jueves, 23 de diciembre de 2010

Brindis

Ya no hay chimeneas.

Ya no hay, entonces, gordos barbudos que salten de una a la otra, arrimándonos lo que anhelamos o lo que no esperamos pero que nos sorprende con una sonrisa.

Ya no hay cartas llenas de deseos que arrojamos a lo incierto y a lo mágico.

Ya no hay esa bronca por recibir ropa y no un juguete.

Ni ese encanto de no entender del todo de qué hablan los adultos en la cena pero intentarlo y querer ser parte de ello.

Ya no hay esa fascinación monolítica por los fuegos artificiales.

Ya no hay ese juego con chiches nuevos o con los restos de los fuegos artificiales, ese juego tan fuerte que crea y destruye mundos.

Ni no comprender porqué lloró la tía.
Ya no hay nada de eso. Pero, de alguna forma, cambiado, reinventado, sigue estando por ahí. Y por eso levanto mi vaso.

martes, 21 de diciembre de 2010

Desear

"La civilización empieza cuando el objetivo primario -o sea, la satisfacción integral de las necesidades- es efectivamente abandonado. (...) Lo que la civilización domina y reprime -las exigencias del principio del placer- sigue existiendo dentro de la misma civilización. El inconsciente retiene los objetivos del vencido principio del placer. El retorno de lo reprimido da forma a la historia prohibida y subterránea de la civilización. Y la exploración de esta historia revela no sólo el secreto del individuo sino también el de la civilización." Herbert Marcuse.


Desear. Ese es el único verbo que existe; los otros sólo son en relación con él.
Hay siglos y siglos amurallando este impulso, rebanándolo en cuotas emocionalmente económicas, tapándole la boca con barro y con prudencia, circunscribiéndolo a determinados tiempos y lugares.
Pero la bestia se retuerce, apuñalada. Se retuerce, atada, desangrada y rodeada. Se retuerce y al hacerlo gira el mundo.
Que no se simplifique. Desear no es sólo sexual. Ese es otro de los mecanismos para subyugar al verbo. Desear es erótico, lo cual contiene y excede a lo anterior.
Desear es un viento que arrastra de un puerto a otro. Desear comer, dormir, acariciar, besar, matar, reír, viajar, mirar, robar, amar, dañar, saltar, gritar, bailar... Cada uno de nosotros somos resultados distintos de cómo nos las ingeniamos para contener y permitir este viento.
El viento que es una brisa. Pues toda nuestra vida todo lo que nos rodea nos ha ido educando el impulso. Otorgándole tiempos y lugares apropiados, maneras correctas, duraciones estimadas.
Y si hay un problema con las brisas es que no se sabe hacia dónde soplan. Los puertos desaparecen. Y todo se vuelve pantano.
Eso es este lugar, esta oficina. Un pantano. El rincón donde los deseos vienen a morir. Hay, sí, alguno. Pero ya no es el verbo que crea, que empuja, que mata y que da vida. Es un andar haragán, embarrado, entre el deseo sexual por un/a compañero/a, el deseo de que sea viernes para creerse (equivocadamente) desprovisto de los mecanismos represivos y sí entregarse plenamente al deseo, el deseo de comer, de cobrar más, de estar en cualquier otro lugar, de dormir.
Miro a la gente que me rodea, a los rostros deserotizados, a las expresiones de tedio, y me pregnto. Me pregunto si les amputaran estas restricciones, si les arrancaran el pudor y la idea de futuro, si los arrojaran desnudos de prejuicios al ahora, me pregunto qué harían. Qué violencias, orgasmos, odios, dichas y peleas despuntarían en ellos. Qué verbos irrumpirían en esta vida de adjetivos.

viernes, 17 de diciembre de 2010

A un paso de la tempestad

Va a llover. Va a llover pronto. Va a llover. Me lo repito una y otra vez, como un mantra, como un conjuro o, tal vez, como una incitación. Debe llover.
Juega en mi contra que pronosticaron lluvia. Y todos sabemos que al clima no le gusta concordar con lo que los meteorólogos argentinos vaticinan.
Juega en mi contra, también, que es viernes. Que mi mantra es visto con ojos iracundos por los de la oficina. Ellos desean un fin de semana desprovisto de lluvias.
Allá ellos con su postergación de la felicidad hasta el fin de semana, necesitando que todo salga perfecto en el mismo.
Allá ellos con su negligente concepción de lo perfecto que deja de lado a la lluvia.
Allá ellos con su engaño de que en los fines de semana dejan de bostezar.
Allá ellos con el dolor placentero que le representan los lunes, como hipocondríacos regodeándose siempre en una nueva enfermedad.
Allá ellos.
Porque va a llover. Va a llover pronto. Va a llover a cántaros. El diluvio, un poroto. Va a llover y llover y llover.
Allá ellos, en sus casas, mirando a través de la ventana. En la misma verán su reflejo, dividido entre el afuera y el adentro. Y en ese reflejo verán a su bostezo. Verán a ese parásito que es el bostezo. Verán que el mismo ha conquistado la totalidad de quienes son. Que ha devorado sus intereses, sus curiosidades, sus inquietudes, sus virtudes.
Se verán como un gran bostezo reflejado en la ventana de un monoambiente en un sábado lluvioso. Y me verán allá, en la calle, bailando bajo la lluvia. No hay nada más efectivo para contrarrestar al parásito del bostezo que bailar bajo la lluvia.
Va a llover. Va a llover pronto. Me lo repito una y otra vez, como un mantra, como un conjuro o, tal vez, como una incitación. Debe llover.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

¡Mañana fiesta abismal!

Si el mundo fuera (y lo es) un bolero
Esta fiesta sería como Manzanero
Autopistas de absurdo nacerán del bar
Desparramándose por acá y por allá.

La cita es mañana a partir de las ocho
Si venís me pondrías muy chocho
Es en Guardia Vieja 3460, a dos del Abasto
Está tan pero tan cerca como la tierra del pasto.

No habrá jirafas, unicornios ni King Kong
Pero sí pool, metegol y hasta ping pong
No habrá ni una estatua viviente ni un mormón
Pero sí música, arte y, en la calle, un dibujo de Perón.

Si no venís te diré que sos gai
O que sos una lady of the night
Me pongo agresivo como un sismo
Si no te venís a la fiesta del abismo.

martes, 14 de diciembre de 2010

¡Sexo! ¡Escándalo! ¡Muerte! ¡Dinero!

¿Capté tu atención? Jueves 16. ¡Jirafas! Fiesta abismal. ¡Tallarines! Guardia Vieja 3460. ¡Vikingos! Exposición de artes. ¡Tobogán! A partir de las 20 hs. Magia.

lunes, 13 de diciembre de 2010

¡Jueves 16! Fiesta abismal

Sabés que va a haber rock. Sabés que va a haber música gitana. Y hasta hip hop islandés. Sabés que va a haber exposición de fotos, dibujos y locuras. Sabés que van a estar los integrantes del cumpleañero programa de radio "El abismo de la obviedad." No sabés dónde ni cuándo. Pues bien, es el jueves 16 de diciembre en Guardia Vieja 3460 (en el bar "Le troquet de Henry"). A partir de las 20 hs.


Don´t be a whining bastard. Come! Come with friends! Come with the sexual partner you´re not (so) ashamed of. You can bring anyone. Anyone but Edgar Allan Poe. There´s a black cat in the bar and we all know that Edgar Allan Poe and black cats do not see each other in the eye.

Oui, oui. La fête est ce jeudi. Oui, le vendredi on travaille. Mais il y a soulement une vie. Tu veux vivre ou tu veux dormir? Qui es-tu? La beauté endormie? Putain!

Io sono un pazzo, si. Ma anche tu. Si, tu sei un pazzo. Un pazzo fuori del pazzo normale. Un pazzo molto pericoloso. E i pazzi pericolosi escono e bevono e ballano. Dove? Nel bar. Che bar? Dici sul serio? Non mi rompere le palle!

Þú ert að fara að hafa mikinn tíma! Til að fá sér í glas. Að dansa. Og ef til vill, ef þú ert heppin, þá verður þú kynlíf í baðherberginu. Ó, já. Allt getur gerst. Nei Það verður ekki gíraffa.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Olores

El olor a lluvia que es olor a entrecasa.
El olor a nafta que es olor a viaje.
El olor a tostadas que es olor a infancia.
El olor a café con canela que es olor a domingo de películas, de facturas y de cama.
El olor al primer cigarrillo del día que es olor a calma.
El olor a madera que es olor a verano y a abrazos y a casa.
El olor a la piel de ella que es olor a felicidad.
El olor al viento jugando entre las copas de los árboles que es olor a sonrisa.
El olor a chocolate que es olor a noche.
Podría estar sintiendo alguno de todos esos olores. Pero no. No. Siento otro ahora.
El olor a axila transpirada del gordo Spam que es olor a agonía.

martes, 30 de noviembre de 2010

Jugando en el infierno

El calor trepa por la piel como hormigas molestas que muerden y resoplan y maldicen y gritan. La transpiración se desliza por debajo de la ropa como babosas morosas y excedidas de peso. Los susurros se retuercen en el aire, preguntando hasta cuándo. Las miradas se posan en los tres confundidos hombres que no aún no se las ingenian para reparar el aire acondicionado de la oficina.
Ni una ventana se puede abrir. Estamos, más que nunca, atrapados en el infierno.
Me aterra. Me aterra respirar la exhalación de otros de acá. No quiero que entre en mí lo que estuvo dentro del gordo Spam.
Su remera talle infinito ostenta una galería de obras de arte abstractas firmadas por el sudor. Sobre su frente despunta en líquida agonía su intolerancia por el calor. Toma tragos largos y desesperados de agua fría. Sus ojos ruegan silenciosos e intensos a los tres hombres de mantenimiento. Y espera.
Me veo reflejado en él. Pero en un espejo que adelgaza.
No hay nada para distraerse de esto. Ya vi cualquier página. Ya charlé cualquier chapucería. Mi manager me manda un mail. No quiero trabajar. Que él se haya ido a trabajar desde su casa con el aire acondicionado clavado en 19 grados no me incita demasiado a ocuparme del asunto.
No puedo tolerarlo más.
A mí que me gusta leer y escribir, si tuviera que rescatar una palabra, una sola palabra, una palabra a la cual podría llevar a cualquier naufragio, incluso a este infierno, esa palabra sería jugar. En el juego hay seducción, hay amabilidad, hay pasión, hay creación, hay sorpresa, hay sutileza, hay diálogo, hay madurez, hay comunión con lo que se es y con lo que se quiere ser.
Miro a mi escritorio. Me detengo en los juguetes que lo pueblan. Agarro a uno. Voy hasta la cocina. Lo lleno de agua. Vuelvo a mi escritorio. Me siento. Me pongo en ocupado en el chat interno de la empresa. Le mando un mail a mi manager diciéndole que estoy trabadísimo en un llamado con un cliente. Que perdón que no le explico más pero esto es un lío para hablar y escribir a la vez. Que si se puede encargar alguien más.
Abro un word. Y arrimo al juguete al teclado. El juguete es ese pajarito con el que obeso Homero Simpson clickeaba las y. Lo dejo tipeando. Así no aparece el protector de pantalla. Así no ven que estoy away. Así no suponen que me fui a la plaza de la vuelta a tomar un helado.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Cómo saber si tu compañero de trabajo es un zombi

1. Camina torpe.
2. Huele raro.
3. Tiene la mirada perdida.
4. No está vivo.
5. Emite sonidos peculiares.
6. Sus hábitos alimenticios son cuestionables.
7. Es claro que no tiene sexo.
8. Su aliento es reprochable.
9. Quiere literal o metafóricamente matarte.
10. No es un buen conversador.

lunes, 15 de noviembre de 2010

La posibilidad de un hogar

Father Ted, un entrañable programa irlandés, está situado en una islita. La ficción no inventa. Tampoco refleja la realidad. La construye.
Hay, pues, una islita perdida en algún lugar del mundo donde conviven inocencia, violencia, absurdo, acidez y ternura, donde merodea por todos lados, en puntas de pie, ese olorcito a hogar.
El mar y la soledad arropan a la islita. No la soledad de aquel que se empantana y, encerrado en sí mismo, alza monolitos de cercanía y de distancia, de amores y de odios, siempre totalitarios, siempre resentidos. No. Rodea a esta islita la soledad del navegante que cada noche juega con las estrellas y la con inmensidad del mar.
El lujo le es ajeno: lo que no es casero no ha llegado a sus costas. Incluso el tiempo la ha evadido, como tal vez lo ha hecho con toda isla. No llueven sobre ella imposiciones, angustias, locuras y necesidades que monzonean en otros lados. Cuando garúan -ningún sitio es impermeable- lo hacen con ese sutil encanto irlandés.
La gente ahí no es paisaje. Cada relación, de amantes o de archienemigos, con todo el abanico intermedio, esconde un encanto tan poco habitual como delicado y profundo: que son compinches.
Es un un faro, la islita. Es la posibilidad de un hogar para todos los que sentimos que no pertenecemos. Es un albergue para todos aquellos que nos desgarramos por vivir en una cabaña en un bosque en Ushuaia ante el mar del fin del mundo, entre nieve y montañas, o para los que nos duele no desayunar cada mañana en esa casita en la costa última de Svalbard, y para todos los hogares en el medio.
Es un vendaje, la islita; un vendaje ante las puñaladas de deseos incumplidos.
Es, reitero, un faro. Un faro en la mitad de la tormenta, recibiéndonos y haciéndonos sentir como en casa, dándonos abrigo, algo de tomar y de comer y, cuando estemos recuperados, nos arroja de vuelta al mar. Nos mira ahí, en la tempestad, como un padre viendo a su hijo andar en bicicleta, alentándonos a encontrar nuestro lugar y a no vivir en escapismos o en fantasías de otros.
Sé que la islita tiene razón. Pero ahora, hoy, lunes en la oficina, envuelto en la tempestad de lo ajeno, manoteo el escapismo de la música y de la imaginación para huirle al aliento de tercer desayuno del gordo Spam. Aunque el muy turro no me deja desentender de este lugar.
-Qué cosa los lunes, che. Al menos ya se viene un feriado.- escupe.
Me saco los auriculares. -¿Qué?
-Que ya casi es feriado.
-Ah. Sí.- digo. Me pongo los auriculares.
-¿Te vas?
Me saco los auriculares. -¿Qué?
-Que si te vas a algún lado.
-Sí. A Craggy Island.- digo. Me pongo los auriculares.
-¿Y eso?
Me saco los auriculares. -¿Qué?
-¿Dónde queda eso?
-No existe ese lugar.
Me mira desconcertado y aún mascando. -Ah. ¿Era un chiste?
-No. Voy a ir.
-¿Cómo?
Encojo mis hombros. Me pongo los auriculares. Toco play. Y viajo.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Sombras

Un hombre camina en la intensidad hacia la puerta.
Su sombra se arrastra detrás y, en ella, peleas con su padre y risas y primeros besos y de desvelos por amor y por desamores y domingos en familia y ese llamado ebrio que recibió de su tío y su primera noche en su primer departamento alquilado y fantasías y angustias y sueños y fracasos y mimos y charlas y tristezas y esperas y desesperación y miedos.
La puerta se cierra detrás. La sombra con su océano de momentos se escurre bajo de ella, pasando como un charco hasta la otra habitación.
Queda acá, de este lado, el silencio. Silencio apenas. Silencio y suposiciones. Suposiciones y susurros. Susurros y cuchicheos. Cuchicheos y conversaciones, conversaciones empapadas de angustias y gritos y pánico y mierda y odio.
Ejércitos de ideas batallan sobre nosotros en la oficina. Los soldados se desangran y gritan y arremeten unos contra los otros. Triunfan por breves instantes y pierden por eternidades.
La puerta se abre y, con ella, vuelve el silencio.
Los soldados permanecen, moribundos, de pie. El hombre, el hombre que camina por la intensidad, pasa entre ellos. Los reconoce en la mirada de cada uno de nosotros. Pero no les presta atención. Va hasta su escritorio. Junta las fotos y los muñequitos ante el hombre de seguridad.
Nos saluda con una sonrisa tan variada como la vida misma. Sus labios se retuercen. Quiere decirnos algo. Pero ese algo trepa por su pecho y ya puede anticipar que no pasará por su garganta y no quiere abrirle la puertita de sus ojos enfrente de todos nosotros. Sus labios, entonces, se retuercen y nada más.
El de la seguridad le señala, apenas, hacia los ascensores. Como si él no lo hubiera visto ir y venir todos los días hábiles por cuatro años. El despedido contiene el insulto y lo sigue.
Un hombre camina en la intensidad hacia la puerta.
Su sombra se arrastra detrás y, en ella, abrazos y llantos y cucharitas y los juegos a los que jugaba de chico y esa mujer que le rompió el corazón y películas vistas acurrucados con esa mujer antes de que le rompiera el corazón y su odio por el helado de sambayón y ese sábado soleado y la primera vez que rió tanto que le dolía la panza y los cachetes y su primera clase de guitarra.
La puerta se cierra detrás. La sombra con su océano de momentos se escurre bajo de ella, pasando como un charco hasta la otra habitación.
Queda acá, de este lado, el silencio.

martes, 9 de noviembre de 2010

Fantasmas de amores pasados

Los fantasmas de amores pasados se regodean en nuestra necesidad de volver. No se puede volver. A cada instante somos otro. Pero los besamos, los acariciamos, mordemos y abrazamos y, por un momento, ese momento donde nos rendimos ante aquella necesidad, se calla el caos. Por un instante lo previsible y lo volátil desaparece. Creemos volver con ellos al pasado. Y ahí yacemos, cómodos, satisfechos, sin ser desafiados. En una ilusión.
Los fantasmas de amores pasados acechan en momentos novelísticos; momentos de debilidades o de fortalezas absolutas -es sabido que el comienzo de la caída de cualquier imperio o movimiento es en su mayor esplendor-.
Los fantasmas de amores pasados olfatean a la distancia y, habiendo ubicado el instante en cuestión, saltan al acecho. A veces les damos batalla. A veces nos rendimos ante ellos. Pocas veces nos encontramos, de otro a otro, como dos compinches que no vuelven al pasado sino que flotan en el presente.
Intento no rendirme ante aquella necesidad. A no sentir en cada caricia las caricias que le di tiempo atrás. A no escuchar en sus gemidos los gemidos del pasado, endulzados en tiempos de soledad. Intento reconocerla como otra. Y celebrarla así.
Pero no puedo.
Estamos los dos solos en la cocina de la oficina y no puedo evitarlo. Me pierdo en ella.
Sonrío. -Te extrañé.- le susurro.
Como, sí, como en idealizados tiempos pasados vuelvo primero yo a mi asiento para que nadie en la oficina sospeche.
Me recibe la injustificada enormidad de vida que es el gordo Spam. Descubre mi sonrisa complacida. -Estás chocho que pusieron la máquina de café vieja, ¿no? Tanto que hinchaste.
Levanto mi vaso de café hacia él. -No se le dice vieja a una señorita.- reto, y tomo un trago.

martes, 19 de octubre de 2010

Porqué no me gustan los días soleados

Porque me recuerdan que no estoy bajo el sol.
Porque almorzar un sandwich en la plaza de la vuelta bajo el sol no es estar bajo el sol de la misma manera en la que meterse en una pelopincho no es meterse en el mar.
Porque ella se ve más linda aún en días soleados.
Porque ella no va a almorzar en la plaza de la vuelta en días soleados.
Porque todos los imbéciles de la oficina dicen variaciones de "Qué día hermoso para no estar acá" y odio concordar con imbéciles.
Porque mi última defensa contra lo que dicen los imbéciles es el autismo de los auriculares y la música que me gusta no combina con días soleados.
Porque ni siquiera me espera una pelopincho a la vuelta.
Porque ella lleva al sol en su piel y entre su piel y yo hay un abismo.
Porque no sólo estoy en una oficina en un día soleado sino que estoy en un curso sobre un nuevo programa que es como el anterior pero no del todo.
Porque los edificios y cables y mugre intentan amputar el cielo pero él no cede, no, sigue ahí, vivo y latente, como un flautista de Hamelin, seduciéndonos para que nos escapemos de la ciudad con él.
Porque efectivamente quiero escaparme de la ciudad y echarme en el pasto con ella y decirle que cualquier día es soleado si ella sonríe pero entre su sonrisa y yo hay un abismo.
Porque ostentan posibilidades que no puedo concretar.
Porque he vivido mucho tiempo disfrutando desde el otro lado de la ventana y ya quiero estar ahí.
Porque donde se mira es donde se desea y no miro acá. Miro allá.
Porque dar porqués es explicarse o disculparse y, según Neil Gaiman, ni en la escritura ni en la vida hay que explicarse o disculparse ya que eso significa que hiciste algo mal.
Porque seguro escribió eso en un día soleado, del lado de allá de la ventana.

jueves, 19 de agosto de 2010

El gordo Spam vs Este día coqueto que nos tocó hoy

En medio del gris y del hastío aún hay belleza. Entra, en puntitas de pie, cuatelosa, a la oficina. Lo hace a través de la ventana. Lo hace esquivando edificios arquitectónicamente insípidos que trepan torpes unos sobre otros, abrazados por cables desprolijos, por bocinas y por fastidio. Entra, como una amante pícara y generosa, deseosa de erotizar allí donde no se puede. Entra, sonriente, y se estrola contra la mole del gordo Spam.
Lo miro. Me mira. Lo miro. Sigue parado frente a la ventana. -¿Sí?- deslizo entre mis labios.
Mastica, en silencio.
Lo miro. Me mira. Lo miro. -¿Todo bien?
-Todo tranqui.- responde, sin dejar de mascar. No sé qué come. No sé si come algo. Tal vez sus mandíbulas están tan acostumbradas a comer que repiten el movimiento aún cuando no hay nada en su boca.
Lo miro. Me mira. Lo miro. No se va. -¿Pasa algo o...?
-Toy aburrido.
Me sueno el cuello. El cuerpo desprovisto de pequeñez del Gordo Spam continúa privándome de la caricia de la belleza y, ahora, encima reclama ser entretenido. Por mí.
Mi mirada repta haragana por el techo. Busco posibles links que lo mantengan lejos por al menos unos minutos para permitirme salir a almorzar sin él. Nada nuevo aflora en mi imaginación. Mis ojos se detienen, ahí, en ese preciso lugar donde la burla, la maldad y la invención se abrazan.
-¿Te enteraste?- le digo.
Se acerca, masticando. -¿De?- se interesa. Su aliento me arrima la certeza de que está comiendo un chicle de canela.
-Van a elegir a otro team leader manager.
Sus ojos se abren de par en par. Veo a un niño en ellos. Un niño atrapado en la inmensidad del gordo Spam. Y, ahí, ese niño se emociona. -¿En serio?
-En serio.
-¿Y quién?
-No sé. Están evaluando. ¿No viste que últimamente no me levanto de la silla?- le digo. Pongo cara de taxista creído. Guiño un ojo, incluso. -No por nada, titán. No por nada.
Su rostro adopta una expresión de miedo. Le cuesta unos cuantos segundos, con todos esos cachetes. Pero lo hace finalmente. Observa rápido alrededor. Nadie con jerarquía sobre nosotros lo está observando. Aprovecha y se va tambaleando apurado hasta su asiento. Se sienta. Abre una pantalla de trabajo. Y se aburre, pero esperanzado. Cierro los ojos y disfruto, de nuevo, de la caricia de la belleza.

lunes, 9 de agosto de 2010

No obstante

Dos luchadores de sumo se revuelcan sobre mis párpados. El monitor muestra noticias insípidas, páginas previsibles y bostezos y fastidio, como instándome a que les dé más espacio a los gordos, a que me resigne y cierre los ojos.
No obstante, no me rindo. Me levanto. Voy hacia la cocina mientras un pulpo se aferra a mis pies. Las ventosas de sus otros tentáculos se adhieren a paredes y escritorios, dificultando cada paso que doy. Arrastro detrás a sillas y oficinistas, a teléfonos y computadoras y afiches con los objetivos de la empresa.
El embrollo se traba en el pasillo. Todos estancados ahí, entre las dos paredes, hablando o trabajando como si nada sucediera. Pero el pulpo no me suelta. Ni tampoco los suelta a ellos. Arrastro los pies, con una lentitud insoportable, y con cada dantesco paso que doy hacia la cocina esta se aleja un poco más.
No obstante, no me rindo. Continúo y al lado mío se abre un pozo y, escoltado por llamas y olor a azufre, sale el Diablo. Me propone librarme de mi carga si a cambio me comprometo con la empresa y empiezo a subir en la jerarquía de project leaders, team leaders, team leaders managers, managers y senior managers. Niego con la cabeza y doy otro paso. El Diablo no se va, sin embargo, y sigue ahí intentando corromperme.
Ramiro se para al lado mío, tomando su café. Me mira. -Los lunes son complicados.- dice.
Quiero arrancarme un brazo y golpearlo con el mismo hasta que se muera. Y reír. Reír alocado. Reír alocado lo suficiente como para que vengan a buscarme y me internen en un manicomio, con patio al aire libre y café y café y café. Pero sigo reptando hasta la cocina que no deja de alejarse.
Estiro mi mano hacia la máquina de café, eternamente a unos metros, como si de repente pudiera desarrollar habilidades de jedi y a la distancia tocar el botón para luego traer levitando el vaso hasta mí. Y, ya que estamos, le cambio el gusto a ese escupitajo marrón y ácido por gusto a café. Y, ya que estamos, con mis poderes le atribuyo la capacidad de despertarme y despojarme del pulpo y de la oficina que arrastro detrás y de los dos luchadores de sumo que no dejan de revolcarse en mis párpados y del Diablo que quiere verme convertido en quienes odio y de Ramiro siendo Ramiro.
Pero no.
No soy jedi. Y doy otro paso y la cocina se aleja aún más y el cansancio me tiene en la palma de su mano. No obstante, no me rindo. Doy otro paso y entonces se presenta alguien más en la suma constante de adversarios. El peor de todos, tal vez. Sí. Peor que el Diablo y peor aún que Ramiro. Es un petiso, gordo, calvo y de galera, con bigote y traje verde. Es el Señor Obvio. El Señor Obvio señala todo aquello que es obvio pero que a uno, por cansancio, estupidez o negación, le resulta imposible de ver. A veces el Señor Obvio se encarna en nuestra pareja, en nuestros padres, en un amigo, un profesor o un hermano. A veces, simplemente se presenta como el enano insoportable que es. Porque no sólo nos muestra lo que teníamos delante de nuestros ojos y no podíamos ver. Sino que se regodea con eso.
Me apunta con su pipa. -Cuando esperamos que algo ajeno a nosotros, que algo externo, nos solucione una incertidumbre, nos despierte, nos motive, ese algo nunca llega. Y la búsqueda se vuelve insoportable.
Lo miro. Quiero arrancarme el brazo que me queda y, sosteniéndolo con mis dientes, golpearlo con el mismo hasta que muera. -¿Y cómo hago para no buscar ese algo afuera y encontrarlo en mí?- digo en cambio.
Me mira. Fuma su pipa. -Es obvio que esa respuesta la tenés vos.
Doy otro paso. Arrastro toda la oficina detrás. Y al pulpo que me ata a ella. Y a los luchadores de sumo. Y a Ramiro. Y al Diablo. Y al Señor Obvio. Y, ahora, a una respuesta que no se aparece. No obstante, no me rindo.