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jueves, 19 de agosto de 2010

El gordo Spam vs Este día coqueto que nos tocó hoy

En medio del gris y del hastío aún hay belleza. Entra, en puntitas de pie, cuatelosa, a la oficina. Lo hace a través de la ventana. Lo hace esquivando edificios arquitectónicamente insípidos que trepan torpes unos sobre otros, abrazados por cables desprolijos, por bocinas y por fastidio. Entra, como una amante pícara y generosa, deseosa de erotizar allí donde no se puede. Entra, sonriente, y se estrola contra la mole del gordo Spam.
Lo miro. Me mira. Lo miro. Sigue parado frente a la ventana. -¿Sí?- deslizo entre mis labios.
Mastica, en silencio.
Lo miro. Me mira. Lo miro. -¿Todo bien?
-Todo tranqui.- responde, sin dejar de mascar. No sé qué come. No sé si come algo. Tal vez sus mandíbulas están tan acostumbradas a comer que repiten el movimiento aún cuando no hay nada en su boca.
Lo miro. Me mira. Lo miro. No se va. -¿Pasa algo o...?
-Toy aburrido.
Me sueno el cuello. El cuerpo desprovisto de pequeñez del Gordo Spam continúa privándome de la caricia de la belleza y, ahora, encima reclama ser entretenido. Por mí.
Mi mirada repta haragana por el techo. Busco posibles links que lo mantengan lejos por al menos unos minutos para permitirme salir a almorzar sin él. Nada nuevo aflora en mi imaginación. Mis ojos se detienen, ahí, en ese preciso lugar donde la burla, la maldad y la invención se abrazan.
-¿Te enteraste?- le digo.
Se acerca, masticando. -¿De?- se interesa. Su aliento me arrima la certeza de que está comiendo un chicle de canela.
-Van a elegir a otro team leader manager.
Sus ojos se abren de par en par. Veo a un niño en ellos. Un niño atrapado en la inmensidad del gordo Spam. Y, ahí, ese niño se emociona. -¿En serio?
-En serio.
-¿Y quién?
-No sé. Están evaluando. ¿No viste que últimamente no me levanto de la silla?- le digo. Pongo cara de taxista creído. Guiño un ojo, incluso. -No por nada, titán. No por nada.
Su rostro adopta una expresión de miedo. Le cuesta unos cuantos segundos, con todos esos cachetes. Pero lo hace finalmente. Observa rápido alrededor. Nadie con jerarquía sobre nosotros lo está observando. Aprovecha y se va tambaleando apurado hasta su asiento. Se sienta. Abre una pantalla de trabajo. Y se aburre, pero esperanzado. Cierro los ojos y disfruto, de nuevo, de la caricia de la belleza.

lunes, 9 de agosto de 2010

No obstante

Dos luchadores de sumo se revuelcan sobre mis párpados. El monitor muestra noticias insípidas, páginas previsibles y bostezos y fastidio, como instándome a que les dé más espacio a los gordos, a que me resigne y cierre los ojos.
No obstante, no me rindo. Me levanto. Voy hacia la cocina mientras un pulpo se aferra a mis pies. Las ventosas de sus otros tentáculos se adhieren a paredes y escritorios, dificultando cada paso que doy. Arrastro detrás a sillas y oficinistas, a teléfonos y computadoras y afiches con los objetivos de la empresa.
El embrollo se traba en el pasillo. Todos estancados ahí, entre las dos paredes, hablando o trabajando como si nada sucediera. Pero el pulpo no me suelta. Ni tampoco los suelta a ellos. Arrastro los pies, con una lentitud insoportable, y con cada dantesco paso que doy hacia la cocina esta se aleja un poco más.
No obstante, no me rindo. Continúo y al lado mío se abre un pozo y, escoltado por llamas y olor a azufre, sale el Diablo. Me propone librarme de mi carga si a cambio me comprometo con la empresa y empiezo a subir en la jerarquía de project leaders, team leaders, team leaders managers, managers y senior managers. Niego con la cabeza y doy otro paso. El Diablo no se va, sin embargo, y sigue ahí intentando corromperme.
Ramiro se para al lado mío, tomando su café. Me mira. -Los lunes son complicados.- dice.
Quiero arrancarme un brazo y golpearlo con el mismo hasta que se muera. Y reír. Reír alocado. Reír alocado lo suficiente como para que vengan a buscarme y me internen en un manicomio, con patio al aire libre y café y café y café. Pero sigo reptando hasta la cocina que no deja de alejarse.
Estiro mi mano hacia la máquina de café, eternamente a unos metros, como si de repente pudiera desarrollar habilidades de jedi y a la distancia tocar el botón para luego traer levitando el vaso hasta mí. Y, ya que estamos, le cambio el gusto a ese escupitajo marrón y ácido por gusto a café. Y, ya que estamos, con mis poderes le atribuyo la capacidad de despertarme y despojarme del pulpo y de la oficina que arrastro detrás y de los dos luchadores de sumo que no dejan de revolcarse en mis párpados y del Diablo que quiere verme convertido en quienes odio y de Ramiro siendo Ramiro.
Pero no.
No soy jedi. Y doy otro paso y la cocina se aleja aún más y el cansancio me tiene en la palma de su mano. No obstante, no me rindo. Doy otro paso y entonces se presenta alguien más en la suma constante de adversarios. El peor de todos, tal vez. Sí. Peor que el Diablo y peor aún que Ramiro. Es un petiso, gordo, calvo y de galera, con bigote y traje verde. Es el Señor Obvio. El Señor Obvio señala todo aquello que es obvio pero que a uno, por cansancio, estupidez o negación, le resulta imposible de ver. A veces el Señor Obvio se encarna en nuestra pareja, en nuestros padres, en un amigo, un profesor o un hermano. A veces, simplemente se presenta como el enano insoportable que es. Porque no sólo nos muestra lo que teníamos delante de nuestros ojos y no podíamos ver. Sino que se regodea con eso.
Me apunta con su pipa. -Cuando esperamos que algo ajeno a nosotros, que algo externo, nos solucione una incertidumbre, nos despierte, nos motive, ese algo nunca llega. Y la búsqueda se vuelve insoportable.
Lo miro. Quiero arrancarme el brazo que me queda y, sosteniéndolo con mis dientes, golpearlo con el mismo hasta que muera. -¿Y cómo hago para no buscar ese algo afuera y encontrarlo en mí?- digo en cambio.
Me mira. Fuma su pipa. -Es obvio que esa respuesta la tenés vos.
Doy otro paso. Arrastro toda la oficina detrás. Y al pulpo que me ata a ella. Y a los luchadores de sumo. Y a Ramiro. Y al Diablo. Y al Señor Obvio. Y, ahora, a una respuesta que no se aparece. No obstante, no me rindo.