lunes, 12 de abril de 2010

De vuelta

Te engañaron. Toda la vida. Te engañaron toda la vida.

No existe tal cosa como Año Nuevo.

El tiempo se hamaca entre día y noche, entre calor y frío. No hay quiebres. No hay comienzos multitudinarios.

No.

Impuesto en el almanaque, a la fuerza, haciendo uso de fuegos artificiales, bebidas alcohólicas, brindis y quince días de vacaciones para que su farsa sea aceptada, el Año Nuevo se yergue como monolito incuestionable.

No lo hace porque es un ser malvado con intenciones inhumanas.

Ni hay detrás una conspiración secreta.

No.

Nosotros lo hemos puesto ahí.

Somos nosotros los que nos engañamos con promociones de fin de año y el poder iniciático de los lunes y los eneros y los marzos, con resoluciones, borracheras y rituales gastronómicos. Congregados en familia a recibir lo que nunca va a llegar. Y lo sabemos. Lo sabemos. Tenemos sentado sobre una de nuestras neuronas al chico que nos anuncia que Godot no vendrá. Pero el reloj de TN o del 113 da las doce y el sonido de las copas abrazándose y los fuegos artificiales desperezándose en la noche acallan su voz.

Si lo hacemos, si nos congregamos alrededor del monolito que nosotros mismos hemos alzado, si alabamos a este dios cuya arquitectura diseñamos, es porque necesitamos desesperadamente a las dos mentiras que alberga el Año Nuevo. Aquellas que afirman que se puede dejar atrás y que se puede comenzar.

Nada se deja atrás. Todo lo sigue a uno.

Nada se comienza. Todo se continúa.

Y la lógica reduccionista de la oficina –donde uno entra con alma y se va con apenas una carcasa árida, donde vivir es existir, donde la angustia deviene en resignación– también obra sobre el Año Nuevo.

Sólo que reduce el año a la semana. Diciembre al viernes. Enero, al menos luego de las vacaciones, al lunes. Y los días se suceden con la frenética necesidad de llegar al viernes. Cada día y cada estado de ánimo se relacionan con su cercanía o lejanía o con el lunes o con el viernes. Pero quien vive para el fin de semana no vive.

–Cuesta empezar de nuevo.- me dice Ramiro.

–Sí.

–Los lunes se complica.

Pienso. Pienso decírselo. Pienso contarle sobre el monolito y los ritos que hacemos para preservarlo. Pienso desnudarle esas dos mentiras. Pero la máquina de café termina su ciclo de ruidos y tengo el ácido que me mantendrá ocupado por unos minutos.

Lo dejo solo en la cocina y camino hacia la oficina, con cuidado de no verter ni una gota. A ver si el café abre un agujero en el suelo. Y luego otro en el piso de abajo. Y en el de debajo de ese. Y caigo. Caigo por 332 kilómetros. Vaya uno a saber qué encontraré ahí. Acá, por lo tanto, hay una multitud de zombies con corbatas y escotes. Y entre ellos un hombre, con un vaso de plástico que heroico contiene al ácido, temiendo desear que fuera viernes.

jueves, 17 de diciembre de 2009

La venganza será invisible

Una de cada tres palabras que me dice el gordo Spam es Ricardo. La otra es Fort. La tercera, mirá. Acompaña a la tríada con un link, generalmente de YouTube. Al menos es multimedia. Ramiro, por su parte, tal vez minimalista o tal vez despojado de elocuencia, me envía los mismos links pero envueltos en silencio.
Tiempo atrás los dos, cada cual por su lado, recurrían una y otra vez a otro tema de conversación. Sobre cómo salían con la hermosa Majo.
Este cambio repentino de interés no es de extrañar. En la oficina a menudo uno se obsesiona con determinados temas y los transita a diario, recorriendo diarios y charlas. Lo que sí es de extrañar es cómo una mujer como Majo podía estar saliendo no sólo con uno de estos esperpentos sino con dos.
Resultó, como lo son a menudo los temas con los cuales uno se obsesiona en la oficina, un rumor. Ramiro y el gordo Spam se inventaron un amorío inexistente.
Podría, como ellos lo hubieran hecho si se habría tratado de otra persona, volver a semejante descubrimiento en un chisme. Ir por acá y por allá susurrando sobre cómo mintieron un romance. Murmurar desde las sombras de la máquina de café sobre cómo la pobre y hermosa de Majo quedó desconsolada.
Pero no.
Y no es que mi alternativa no es más digna. No. Es simplemente más mía.
La venganza.
No es muy difícil crear una cuenta de MSN falsa cuya dirección se asemeje al nombre y apellido de Majo.
No es muy difícil hacerse pasar por ella. Más aún, teniendo su consentimiento.
No es muy difícil que el gordo Spam y Ramiro me acepten con esta cuenta en sus respectivos MSNs.
No es muy difícil obviar contestar que soy Majo pero dejar a entender que lo soy. Después de todo, la desesperación construye certezas sobre incertidumbres.
No es muy difícil hablar con el gordo Spam y Ramiro en la misma noche por el MSN.
No es muy difícil hacer copy paste con cada uno y así y todo hacerlos creer únicos. Ni calentar un poco el ambiente. No es muy difícil pero sí muy asqueroso.
No es muy difícil percatarse que ninguna de sus direcciones de MSN contiene su nombre o su apellido.
No es muy difícil decirles que la dirección de MSN que estoy usando por algún motivo no me deja ni ver ni mostrar mi webcam y que quiero mostrarles como me toco y verlos tocarse.
No es muy difícil decirle a uno que lo voy a agregar con la dirección del otro y decirle al otro que agregue a la dirección del primero.
No es muy difícil pedirles a los dos que lo primero que hagan sea mostrarme su webcam y aceptar la mía.
No es muy difícil desconectarme del MSN e imaginar el horror y el desconcierto cuando los dos se vean masturbándose y no entiendan dónde está Majo ni qué hace el otro ahí.
Lo que sí es muy difícil es imaginarme sus caras cuando vengan a trabajar mañana. Faltaron los dos hoy. Los dos alegaron vómitos. Curioso.

martes, 8 de diciembre de 2009

Hay tanto ahí afuera

Nuestra sensibilidad audiovisual proviene o de Buenos Aires o de California o de New York. Hay pasitos al costado, sí. Rosario. Boston. Chicago. ¿Pero cuántos de nosotros nos hemos sentado ante tanta música, series y películas de Marruecos, Tailandia, Tierra del Fuego, Islandia o Rumania como lo hemos hecho ante las de Buenos Aires, California o New York? Hay tantas sensibilidades, tantas historias, tantos recursos ahí afuera.
Sin ir más lejos, el otro día veía la película egipcio-israelí La visita de la banda. En ella, un egipcio cuenta sobre un concierto que está componiendo desde hace años pero que no puede terminar. El israelí, fascinado ante la música que el otro le tocó, le pregunta porqué no lo puede terminar. El músico dice apenas “Mi mujer quedó embarazada… El tiempo…”
Eso solo.
Con eso solo habló de las resignaciones, de los sueños, de la imposibilidad a veces de cumplirlos, de la vida misma.
En determinado momento, mientras el israelí y el egipcio están en una habitación, mirando a un bebé durmiendo, el israelí le dice “Quizá así debe terminar tu concierto. No con trompetas y platillos. Así, repentinamente. Un cuarto. Un bebé durmiendo. Silencio. Y toneladas de soledad.” Y el egipcio tira de un piolín y suena una canción de cuna y tararea y no dice nada pero sabemos que tiene el final de su concierto.
Eso solo.
Con eso solo habló sobre la vida, sobre las toneladas de soledad, esa frase, dios mío, sobre cómo el fin de la vida, de los sueños y de los deseos de un hombre es la canción de cuna del otro. ¿O pensaban que sólo se trataba de un concierto?
Hay tantas sensibilidades, tantas historias, tantos recursos ahí afuera. Tantas esperanzas, ganas, sorpresas, músicas, alegrías, melancolías. Y son tan distintas la una de la otra. Tan ricas. Tan fértiles.
Y acá estamos. Trabajando en un feriado. En una empresa de telecomunicaciones norteamericana. Pareciera el punto cumbre de la ausencia de esperanzas, ganas, sorpresas, músicas, alegrías y melancolías. Pero eso no es todo. Estoy en un curso de inglés. Y no sólo eso. Nos ponen como ejemplo un capítulo de Two and a half men. Y la gente ríe y me siento enteramente de otro mundo. Aplastado por toneladas de soledad.
Pero bueno. Supongo que debo soportarlo. Supongo que debo esperar a salir del curso y finalizar la venganza que con Majo elaboramos para el gordo Spam y para Ramiro. Nunca lo verán venir. Saqué la idea de una película sueca. Hay tantas sensibilidades, tantas historias, tantos recursos ahí afuera.

martes, 24 de noviembre de 2009

Esféricos Rambos

El sueño manda a matones para que le den una buena golpiza a mis ojos. Pero mis ojos, dos esféricos Rambos, resisten. No se cubren con los párpados buscando protegerse o, al menos, amortiguar el dolor. No. Siguen abiertos. Siguen abiertos por más que sepan que no hay motivo alguno para soportar la tortura. Porque saben. Saben que el resto entero del cuerpo se ha rendido al sueño. Saben que no hay nada interesante desplegándose delante de ellos. Saben que el día afuera está nublado. Saben que no tengo trabajo en esta oficina. Saben que todas las personas jerárquicamente superiores a mí están en una conferencia y que lo van a estar por unas cuantas horas más. Saben que es tan fácil, y tan cómodo, rendirse. Cerrar los párpados y dejarse ir. Pero no. Esféricos Rambos.
Giro morosamente hacia mi costado. Y un puñal se retuerce en el abdomen de mis ojos. Ellos gritan y escupen sangre y se ríen y les preguntan a los matones si eso es todo. El gordo Spam ronca. Giro morosamente hacia mi otro costado. Ramiro ronca.
–Vamos, no tiene sentido seguir.- insta uno de los matones- Todo su cuerpo declaró la retirada. E incluso, miren, cuerpos aliados. Cierren los malditos párpados de una buena vez.
Mis ojos, ensangrentados, sonríen con esos labios y dientes ya rojos. –Siempre estuvimos solos en esta guerra.
Asomaron entonces sus cabezas. Como los soldados japoneses que, desconociendo el fin de la Segunda Guerra Mundial, permanecieron escondidos en bosques por décadas. Mis neuronas asoman sus cabezas entre los árboles. Escucharon los gritos de dolor y de resistencia de mis ojos. Reconocieron en estos un llamado. Se juntaron entonces y, en el piso del bosque, trazaron un plan de rescate.
A través de la sangre puedo ver al gordo Spam, ese ser interminable, devorador de comida chatarra y de chismes de la oficina, que sale con la hermosa de Majo. Y, al lado, a Ramiro, un oficinista bastante boludo que lo promoví a archienemigo al haber cambiado a mis espaldas mi chocolatín por el suyo.
Una de las neuronas asiente, mirando al plan trazado en el suelo. El resto comienza a asentir también.
Me levanto. Voy hasta Majo. Le sonrío. Me sonríe. –Te morís de sueño, ¿no?- me dice.
–No. Ni un poco. Jamás.- rugen mis ojos.
–Sí, la verdad que sí.- le digo yo- Encima con los ronquidos de esos dos…
Se ríe como se reiría una ardilla. –Se los escucha desde acá.
–¿A vos eso no te jode?
–No, me pongo los auriculares y listo.
Sonrío. –No, no… Decía cuando dormís… con…
–No.- se adelanta- Eso del gordo y yo es un mito. No sé quién empezó ese rumor.
Por un lado estoy aliviado. Siempre quise creer que eso era una mentira del gordo Spam. Busco que el alivio se muestre como sorpresa en mi rostro. –Ah, ¿sí? ¿Y lo de Ramiro también?
Echa su cabeza hacia atrás. –¿Qué? ¿Ahora estoy con ese boludo supuestamente?
–Supuestamente.
–Pero ni hablo con él. No entiendo. ¿Quién carajo vendrá con esos rumores?
Me encojo de hombros. Suspiro. –Hay dos opciones, creo.
Se acerca hacia mí. Puedo olor su perfume. Intento amputar el abanico de deseos que el mismo despliega en mí. –A ver…- se interesa.
–Sos una mina linda.
Sonríe. –Dale.- dice, incrédula.
–En serio. Muy linda. Por lo cual puede ser el rumor de alguna mina celosa y boluda que te quiera hacer quedar mal.
–Puede ser.
–Puede ser.- repito- O…
–O…- ayuda.
–O puede ser el rumor de algún tipo inseguro y boludo que quiera quedar bien. O dos tipos, con un rumor autoreferencial cada uno.
Frunce el entrecejo. –Decís que esos dos…
Vuelvo a encogerme de hombros. –Puede, puede.
–Yo los mato. Yo voy y los mato.
Mi mano sobre su antebrazo. Intento amputar, de nuevo, el abanico de deseos que el tacto suave y cálido despliega en mí. Le sonrío. –Pará, loca desquiciada.
–Pero se lo merecen.- dice.
–No. No. No se merecen que vayas y les digas cosas sin sentido, enojada, sin que puedas probar nada de todo lo que les decís.
–¿Entonces?
–Se merecen una elaborada venganza.
Usan el filo de sus relojes para romper la cinta que ataba a sus manos. Se liberan. Tosen un poco más de sangre. Renguean hacia fuera del sótano donde los golpearon y torturaron. Respiran, trabajosamente, aire fresco que tiene olor a dolor, a sangre y a libertad. Mis ojos resistieron, solos en una guerra ya perdida, y ahora permanecen de pie, viendo cómo se ha revertido la situación. El sueño ha sido vencido. Un objetivo, una venganza, se yergue como despabiladora meta en el horizonte. Y delante suyo se despliega una recompensa, le hermosa sonrisa de una hermosa mujer. Y los esféricos Rambos le devuelven la sonrisa.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Creep

Te mintieron. Olvidate de las neuronas, axones, lóbulos y la materia gris. Esa no es la correcta arquitectura de nuestro cerebro. No. La verdadera, la que se despliega dentro de tu cráneo, está conformada por discos de vinilo. Uno arriba del otro, con sus respectivas púas. Decenas, cientos de ellos.
Cada uno tiene su peculiaridad, aunque de vez en cuando varios suenan al mismo tiempo.
Están los vinilos lisérgicos y surrealistas de los años 60s y 70s, cuya púa despierta cuando uno duerme.
Están los reiterativos, a veces tribales y a veces electrónicos, cuyos golpes repetitivos instan a respirar, pestañar, tragar saliva y demás reincidencias necesarias.
Están los discos vintage, que uno pone con amigos o con parejas, ya sea para recordar una cronología de distancias o de cercanías.
Están los virtuosos del rock progresivo, que despliegan habilidades o fantasías que uno considera ajenas y entonces uno acaricia el vidrio detrás del cual ellas bailan, ostentando sus posibilidades, y los dedos recorren el cristal imaginando otro tacto y los labios se mojan en un vaso de whisky, solo en el living, mientras cambia los canales en el televisor y la esposa y los hijos duermen. O mientras uno tipea números en una oficina con la mirada perdida en la ventana.
Están, también, los vinilos que saltan. Uno saca la púa, o la vuelve a encaminar, pero pronto se corre otra vez, como acechada por un fantasma, y ahí está, brincando cual conejo terco. Cada pisotada deviene en una reiteración. Pero no necesaria, como la anterior de respirar, pestañar o tragar saliva. No. Esta es una reincidencia dolorosa. Es la mirada de una mujer a la cual no pudimos besar. Es un pariente que ya no está más. Es una persona que amamos y que fue nuestra rutina y nuestros deseos y que ahora vive su vida y su vida nos es desconocida. Es una contestación que no nos animamos a decir. Es un error que en el recuerdo parece tan cambiable. Es una estrofa, repetida hasta el hartazgo, rogándonos que hagamos o que no hagamos algo. Y la ignoramos y corremos la púa y la púa vuelve a saltar.
Es algo que no pudimos resolver.
¿Qué demonios hago acá? No pertenezco acá. La frase es de Radiohead en Creep. La he tarareado años y años y años. Poco más de quince ya. Nos estamos poniendo viejos... Hasta la tuve de ringtone en la jocosa versión de Richard Cheese, lo cual es la desmitificación absoluta, la demolición última de cualquier sensibilidad. Pero así y todo la mano fantasmal, en los momentos más insospechados, aún agarra a la púa y la hace saltar en esa misma estrofa.
El sábado fui a un festival internacional y gratuito de música judía en el Planetario. Cosas que uno suele perderse por hacer las mismas pelotudeces de siempre. Llegué a la música judía a través de la música gitana. Llegué a la música gitana a través de Gogol Bordello. Llegué a Gogol Bordello a través de la película Everything is illuminated. Llegué a la película Everything is illuminated a través de una recomendación años atrás acompañada por mates en el Planetario. La vida a veces en un círculo.
Llegué al Planetario y escuché. Escuché y salté. Salté y bailé. Bailé y grité. Grité y aplaudí. Aplaudí y me enamoré de una chica que bailaba sonriendo, llevando su mandíbula inferior hacia un costado en una mueca por demás tierna. Y mientras bailaba se subió al escenario una cantante loca linda de Eslovenia y empezó a tocar una canción y yo conocía esa canción. Maravillas de la globalización. Y salté más. Y bailé más. Y grité más. Y aplaudí más. Y fuegos artificiales coronaron la noche con treinta y pico de músicos en el escenario, los de todas las bandas que habían asistido al festival, entonando juntos una canción tradicional. Cosas que uno suele perderse por hacer las mismas pelotudeces de siempre.
Llegué al domingo a través del sábado. Llegué al lunes a través del domingo. Y de vuelta a las mismas pelotudeces de siempre. Esta vez, el curso de Excel que continúa con sus fórmulas insípidas y sus chistes acartonados y la voz aburrida del trainer y la aspiradora que me succiona el alma y el monocorde sonido del aire acondicionado y bostezos y ejemplos y el break del almuerzo que nunca llega.
¿Qué demonios hago acá? No pertenezco acá.
Corro la púa, molesto. Miro alrededor, buscando al fantasma pícaro que se encarga de hacer saltar al vinilo. Nadie. Ni siquiera la insinuación de un rostro o una sombra. Esta oficina es incapaz de albergar algo espectral, sobrenatural, poético. Pero de todas formas ahí está, escondido detrás de algún monitor, riendo en voz baja por su travesura. Y resoplo, malhumorado por mi impotencia. Los de alrededor me miran con el rabillo de sus ojos. Miran, luego, a mi libreta que en vez de estar llena de anotaciones sobre Excel y sus misterios se encuentra habitada por dibujos. Una expresión peyorativa trepa por sus rostros. Como si contemplaran a un extranjero cuya distancia les molesta. Y mi lapicera esboza en la hoja un dragón con galera y bastón y sus ojos dan latigazos a mi espalda.
Aunque me siento solo sé que este aislamiento no me tiene por único habitante. Hay una legión allá afuera. Una legión de extranjeros. En trabajos insípidos. En contextos chapuceros. Gente que no pertenece. Que sonríe y viste una máscara y trata de pasar desapercibida pero no puede. Aunque a veces debe hacerlo y se esfuerza y lo logra. A medias. Gente que se alegra por una cantante loca linda de Eslovenia, o por cualquier variación de esta peculiaridad. Gente que es argentinamente distante a lo argentinamente cercano.
El tiempo implacable arremete contra ellos y empapa de otoño a sus virtudes que caen fatigadas por resistir en vano. O caen ahogadas por no ser nutridas ya que el cansancio los arrima a hacer las mismas pelotudeces de siempre. Y las mismas pelotudeces de siempre avecinan a esta gente a los mismos pelotudos de siempre. Entonces la cara se consume bajo la máscara. Y de vez en cuando, mientras toman whisky frente al televisor, solos en el living, suenan los vinilos del rock progresivo con su despliegue de habilidades y fantasías y posibilidades que debieron renunciar. Y suena una canción de esa cantante loca linda de Eslovenia y recuerdan y sonríen y beben otro trago y se van a dormir.
Esta legión, cada uno desde su soledad, desde su frustración, golpea y patalea un muro. Todo muro se puede vencer. Pero el cansancio de la rutina, la confrontación contra las plagas económicas y políticas de este país, debilitan los puños y el muro de yergue estoico e imbatible.
–Wilfredo, ¿podrías pasar al frente para demostrar cómo insertar esta fórmula?- me pide el trainer.
Miro a mi alrededor, volviendo del ensueño. –Claro.
Voy al frente. Me inclino sobre la computadora y clickeo acá y allá y allá y copio unos números de una columna y los pego en otra columna y clickeo con el botón derecho y el trainer me corrige y yo asiento y clickeo con el botón izquierdo y la mano del fantasma se desliza sobre la púa y ¿Qué demonios hago acá? No pertenezco acá.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Encima eso

¿Qué harías si te indemnizan? La pregunta es la ensoñación de cada oficinista en mañanas cuando aún no llegaron los compañeros y toma mate, solo, mirando a través de la ventana al diseño abstracto que el cableado de los edificios estampa en el cielo.
Quizás irme, finalmente, a Tierra del Fuego. Buscar algún lugar en la costa. Un lugar con árboles y una cabaña. Y vivir ahí. Y tomar mate, solo, mirando a través de la ventana al mar del fin del mundo. Tal vez viajar. Viajar y empaparme de historias, olores, sabores, colores, mujeres, risas, idiomas, paisajes, silencios, todos ajenos, todos nuevos. O, por qué no, invertirlo. Agarrar el dinero e invertirlo todo en algo que asegure que jamás volveré a pisar una oficina.
La pregunta es la ensoñación de cada oficinista y es, también, mi frustración. Porque me indemnizaron. Y, como conté en “Dante, viejo y peludo”, no lo invertí. No me empapé de mundo. No me fui a Tierra del Fuego. No. Me quedé. Me quedé, alquilando, buscando un buen trabajo. Buscando algo dentro de lo mío. Buscando algo que me apasione y, también, me mantenga. Buscando, aunque sea, algo donde no hubieran matafuegos ni gente que merezca ser asesinada con los mismos. Pero los meses se sucedieron con una marcha inquebrantable y los ingresos apremiaban y conseguí un trabajo, de nuevo, en una oficina. En una oficina donde hay matafuegos y gente que merece ser asesinada con los mismos.
Ramiro, por ejemplo. Él sí hizo lo que fantaseé por tantos años pero que, al conseguirlo, no lo concreté.
–Muy bien Inglaterra. Muy linda.
Encima eso. Inglaterra para mí es… O sea, siento una conexión con los ingleses que…
–¿Fuiste a Stonehenge?- pregunto para dejar de pensar.
–No sé. No creo. ¿Qué es eso?
Entrecierro mis ojos. –El monumento. Circular. Las piedras.
–No, no.
Suspiro. –¿Y las Casas de Parlamento?
Estira su cabeza, invitándome a una definición.
Frunzo los labios. –Un edificio viejo, con—
–Ahí todos los edificios son viejos, man.
Asiento. –Claro, claro.
Encima eso. Este se fue a Inglaterra que para mí es… O sea, siento una conexión con los ingleses que… Y este… Y este ni la más puta idea qué es Inglaterra y tiene el descaro de decirme que él si fue y yo no.
–Más modernoso es el norte.- agrega Ramiro.
–¿De Inglaterra? ¿Sí? Porque yo había—
–No. De Europa.
Toso. No puedo evitar toser. Los países nórdicos, Finlandia, Noruega, Islandia, Suecia, para mí son… Son… Siento que tengo sangre… Algún antepasado… Las palabras me fallan para poder describir lo que…
–¿A dónde fuiste de ahí, seré curioso?- pregunto con un tonito de voz fino, como si la pregunta atravesara un agujero diminuto y se retorciera y estirara para poder pasar.
–Me arrastraron por todos lados. Suecia, Finlandia, Islandia, Noruega.
La pregunta que hice fue una infradotada. Si al llegar a la garganta vio que ahí había un nudo, que habían bajado la persiana del boliche, que había un cartel de contramano, la infradotada de mi pregunta tuvo que haber dado la vuelta atrás y retirarse en vez de seguir adelante, heroica, como Indiana Jones rodando bajo la pared que descendía y encima dándose el lujo de buscar su sombrero que había quedado atrás. Porque hizo eso. La pregunta metió el “seré curioso”, así, elegante, cinematográficamente, de más, como Indiana con su sombrero.
Me lo merezco. Me lo merezco por pelotudo. Por intentar cambiar. Porque soy un tipo tímido. Un tipo cuya idea de paraíso es una cabaña rodeada de bosques con un ventanal al mar del fin del mundo. Y acá estoy, socializando. Indagando. Preguntando. Intercambiando. Me lo merezco. Merezco sufrir. Merezco padecer la desgracia de escuchar a alguien despreciando lo que no sólo deseé, sino que pude tener pero no me animé. Y la frustración se posa sobre mí como una sombra. Aunque la sombra es del gordo Spam, con una caja de chocolates.
–¿Te vas mañana?- pregunto.
–Mañana me voy.- dice Spam. De vez en cuando le gusta hablar como Yoda.
Encima eso. Esta mole va por un mes a Tailandia. A dar un curso en una sucursal de esta empresa. Y yo por Tailandia… O sea, la comida, la música, los paisajes, la religión… Tailandia para mí es… Y este, con su remera XXXL de Cristian Castro… Este va… Y yo… Y yo… Y yo agarro uno de sus chocolates. Y sonrío mientras el gordo Spam arrastra su anatomía infinita hasta otro lugar. Miro al chocolate. Blanco. Encima eso. El chocolate blanco no me gusta.
–Después de ahí, del norte de Europa, me fui a Rusia.- continúa Ramiro.
Lo miro. Frunzo los labios. Encima eso. Rusia para mí es… No. Me voy al baño. No puedo soportarlo. Cuando vuelva va a estar hablando de Tinelli y ya no sufriré. Tanto, al menos. Bueno, sí, sufriré pero no con algo tan personal.
Me lavo la cara. Me miro en el espejo. –Fuerza.- me digo.
Mi manager sale del cubículo. –Los miércoles se complica, ¿no?- sonríe.
Encima eso. No sólo me escuchó sino que me lanzó esas muletillas sobre los días de la semana y su dificultad que tanto aborrezco.
–Un poco, sí.- acepto. Encima eso. Tengo que comérmela para poder seguir pagando el alquiler. Más aún ahora que me lo suben. Encima eso, también.
Vuelvo. Me siento en mi lugar y giro hacia Ramiro que efectivamente me habla de Tinelli. Desenvuelvo mi chocolate para mitigar la miseria de esta nueva conversación. Y ahí está. El chocolate. Miro confundido el paquete. Es chocolate amargo. Frunzo el ceño. Ramiro continúa hablando, como si nada. El sinvergüenza me cambió el chocolate cuando fui al baño. Tenía chocolate blanco. La puta madre. Tenía chocolate blanco.
Lo llevo a mi boca. Y la amargura se despliega en mi boca y la venganza en mi mente. Encima eso. El chocolate amargo me encanta. Así que masco lentamente, muy lentamente.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Abandonad toda esperanza quien clickee aquí

Al menos tengo dos chupetines. Debo, quizás, conformarme con eso. Pero no puedo. No puedo hacerlo.
Una cadena de ignorancias autoinfligidas nace del chupetín que está en mi boca. Ignoro el hecho que estos dulces son una táctica de la empresa. Finjo desconocer que si nos los dan es por el azúcar. Pretendo ser un desentendido del efecto estimulante que tiene el azúcar. Desoigo esa vocecita afirmando que si nos lo dieron fue para mantenernos despiertos en el ambiente más somnoliento posible: un curso de Excel un viernes nublado por la mañana.
Por más que tenga a su engaño químico esparciéndose por mi cuerpo, buscando que me concentre, que me entusiasme por lo inentusiasmable, no puedo evitar pensar, una y otra y otra vez, que no pertenezco a esta oficina. De la misma manera en que no puedo evitar percibir al tiempo acá como una criatura torpe, gorda, embarrada, cansada, fastidiada. Una criatura que no avanza. Que se echa a dormir, pero no lo consigue, y entonces cambia de postura y rezonga y ronca y se rasca y tose y se destapa y se tapa y cambia de postura y se rasca.
No puedo evitar sentir, tampoco, a una aspiradora clavada en mi pecho. Succiona, silenciosamente, a mi vida, a mis ganas, a mis virtudes, a mis creatividades, a mis intereses. A mí.
La voz monocorde del trainer enumera fórmulas de Excel, desnudando sus utilidades y funciones con cierta pedantería, vanagloriándose, como si nos develara secretos de la alquimia, nuevas poses del Kama Sutra, la ubicación de la Atlántida o la incógnita del éxito de Two and a half men.
Quisiera arrancar al matafuego de la pared y golpear su cráneo una y otra y otra y otra vez hasta que no haya más cráneo. Hasta que no haya más la posibilidad de decir “Si me hacen el favor de clickear con el botón derecho sobre esta célula...”
Pero me detengo.
Mis fantasías sobre agarrar matafuegos y con ellos volver cubistas a los rostros de mis compañeros son recurrentes. Me preocupa. Estoy sin dudas estancado creativamente. Todo por culpa de esta maldita aspiradora que me amputa las ideas. Todo por culpa de este maldito Excel que le da lugar a la aspiradora. Quisiera crear una máquina del tiempo para volver al pasado y arrancar un matafuego y destrozarle el cráneo al inventor del Excel y así poder fantasear con otra manera de destrozar cráneos que involucre a un matafuego. ¿Un teléfono tal vez? No. Mierda. La aspiradora sigue succionando por más que ya no haya nada ahí.
No me queda otra. No me queda otra más que esperar a que pase el tiempo y que el curso termine. Al menos tengo dos chupetines. Debo, quizás, conformarme con eso. Pero no puedo. No puedo hacerlo.
Lo que debo es concentrarme. No en el curso. No en las mil y una fórmulas de este programa del demonio. Si acepté venir fue para seguir de cerca a Majo. Tal vez porque es hermosa. Quizá porque no puedo entender cómo alguien tan polimórficamente nauseabundo como el gordo Spam puede estar con alguien así. Tal vez porque al indagar en esta despareja unión quiero entender mi soledad. O quizás porque la aspiradora ha succionado en verdad todas mis virtudes y busco la venganza más sinvergüenza, asquerosa, infantil y mediocre: robarle la mujer.
No hay nada como compartir bostezos para entablar una relación. Donde, ante el imperialista aburrimiento que avanza sobre cada flanco posible del cuerpo y de la mente, el menor gesto o el chiste más inacabado pueden despertar una risa. Donde a uno, por contraposición, no le queda otra más que resultar interesante.
El trainer saca pecho, con una sonrisa. –Chicos.- dice con tono de maestra jardinera- Si me hacen el favor de clickear con el botón derecho sobre esta célula…
Giro a mi derecha, hacia el lugar de Majo, con el chiste armándose en mi boca. Suspiro. Miro a su monitor apagado. A su asiento vacío. Elevo la mirada hacia la ventana y me pierdo entre los edificios y el cielo gris. La imagino, a unas treinta cuadras, en su cama mirando una película con un certificado médico falso en su mesita de luz y una sonrisa en su cara. Esa hermosa sonrisa, nocturna y luminosa, que el gordo Spam tiene el privilegio de besar. Miro, por último, a su chupetín sobre mi escritorio, esperando a que se termine el que tengo en mi boca para reemplazarlo. Al menos tengo dos chupetines. Debo, quizás, conformarme con eso. Pero no puedo. No puedo hacerlo.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Los señorcitos de mi reproductor de MP3

Me saco los auriculares. –¿Qué?
–¿Nos anotamos en el curso de Excel?
Lo miro. –Dejame de romperme las pelotas, Ramiro.
Me pongo los auriculares.
Creo que hay pequeños señores en mi reproductor de MP3. Estos señorcitos son los que eligen las canciones, que de ninguna manera son aleatorias. Y lo hacen con una finura increíble. Sí, a veces parecen aleatorias. Es cierto. Pero es cuando están cansados. Fastidiados de su trabajo. Esperando al viernes. Tomándose un café en la cocinita del reproductor de MP3. O revisando sus mails. Ahora, cuando se sientan en sus pequeñas sillas, despojados de cansancios, aburrimientos y desganos, ahí, estos señorcitos hacen historia. Ahí estos señorcitos emplean canciones en momentos oportunos, acompañan con una tonada a un sentimiento o a una vivencia.
Saben cuál poner cuando estoy pagando en la boletería del subte y el subte está ya en el andén y suena la chicharra y me está dando las monedas y puede ser que llegue, puede ser.

Saben cuál poner cuando miro a una mujer y deseo besarla muy lentamente.

Me saco los auriculares. –¿Cómo?
–Que parece piola el curso de—
Me pongo los auriculares.
Saben cuál poner cuando llueve.

Y ahora, mientras miro cómo el gordo Spam habla con la hermosa de Majo, los señorcitos también saben qué poner.

Gentle Giant. El gigante gentil. ¿Cómo puede ser que el gordo Spam esté con Majo? ¿Cómo puede ser que esté con alguien? ¿Será tan desagradable como lo veo? ¿O al enojarme con esa unión estoy enojándome con mi desunión? Después de todo, estoy más solo que una persona que quiere decir que está más sola que algo pero no recuerda qué es ese algo, qué es lo que se suele decir, y se pone a preguntar qué se dice, ¿se dirá más solo que un turco en la neblina?, no, eso es más perdido que un turco en la neblina, ¿se dirá más solo que bocina de avión?, no, eso es más al pedo que bocina del avión… a ver… más solo… más solo… más solo que árbitro en el día de la madre… ¿era así?... y de repente esa persona se percata que hasta está solo en el mundo de las metáforas, que se encuentra aislado de las correctas expresiones… Así de solo.
Quizá no pueda concebir esa unión tan dispar. Quizá entiendo el concepto de que los polos opuestos se atraigan pero, en la realidad, me niego a aprehenderlo. O quizá años de oficina socavaron en mis pocas buenas cualidades, volviéndome merecedor de esa soledad, volviéndome un ser repugnante que envidia a un pobre gordo que supo conseguir a una mujer de sueños. No lo sé. Es algo que sin dudas tendré que investigar. Como un detective en una película policial negra, husmeando en los rincones de mi ser.
Y a propósito, los señorcitos saben qué canción poner en ese ánimo.

Me saco los auriculares. –¿Qué pasa ahora?
–¿No te anoto entonces?- me dice Ramiro. Veo que en la lista está el nombre de Majo.
–Sí, man. Te dije que me parecía piola el curso.
Se rasca la frente. –¿Qué?
–Te dije que me anotaras desde el comienzo.
Ramiro frunce el ceño, confundido.
Me pongo los auriculares. Los señorcitos, de nuevo, saben qué poner.

¡Venganza!

lunes, 2 de noviembre de 2009

Tufillo a tridimensionalidad

Hay objetos, personas, lugares, comidas, músicas, textos, y hasta gestos, que transitan día a día por los senderos de la bidimensionalidad. No se despegan de su carácter superficial y previsible.
Tomemos, por ejemplo, las historietas. No las viñetas de humor que aparecen en los diarios. Sino el comic. La mayoría de la gente piensa que recorren la bidimensionalidad de tetas y superhéroes. Que no se apartan de una lectura masturbatoria de una adolescencia tardía.
Grave error.
Déjenme ejemplificar con From Hell, un comic de (al menos) 500 páginas, de Alan Moore y Eddie Campbell.
Hicieron una película basada en esta historieta. Actuó Johnny Deep. Quizá la recuerden. A Alan Moore le disgustó tanto la adaptación que pidió que en todas las veces próximas que adaptaran una historieta suya no lo mencionaran nunca como creador. Que no quiere tener nada que ver con lo que hagan con sus historietas. Quien lea la novela gráfica sabrá entenderlo.
From Hell, la historieta, es una obra sublime, profunda, ramificada y dura, dura como ninguna. Alan Moore toma a Jack el destripador como padre del siglo XX. Lo entrelaza con el periodismo fabulador y sensacionalista. Con la hipocresía. Con la violencia. Los resentimientos. El sopor. El aburrimiento. Las conexiones del poder. Con una sociedad inmovilizada. Con frustraciones sexuales. Con el grito desesperado que se escucha de fondo en el día a día. Lo entrelaza con lo que veo, escucho y siento todos los días en esta oficina.
No es una lectura sencilla. Por ejemplo, hace un recorrido por la arquitectura de Londres y su significado simbólico. Sobre detalles de arquitectos paganos en iglesias cristianas. Sobre diversas religiones y sus similitudes y significados. Sobre la historia inmigratoria, política, religiosa y económica de Londres. Sobre la evolución del cerebro a lo largo de los siglos y su influencia en la subjetividad. Sobre el antiguo culto a divinidades femeninas, y el poder social que tenían las mujeres en los comienzos de los tiempos. Pues la mujer daba a luz y ese fenómeno no se entendía del todo y era alabado y la mujer, venerada. Sobre cómo el hombre se rebeló, tomó su poder, la dominó, sumió, y con símbolos y dioses la mantuvo así. Sobre cómo el sacrificio de vírgenes o del primer nacido son sacrificar la sexualidad de la mujer: su inicio o su fin. Un concepto sin duda curioso e interesante, al cual remite con hallazgos arqueológicos, antropológicos y legales. El rol más bien sumiso de la mujer desde hace miles de años hasta no más de 50 años atrás, desde la prohibición del voto, de educación, de trabajo, de decisión sobre su embarazo, su rol recatado y pasivo en la sexualidad y el cortejo, su similitud de propiedad en casamientos por arreglo, hasta de prohibición de fumar en público, no es gratuito. Habla, luego, sobre las veces en la que la mujer buscó resurgir. Y sobre cómo el hombre, con crueldad, religión y símbolos, intentó seguir manteniéndola dominada. Y traza a Jack el destripador como punto cumbre.
No es sin dudas una lectura sencilla. Ni agradable. Porque remueve muchas cosas atávicas, antiguas, que parecían estar dormidas adentro de uno.
A ver.
Imagínense esto.
Imagínense a una prostituta, llamada Mary, de la Inglaterra Victoriana.
Imagínensela linda y dulce y perdida en la vida.
Imagínensela borracha, sí. ¿Pero qué otra le quedaba? Se vendía por monedas con tipos que la embarazaban porque le acababan adentro sin que ella pudiera evitarlo. Que le tiraban las monedas en la calle. Que la insultaban. Con proxenetas sacándole dinero. Con la sociedad mirando para el otro lado. ¿Qué otra le quedaba a Mary?
Imagínensela siendo mutilada por Jack el destripador.
Y no sólo eso. Sino con violencia y calma e intimidad y soledad. Tomándose su tiempo. Jugando con las partes de su cuerpo.
E imagínenselo a Jack, mientras le rebana los pechos, apareciéndose con ella, ya descuartizada, en una oficina.
Imagínenselo a él, ensangrentado, cuchillo en mano, hablando a oficinistas que no lo escuchan.
Imagínenselo diciendo lo siguiente:

Niños morosos, bárbaros, jugando sin alegría con sus juguetes inconmensurables. ¿De dónde proviene el sopor de sus ojos? ¿Cómo este siglo los ha adormecido tanto? ¿Debe el hombre recibir maravillas sólo cuando perdió todo asombro?
Su época nació con sangre y fuegos, mientras que ustedes puede que no vean ni la más mínima chispa. Su pasado es dolor y acero. ¡Conózcanse! Con todos sus números titilantes y sus luces, no piensen que están desconectados de la historia. Su raíz negra los nutre. Está adentro suyo. ¿Están tan dormidos que no pueden sentir el aliento de esta sobre su cuello, ni ver la sangre que empapa a sus puños? ¡Véanme! ¡Despiértense y mírenme! He venido a ustedes. Estoy entre ustedes siempre. […]
Una cultura desinteresada. […] Sus mujeres, muestran todo menos sus sexos y sin embargo esta exposición no provoca ni la más mínima respuesta. Su propia carne no les significa nada. ¿Qué pensarán ustedes de mí? Que soy un antiguo demonio o un pequeño desagradable horror. Sin embargo, ustedes me asustan. No tienen alma. Con ustedes, estoy solo. […] Este desafecto. Es el Apocalipsis.
Ah, Mary, cómo el tiempo nos ha igualado. Somos iguales, ambos meros curiosos de nuestra desvanecida época en este mundo sin lujuria. En este mundo soy ignorante, mientras que vos… vos sos virtuosa.

Y la abraza, diciéndole eso la abraza. Y lo hace con dulzura. Con amor. Empapado en su sangre. Con sus vísceras y venas colgando de sus manos.
Si puede haber algo tan jodidamente tridimensional, con tantas lecturas distintas, en algo por prejuiciosa antonomasia bidimensional como es la historieta, sin dudas lo puede haber en el gordo Spam.
Puedo estar equivocado sobre su bidimensionalidad: decir chistes y engordar.
Puedo haberlo juzgado mal. Después de todo, lanzó un chascarrillo sobre la Guerra Fría. Una persona insípida, aburrida, monótona, no haría algo así.
Hay cierto tufillo a trisimensionalidad ahí.
Me acerco a su escritorio. Le pregunto por su fin de semana. Me comenta que fue al teatro. Levanto mis cejas, en aprobación. Temo que me diga una de esas obras con tetas y culos al aire y humor de pacotilla. Me dice que fue a ver al Fantasma de la ópera. Levanto aún más mis cejas. En un arrebato de amistad voy a cantarle uno de los leitmotivs. No el de amor. Sino el pulenta. El chaaaan chan chan charan chan. El sing for me. El de Nightwish. El gótico. El que la descose. Pero se me adelanta.
–Chaaan... chan chan charan chan. Charan chan.- canta.
Asiento con la cabeza. Encontré a alguien interesante debajo de esa coraza desagradable. –Terrible, ¿no?- digo.
–Terrible bolazo, man.- contesta- Un embole la música. Y esa canción, en particular, es re careta.
–Careta.
–Careta, sí.
Entrecierro los ojos. –Pero a vos... ¿Qué música te gusta más o menos?
–CC.
–¿La de La niñera? ¿Sacó un disco?
–No, boludo. Cristian Castro.
–Ah.
–Eso es pulenta.
–¡¡Chaaan...!! ¡¡Chan chan charan chan!! ¡¡Charan chan!!- canto para mis adentros. Eso es pulenta. Pero bien, gustos musicales. Hay varios. Y a mi me gusta la música de Ucrania así que hace rato que aprendí a ser yo el raro.
–Fui con una minita.- me dice- Ella me llevó.- agrega, con tono rasposo y la mirada perdida más allá de la ventana, en el día gris. Una mirada taciturna, tal vez.
Bien. Coquetero. Hombre que entiende los deseos de una mujer. Que la acompaña. Que comparte un vino con ella y comparte un postre italiano y hablan sobre la obra y sobre ella. ¡Bien Spam, viejo y peludo!
–Seh.- agrega- La próxima elijo yo la obra de teatro.
–¿Cuál?
Vedetísima.
Lo miro. Contengo la respiración. Asiento quedadamente con la cabeza. Esto no está yendo a ningún lado.
Me distraigo enseguida con Majo. La veo caminar y me pierdo con el mayor disimulo posible en el deshielo de su ropa y en la insinuación de sus pechos. Entrecierro los ojos y siento su perfume. Muevo los dedos de mi mano, intentando adivinar el tacto de su piel. Me alegro no ser esos adormecidos inalterables descriptos por Jack.
El gordo Spam sonríe al ver mi mirada casi criminal. –Con ella fui.
–¿Qué?
–A ver al Fantasma de la ópera.
Lo miro.
Me mira.
Lo sigo mirando. Sus ojos hablan verdad.
Gordo Spam, tu tridimensionalidad será mi pie entre la bidimensionalidad de tu culo.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Mi humilde revolución

A veces hay que soportar cosas. Morderse la lengua, asentir y pasar a otro tema. Dejar que el flujo del tiempo se lleve la molestia hacia el olvido, o hacia un tumor. Pues a veces tener que soportar cosas se vuelve insoportable y el cuerpo nos lo hace saber de la peor manera. Muchas veces, sin embargo, no nos queda otra. O nos queda, pero eso implica renunciar a un trabajo, resignar un amigo, reprobar una materia, perder una pareja.
Que no se malinterprete: no estoy proponiendo una loa a la sumisión, una circunscripción a lo políticamente correcto, al conformismo, un aplauso al facilismo, una censura a la discusión. En absoluto. Porque en la discusión se confronta. Se crece. Se aprende. Se madura. Simplemente observo que, por diversas circunstancias, uno de los pilares que sostiene a este mundo es la resignación.
A veces hay que soportar cosas. Supongo que es en pos de algo mayor. Que bajar la cabeza tiene un fin último y noble. Aunque, a veces, muchas, el fin último está en el bolsillo. O en evitar romperle la cara a Ramiro. Lo cual, pensándolo bien, ocasionaría que me despidieran sin indemnización. Lo cual tiene una relación íntima con mi bolsillo.
Quiero.
Quiero resignar la batalla por la guerra. Pero sigue insistiendo. El tipo sigue insistiendo.
–Somos los dos polos opuestos.- me dice, riendo- ¿O no lo somos, eh?- agrega, agarrando con una mano su remera con la cara del Che Guevara y, con la otra, mi remera con una frase de Seinfeld.
Miro su mano. La saca.
–Tranquilo, yanqui imperialista.- dice.
Lo miro. Tomo el mate.
–Miralo, ni una palabra.- continua- Atrofiado de palabras- poetiza.
Lástima que me vio poniéndole yerba al mate. Sino podría fingir que se lavó e irme a la cocina a cambiarla. Cuando vuelva, el tema de conversación habrá cambiado. Quizá hablará de Megan Fox. O de Cacho Castaña. El abanico de conversaciones en una oficina aburrida es infinito, después de todo.
–Muchachos, no me arranquen una guerra fría ahora justo que empieza a hacer calorcito.- bromea el gordo Spam.
Lo miro, sorprendido. Sin dudas fue un comentario ingenioso para mi gusto. ¿Podrá ser que lo haya menospreciado? ¿Podrá ser que debajo de esa coraza de grasa y granos y pelos mal ubicados y chismes se esconda alguien interesante, con un agudo sentido del humor? Tendré que investigar.
Ramiro se levanta para ver pasar a Lu, la lesbiana destinataria de mi amor imposible. Asiente con la cabeza, sonriendo. –A esa cola le sobra silla y le falta—
–Bueno, bueno.- interrumpo. De repente me siento un viejo censurando el lenguaje de su nieto reggaetonero.
Me mira.
Lo miro. –¿Sabés que me llama la atención?- digo- Que vengas a laburar a una empresa yanqui con una remera del Che y te creas que eso está bien, cuando en verdad lo que estás haciendo es bajar la cabeza, resignarte. Bromeás, sí, que usás al sistema, que te dan plata y que vos después con eso vas a hacer algo piola. Hace siete años que estás trabajando acá, ¿no? ¿32 años tenés? ¿Cinco años de novio? Man, olvidate. El sistema te devoró. Y no queda otra. Hay diversas instancias en las cuales uno puede quedarse. Pero todas dentro del proceso de digestión del sistema.
–Eso es lo que querés creer.- retruca- Vos te habrás resignado. Pero yo busco algo más humano que todo esto. No la plata por la plata, la ceguera capitalista—
–Eso me da por las pelotas, ¿sabés?- interrumpo- Porque el capitalismo es una mierda, y ha hecho atrocidades, y ha matado a millones y ha creado guerras. Pero el comunismo se la da de crítica a eso, de versión más humana, de sistema superador.
–Y claro.
–Y claro las pelotas. ¿Alguna vez hablaste con un ruso que se haya venido a vivir acá? En la Rusia comunista masacraron a 30 millones en dos años. Y en Ucrania, a 6 millones. Cuando entraron en Polonia, como los polacos les hacían frente a los tanques con bombas molotov, los rusos ataron a nenes polacos a los tanques para que los polacos no les tiraran más bombas. ¿Eso es humano? Eso es cruelísimo. ¿Sabés algo de los campos de concentración de la segunda guerra mundial en Rusia? Eran peor que los alemanes. ¿Hablaste alguna vez con un checo? ¿Con un turco? ¿Un polaco? ¿Un alemán del este? Te hablan pestes, man. Pestes del comunismo. ¿Con un chino exiliado? ¿Leíste algo de literatura de exiliados comunistas? No podés creer lo totalitaristas que son esos países. ¿Te metiste en Generación Y, el blog de la cubana? ¿Vos viste las cosas que dice? ¿Viste los links que tiene? ¿Viste las cosas que dicen cada uno de esos links? Me parece que no. Pero así y todo te venís acá, a una empresa yanqui, con una remera del Che, ese símbolo adolescente contestatario, creyendo que eso está bien, creyendo que tenés ideales, mientras que el monstruo que criticás te paga el alquiler y la comida y hasta esa remera que lo critica, mientras el almanaque te patea los talones hacia los 33, tu relación te patea al casamiento, el casamiento a los hijos y los hijos a seguir bajando la cabeza ante el monstruo para pagarles comida, ropa y educación y una remerita que lo critique. Ahora, no te digo que lo aceptes. No te digo que el sistema está bien. En absoluto. Pero la revolución no pasa por personas que fueron contestatarias hace 30 años, compartas o no como hayan contestado. Una revolución eterna no es una revolución. Si querés ser revolucionario mové el culo y fijate qué está pasando ahora. Como dijo el hijo de Yoani Sánchez.
–¿Y esa?
–La de Generación Y. En los colegios de Cuba, desde hace 20 años, piden que digan “Pioneros por el comunismo, seremos como el Che.” Bueno, el nene no se sumó al resto en esta oración. Y la profesora le preguntó por qué. “Porque el Che está muerto y no quiero estar muerto.” Después, claro, terminó diciéndola ante la insitencia de la maestra.
Ramiro asiente quedadamente con la cabeza. Googlea a Generación Y. Lo abre. Sé que lo abre para poder contestarme algo. Para leerlo y decir que no menciona las ventajas que hay en Cuba. Para seguir defendiendo al comunismo. Como si yo no le hubiera dicho que el capitalismo apesta. Pero no importa. Estoy dispuesto a enfrentarlo. Estoy dispuesto a meterme en un terreno que odio, que francamente me aburre. Porque la política jamás me ha interesado. Pero estoy dispuesto a embarrarme en ella. De la misma manera en la que retomé el tema de conversación tras su comentario sobre el culo de Lu. Porque a veces hay que soportar y resignar cosas, sí. Pero jamás una mujer. Por más lesbianamente incorrespondida que sea. Ese es el lema de mi humilde revolución.

viernes, 23 de octubre de 2009

De boinas y amores y odios

¿Por qué amamos a las mujeres con boinas? Yo creo que es porque nos recuerdan a las francesas. Y, es sabido, ninguna otra mujer sabe suspirar y hacer suspirar como las francesas. La boina, además, tiene cierta reminiscencia de coquetería fuera de tiempo, risueña, elegante, juvenil pero madura. Es cierto que ante la llegada de la primavera y el verano, el deshielo indumentario deja entrever fragmentos anatómicos que lo hacen a uno retorcerse en el asiento del subte, morderse los labios y contener los instintos criminales. Es cierto que la primavera y el verano nos brindan escotes, polleras, colas desprovistas de censuradores abrigos, minifaldas, espaldas y hombros –sí, me encanta un lindo hombrito–. Es cierto que el verano amplía el sentido del olfato y determinados perfumes nos patean en la nuca y nos arrastran hacia la mujer que lo usa. Es cierto. Sí. Pero la boina… la boina es distinguida, desenvuelta, es indie y vintage y artista, la boina sabe muy bien que o es la primer prenda en quitarse o la última. O que no se quita en absoluto.
Ahora, las cosas no son lo que son. Las cosas son los recuerdos que uno tiene de ellas. Si veo una boina, o si la menciono o si escucho esta palabra, me acordaré de ciertas mujeres que conocí vistiéndola, de las francesas, y recordar a las francesas es recordar a Amelie, y recordar a Amelie es amarla. Entonces podríamos decir que la materia de las boinas es, para mí, recuerdos de amor.
¿Pero qué sucede? Llego, me siento y giro con los ojos entrecerrados como un nene mirando una película de terror sabiendo que el monstruo está por aparecer y al entornar sus párpados por un lado se protege del monstruo y por el otro desea verlo. Mi mirada da con algo mucho más aterrador que una criatura del pantano, que un muerto viviente o que un loco destripador. Da con el gordo Spam comiendo una medialuna rellena de dulce de leche. Manchas y migas sobre su pecho. Papada trémula. Boca abierta al mascar, tarareando alguna canción de Cristian Castro. Nariz manchada con dulce de membrillo, seguramente de alguna factura anterior. Orejas cerosas con auriculares en los que se filtra, aguda, una canción de Cristian Castro que agradezco no reconocer. Ojos perdidos en la página web de un diario de rumores. Y, sobre su cabeza, una boina.
Asiento quedadamente con la cabeza, comprendiendo que mi vida se acaba de arruinar. Que en mi cadena semiótica de la boina, poblada por dulces mujeres porteñas y delicadas francesas, por desnudos artísticos y por destacadas y anónimas peatonas en noches de otoño, por Amelie, está, ahora, el gordo Spam.
El gordo Spam ha entrado en puntitas de pie en el rincón más protegido y amado de mis neuronas. La única manera de echarlo es clavarme un fierro, extirpando esa región de mi cerebro. Pero eso supondría olvidarme de las mujeres con boinas. Y las amo lo suficiente como para soportar el dolor de verlas reunidas con el gordo Spam. De la misma manera, las amo lo suficiente como para no luchar por ellas.
El gordo Spam va al baño. Me arrastro en la silla hasta su lugar. Miro alrededor. Nadie me observa. Bien. Agarro la tortita negra que se está reservando para el final. Odio saber estos detalles de la gente desagradable que me rodea. Pero a veces justifican su espacio en mi cerebro. Parto el cartucho de la lapicera. Lo clavo adentro de la tortita negra. Lo muevo para que baje la tinta. Lo saco. Miro adentro del agujero. Azul. Bien. Cierro el agujero. Clavo la otra mitad del cartucho en otro lado de la tortita negra. Espero a que baje la tinta. Lo saco. Tapo el agujero. Me arrastro a mi lugar.
El gordo Spam vuelve del baño. Se sienta frente a su computadora. Se pone los auriculares. Toma un sorbo de café. Agarra la tortita negra. Le da un bocado. Pone una cara rara. Sigue comiendo. Tararea una canción. Sus labios están azules. Da otro mordisco. La cara rara se repite. Masca con la boca más abierta que de costumbre. Mira a la tortita. Ve la tinta cayendo por su mano. Escupe sobre la mesa. Se frota la boca, desparramándose la tinta por su mentón y cachetes. Mira desesperado a su alrededor. Yo, por lo tanto, lo observo desde el reflejo de mi computadora mientras fijo estar muy compenetrado cantando la canción que acabo de buscar en Pandora: Azul, por Cristian Castro.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Los días feos son demasiado lindos para hablar de oficinas

Arrabalero, el invierno insiste. Viejo verde, pero elegante, mete su mano bajo el vestido de la incipiente primavera, acariciando esas piernas que se entreabren al entrecerrarse los ojos de ella. La desviste para vestirla luego de besos. Sentado él, la tiende desnuda y boca arriba sobre sus piernas. La recorre con las puntas de sus dedos. Dibuja círculos entre sus pechos y entre sus piernas. Ella gime arqueada sobre la falda de él como un bandoneón.
Ya se irá el invierno, con su temple gris y huraño, tal vez taciturno, a perderse en la noche como todo buen amante. Y ella lo recordará y en su sonrisa brotarán flores y en su risa cantarán pájaros. En el vientre de la primavera se desperezará la vida y el calor de la misma se apoderará de ella. Dará a luz, luego, al otoño, esa suerte de pueril invierno, de nostálgica primavera.

jueves, 15 de octubre de 2009

Una pasión que trasciende al Río de la Plata

Filmar toda la noche en Adrogué un corto para Inglaterra. Arrastrarme en un tren, un subte y otro hacia mi departamento, llegando a las ocho de la mañana. Manotear elementos en la cocina y unir los que me parecía que eran una taza y café. Tomarlo mirando lo que creo que es el noticiero. Arrastrarme en un subte hacia una empresa norteamericana que trabaja con enlaces satelitales en África y Asia. Ser recibido por Ramiro, con una mano sobre sus genitales, agitándolos ligeramente, con bravía. –¡Tomá puto, tomá!- me dice.
Hacer el increíble esfuerzo de levantar mis cejas para denotar confusión.
–Calentito, ¿no?- insiste.
Mirar hacia la ventana. Entrecerrar los ojos, como si pudiera ver si hace calor afuera.
–¡Cómo se la comieron ayer!
Asentir quedadamente con la cabeza, para luego negar con ella.
–¡Te ganamos uruguayo, te ganamos!- festeja.
–No soy uruguayo.- decir al fin.
–Pero… ¿no eras de Peñarol?
–Sí, lo soy.
–¿Qué onda?
Dudar si explicarle o no. Podría explicarle que de chico era de Racing. Después, me fue indistinto. Entonces siempre cuando alguien me preguntaba de qué cuadro era y le decía Racing me empezaban a cargar o a hablar de partidos y jugadores que yo no tenía idea. Entonces un día dije que era de Peñarol. Me preguntaron si era uruguayo. Dije que no. Y se quedaron en silencio. En un hermoso silencio. Así que digo que soy de Peñarol para que no me anden molestando. Podría decírselo. Pero elegir no hacerlo. –Peñarol es una pasión que trasciende al Río de la Plata.
–¡Claro! Eras tailandés.
Repasar mis mentiras. Localizar la de Tailandia. –Sí, soy tailandés.
–Calentito los panchos, ¿no? Tailandia se quedó fuera del mundial.
–Calentitos los panchos…- repetir, sin poder creer que exista aún esa expresión- La verdad, no me preocupa.
–¿Por? No sos muy futbolero, ¿no?
–¿Yo? Por favor. Si lo voy a ver a Peñarol siempre. Los de Buquebus son casi mi familia. No, Ramiro, no. No me preocupa porque yo soy en parte serbio. Y Serbia se clasificó, papá. Se clasificó.
–¿Qué?
–¡Vamos, vamos Serbia! ¡Vamos, vamos a ganar! ¡Y los putos de Rusia, afuera se van a quedar!- cantar, con mi mano en mis genitales y mi otra mano en alto.
Y sentarme y ponerme a escuchar música y que hablen pelotudeces si soy de Serbia o Tailandia o Mendoza o si Maradona es Dios o humano o si Argentina juega mal o peor y que Messi esto y Messi lo otro. Yo voy a concentrarme en lo que vale la pena para mí, en lo que siento que hice toda mi vida: mirar por la ventana y desear estar del otro lado.

viernes, 9 de octubre de 2009

¿Por qué no actualicé en toda la semana?

LUNES

Llego veinte minutos tarde. En determinas oficinas semejante atrevimiento sería saludado con bostezos. Acá, con las miradas reprobatorias de siete personas. Siempre las mismas siete. Cinco de las cuales tienen mayor jerarquía que yo. Y, las dos restante, están a mi nivel pero de alguna manera toman a mi falta contra la empresa como algo personal.
No tarda en acercarse una de las siete. –¿Pasó algo?- me recibe mi teamleader.
Lo miro quedadamente, con los labios fruncidos y el ceño torcido. Como si no entendiera de qué habla. Pero no se apresura a contestar mi pregunta. Se queda, ahí, parado. No sé si es la persona más insoportable del universo. No sé si tiene la mayor lentitud de diálogo de la humanidad. O si en alguna escuela marcial oriental le enseñaron la virtud del silencio.
–¿Si pasó algo con…?- arriesgo, finalmente. Estoy con demasiado poco café como para someterme a una pulseada de temples.
Sus labios no se mueven. Apenas señala con su mirada al reloj. Ni una palabra. Ni un gesto, encima. Aparte de silencioso, minimalista expresivo.
Giro hacia el reloj, como confundido. Elevo mi cabeza, como si no pudiera observar bien la hora. Frunzo el ceño, como si recién estuviera reparando en la hora que es. Como si no entendiera porqué es más tarde. Todo para poder comprar algo de tiempo y poder, así, elaborar alguna excusa. En vano. Me concentré demasiado en mis caras y sus significados.
–Los subtes, vos sabés.- arriesgo entonces.
Me mira. Saca su celular. Lo mira. Qué minimalista hijo de puta.
–No había señal.- gambeteo- Se quedó entre dos estaciones y no había señal.
Asiente quedadamente con la cabeza. Y vuelve a su asiento.
Prendo la computadora, rezongando. Ramiro se me acerca. Me saluda. –Man, ¿qué te pasó?
Lo miro.
–Son nueve y veinte. Y media, casi.- insiste.
Lo miro.
–¿Sabés cuales son dos time savers?- continua- Bañarte a la noche en vez de a la mañana. Y desayunar acá en vez de en tu casa.
Lo miro.
–Con eso te ahorrarías los veinte minutos que—
–Dejame de romper las pelotas, Ramiro.
Levanta sus cejas. Arrastra su silla de nuevo hasta su asiento.
Me fijo en el mail que acaba de mandar mi teamleader con la asignación de trabajo. Por algún motivo tengo cuatro veces más de trabajo que el resto.
El odio se cierne sobre mí. También se cierne una sombra. La de mi manager.
Lo miro.
Me mira. Mira a su reloj. Vuelve a mirarme.
–Es que el subte…- empiezo.

MARTES

El gordo de Spam se para frente a mi escritorio. Y al lado de mi escritorio. Y por encima de mi escritorio. Y por debajo de mi escritorio. Y atrás de mi escritorio. Sus dimensiones son circensemente enormes.
–Me enteré de una.- dice.
Lo miro. Desde que le hice la jugarreta de Lu me estuvo esquivo. Lo cual era algo para agradecer. Esta oficina tiene muy poca luz como para tener a esta cordillera tapándome los escupitajos amarillos que despiden estas lámparas. Supongo que tenerlo cerca implica o que su resentimiento pasó o que, finalmente, elaboró una venganza.
Pero no.
No todo el mundo es alguien resentido como yo.
–¿Es cierta o…?- le pregunto, invitándolo a reconciliarnos.
Asiente con la cabeza. Al hacerlo, su cuello se pliega y repliega en incontables números de papadas. –Empiezan a controlar los horarios.- me dice, para luego sorber su gaseosa en vaso gigante de Burger King.
No podría importarme menos. –Que reverendos hijos de puta.- contesto. Supongo que le caerá bien que me indigne. No estoy con ánimos de pelearme.
Vuelve a asentir. –Sí. Y todo por el lunes que llegaste tarde.- vomita.
Lo miro. Sonríe. El turro sonríe.

MIÉRCOLES

El gordo de Spam les metió a todos en la cabeza que nos están controlando los horarios. Y que es por culpa mía. Un par se me acercan, dándome consejos para llegar antes. Uno recomienda que, si quiero robarle tiempo a la empresa, alargue los almuerzos. Nadie controla los almuerzos, me aclara. Ramiro me mira todo el tiempo, indignado. Mi teamleader se aparece cada dos por tres, preguntándome si me puede asignar más trabajo y hasta qué hora me voy a quedar, como si fuera a irme antes.

JUEVES

Llego a las once de la mañana, con cara de dormido y una taza hermética en la mano. Soy inmediatamente escoltado por mi teamleader y mi manager. Ramiro y el gordo Spam se acercan, curiosos. El senior manager me mira receloso desde su oficina. El teamproject está al teléfono pero puedo observar que ni bien corte vendrá corriendo hacia mí y ayudará a los otros a prender la hoguera. No sé dónde andan el resto de mis pseudo jefes.
Los miro con los ojos entrecerrados. Tomo un trago de la taza.
Mi manager es el primero en hablar. –Wilfredo, estás con la hora…
Se interrumpe al verme vomitar en el tacho de basura.
Todos se asquean. El gordo Spam ríe como una niña.
Los miro con los ojos aún más entrecerrados. –Perdón.- balbuceo- No me sentía bien… pero quería…
–¿Qué pasa?- dice mi senior manager, ahora sí saliendo de su oficina.
–Me quedé en cama un rato más… me vine con un té vic con bayaspirinas y…- explico, cansado. Tomo otro trago.
–¿Pero te pasa algo? ¿Qué sentís?- se interesa mi manager.
–¿Llamaste al médico?- pregunta, siempre pragmático, mi teamleader.
Vomito de nuevo.
Otra vez, la risa de niña del gordo Spam. Ramiro capturó el momento en una foto con su celular.
Me ofrecen ayuda para levantarme. –Andá, andá para tu casa.- empieza mi senior manager.
–Habrás comido algo que te hizo mal.- arriesga mi manager.
–Llamá al médico si te sentís peor.- aconseja mi teamleader.
–Dormí. Eso es lo importante.- concluye mi senior manager.
Salgo de la oficina. Vuelvo al subte. Antes de entrar en la boca del subte abro la taza hermética. El vapor con ese olor ácido trepa hasta mi nariz, dándome arcadas de nuevo. Lo descubrí en las instrucciones de un pegamento. Nada como agua tibia con mostaza para vomitar.
Buen finde largo. Largo, larguito.

viernes, 2 de octubre de 2009

Como el buen Mr. Punch

Las miradas me recorren de la misma manera que se pueden posar sobre lo deforme o lo condenado: asqueadas aunque fascinadas.
–¿Usted cómo se declara, Mr. Wilfredo Rosas?
–Inocente.
Un silencio escolta a mi voz, apenas desmenuzado por el sonido de los abanicos. Giro hacia el juez y veo a sus ojos clavados en mí, con desaprobación y hasta asco. Una gota de sudor cae desde su peluca victoriana, atravesando su rostro. Lo pongo nervioso.
–Usted es cualquier cosa menos inocente.- desestima el abogado, con su índice en alto.
Me encojo de hombros. –Bueno, después de todo… todos nacimos del pecado.- retruco.
El público estalla en rumores. El juez pide silencio, de mala gana. Supongo que no es un buen momento para aclarar que era una broma y que soy ateo. Las cacerías de brujas eran por esta época. A ver si alguien acusa oler azufre y me queman vivo por creerme la encarnación del demonio. ¿Quemaban en la época victoriana? ¿O la pena de muerte era con la guillotina? ¿La horca? Cómo se me han escapado ciertos datos… Si tan sólo pudiera yo escaparme con ellos.
–Mr. Rosas… Usted sin duda es culpable. Su habilidad con la lengua ha corrompido a señoritas, llevándolas a realizar las acciones más desvergonzadas. Tal ha sido el caso con la señorita Lucía.
Si tan sólo pudiera yo escaparme con mis olvidos. E ir por ahí, por la Inglaterra victoriana que desde su implacable moral juzga lo que he hecho, estrechando las manos de gente que en esta época está viva. Músicos, pintores, poetas. ¿De qué estupidez estoy hablando? ¡Mujeres! Con sus vestidos, con sus rostros y cuerpos de antaño. Dios, cómo amo las mujeres de tiempos pasados.

Los ojos del gordo Spam me recorren con la morosidad de quien no entiende pero quien no está demasiado apurado por comprender. Aunque hay cierto destello de impaciencia.
Le molesto. Es claro que le molesto.
El gordo de Spam es el más chismoso de los chismosos de la oficina. Lo cual es decir mucho. Los chismes son en una oficina lo que los cigarrillos son en una cárcel. Y ahora se ha enterado que salí con Lu y que la amé, lo cual no es un eufemismo sobre haber tenido sexo con ella, no, sino que realmente la amé y que ella me rechazó, contándome que es lesbiana.
Es alarmante cómo mi vida de repente se ha parecido a un guión de telenovela.
Y él, el gordo de Spam, está en su computadora pensando cómo divulgar el chisme. Es como alguien que se ha preparado un buen sándwich con un buen vaso de Coca Cola y cambia de canal, por cinco, diez, quince minutos, buscando el programa justo, el momento ideal, sin tocar siquiera el sándwich, para entonces sí dejar el control remoto y dedicarse a comer mirando algo de su agrado. Pues bien, yo soy las fetas de jamón que quedaron en la heladera, viniendo a reclamar a mis compañeras aprisionadas entre pan, queso, tomate y mayonesa. Y un pepino, tal vez.

–Usted es indudablemente culpable, Mr. Rosas.
–Una lástima: la duda es una cosa hermosa.
El público vuelve a estallar en rumores. Debería enmudecer mis pensamientos. No es prudente estar siendo juzgado por lo que hice y andar burlándome hasta de la muerte como Mr. Punch. ¡Ahí está! Los ingleses no usaban la guillotina. Ellos colgaban. Sí, me van a colgar.
–Usted sedujo a la señorita Lucía, la engañó, logró que acepte su plan macabro.- acusa el abogado.
“¡Usted será colgado hasta que muera, muera, muera!”, dijo el juez. “¿Qué? ¿Voy a morir tres veces?”, dijo Mr. Punch. Qué buena novela gráfica. Aunque me costó entenderla, confieso.
–Por momentos pienso que, mientras le hablo, usted está pensando en cualquier otra cosa.- dice el abogado.
Suspiro. –Si lo hice es porque tuve su aval.
–¿De quién?
–De Lu.
–¿Quién?
–La señorita Lucía.
El público estalla en rumores. Es inútil seguir justificándome. Ya estoy condenado. “Mr. Punch, ¿está usted muerto?”, dijo el médico. “Sí”, dijo Mr. Punch.

–¿Te puedo ayudar en algo?- apura el gordo de Spam.
–Tu mail.- le recuerdo- Te dije que abras tu mail.
–A ver…

El abogado me mira confundido. –Usted dice que ella lo avaló. ¿Por qué?
No hay manera que pueda contarles porqué. El motivo es ajeno a este tiempo victoriano, yace en el futuro. Y no puedo traer el futuro acá, a esta corte. El futuro para esta gente es Poison, por ejemplo. ¿Cómo explicarles que luego de sus refinadas artes devendría una banda como Poison? Se desmoronaría. Esta corte moral se desmoronaría. Y, aunque afrento la posibilidad de ser colgado, debo contemplar la más remota posibilidad de estrechar la mano a algún artista que tuvo el descaro de conmoverme y morir un siglo antes de mi nacimiento. O de encontrar a alguna mujer con sus vestidos y sus maneras.
El abogado frunce su ceño. –¿Piensa contestarme?
Suspiro.

El gordo de Spam abre el mail. Ve que está destinado a todos los de nuestro grupo. Lo lee. Se rasca la nuca, confundido. –Pero…- balbucea.

Tal vez si no lo citara. Tal vez si dijera que la frase es mía y no de Borges. Tal vez no estaría trayendo el futuro hacia esta corte. Pero entonces habría alterado la continuidad del tiempo y vaya a saber qué embrollo a lo Volver al futuro desataría.
El abogado me mira, impaciente, esperando a que escupa mi confesión. El juez me clava sus ojos inflados con odio y desaprobación. Y desde el público, una miríada de cuchilladas. Pero, incluso acorralado, nada debe importarme. Como el buen Mr. Punch. “¿Dónde está el bebé?”, dijo Judy. “¿Qué bebé?”, dijo Mr. Punch después de haberlo arrojado por la ventana. “Acá estaba nuestro bebé”, insistió Judy. “No, ningún bebé.”, dijo Mr. Punch.
–¿De qué otra forma se puede amenazar que no sea de muerte? Lo interesante, lo original, sería que alguien lo amenace a uno con la inmortalidad.- digo, citando a Borges sin citarlo.
El abogado se rasca la frente. –Se refiere que usted…
–Teniendo el aval de Lu… bueno… Decidí que lo mejor que podía hacer con el gordo de Spam era quitarle el sándwich y el vaso de Coca Cola y apagarle el televisor.
El público estalla en rumores. ¡No se le entiende!, señala uno ajeno a lo que dije. ¡Está hablando en un lenguaje satánico!, acompaña otro, incrementando la acusación. ¡Cortémosle la cabeza!, pide uno. No, acá en Inglaterra colgamos; no usamos la guillotina, aclara otro. Ah, recapacita el primero.

Le quité el chisme de la boca. Eso hice. El mail que mandé, aclarando lo sucedido entre Lu y yo está circulando entre todos de la oficina. La intención de tal mail, según escribimos Lu y yo, es evitar malentendidos a futuro. El chismoso se quedó sin chisme. El chisme se volvió en el chismoso. Y el chismoso se volvió en lo que siempre fue: nadie. Un rostro más, encerrado en una oficina en un día hermoso, sin ningún cigarrillo extra que lo distinga del resto.

Vuelvo hacia mi asiento. La veo a Lu. Me sonríe, cómplice. Sí, ella está de acuerdo. Alrededor mío va desmoronándose toda la corte victoriana. Quedó atrás mi juicio y mi posibilidad de encontrarme con algún artista y con alguna de esas encantadoras mujeres. Supongo que si el universo tiene 15.000.000.000 años y uno 27, de vez en cuando hay que cagarse un poco en todo. Como el buen Mr. Punch.