Father Ted, un entrañable programa irlandés, está situado en una islita. La ficción no inventa. Tampoco refleja la realidad. La construye.
Hay, pues, una islita perdida en algún lugar del mundo donde conviven inocencia, violencia, absurdo, acidez y ternura, donde merodea por todos lados, en puntas de pie, ese olorcito a hogar.
El mar y la soledad arropan a la islita. No la soledad de aquel que se empantana y, encerrado en sí mismo, alza monolitos de cercanía y de distancia, de amores y de odios, siempre totalitarios, siempre resentidos. No. Rodea a esta islita la soledad del navegante que cada noche juega con las estrellas y la con inmensidad del mar.
El lujo le es ajeno: lo que no es casero no ha llegado a sus costas. Incluso el tiempo la ha evadido, como tal vez lo ha hecho con toda isla. No llueven sobre ella imposiciones, angustias, locuras y necesidades que monzonean en otros lados. Cuando garúan -ningún sitio es impermeable- lo hacen con ese sutil encanto irlandés.
La gente ahí no es paisaje. Cada relación, de amantes o de archienemigos, con todo el abanico intermedio, esconde un encanto tan poco habitual como delicado y profundo: que son compinches.
Es un un faro, la islita. Es la posibilidad de un hogar para todos los que sentimos que no pertenecemos. Es un albergue para todos aquellos que nos desgarramos por vivir en una cabaña en un bosque en Ushuaia ante el mar del fin del mundo, entre nieve y montañas, o para los que nos duele no desayunar cada mañana en esa casita en la costa última de Svalbard, y para todos los hogares en el medio.
Es un vendaje, la islita; un vendaje ante las puñaladas de deseos incumplidos.
Es, reitero, un faro. Un faro en la mitad de la tormenta, recibiéndonos y haciéndonos sentir como en casa, dándonos abrigo, algo de tomar y de comer y, cuando estemos recuperados, nos arroja de vuelta al mar. Nos mira ahí, en la tempestad, como un padre viendo a su hijo andar en bicicleta, alentándonos a encontrar nuestro lugar y a no vivir en escapismos o en fantasías de otros.
Sé que la islita tiene razón. Pero ahora, hoy, lunes en la oficina, envuelto en la tempestad de lo ajeno, manoteo el escapismo de la música y de la imaginación para huirle al aliento de tercer desayuno del gordo Spam. Aunque el muy turro no me deja desentender de este lugar.
-Qué cosa los lunes, che. Al menos ya se viene un feriado.- escupe.
Me saco los auriculares. -¿Qué?
-Que ya casi es feriado.
-Ah. Sí.- digo. Me pongo los auriculares.
-¿Te vas?
Me saco los auriculares. -¿Qué?
-Que si te vas a algún lado.
-Sí. A Craggy Island.- digo. Me pongo los auriculares.
-¿Y eso?
Me saco los auriculares. -¿Qué?
-¿Dónde queda eso?
-No existe ese lugar.
Me mira desconcertado y aún mascando. -Ah. ¿Era un chiste?
-No. Voy a ir.
-¿Cómo?
Encojo mis hombros. Me pongo los auriculares. Toco play. Y viajo.
lunes, 15 de noviembre de 2010
La posibilidad de un hogar
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viernes, 12 de noviembre de 2010
Sombras
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martes, 9 de noviembre de 2010
Fantasmas de amores pasados
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martes, 19 de octubre de 2010
Porqué no me gustan los días soleados
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jueves, 19 de agosto de 2010
El gordo Spam vs Este día coqueto que nos tocó hoy
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lunes, 9 de agosto de 2010
No obstante
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miércoles, 28 de julio de 2010
Y no
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martes, 20 de julio de 2010
Feliz día
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miércoles, 14 de julio de 2010
Fronteras
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lunes, 5 de julio de 2010
Fuegos hormonales
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miércoles, 16 de junio de 2010
Detalles
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viernes, 4 de junio de 2010
Curso y castigo
–Esto es sumamente importante.
La frase se reitera con la precisión de la mentira. Porque no. No es. No es sumamente importante. De hecho, dentro del amplio mundo de lo prescindible y lo imbécil, mundo que comprende a todos los manuales que debí leer en mis trabajos, a todas las reuniones con mis managers, a todos los discursos de los CEOs en fiestas de fin de año, a la lista de los objetivos de la empresa que cada uno debe tener en su escritorio, y a Ramiro, pocas cosas son tan prescindibles e imbéciles como esto.
–Sumamente importante esto, ¿eh?
Lo bueno es que de vez en cuando varía el orden de las palabras. Eso lo hace un mentiroso hábil. Pues la verdad engendra múltiples maneras de ser contada. La mentira, en cambio, contempla apenas un puñado ya que quien la cuenta teme confundirse. Pero alguien diestro en el sutil arte del engaño sabe alterar un poco la manera de contar lo que no es. Y no, no miro Lie to me. Simplemente aprendí de las diversas veces en las cuales mi manager me explicó porqué no podían darme un aumento.
–Esto es sumamente importante.
Y vuelve a lo mismo. Está bien. No era tan habilidoso como parecía. Lo sobrevaloré. Resulta que está bien vestido. Tiene un iPhone. Un cargo alto en la empresa. Y tanto tiempo frecuentando oficinas me hizo creer que la cáscara define al interior, y no al revés. Culpa mía por sucumbir a su discurso, por ser permeable a su jerarquía de valores. Es en estos momentos en los cuales me reconozco como otro zombie cuando más quisiera correr hasta la ventana y lanzarme hacia el vacío. Claro que la torpeza de esta ciudad supo apuñalar los cielos con desprolijas marañas de cables, por lo cual terminaría suspendido de los mismos en vez de estrolarme contra el asfalto.
–Sumamente importante, gente.
Mierda. Quiero agarrarlo por las solapas de su carísimo saco y sacudirlo. Quiero gritarle que no es importante. Que nada lo es. Ni incluso las más elaboradas virtudes ni los más titánicos logros de la humanidad son monolitos que puedan perdurar por la eternidad. El tiempo es una bestia que devora a todo y, a su paso, deja sólo dos cosas: la certeza de que nada prevalece y el silencio. Frente a semejante vastedad y desolación, ¿cuál es la importancia de esta nueva función de un insípido programa que usamos en este insípido trabajo?
–¿Cuán importante?
Hay un instante de desconcierto. –Sumamente.- pronto corean todos, sonrientes por haber sido incluidos.
Y arranco el matafuego de la pared y con el mismo vuelvo cubistas a los rostros de cada uno acá presente mientras el grito que contuve por años se despliega entero en mi garganta y, con él, se resquebrajan las paredes y el edificio colapsa y los cables son arrastrados con él y, con ellos, los otros edificios y cada una de sus oficinas hasta despojar de paredes y cursos y cubículos y conferencias a cada oficinista allá afuera y que parpadeen, acomodando sus ojos al sol, hasta poder contemplar cómo lo importante, lo sumamente importante, aquello por lo que resignaron sueños y felicidades y horas y horas y horas y horas no es más que un puñado de polvo.
–Esto es sumamente importante.
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lunes, 12 de abril de 2010
De vuelta
Te engañaron. Toda la vida. Te engañaron toda la vida.
No existe tal cosa como Año Nuevo.
El tiempo se hamaca entre día y noche, entre calor y frío. No hay quiebres. No hay comienzos multitudinarios.
No.
Impuesto en el almanaque, a la fuerza, haciendo uso de fuegos artificiales, bebidas alcohólicas, brindis y quince días de vacaciones para que su farsa sea aceptada, el Año Nuevo se yergue como monolito incuestionable.
No lo hace porque es un ser malvado con intenciones inhumanas.
Ni hay detrás una conspiración secreta.
No.
Nosotros lo hemos puesto ahí.
Somos nosotros los que nos engañamos con promociones de fin de año y el poder iniciático de los lunes y los eneros y los marzos, con resoluciones, borracheras y rituales gastronómicos. Congregados en familia a recibir lo que nunca va a llegar. Y lo sabemos. Lo sabemos. Tenemos sentado sobre una de nuestras neuronas al chico que nos anuncia que Godot no vendrá. Pero el reloj de TN o del 113 da las doce y el sonido de las copas abrazándose y los fuegos artificiales desperezándose en la noche acallan su voz.
Si lo hacemos, si nos congregamos alrededor del monolito que nosotros mismos hemos alzado, si alabamos a este dios cuya arquitectura diseñamos, es porque necesitamos desesperadamente a las dos mentiras que alberga el Año Nuevo. Aquellas que afirman que se puede dejar atrás y que se puede comenzar.
Nada se deja atrás. Todo lo sigue a uno.
Nada se comienza. Todo se continúa.
Y la lógica reduccionista de la oficina –donde uno entra con alma y se va con apenas una carcasa árida, donde vivir es existir, donde la angustia deviene en resignación– también obra sobre el Año Nuevo.
Sólo que reduce el año a la semana. Diciembre al viernes. Enero, al menos luego de las vacaciones, al lunes. Y los días se suceden con la frenética necesidad de llegar al viernes. Cada día y cada estado de ánimo se relacionan con su cercanía o lejanía o con el lunes o con el viernes. Pero quien vive para el fin de semana no vive.
–Cuesta empezar de nuevo.- me dice Ramiro.
–Sí.
–Los lunes se complica.
Pienso. Pienso decírselo. Pienso contarle sobre el monolito y los ritos que hacemos para preservarlo. Pienso desnudarle esas dos mentiras. Pero la máquina de café termina su ciclo de ruidos y tengo el ácido que me mantendrá ocupado por unos minutos.
Lo dejo solo en la cocina y camino hacia la oficina, con cuidado de no verter ni una gota. A ver si el café abre un agujero en el suelo. Y luego otro en el piso de abajo. Y en el de debajo de ese. Y caigo. Caigo por
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jueves, 17 de diciembre de 2009
La venganza será invisible
Una de cada tres palabras que me dice el gordo Spam es Ricardo. La otra es Fort. La tercera, mirá. Acompaña a la tríada con un link, generalmente de YouTube. Al menos es multimedia. Ramiro, por su parte, tal vez minimalista o tal vez despojado de elocuencia, me envía los mismos links pero envueltos en silencio.
Tiempo atrás los dos, cada cual por su lado, recurrían una y otra vez a otro tema de conversación. Sobre cómo salían con la hermosa Majo.
Este cambio repentino de interés no es de extrañar. En la oficina a menudo uno se obsesiona con determinados temas y los transita a diario, recorriendo diarios y charlas. Lo que sí es de extrañar es cómo una mujer como Majo podía estar saliendo no sólo con uno de estos esperpentos sino con dos.
Resultó, como lo son a menudo los temas con los cuales uno se obsesiona en la oficina, un rumor. Ramiro y el gordo Spam se inventaron un amorío inexistente.
Podría, como ellos lo hubieran hecho si se habría tratado de otra persona, volver a semejante descubrimiento en un chisme. Ir por acá y por allá susurrando sobre cómo mintieron un romance. Murmurar desde las sombras de la máquina de café sobre cómo la pobre y hermosa de Majo quedó desconsolada.
Pero no.
Y no es que mi alternativa no es más digna. No. Es simplemente más mía.
La venganza.
No es muy difícil crear una cuenta de MSN falsa cuya dirección se asemeje al nombre y apellido de Majo.
No es muy difícil hacerse pasar por ella. Más aún, teniendo su consentimiento.
No es muy difícil que el gordo Spam y Ramiro me acepten con esta cuenta en sus respectivos MSNs.
No es muy difícil obviar contestar que soy Majo pero dejar a entender que lo soy. Después de todo, la desesperación construye certezas sobre incertidumbres.
No es muy difícil hablar con el gordo Spam y Ramiro en la misma noche por el MSN.
No es muy difícil hacer copy paste con cada uno y así y todo hacerlos creer únicos. Ni calentar un poco el ambiente. No es muy difícil pero sí muy asqueroso.
No es muy difícil percatarse que ninguna de sus direcciones de MSN contiene su nombre o su apellido.
No es muy difícil decirles que la dirección de MSN que estoy usando por algún motivo no me deja ni ver ni mostrar mi webcam y que quiero mostrarles como me toco y verlos tocarse.
No es muy difícil decirle a uno que lo voy a agregar con la dirección del otro y decirle al otro que agregue a la dirección del primero.
No es muy difícil pedirles a los dos que lo primero que hagan sea mostrarme su webcam y aceptar la mía.
No es muy difícil desconectarme del MSN e imaginar el horror y el desconcierto cuando los dos se vean masturbándose y no entiendan dónde está Majo ni qué hace el otro ahí.
Lo que sí es muy difícil es imaginarme sus caras cuando vengan a trabajar mañana. Faltaron los dos hoy. Los dos alegaron vómitos. Curioso.
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martes, 8 de diciembre de 2009
Hay tanto ahí afuera
Nuestra sensibilidad audiovisual proviene o de Buenos Aires o de California o de New York. Hay pasitos al costado, sí. Rosario. Boston. Chicago. ¿Pero cuántos de nosotros nos hemos sentado ante tanta música, series y películas de Marruecos, Tailandia, Tierra del Fuego, Islandia o Rumania como lo hemos hecho ante las de Buenos Aires, California o New York? Hay tantas sensibilidades, tantas historias, tantos recursos ahí afuera.
Sin ir más lejos, el otro día veía la película egipcio-israelí La visita de la banda. En ella, un egipcio cuenta sobre un concierto que está componiendo desde hace años pero que no puede terminar. El israelí, fascinado ante la música que el otro le tocó, le pregunta porqué no lo puede terminar. El músico dice apenas “Mi mujer quedó embarazada… El tiempo…”
Eso solo.
Con eso solo habló de las resignaciones, de los sueños, de la imposibilidad a veces de cumplirlos, de la vida misma.
En determinado momento, mientras el israelí y el egipcio están en una habitación, mirando a un bebé durmiendo, el israelí le dice “Quizá así debe terminar tu concierto. No con trompetas y platillos. Así, repentinamente. Un cuarto. Un bebé durmiendo. Silencio. Y toneladas de soledad.” Y el egipcio tira de un piolín y suena una canción de cuna y tararea y no dice nada pero sabemos que tiene el final de su concierto.
Eso solo.
Con eso solo habló sobre la vida, sobre las toneladas de soledad, esa frase, dios mío, sobre cómo el fin de la vida, de los sueños y de los deseos de un hombre es la canción de cuna del otro. ¿O pensaban que sólo se trataba de un concierto?
Hay tantas sensibilidades, tantas historias, tantos recursos ahí afuera. Tantas esperanzas, ganas, sorpresas, músicas, alegrías, melancolías. Y son tan distintas la una de la otra. Tan ricas. Tan fértiles.
Y acá estamos. Trabajando en un feriado. En una empresa de telecomunicaciones norteamericana. Pareciera el punto cumbre de la ausencia de esperanzas, ganas, sorpresas, músicas, alegrías y melancolías. Pero eso no es todo. Estoy en un curso de inglés. Y no sólo eso. Nos ponen como ejemplo un capítulo de Two and a half men. Y la gente ríe y me siento enteramente de otro mundo. Aplastado por toneladas de soledad.
Pero bueno. Supongo que debo soportarlo. Supongo que debo esperar a salir del curso y finalizar la venganza que con Majo elaboramos para el gordo Spam y para Ramiro. Nunca lo verán venir. Saqué la idea de una película sueca. Hay tantas sensibilidades, tantas historias, tantos recursos ahí afuera.
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