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viernes, 29 de junio de 2007

Desearía tener pochoclos

Levanto la mirada. La marimacho del Patova se va al baño. Miro el reloj. Hay tiempo para un llamado más. Bloqueo el número de mi teléfono y llamo a su extensión. Pongo voz aguda, en falsete. Como si fuera una mujer. Le dejo un mensaje. –Roberto, amor... Desde que le pegaste a ese chico en el trabajo estás distante. Pero te amo, Roberto, así como sos, bien macho. Besitos.- saludo, y corto.
Lo vengo haciendo desde hace unos días. Cada vez que la marimacho Patova va al baño o a la cocina llamo a su extensión y le dejo un mensaje. Como si ella se llamara Roberto. Como si yo fuera su novia.
Miro el reloj. Levanto la vista. Ahí viene. Apago el monitor. La observo a través del reflejo del mismo. Escucha el mensaje. Se para. –¡¿Quién es el gracioso?!- pregunta, mientras draga con la mirada a la oficina. Mi jefe la observa con desaprobación. La va a apercibir pronto. Lo presiento.
Sonrío. Pero no pienso dejarlo así.
Miro el reloj. Ya debe estar por llegar. Suena el teléfono de Gutiérrez. Atiende. Sale de la oficina, con cara de confundido. –Puntuales.- observo. Vuelve a entrar, con un paquete. Finjo curiosidad.
–Me llegó esto.- me dice, sin abrirlo- Pero no pedí nada. Ya estaba pagado.
Actúo espontaneidad. –Está mal. ¿No ves…? Acá está anotado el interno y el nombre. Se confundieron al llamarte.
Gutiérrez acepta con la cabeza. Se para, buscando a quién le corresponde el interno. Va, de a poco, hasta lo del Patova. El Patova levanta la mirada, irascible. –¿Qué querés?
Gutiérrez, el estúpido y previsible Gutiérrez, lee el nombre en el paquete y sonríe. –No sos Roberto, ¿no?
El Patova le grita. –¡Basta!- para empujarlo. Es un vikingo. El Patova es la mujer más parecida a un guerrero vikingo en la Historia.
Gutiérrez cae al suelo. –¡Te había llegado esto!- se defiende, arrimándole el paquete antes de recibir otro golpe.
Mi jefe había estado observando la escena. Va hacia ellos. El Patova abre el paquete. Eran unos guantes de boxeo. –¡¿Así que sos vos el gracioso?!- le grita.
Mi jefe los llama a los dos, aparte. Desearía tener pochochos.

miércoles, 27 de junio de 2007

Me voy a casa

Me toco el moretón del ojo como con miedo, como si doliera más de lo que duele.
–Esto es inadmisible.- empieza mi jefe- ¿Qué pasó?
El Patova cuenta su versión de los hechos. La verdadera, digamos.
Mi jefe me mira con una cara de odio demasiado esforzada, que, supongo, trata de ocultar la sonrisa que le causó el enfrentamiento. –¿Eso es cierto?
Yo actúo una mirada huidiza. –Preferiría hablarlo a solas.- suelto, como en un susurro.
–Dale, desembuchá.- apura el Patova.
Me encojo, como con miedo. Mi jefe nos mira largamente y la manda afuera. El Patova protesta. Mi jefe insiste. El Patova me insulta pero mi jefe le vuelve a pedir que salga de la sala. Cierra la puerta. Suspira. Se me acerca. –¿Qué pasó? Decíme la verdad, hombría aparte. Te noto asustado delante de ella.
Lo miro a los ojos. –Está loca.- vomito- Ella estaba hablando algo del trabajo y estalló.
–¿Algo del trabajo?
La excusa cae como del cielo. –Claro. El proyecto ese nuevo que le diste.
–Me comentó que no estaba llegando con los tiempos.
–Está bien sentirse frustrado pero no da expresarlo contra el ojo de otro.- observo, fingiendo un incipiente dolor en el moretón.
Él se para, como terminando la reunión. –¿Sabés qué...? Andate a tu casa.- me regala.
–Gracias. Pero tengo trabajo atrasado.- retruco, haciéndome el bueno.
–Se lo voy a dar a ella. Para observarla. Un comportamiento así no es tolerable.
Le agradezco. Salimos de la sala. Y ahí está. El Patova. Me mira como un guerrero vikingo debe haber contemplado a un adversario antes de clavarle su hacha en el cráneo.
Le sonrío y me voy a casa.

lunes, 25 de junio de 2007

El Patova

–¿Qué vas a hacer con el medio aguinaldo?- me pregunta Patova.
–Pagar la heladera.
–¡Qué garrón!- ríe ella, con esa voz grave que tiene, tan masculina que haría parecer a Sean Connery un amanerado.
Patova. Le decimos Patova. Es que camina como un patovica. Camina, así, todo trabajo –suelo referirme a ella como si fuese un hombre–, con la mandíbula tiesa, como un Robocop femenino. Buéh, femenino... Esa mujer es menos femenina que Atahualpa Yupanqui.
Empieza a decirme que tengo que agarrar el aguinaldo e irme de viaje. O comprarle algo a la recepcionista.
Lo sabía. Algún aburrido esparció el rumor. Finjo no saber nada al respecto.
Y sigue, diciéndome que piensa irse el próximo fin de semana largo. Quizás a la costa. Como si me interesara. Actúo como que lo escucho pero me lo imagino, al Patova, sentado en la playa, mascando tabaco quizás, mirando burdamente al culo de una mina. Porque es lesbiana. Cantado. Una mujer que haga sentir a Sean Connery menos hombre que Peter Pan tiene que ser lesbiana. En eso el Patova tose. Medio agudito.
–¡Tosé como un hombre!- le grito.
Me mira, entre confundida y enojada. Tengo que dejar de hundirme tanto en mis pensamientos.
–¿Qué me dijiste?- empieza, viniendo hacia mí, con sus puños cerrados.

viernes, 22 de junio de 2007

¡Mueran! ¡Mueran! ¡Mueran!

Quiero matarlos a todos. A todos. Y con crueldad, aparte.
Al que me codeó para entrar antes al subte.
Al que me miró mal.
A la que me hizo cara de asco cuando le sonreí.
Al kiosquero que no quiso venderme chicles para no darme tantas monedas.
A la modelo de ese afiche que me seduce histéricamente.
Y al pelotudito de ese otro afiche ostentando un abdomen absurdo.
Al infradotado que, con paraguas, camina bajo el techo en la vereda.
Al de la guardia urbana que me hace sentir como si estuviera en el jardín de infantes, y con razón, aparte.
Al imbécil que me tiró el coche encima porque no crucé bien.
Al de la guardia urbana, de vuelta, por remarcármelo.
Al que camina lento en una vereda ridículamente angosta.
A mi jefe.
A los imbéciles que me protestan atrás cuando estoy parado, tranquilo, en una escalera mecánica.
Y a los energúmenos que se quedan parados en la escalera mecánica cuando estoy apurado.
Al estúpido que actúa como si su trabajo fuera tan interesante.
Al que se rió cuando me tropecé en la calle.
Y al que tuvo la cortesía de contener la risa.
Al pajero que mira burdamente a la misma mujer de la que me enamoré.
Al que dice "¡Qué tosecita!" cuando uno tose.
Al conductor del subte cuando lo estaciona de manera tal que la unión de los dos vagones queda justo enfrente de donde estoy parado.
Al gordo que camina en una vereda ridículamente angosta.
A mi jefe.
A los que exhiben sus celulares como si fueran sus genitales en un cortejo imbécil.
Al lustrabotas de Florida y Tucumán porque, no sé, me molesta su cara.
Al que es tan feliz con algo que uno odia tanto.
Al hipócrita de la oficina.
A la que se cree superior al mundo sólo por tener unas tetas prodigiosas.
A los que se lo hacen creer.
A mi jefe.
Al sinvergüenza que se levanta a una mina interesante de una manera chapucera.
A los asesinables que, en un restaurante concurrido, se sientan solos en una mesa de cuatro, para reservar y esperar a sus amigos mientras ellos piden.
A la pareja que camina agarrada de la mano en una vereda ridículamente angosta.
Al anémico sin alma que tiene el descaro de gustarle las mismas cosas que a uno.
A los que mandan cadenas de mail estúpidas con powerpoints y demás giladas.
Al que camina en una vereda ridículamente angosta.
A mi jefe.
A todos. A todos y a cada uno.
Quiero matarlos a todos. A todos. Y con crueldad, aparte.
Quiero, de un grito, demoler a la ciudad.
Quiero reír histéricamente mientras arremeto contra Buenos Aires con una UZI de municiones interminable. Y quiero verla caer, ¿eh?
Quiero ver al obelisco derrumbándose sobre 9 de Julio, al Colón estallando y a demás íconos históricos y postales turísticas volar por los cielos.
Quiero que haya humo donde antes había cemento burdo, marañas de cables, semáforos, bocinas y cadetes.
Quiero silencio, y que el viento traiga el perfume de la tierra, del pasto y del sol.
Y quiero que, entonces, me haya sobrado una bala. Solo necesito una más.

miércoles, 20 de junio de 2007

Tendrías que haber estado ahí

Antes, cuando estaban todos trabajando acá –mis amigos, digo–, encontrábamos la manera de sobrevivir a esta oficina.
No sé, por ejemplo, en la hora del almuerzo, escondíamos las bolitas del mouse, desconectábamos el teclado o cambiábamos las cosas de un escritorio a otro. O le poníamos cosas, directamente. Se lo empapelábamos con post-its que decían “Puto el que toca esto.” Uno los agarró igual para tirarlos y fue cargado por una semana. Cada vez que venía, de afuera, del baño o de la cocina, le poníamos el tema “Puto” de Molotov. Cada vez. Y se lo cantábamos a la cara, tirándole papelitos y unas pelotitas de goma anti-stress que nos habían dado. Otro, más vivo, sacó los papelitos soplando. Nos cagó.
Después, estaba el “Show de la Agresión Gratuita.” Así llamábamos a interminables cadenas de mail. Buscábamos en Google fotos de personas parecidas a los del grupo. Nos pasábamos horas revisando imágenes de narigones, gordos, pelados, petisos, cabezones… Algunos mails eran geniales. Pero, bueno, tendrías que haber estado ahí.
¡O el programita ese de Budweiser! Ese era terrible. Te cuento, Budweiser tenía una página en la que uno subía una foto, seleccionaba dónde estaban los ojos, dónde la boca, tipeaba un texto y ya está. La misma página le daba vida a la persona, la hacía pestañar, abrir y cerrar la boca, hasta mover su cabeza al hablar. Porque hablaba, en un castellano ayanquizado, pero hablaba. De más está aclarar que lo que hablaba en su mayoría se trataba de declaraciones de titánica homosexualidad. El típico y primitivo humor de hombres entre hombres. Era así.
Eso era así siempre. No sé, si uno dejaba la computadora deslockeada, por ejemplo, le cambiábamos el nick de su MSN. Usualmente era por algo como “Raúl, te extraño” o quizás “No tengo amigas; tengo proyectos”, ocasionando alguna que otra pelea con sus parejas. Al inglés le poníamos “Las malvinas son argentinas… ¡El que no salta es un inglés!”, y su madre, una señora inglesa de té a las 5 como dicta el estereotipo, lo invadía con mensajitos desconcertados. A una vieja de acá que siempre nos acosaba le pusimos “Estoy desesperada. Necesito sexo ya.” Increíble. Nos descostillábamos mientras pasaba el tiempo y veíamos que ella seguía chateando, como si nada. A las horas empezamos a sospechar. Uno observó que ella había cambiado el nick. Tan sólo le agregó signos de exclamación. Nos descostillamos de la risa.
No es lo mismo contado así. Es que tendrías que haber estado ahí. El génesis del humor es el contexto, después de todo. Y yo estuve ahí. Y ahora estoy acá. Y no es lo mismo. Así de sencillo. No es lo mismo. Hace poco pensé revivir los viejos tiempos en los cuales venir a trabajar era venir a encontrarse con amigos. Pensé instalar ese viejo espíritu entre los nuevos. Pensé empapelar el escritorio de Gutiérrez con papelitos que digan “Puto el que toca esto.” Los escribí, incluso. Pero mientras esperaba a que él se fuera al baño, me di cuenta. Hacer eso, en su escritorio, sería faltarle el respeto a los pibes, a los que se fueron. Abollé los papeles.
–La felicidad tiene fin, la tristeza no.- rememoré. Justo en ese momento, me llamaron por un CV que había mandado.

lunes, 18 de junio de 2007

El verdadero imbécil

Nada cierra. Un estudiante de cine trabajando en un feriado en una empresa norteamericana de telecomunicaciones. Quisiera estar viendo una película, o estar filmando a las escondidas en alguna plaza, pero estoy acá, tipeando números sin sentido. Nada cierra. Pero no sólo eso, está lo de Piera.
Me tomó por sorpresa. A todos. Nos tomó por sorpresa. Piera era una persona que me hacía replantear muchas cosas. En particular porque ese imbécil entró en el mismo trabajo, pasando las mismas entrevistas y las mismas pruebas que yo. Algo nos hace, por ende, similares. Y eso me aterra. Mi único consuelo es creer que su currículum se había traspapelado.
Aclaremos. Al segundo día de trabajo, a Piera se le quedó una moneda en la máquina de gaseosas. El imbécil llamó al service. Y el service, obviamente, vino. Mi jefe se lo quería comer crudo. Pero no sólo eso, el imbécil le pegó un cartel a la máquina que decía: “Cuidado, come monedas.” Todo en su segundo día.
A la semana alegó tener un pico de stress y faltó por un mes.
Y no lo rajaban.
A los tres meses empezó con el piqueteo. Que tal proyecto ganaba tanto, que nos merecíamos lo mismo, que él había hablado el tema con los jefes, que tenía novedades, que teníamos que tomar alguna medida de fuerza. Eran pelotudeces, claro está, infundadas, ridículas, pero que molestaban. Y no a los jefes, porque nunca había hablado con ellos –mentía, el descarado imbécil mentía–, sino a nosotros. Angustiaba al pedo.
Aparte, laburaba mal. Siempre otro estaba atrás, ayudándolo o corrigiendo las cagadas que se mandaba. Y no lo rajaban. Si el teamleader le hacía notar esta situación, Piera alejaba sufrir de stress y volvía a faltar. Por un mes. Varias veces pasó. Y no lo rajaban. Cuatro años y no lo rajaron.
Hasta que el imbécil empezó a faltar. Como Pastelito. Dejó de venir, sin aviso. Cada tanto llamaba y mentía sobre una gripe que no se iba. Como Pastelito. Y no lo rajaban. Como Pastelito.
Hasta hoy.
En este feriado en el cual quisiera estar mirando Amelie, haciendo cucharita con la recepcionista.
Me tomó por sorpresa. A todos. El mail. Piera nos mandó un mail. Bastante pesado. Tenía muchas fotos. En el mismo dice que logró que lo despidieran con indeminización. Que se fue de viaje. A Europa. Hoy, en este feriado, él está en Grecia. No me atreví a mirar las fotos. Escuché de fondo algunos comentando sobre su cara de imbécil, tal vez para olvidar el hermoso paisaje de fondo.
¡Maldito sinvergüenza...! Es injusto que un imbécil como Piera puede hacerme sentir que soy yo el verdadero imbécil.

viernes, 15 de junio de 2007

De vez en cuando

De vez en cuando, entre esta cascada sonora de teclados que vomitan números sin sentido, entre esos bostezos discursivos al lado de la maquinita de café, de vez en cuando, digo, hay algo por lo cual vale la pena venir a esta oficina.
Alguien apoya sus manos en mi escritorio. Mi mirada trepa por su cuerpo hasta dar con su rostro. Es mi teamleader. Otra vez. Sé lo que va a decir pero finjo una expresión de desconcierto. –¿Sí…?
Se suena el cuello, intentando tranquilizarse. –Mandaste un mail.
Frunzo los labios para contener la sonrisa. –Mandé varios mails.
–A RRHH. Por el almuerzo con el jefe.- individualiza- Mandaste un mail.
–¡Ah…!- digo, como para denotar sorpresa- Es que fue un premio que me gané y nunca me lo dieron.
Se vuelve a sonar el cuello. Si él tuviera algo de alma desearía encastrarme un hacha vikinga entre los ojos. Pero sólo se suena el cuello. –Te lo dieron. Te lo di. Yo. Te di la dirección y no fuiste. Dejaste plantado al jefe.
–Nunca me diste la dirección.
Se rasca la nuca, nervioso. –¡No puedo creer que hayas mandado otro mail a RRHH!- dice, en un tono histérico, agudo. Trata de toser, para ocultar su exabrupto.
Varios se ríen. –¡Tosé como un hombre!- le gritan.
Mira desesperado tratando de reconocer quién fue. Pero sólo encuentra el sonido de los teclados y alguna risa apagada. Gira hacia mí. –Querés que me rajen, es eso.
Finjo revisar algo del trabajo para elegir bien las palabras. –Sólo quiero lo que me corresponde. Y me corresponde ese almuerzo.
–¡Pero te di la dirección!- repite, con el mismo tonito.
–¡Hablá como un hombre!- le gritan.
Estira su cuello y mira alrededor, como una suricata borracha de odio. –Eso no se queda así.- me dice y se va con un paso enojado, torpe. Una galería de risas lo escolta.
Voy a buscar un café para poder sonreír finalmente sin contenerme. Me la encuentro a la recepcionista. Logro sobrevivir a su perfume y la saludo.
–¿Sabés?- me dice ella- Estuve pensando en lo que me dijiste en el almuerzo y creo que estaría bueno. ..
De vez en cuando, dije, hay algo por lo cual vale la pena venir a esta oficina.

miércoles, 13 de junio de 2007

Una nueva partida

–No fuiste.
–¿A dónde?
–Al almuerzo con el jefe.- apura mi teamleader- Me dijo que no fuiste.
–Ah, es que no sabía.
Lástima que no tengo una cámara encima. La cara de indignación que tiene es genial. –¿Cómo que no sabías?
Me encojo de hombros. –Nadie me dijo.
–Te dije yo.
–No.
Pasa la lengua por sus dientes. Respira profundamente. –Me querés cagar.
Frunzo el ceño, como desentendido.
–Me querés cagar.- repite- Es eso, ¿no? Está preguntándome por qué no fuiste.
Me encojo de hombros. –Nadie me avisó. Yo quería ir.- afirmo, rascándome la nariz para ocultar mi sonrisa- Hasta mandé mails a RRHH.
Sonríe. Se dio cuenta. Mejor, quiero que se dé cuenta. –Lo documentaste.- descubre él- Hijo de puta, lo documentaste.
Frunzo los labios. –No sé de qué estás hablando.- miento, golpeando a mi escritorio con mis nudillos- Ahora, si me disculpás, tengo mucho trabajo…
Me mira. Reprime un insulto llevando su mano a su cara. Se rasca la nuca, con cierto nerviosismo. Se va. Lo veo irse. Sonrío. Abro el solitario y arranco una nueva partida.

lunes, 11 de junio de 2007

De todas formas

–Hoy sí.
–¿Hoy sí?- pregunto.
–El almuerzo.
–¿Qué almuerzo…?
–Con el jefe.- rellena, malhumorado.
–Ah… ¿sí? ¿Hoy?
–¿Me estás cargando?- se indigna mi teamleader con un tono entre petulante y amanerado.
Finjo despreocupación. –Me había olvidado.
Contiene su impulso de romperme el cráneo con el monitor. Respira profundamente. –Me insististe.
–Sí…
–Me insististe para que se dé ese almuerzo.
–Es que me lo había ganado.
–Mandaste mails a RRHH.
–Era lo que correspondía.
–Pero varios mails, digo. Escalaste el asunto.
–Es que no tuve respuesta.
–Y sabés lo que pasó.
Me rasco una ceja frunciendo los labios, como para fingir desentendimiento. –No, la verdad que no.- le miento. Se apoya sobre mi escritorio. Quisiera martillarle las manos pero sólo lo miro.
–¿La verdad que no?- repite- Me apercibieron.
–Ah, no sabía.- miento, con cierto tono de compasión, y trato de ocultar mi sonrisa.
–Por tu culpa. Por este almuercito.
–No, disculpá. No es tan así. Me lo había ganado por mi desempeño. Me lo merezco.
Quiere gritarme. Lo sé. Pero se contiene. Se suena el cuello. Respira profundamente. –Bueno, como sea.
–¿Es hoy?
–Es hoy. A la una. En esta dirección.- individualiza, deslizando un papel hacia mí.
Se va. Lo miro irse. Sonrío. Rompo el papel sin siquiera leerlo. Hoy tengo con quién almorzar, de todas formas.

viernes, 8 de junio de 2007

Esto recién comienza

Estoy cansado de atragantarme con posibilidades de asesinatos.
Con odiarlos silenciosamente.
No sé si los odio o busco hacerlo para distinguirme de ellos. Porque no quiero estar acá.
Aunque no me queda otra. Alquilo. No puedo darme el lujo de renunciar.
Mandé mil CVs y no me respondieron. Nunca. Estoy condenado acá.
Lo único que me alegra el día entre el ruido de los teclados y los diálogos anémicos es ella.
La recepcionista.
Me desgarra el pecho cada vez que cruzamos la mirada. Quiero poblar su cuerpo con besos, susurrarle al oído que la amo, vestir su piel, y su respiración.
Ahí va, a la cocina. Gutiérrez trata de cruzar la mirada con ella pero no lo logra. El sinvergüenza sale a almorzar con ella. Mi odio comparte una porción de papas fritas con mi amor imposible.
–Esto no puede seguir así.- murmuro.
Paz cree que hablo sobre la venta de la empresa a los hindúes. Sobre la incertidumbre laboral que eso conlleva. Se me pone a hablar. Lo ignoro. Agarro la botellita de agua vacía y enfilo hacia la cocina.
Ella está ahí.
Me sonríe. Le sonrío. La saludo con un beso y me contengo para no desmayarme en su perfume. Me pregunta por el almuerzo con mi jefe. No sé cómo se enteró. Gutiérrez. Seguro que fue Gutiérrez.
–Me lo postergaron.- digo, aunque lo único que quiero decir es que la amo- ¿Vos hoy salís sola de nuevo...? Porque si querés podríamos–
–Salgo con Gonzalo.
–Gutiérrez.
–Sí, Gonzalo.
Odio que lo llame por su nombre. Sé que es de cobardes lo que voy a hacer, sé que un hombre no debería intentar llegar a los labios de otra mujer enterrando a otro. Pero no puedo evitarlo. –¿Por qué salís con él...? En serio.
Ella sonríe. Finge demorarse más tiempo secando su taza. Me mira a los ojos. –Porque sé que lo odiás.
No supe qué responderle. Fue un segundo. Me vuelve a sonreír y se va. Me quedo solo en la cocina, atragantado de silencio. Voy tras ella pero alega estar ocupada.
Me siento en mi box, aún sin saber cómo reaccionar a su comentario.
Paz me sigue hablando sobre la venta a los hindúes.
Pastelito continúa faltando con su gripe biónica. Va un mes y tres días.
Gutiérez canta The lion sleeps tonight.
La miro, a la distancia. Sonrío. –El juego continúa.- murmuro- El juego continúa...
–Eso mismo. Están jugando con nosotros.- dice Paz- No pueden tenernos así, con esta incertidumbre.
–Cuando salgas con el jefe preguntale.- apoya Gutiérrez.
Los miro como un chino debe mirar a una pila de ladrillos antes de romperla. ¿Estoy cansado de atragantarme con posibilidades de asesinatos? Nah... Esto recién comienza.

miércoles, 6 de junio de 2007

No sólo eso

–Che, ¿sabés algo del almuerzo?- pregunto, fingiendo espontaneidad.
–¿Qué almuerzo?- contesta mi teamleader.
Me rasco la nuca, nervioso, como para contener el impulso de atragantarlo con mi monitor. –El almuerzo que me gané.
–¡Ah, ese…!- dice, como restándole importancia.
Ese. Sí. Ese. Después de tres años en la misma empresa deciden premiar mi desempeño con un almuerzo. No sólo eso. Es con mi jefe. No sólo eso. Me hicieron perder una posibilidad de almorzar a solas con la recepcionista. No sólo eso. Me lo postergaron a último momento y no me avisaron nada más. No sólo eso. Me premian con algo absurdo, ridículo, y encima tengo que pelear para que me lo den. No lo quería pero ahora, que pareciera que no me lo van a dar, sí. Y mucho.
–Sí, ese.- digo.
–No, ni idea.- contesta, ordenando unos papeles en mi escritorio como si fuera el suyo. Le martillaría la mano. Me contengo.
–Hace una semana me dijeron. ¿Podés averiguar?
Mira su reloj. El hijo de puta mira su reloj. –Estoy medio ocupado, pero sí. Después me fijo.- acepta, condescendiente, para irse. Quisiera sodomizarlo con un tiburón vivo pero lo dejo ir.
–Me premian con esta mierda y encima no me la quieren dar.- murmuro asesinamente.
No sólo eso. Paz, a mi lado, escucha algún tema de Paulina Rubio.
No sólo eso. Gutiérrez canta Hakuna matata.
No sólo eso. Pasa la recepcionista y él le sonríe.
No sólo eso. Ella también le sonríe.
Una locura homicida trepa por mi espalda. Se aferra a mi cuello, acercándose a mi oreja. –En cualquier momento...- me susurra- En cualquier momento empieza.
El asesinato se despereza entre mis costillas.

lunes, 4 de junio de 2007

Toda venganza comienza por algún lado

No quiero estar acá.
Me rodea el sonido de los teclados vomitando números sin sentido.
Miro alrededor. Todos sentados, resignados a su manera.
Todos menos él.
Hace un mes que no viene. Pastelito. Le decimos Pastelito. Es que el tipo siempre se viene con sweaters color pastel. Hace un mes que no viene a trabajar, reitero. Llamó avisando que tenía gripe. Eso fue todo. Un mes. Debe ser una gripe radioactiva y mutante. Quisiera haber compartido un mate con él.
Pero no. Yo estoy acá y él debe andar de shopping. O alguna otra cosa aburrida. Comprando cortinas, quizás.
Siempre la sufre el honesto. Es así. Vengo con fiebre, vengo cansado, vengo sin ganas. Pero vengo. Y él tiene el descaro de faltar un mes por una gripe. Busca que lo echen con indemnización. Así de sencillo. Pero mientras tanto el sinvergüenza la disfruta. Un mes. ¡Las cosas que podría haber hecho yo en un mes…! No sé si hubiera hecho muchas pero así me gusta pensarlo.
–Basta.- susurro- Basta de ser pisoteado. Basta. Hace meses que pienso cómo vengarme de esta empresa. Toda venganza comienza por algún lado. Será por Pastelito, entonces...
Abro mi cajón, lo agarro y me levanto. Voy hacia su computadora. Finjo que me estoy desperezando. Cuando nadie me presta atención vacío con disimulo el sobrecito de azúcar en su teclado. Los granos quedan atrás de las teclas. Invisibles.
Vuelvo a sentarme. Abro Wikipedia y Google. Tengo tiempo hasta que vuelva Pastelito. Tiempo para encontrar a la especie más hija de puta de hormiga, comprar cien de ellas y traerlas al trabajo en un frasquito cuando él se digne a volver. ¡Cómo voy a disfrutar abriendo el frasquito, anticipando sus gritos...!

viernes, 1 de junio de 2007

Si el cuchillo tuviera filo...

Hoy almuerzo, a solas, con mi jefe. No sólo eso. Tengo que fingir que es un premio.
–Al menos pedile aumento.- tranquiliza Gutiérrez- Preguntale si sabe algo por la venta. Si es cierto que va a haber despidos. Aprovechá.
Que aproveche… Nada podría interesarme tan poco como eso. Mi pensamiento se desliza hacia el diálogo anémico que voy a frecuentar en unos pocos minutos. Al actuado interés por sus palabras. A la imposibilidad de estar una hora a un metro y no desmayarlo de un derechazo a su mandíbula.
Pero ella pasa y todo desaparece. Cruzamos la mirada, a lo lejos. Me sonríe. –La amo.- se me escapa.
Gutiérrez la estudia. –Nunca la había notado.- aclara, como si me importara- Zafa la mina.
Zafa. Gutiérrez acaba de decir que la recepcionista zafa. Ese vómito de células insípidas dijo que mi amor imposible zafa. Quisiera atragantarlo con un helicóptero en funcionamiento. Aunque supongo que es anatómicamente imposible y económicamente fuera de mi alcance. En cambio, me paro.
–¿Ya vas al restaurante?- anticipa Gutiérrez.
–Sí.- deslizo. Mientras esperaba al ascensor hice lo imposible por no quedarme mirándola como un estúpido.
–Disculpá…- me dice ella.
–¿Sí?- me atraganto, acercándome.
–Pensé en lo que dijiste el otro día.- arroja, y mi corazón estalla- ¿Te gustaría salir hoy a comer…?
Quiero decirle que la amo. Que la amo desde hace años. Que amo su voz, su piel, su perfume, su mirada, su lenguaje corporal, su alma. Pero una angustia titánica me desgarra el pecho. –¿Hoy?- lamento- Hoy no puedo. ¿El lunes quizás…?
Ella se repliega. Se vuelve hacia adentro. Se había expuesto y, lastimada, se esconde en sí misma. –No sé si puedo. No sé… después vemos.- dice, por decir algo.
Bajo en el ascensor insultando, a mí, a mi jefe, y a mí de nuevo. Llego al restaurante. Sin hambre. Sin ganas de otra cosa más que degollarlo con este cuchillo ni bien él se siente enfrente. Pero hay demasiados testigos, arriesgo. Y el cuchillo no tiene mucho filo.
Tarda. El hijo de puta tarda. Saco el celular y llamo a mi teamleader a ver si sabe algo.
–¿No revisaste el mail?- me dice, con su tono pedante- Hoy él no podía y dijo de postergarlo.
Corto sin siquiera despedirme. Me debato si almorzar solo, si gritar hasta demoler la ciudad, si correr hasta la recepcionista para aceptar su propuesta, si alquilar un helicóptero e ir a buscarlo a mi jefe sea anatómicamente posible, o no, atragantarlo con el mismo.
Me paro, sin saber todavía bien qué hacer. Miro hacia la calle y la veo a ella, a la recepcionista. Iba con Gutiérrez a almorzar. Sonreía. Ella sonreía.