y me tira sobre el escritorio unos papeles para que los revise. Lo miro con odio.
Pero sonrío.
Supongo que mi jefe lo va a hacer encargado del piso el viernes.
Supongo que mi teamleader no sabe nada de la pelea.
Supongo que nadie se lo va a contar.
Supongo que va a meterse en la mitad de la misma, intentando separarlas para perservar su reputación y su puesto.
Supongo que el Patova le va a encajar, entonces, un derechazo. Es cuestión de esperar.

lunes, 16 de julio de 2007

Mi caballito de Troya

Lo miro detenidamente.
Su pierna y su cabeza siguen desparramadas el ritmo de una canción de Paulina Rubio. Siempre Paulina Rubio. Así es él. Tan repetitivo. Tan predecible. Y tan necesario para mi plan.
Quisiera sodomizarlo con la discografía entera de Paulina Rubio. Pero, en cambio, abollo un papel y se lo arrojo.
Paz se quita los auriculares y me mira, levantando sus cejas.
–Decíme si te enteraste…- empiezo.
Y él gira. Frunce los labios para ocultar la sonrisa. Es la primera vez que le inicio una charla. Pero no sonríe sólo por eso. Lo presiente. Lo huele. Al chisme que le voy a arrojar.
Me acerco como quien va a revelar un secreto. –Lo de Cecilia y el de seguridad en las escaleras.
Paz se echa hacia atrás. –Eso es historia vieja.
Ahora oculto yo la sonrisa. –¿Te enteraste…? Pero eso fue ayer.
–Y ya sabés como es…- arranca, previsible, con su frase cliché- Lo único que supera la velocidad de la luz es la velocidad de un rumor en una oficina.
Y lo dijo nomás.
Me tomo un segundo para disfrutarlo. Oculto la sonrisa. –Ni me digas.- retruco, volviéndome a acercar- ¿Viste que tengo el MSN de Piera?- miento- Él, en Grecia, se enteró quién fue el que mandó los guantes de boxeo al Patova.
Paz arrima su silla. –¿Quién fue?
Finjo rascarme la nariz para tapar mi sonrisa. Miro a los costados para asegurarme que nadie nos escucha. Como si no supiera que Paz va a esparcir el chisme por toda la oficina. –Fue la Amazon woman…- deslizo.
Paz frunce los labios. Giro hacia mi computadora. Lo observo por el reflejo del monitor. Se da vuelta también hasta su PC. Se pone los auriculares. Abre el MSN. Tan predecible. Sonrío. Ahí está, Paz, mi caballito de Troya, escuchando a Paulina Rubio.

viernes, 13 de julio de 2007

...y soy feliz.

Gutiérrez va al baño, canta Hakuna Matata y es feliz. Anoto la hora en mi libretita. Levanto la mirada, la observo.

Esa mina debe medir cuatro metros, fácil.

No conozco su nombre pero le decimos Amazon woman. Es obscenamente alta. Interminable.

No puedo evitar imaginar lo que sería tener sexo con ella. Supongo que si le susurrara al oído –parado sobre una escalera, obvio– que quiero besar todo su cuerpo, se me van a herniar los labios cumpliendo la promesa.

Cuatro metros te digo. Mide cuatro metros. Fácil. Deberían exhibirla en un circo, como la versión lampiña de King Kong. No para de ser alta. Se me cansan los ojos de verla.

El Patova, mujer menos sexy que Atahualpa Yupanqui, con esa masculinidad bruta y agresiva con la cual supo darme un derechazo en la mandíbula, al lado de la Amazon woman parece una golondrina.

Las observo a la distancia. Sonrío. –David y Goliat.- murmuro.

–Sí, ¿viste lo de Pastelito?- me arroja Paz. Pastelito se llama David.

Niego con la cabeza, fingiendo hacerme el desentendido, y el desinteresado. Pero Paz continúa, como era previsible, hablándome sobre lo que hice el miércoles en la PC de Pastelito cuando nadie me veía. Paz tiene un chisme, y es feliz. Hago que lo escucho. Vuelve Gutiérrez del baño. Me fijo la hora. Estuvo 17 minutos ahí.

Vuelvo con la mirada hacia ellas dos. Tengo que encontrar una forma de enemistar a Amazon woman y al Patova. La pelea sería sin dudas divertida. Y rentable, si vendiera entradas. –La David y la Goliat de las oficinas.- me digo, vaticinando los afiches de la publicidad. Sólo necesito individualizar al detonador.

Voy al baño. Lo dejo a Paz hablando solo. Está acostumbrado. Se pone los auriculares, escucha Paulina Rubio y es feliz.

La respuesta me llega tan inesperada como una eyaculación precoz. Sonrío. –Ya sé cómo enfrentarlas...- susurro, y soy feliz.

miércoles, 11 de julio de 2007

A esta hora de la mañana

Hoy llegué temprano, más que nunca, porque me tengo que ir antes. Estoy sólo acá. Siempre me sentí así pero hoy es más evidente que nunca.
Me refriego el rostro. No estoy acostumbrado a estar despierto a esta hora de la mañana. Estoy rodeado de sillas vacías. Aunque una siempre lo estuvo. La de Pastelito.
Pastelito sigue sin venir.
Hace dos meses ya. Por una gripe, supuestamente. Porque el sinvergüenza ni siquiera llama.
Dos meses.
Y no lo rajan.
Y yo sigo viniendo, con nieve, con desgano, con parciales en la facultad.
Pero no, no él. Pastelito debe estar mirando tele, o quizá visitando a una tía.
El muy sinvergüenza.
El azúcar que dejé en su teclado, escondido detrás de las teclas, se ríe de mí. Las hormigas asesinas que compré para soltarlas ni bien vuelva Pastelito envejecieron. Ya no son las mismas.
Finjo pararme y bostezar para poder mirar alrededor. No hay nadie.
Me siento en su escritorio. Pispeo el azúcar detrás de sus teclas. Miro alrededor. Sonrío. Llamo a IT. Me hago pasar por él, le digo que volví después de un mes y no me acuerdo el password para acceder a mi máquina. Me lo resetean.
Me desperezo en su silla. Me sueno los dedos. –A ver cuán malvado se puede ser a esta hora de la mañana….- me digo.

lunes, 9 de julio de 2007

Trabajar un feriado, como hoy, tiene cierta gracia. En verdad, no. Pero creerlo es lo único que me hace sobrevivir.
Hoy que Buenos Aires está desnuda de coches, de oficinistas, bocinas y cadetes, hoy, decía, que la ciudad está vestida de un gris burdo y de un frío criminal, tuve que abandonar la multitudinaria suerte de quedarse en la cama para venir acá.
Pero existen ciertos detalles, aclaré ya, que me hacen sobrevivir semejante destiempo.
Para empezar, el viaje.
Casi que es un placer viajar en subte.
Pero más aún.
Cuando es feriado no llevo libro, ni música. Me dedico a contemplar a los pocos que están conmigo en el vagón del subte. Me imagino quiénes irán a trabajar, cuáles van a lo de sus parejas, o quizás a lo de un familiar. O al cine. O tal vez a su plaza preferida a leer el diario que llevan bajo el brazo.
Después, las facturas.
En los feriados siempre traemos facturas -se las afanen o no el Brontosaurio... o la recepcionista-. Volver social al desayuno es una manera de sobrevivir la angustia de estar acá. Se desperezan los diálogos, se pasan los mates, nos teñimos de compañerismo. Por más que el Bronto se afane tres medialunas sin haber pagado.
También suma el hecho que el único local abierto para salir a almorzar es el McDonalds. O Burguer, sino. Y confieso que esa porquería ensanguchada me puede.
Luego, la gente en la calle.
Siento que nos une un sentimiento común, un respeto inusual, el de estar trabajando cuando no deberíamos.
Y finalmente, el menos poético hecho que me pagan el doble por venir acá. Hecho sin el cual no sé si toleraría toda la poesía. Triste pero cierto.

viernes, 6 de julio de 2007

Inesperado

Le decimos Bronto, o Brontosaurio.
El tipo es interminable. Cuatro hombres abrazados. Cinco, ponele que cinco. Desde que llegó, un año y pico atrás, lo vimos crecer. Como padres, pero sin quererlo ni un poco. Cuando entró pesaría unos 90 kilos. Y ahora, te digo, es cinco hombres abrazados. Si no seis.
Pero no lo jodo por gordo, porque el yanqui de Jason es nueve tipos abrazados y ni bola. Al Bronto lo jodo por imbécil.
Ejemplifiquemos.
El tipo es tan feo que su rostro pareciera cubista. Le faltan dientes y, los que tiene, los tiene torcidos. Está medio pelado pero se peina de todas formas con gel, en un corte medio modernoso. Y así y todo tiene el descaro de criticar al cuerpo de cuanta mujer ve, señalando un rollito acá, una celulitis allá. Lo que él llama imperfecciones. Tiene el descaro de decir que a la recepcionista le falta gimnasio. Tiene el descaro de vivir.
Y tiene el descaro de afanarnos la comida. Porque es él. Seguro que es él. Lo veo saliendo de la cocina, siempre masticando algo. Seguro es él. Dace tiempo que, cuando compramos algo de comer y lo guardamos en la heladera, no lo encontramos como lo dejamos. Siempre desaparece una medialuna. O un sándwich de miga.
Y ya estoy cansado.
Hoy compramos medialunas. Sobraron dos. Sé que nadie las va a ir a buscar a la heladera pero las envuelvo. El Bronto seguro va ir a afanarse una. Miro alrededor. La saco de mi cajón y la guardo en mi bolsillo.
Voy a la cocina. Vacía. Perfecto. Me fijo a través del reflejo de la máquina de café a ver si viene alguien. Nadie. Las desenvuelvo. Saco la aguja de mi bolsillo. Esa que llené en mi casa con un laxante que a veces toma mi vieja. Inyecto a las medialunas. Miro por el reflejo. Guardo la aguja. Vuelvo a envolver las medialunas. Las guardo.
Y vuelvo. Y espero. Espero al Bronto, corriendo desesperado de la cocina hacia el baño. Espero. Juego a un partido de solitario mientras tanto. De reojo. No quiero perdérmelo. Maldito Brontosaurio. Levanto la mirada. Ahí está. Veo a la víctima. Corre hacia el baño. Es la recepcionista. Inesperado.

lunes, 2 de julio de 2007

El momento más oportuno

Espero al ascensor. Suelen tardar bastante a esta hora. A veces llegan en el momento más oportuno. A veces, no. Me mira. La miro. Si tan sólo pudiera leer sus pensamientos.
–¿Bajás a fumar?- me pregunta, como para decir algo. Sabe que no fumo.
–Tengo una entrevista.- susurro, y me acerco a ella, actuando confidencialidad. En verdad sólo quiero sentir su perfume.
Hace que acomoda unas hojas. Finge que lo que le dije no le interesa. Entonces me mira de lleno a los ojos. Los labios se me pueblan de una infinidad de besos cobardes. Cada centímetro que separa nuestras bocas es una muerte. Quiero besarla ahí mismo. Escucharla susurrar a mi oído que también me amó en secreto estos últimos años. Pero, en cambio, oigo a la voz presumida de mi teamleader diciendo mi nombre. Desde que lo delaté con RRHH está intentando hacer mi vida imposible. Mejor, lo vuelve más divertido.
–No me mandaste lo que te pedí.- continúa él- Lo tengo que entregar ya.
–Revisá tu mail.
Se fija la hora en su celular. –¿A dónde estás yendo?
–Eh... a fumar.- miento, actuando que miento. Él sabe que no fumo.
Frunce los labios. –Vas a hablar con RRHH de vuelta, ¿no?
–Me merezco ese almuerzo.
–¡Te di la dirección y no fuiste!
Niego con la cabeza. Él se va a revisar su mail, atragantado con insultos. Giro hacia ella. Frunce los labios. –No quiero que renuncies.
Llega el ascensor. A veces lo hacen en el momento más inoportuno. Me subo. En eso viene corriendo mi teamleader. –¡Te pedí al archivo en Excel! ¡Lo tengo que entregar ya!
Sonrío. –Es más precario el Excel. Te lo mandé en Access.
–No sé usar Access.
Me encojo de hombros. Se cierran las puertas del ascensor. A veces llegan en el momento más oportuno.