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martes, 30 de noviembre de 2010

Jugando en el infierno

El calor trepa por la piel como hormigas molestas que muerden y resoplan y maldicen y gritan. La transpiración se desliza por debajo de la ropa como babosas morosas y excedidas de peso. Los susurros se retuercen en el aire, preguntando hasta cuándo. Las miradas se posan en los tres confundidos hombres que no aún no se las ingenian para reparar el aire acondicionado de la oficina.
Ni una ventana se puede abrir. Estamos, más que nunca, atrapados en el infierno.
Me aterra. Me aterra respirar la exhalación de otros de acá. No quiero que entre en mí lo que estuvo dentro del gordo Spam.
Su remera talle infinito ostenta una galería de obras de arte abstractas firmadas por el sudor. Sobre su frente despunta en líquida agonía su intolerancia por el calor. Toma tragos largos y desesperados de agua fría. Sus ojos ruegan silenciosos e intensos a los tres hombres de mantenimiento. Y espera.
Me veo reflejado en él. Pero en un espejo que adelgaza.
No hay nada para distraerse de esto. Ya vi cualquier página. Ya charlé cualquier chapucería. Mi manager me manda un mail. No quiero trabajar. Que él se haya ido a trabajar desde su casa con el aire acondicionado clavado en 19 grados no me incita demasiado a ocuparme del asunto.
No puedo tolerarlo más.
A mí que me gusta leer y escribir, si tuviera que rescatar una palabra, una sola palabra, una palabra a la cual podría llevar a cualquier naufragio, incluso a este infierno, esa palabra sería jugar. En el juego hay seducción, hay amabilidad, hay pasión, hay creación, hay sorpresa, hay sutileza, hay diálogo, hay madurez, hay comunión con lo que se es y con lo que se quiere ser.
Miro a mi escritorio. Me detengo en los juguetes que lo pueblan. Agarro a uno. Voy hasta la cocina. Lo lleno de agua. Vuelvo a mi escritorio. Me siento. Me pongo en ocupado en el chat interno de la empresa. Le mando un mail a mi manager diciéndole que estoy trabadísimo en un llamado con un cliente. Que perdón que no le explico más pero esto es un lío para hablar y escribir a la vez. Que si se puede encargar alguien más.
Abro un word. Y arrimo al juguete al teclado. El juguete es ese pajarito con el que obeso Homero Simpson clickeaba las y. Lo dejo tipeando. Así no aparece el protector de pantalla. Así no ven que estoy away. Así no suponen que me fui a la plaza de la vuelta a tomar un helado.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Cómo saber si tu compañero de trabajo es un zombi

1. Camina torpe.
2. Huele raro.
3. Tiene la mirada perdida.
4. No está vivo.
5. Emite sonidos peculiares.
6. Sus hábitos alimenticios son cuestionables.
7. Es claro que no tiene sexo.
8. Su aliento es reprochable.
9. Quiere literal o metafóricamente matarte.
10. No es un buen conversador.

lunes, 15 de noviembre de 2010

La posibilidad de un hogar

Father Ted, un entrañable programa irlandés, está situado en una islita. La ficción no inventa. Tampoco refleja la realidad. La construye.
Hay, pues, una islita perdida en algún lugar del mundo donde conviven inocencia, violencia, absurdo, acidez y ternura, donde merodea por todos lados, en puntas de pie, ese olorcito a hogar.
El mar y la soledad arropan a la islita. No la soledad de aquel que se empantana y, encerrado en sí mismo, alza monolitos de cercanía y de distancia, de amores y de odios, siempre totalitarios, siempre resentidos. No. Rodea a esta islita la soledad del navegante que cada noche juega con las estrellas y la con inmensidad del mar.
El lujo le es ajeno: lo que no es casero no ha llegado a sus costas. Incluso el tiempo la ha evadido, como tal vez lo ha hecho con toda isla. No llueven sobre ella imposiciones, angustias, locuras y necesidades que monzonean en otros lados. Cuando garúan -ningún sitio es impermeable- lo hacen con ese sutil encanto irlandés.
La gente ahí no es paisaje. Cada relación, de amantes o de archienemigos, con todo el abanico intermedio, esconde un encanto tan poco habitual como delicado y profundo: que son compinches.
Es un un faro, la islita. Es la posibilidad de un hogar para todos los que sentimos que no pertenecemos. Es un albergue para todos aquellos que nos desgarramos por vivir en una cabaña en un bosque en Ushuaia ante el mar del fin del mundo, entre nieve y montañas, o para los que nos duele no desayunar cada mañana en esa casita en la costa última de Svalbard, y para todos los hogares en el medio.
Es un vendaje, la islita; un vendaje ante las puñaladas de deseos incumplidos.
Es, reitero, un faro. Un faro en la mitad de la tormenta, recibiéndonos y haciéndonos sentir como en casa, dándonos abrigo, algo de tomar y de comer y, cuando estemos recuperados, nos arroja de vuelta al mar. Nos mira ahí, en la tempestad, como un padre viendo a su hijo andar en bicicleta, alentándonos a encontrar nuestro lugar y a no vivir en escapismos o en fantasías de otros.
Sé que la islita tiene razón. Pero ahora, hoy, lunes en la oficina, envuelto en la tempestad de lo ajeno, manoteo el escapismo de la música y de la imaginación para huirle al aliento de tercer desayuno del gordo Spam. Aunque el muy turro no me deja desentender de este lugar.
-Qué cosa los lunes, che. Al menos ya se viene un feriado.- escupe.
Me saco los auriculares. -¿Qué?
-Que ya casi es feriado.
-Ah. Sí.- digo. Me pongo los auriculares.
-¿Te vas?
Me saco los auriculares. -¿Qué?
-Que si te vas a algún lado.
-Sí. A Craggy Island.- digo. Me pongo los auriculares.
-¿Y eso?
Me saco los auriculares. -¿Qué?
-¿Dónde queda eso?
-No existe ese lugar.
Me mira desconcertado y aún mascando. -Ah. ¿Era un chiste?
-No. Voy a ir.
-¿Cómo?
Encojo mis hombros. Me pongo los auriculares. Toco play. Y viajo.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Sombras

Un hombre camina en la intensidad hacia la puerta.
Su sombra se arrastra detrás y, en ella, peleas con su padre y risas y primeros besos y de desvelos por amor y por desamores y domingos en familia y ese llamado ebrio que recibió de su tío y su primera noche en su primer departamento alquilado y fantasías y angustias y sueños y fracasos y mimos y charlas y tristezas y esperas y desesperación y miedos.
La puerta se cierra detrás. La sombra con su océano de momentos se escurre bajo de ella, pasando como un charco hasta la otra habitación.
Queda acá, de este lado, el silencio. Silencio apenas. Silencio y suposiciones. Suposiciones y susurros. Susurros y cuchicheos. Cuchicheos y conversaciones, conversaciones empapadas de angustias y gritos y pánico y mierda y odio.
Ejércitos de ideas batallan sobre nosotros en la oficina. Los soldados se desangran y gritan y arremeten unos contra los otros. Triunfan por breves instantes y pierden por eternidades.
La puerta se abre y, con ella, vuelve el silencio.
Los soldados permanecen, moribundos, de pie. El hombre, el hombre que camina por la intensidad, pasa entre ellos. Los reconoce en la mirada de cada uno de nosotros. Pero no les presta atención. Va hasta su escritorio. Junta las fotos y los muñequitos ante el hombre de seguridad.
Nos saluda con una sonrisa tan variada como la vida misma. Sus labios se retuercen. Quiere decirnos algo. Pero ese algo trepa por su pecho y ya puede anticipar que no pasará por su garganta y no quiere abrirle la puertita de sus ojos enfrente de todos nosotros. Sus labios, entonces, se retuercen y nada más.
El de la seguridad le señala, apenas, hacia los ascensores. Como si él no lo hubiera visto ir y venir todos los días hábiles por cuatro años. El despedido contiene el insulto y lo sigue.
Un hombre camina en la intensidad hacia la puerta.
Su sombra se arrastra detrás y, en ella, abrazos y llantos y cucharitas y los juegos a los que jugaba de chico y esa mujer que le rompió el corazón y películas vistas acurrucados con esa mujer antes de que le rompiera el corazón y su odio por el helado de sambayón y ese sábado soleado y la primera vez que rió tanto que le dolía la panza y los cachetes y su primera clase de guitarra.
La puerta se cierra detrás. La sombra con su océano de momentos se escurre bajo de ella, pasando como un charco hasta la otra habitación.
Queda acá, de este lado, el silencio.

martes, 9 de noviembre de 2010

Fantasmas de amores pasados

Los fantasmas de amores pasados se regodean en nuestra necesidad de volver. No se puede volver. A cada instante somos otro. Pero los besamos, los acariciamos, mordemos y abrazamos y, por un momento, ese momento donde nos rendimos ante aquella necesidad, se calla el caos. Por un instante lo previsible y lo volátil desaparece. Creemos volver con ellos al pasado. Y ahí yacemos, cómodos, satisfechos, sin ser desafiados. En una ilusión.
Los fantasmas de amores pasados acechan en momentos novelísticos; momentos de debilidades o de fortalezas absolutas -es sabido que el comienzo de la caída de cualquier imperio o movimiento es en su mayor esplendor-.
Los fantasmas de amores pasados olfatean a la distancia y, habiendo ubicado el instante en cuestión, saltan al acecho. A veces les damos batalla. A veces nos rendimos ante ellos. Pocas veces nos encontramos, de otro a otro, como dos compinches que no vuelven al pasado sino que flotan en el presente.
Intento no rendirme ante aquella necesidad. A no sentir en cada caricia las caricias que le di tiempo atrás. A no escuchar en sus gemidos los gemidos del pasado, endulzados en tiempos de soledad. Intento reconocerla como otra. Y celebrarla así.
Pero no puedo.
Estamos los dos solos en la cocina de la oficina y no puedo evitarlo. Me pierdo en ella.
Sonrío. -Te extrañé.- le susurro.
Como, sí, como en idealizados tiempos pasados vuelvo primero yo a mi asiento para que nadie en la oficina sospeche.
Me recibe la injustificada enormidad de vida que es el gordo Spam. Descubre mi sonrisa complacida. -Estás chocho que pusieron la máquina de café vieja, ¿no? Tanto que hinchaste.
Levanto mi vaso de café hacia él. -No se le dice vieja a una señorita.- reto, y tomo un trago.