martes, 19 de octubre de 2010

Porqué no me gustan los días soleados

Porque me recuerdan que no estoy bajo el sol.
Porque almorzar un sandwich en la plaza de la vuelta bajo el sol no es estar bajo el sol de la misma manera en la que meterse en una pelopincho no es meterse en el mar.
Porque ella se ve más linda aún en días soleados.
Porque ella no va a almorzar en la plaza de la vuelta en días soleados.
Porque todos los imbéciles de la oficina dicen variaciones de "Qué día hermoso para no estar acá" y odio concordar con imbéciles.
Porque mi última defensa contra lo que dicen los imbéciles es el autismo de los auriculares y la música que me gusta no combina con días soleados.
Porque ni siquiera me espera una pelopincho a la vuelta.
Porque ella lleva al sol en su piel y entre su piel y yo hay un abismo.
Porque no sólo estoy en una oficina en un día soleado sino que estoy en un curso sobre un nuevo programa que es como el anterior pero no del todo.
Porque los edificios y cables y mugre intentan amputar el cielo pero él no cede, no, sigue ahí, vivo y latente, como un flautista de Hamelin, seduciéndonos para que nos escapemos de la ciudad con él.
Porque efectivamente quiero escaparme de la ciudad y echarme en el pasto con ella y decirle que cualquier día es soleado si ella sonríe pero entre su sonrisa y yo hay un abismo.
Porque ostentan posibilidades que no puedo concretar.
Porque he vivido mucho tiempo disfrutando desde el otro lado de la ventana y ya quiero estar ahí.
Porque donde se mira es donde se desea y no miro acá. Miro allá.
Porque dar porqués es explicarse o disculparse y, según Neil Gaiman, ni en la escritura ni en la vida hay que explicarse o disculparse ya que eso significa que hiciste algo mal.
Porque seguro escribió eso en un día soleado, del lado de allá de la ventana.

jueves, 19 de agosto de 2010

El gordo Spam vs Este día coqueto que nos tocó hoy

En medio del gris y del hastío aún hay belleza. Entra, en puntitas de pie, cuatelosa, a la oficina. Lo hace a través de la ventana. Lo hace esquivando edificios arquitectónicamente insípidos que trepan torpes unos sobre otros, abrazados por cables desprolijos, por bocinas y por fastidio. Entra, como una amante pícara y generosa, deseosa de erotizar allí donde no se puede. Entra, sonriente, y se estrola contra la mole del gordo Spam.
Lo miro. Me mira. Lo miro. Sigue parado frente a la ventana. -¿Sí?- deslizo entre mis labios.
Mastica, en silencio.
Lo miro. Me mira. Lo miro. -¿Todo bien?
-Todo tranqui.- responde, sin dejar de mascar. No sé qué come. No sé si come algo. Tal vez sus mandíbulas están tan acostumbradas a comer que repiten el movimiento aún cuando no hay nada en su boca.
Lo miro. Me mira. Lo miro. No se va. -¿Pasa algo o...?
-Toy aburrido.
Me sueno el cuello. El cuerpo desprovisto de pequeñez del Gordo Spam continúa privándome de la caricia de la belleza y, ahora, encima reclama ser entretenido. Por mí.
Mi mirada repta haragana por el techo. Busco posibles links que lo mantengan lejos por al menos unos minutos para permitirme salir a almorzar sin él. Nada nuevo aflora en mi imaginación. Mis ojos se detienen, ahí, en ese preciso lugar donde la burla, la maldad y la invención se abrazan.
-¿Te enteraste?- le digo.
Se acerca, masticando. -¿De?- se interesa. Su aliento me arrima la certeza de que está comiendo un chicle de canela.
-Van a elegir a otro team leader manager.
Sus ojos se abren de par en par. Veo a un niño en ellos. Un niño atrapado en la inmensidad del gordo Spam. Y, ahí, ese niño se emociona. -¿En serio?
-En serio.
-¿Y quién?
-No sé. Están evaluando. ¿No viste que últimamente no me levanto de la silla?- le digo. Pongo cara de taxista creído. Guiño un ojo, incluso. -No por nada, titán. No por nada.
Su rostro adopta una expresión de miedo. Le cuesta unos cuantos segundos, con todos esos cachetes. Pero lo hace finalmente. Observa rápido alrededor. Nadie con jerarquía sobre nosotros lo está observando. Aprovecha y se va tambaleando apurado hasta su asiento. Se sienta. Abre una pantalla de trabajo. Y se aburre, pero esperanzado. Cierro los ojos y disfruto, de nuevo, de la caricia de la belleza.

lunes, 9 de agosto de 2010

No obstante

Dos luchadores de sumo se revuelcan sobre mis párpados. El monitor muestra noticias insípidas, páginas previsibles y bostezos y fastidio, como instándome a que les dé más espacio a los gordos, a que me resigne y cierre los ojos.
No obstante, no me rindo. Me levanto. Voy hacia la cocina mientras un pulpo se aferra a mis pies. Las ventosas de sus otros tentáculos se adhieren a paredes y escritorios, dificultando cada paso que doy. Arrastro detrás a sillas y oficinistas, a teléfonos y computadoras y afiches con los objetivos de la empresa.
El embrollo se traba en el pasillo. Todos estancados ahí, entre las dos paredes, hablando o trabajando como si nada sucediera. Pero el pulpo no me suelta. Ni tampoco los suelta a ellos. Arrastro los pies, con una lentitud insoportable, y con cada dantesco paso que doy hacia la cocina esta se aleja un poco más.
No obstante, no me rindo. Continúo y al lado mío se abre un pozo y, escoltado por llamas y olor a azufre, sale el Diablo. Me propone librarme de mi carga si a cambio me comprometo con la empresa y empiezo a subir en la jerarquía de project leaders, team leaders, team leaders managers, managers y senior managers. Niego con la cabeza y doy otro paso. El Diablo no se va, sin embargo, y sigue ahí intentando corromperme.
Ramiro se para al lado mío, tomando su café. Me mira. -Los lunes son complicados.- dice.
Quiero arrancarme un brazo y golpearlo con el mismo hasta que se muera. Y reír. Reír alocado. Reír alocado lo suficiente como para que vengan a buscarme y me internen en un manicomio, con patio al aire libre y café y café y café. Pero sigo reptando hasta la cocina que no deja de alejarse.
Estiro mi mano hacia la máquina de café, eternamente a unos metros, como si de repente pudiera desarrollar habilidades de jedi y a la distancia tocar el botón para luego traer levitando el vaso hasta mí. Y, ya que estamos, le cambio el gusto a ese escupitajo marrón y ácido por gusto a café. Y, ya que estamos, con mis poderes le atribuyo la capacidad de despertarme y despojarme del pulpo y de la oficina que arrastro detrás y de los dos luchadores de sumo que no dejan de revolcarse en mis párpados y del Diablo que quiere verme convertido en quienes odio y de Ramiro siendo Ramiro.
Pero no.
No soy jedi. Y doy otro paso y la cocina se aleja aún más y el cansancio me tiene en la palma de su mano. No obstante, no me rindo. Doy otro paso y entonces se presenta alguien más en la suma constante de adversarios. El peor de todos, tal vez. Sí. Peor que el Diablo y peor aún que Ramiro. Es un petiso, gordo, calvo y de galera, con bigote y traje verde. Es el Señor Obvio. El Señor Obvio señala todo aquello que es obvio pero que a uno, por cansancio, estupidez o negación, le resulta imposible de ver. A veces el Señor Obvio se encarna en nuestra pareja, en nuestros padres, en un amigo, un profesor o un hermano. A veces, simplemente se presenta como el enano insoportable que es. Porque no sólo nos muestra lo que teníamos delante de nuestros ojos y no podíamos ver. Sino que se regodea con eso.
Me apunta con su pipa. -Cuando esperamos que algo ajeno a nosotros, que algo externo, nos solucione una incertidumbre, nos despierte, nos motive, ese algo nunca llega. Y la búsqueda se vuelve insoportable.
Lo miro. Quiero arrancarme el brazo que me queda y, sosteniéndolo con mis dientes, golpearlo con el mismo hasta que muera. -¿Y cómo hago para no buscar ese algo afuera y encontrarlo en mí?- digo en cambio.
Me mira. Fuma su pipa. -Es obvio que esa respuesta la tenés vos.
Doy otro paso. Arrastro toda la oficina detrás. Y al pulpo que me ata a ella. Y a los luchadores de sumo. Y a Ramiro. Y al Diablo. Y al Señor Obvio. Y, ahora, a una respuesta que no se aparece. No obstante, no me rindo.

miércoles, 28 de julio de 2010

Y no

Corto a cada trozo de pollo con sumo cuidado, compenetrado en lo que hurga mi cuchillo, como si estuviera realizando la primera vivisección a un ángel. Llevo el tenedor a mi boca con parsimonia. La servilleta recorre cautelosa las comisuras de mis labios tras cada bocado. Y asiento también. Apenas. Morosamente. Como sopesando una intricada pero sutil danza de sabores.
Y no.
El pollo no está todo lo sabroso y suculento que me prometió el mozo. De hecho, está seco y algo quemado. Y jodidamente salado.
Pero la farsa es necesaria. A mi alrededor comen y hablan y ríen y chusmean todos los de mi grupo. Todos. Project techs. Project leaders. Teamleaders. Teamleaders managers. Managers. Toda la estúpida cadena jerárquica de estúpidos títulos en esta estúpida empresa.
Y no.
No quiero hablar con el gordo Spam sobre Ricardo Fort. No quiero hablar con Ramiro sobre Two and a half men. No quiero hablar con Mr. Charly K sobre las discrepancias de chimentos entre TMZ y E! acerca de no sé qué estrellita de cine que hace de no sé qué vampiresa en no sé qué serie de no sé qué canal.
Y no.
No sirven. Estos almuerzos para levantar la moral y unirnos como grupo no sirven. No a mí, al menos. Me hacen sentir eterno. Me hacen sentir un Dorian Gray aburrido y fastidiado con mi eternidad y con las nimiedades de las que hablan los mortales. Me vuelven un Sandman sin curiosidad. No porque mis intereses sean mejores. No porque mi mundo sea otro. Sino porque en el suyo siento que no pertenezco. Que no puedo respirar.
Prosigo entonces con la farsa de estirar hasta lo absurdo cada bocado. De pasearme con la mirada y con una sonrisa estúpida de conversación en conversación, nunca deteniéndome en alguna. Así lo lograré, me digo. Así retirarán los platos pronto. Así llegará el desafío de encontrar algo con qué entretenerme mientras esperamos la cuenta. Y, luego, caminar lento y mirar todo como si fuera la primera vez que lo veo y respirar y jugar y sonreír.
Y no.
No, no, no. Mi cuchillo hurga en el pollo con la lentitud de una película rusa. Y el gordo Spam lo dice.
-Qué silencio, ¿no?
Mis ojos se deslizan hacia él. Lo instan a que no continúe esa frase. Esa frase de vieja molesta que se repite en tantas comidas. ¿Por qué no disfrutar del silencio? ¿Tenemos que hablar de TMZ y Fort y chismes de empresa y de actores que hacen de higiénicos vampiros? Está bien, este no es mi mundo. Lo entiendo. Esos son los temas de conversación en este mundo. Lo entiendo. ¿Pero es que acá no se puede estar callado y estar a gusto a la vez? Eso sí que no lo entiendo.
Sus labios se abren, mostrándome que lo va a hacer. Y mostrándome también que está masticando carne.
-Se ve que hay hambre.- dice.
-O que no hay de qué hablar.- digo.
Y no.

martes, 20 de julio de 2010

Feliz día

Uno mira hacia donde quiere estar.
Mis ojos se arrastran por el piso. Como yo desearía hacer. Como lo hicieron soldados en trincheras eludiendo balas. El fango sembrado por acero y pólvora es ahora alfombra donde despuntan escritorios y sillas y oficinistas. Las balas son ahora miradas escoltadas por sonrisas acompañadas por dos mínimas palabras que encapsulan una letal frase.
Feliz día.
Y no. No, viejo. No. No que no. No soy tu amigo. Y vos tampoco sos mi amigo. Yo no lo creo. Y vos tampoco. ¿Entonces por qué la farsa? ¿Es que el atisbo de un día distinto en un océano de días igualmente grises es tan vital que hay que acentuar aún más esa diferencia? Y entonces a saludar en el día del amigo. Y a llenar de flores en el día de la primavera. Y en San Valentín. Y a saludarse entre feroces ateos en Navidad.
Que la posibilidad de un día único nos haga olvidar la semejanza y el tedio del resto. Que celebremos el aniversario y no el año. Que vivamos para el fin de semana. Que existamos y que no vivamos.
Me desplomo en la silla, herido. Varios supieron interceptarme con Feliz día, Feliz día del amigo e incluso un tarareado Feliz, feliz en tu día, amiguito que Dios te bendiga, que comas bananas podridas y que cumplas para atrás. Ni siquiera le modificó la letra para hacerlo más acorde a este día, el muy desgraciado.
Alrededor todos se saludan y besan y dan abrazos. Y no entiendo. No entiendo si lo viven como real. O si son conscientes de la hipocresía. Quizá lo sientan. Quizá lo sientan y sea genuino y sea yo el ajeno y desubicado. Sin dudas siento que no pertenezco acá, después de todo.
Mis ojos se posan en la ventana. Uno mira hacia donde quiere estar. Pero hasta las 18 tendré que frecuentar estos metros cuadrados.
La sombra del gordo Spam me empapa. Me mira. Lo miro. Sonríe. -Feliz día.- dice.
Respiro profundo. Me mira. Lo miro. -¡Jirafas! ¡Pororó! Picaporte y sandías, tobogán y Perón.- digo, abrazándolo. Bueno, abrazándolo es un término aproximado. Sería como el enano Willow intentando abrazar al planeta Tierra.
Me mira. Lo miro. Entrecierro los ojos. Podría funcionar. Se ríe. Funcionó.
-Estás loco, man.
-Chasquibums y tarta de Nietzsche. ¡Baldosas!
Se va, riéndose. Agarro un post-it. Tengo que idear nuevas maneras más allá del dadaista desquiciado para eludir algo incómodo, escribo.
Las horas que me separan de las 18 son varias. Y mis gambetas, pocas. Y me lo dirán. Me dirán Feliz día de nuevo y será terrible.
-Hola.- me dice la recepcionista- Feliz día.
Los ejemplos más tremendos suelen suceder pronto.
Y sí.
Es terrible. Es terrible en una manera que no había contemplado. Terrible en una dosis que me corroe por dentro. Que me destruye. Colapsa en mí todo, incluso las titánicas ganas de mirarla y decirle que no quiero ser su amigo, que hay amanecer en su mirada y praderas en su sonrisa y primavera en su perfume y abrazarla y besarla y hacerle el amor ahí mismo. Aunque la nada devoradora sólo deja en pie la fuerza suficiente como para sonreír y como para decirle: -Feliz día.
Y se va, contenta, ignorante del profundo caos y desolación que dejó en mi pecho. Mis ojos, tras ella. Después de todo, uno mira hacia donde quiere estar.

miércoles, 14 de julio de 2010

Fronteras

Las fronteras siempre me intrigaron. Esas delicadas líneas que son nada y que son también abismo. Murallas intermitentes. Las fronteras, al igual que la invención del Año Nuevo, surgen de nuestra imposibilidad de aceptar que nada empieza. Que todo se continúa.
Entonces dividimos. Dividimos y establecemos jerarquías y justificamos las murallas y lo que separan porque toda mentira debe ser justificada.
Mente y cuerpo, consciente e inconsciente, primavera, verano, otoño e invierno, países, edades, sentimientos, primer y tercer mundo, orientaciones sexuales y, por supuesto, team leaders y empleados.
A Ramiro lo ascendieron de nuevo. Sin aumento de sueldo, por supuesto. Sin cambio de oficina. Ni siquiera le dieron un mousepad más coqueto. Nada. Fue tan sólo una palmada en la espalda, como diciéndole: "Sigue intentando ser el pez más gordo en esta pecera, muchacho. Vas por buen camino." Ahora es una especie de team leader de los team leaders. Algo bastante chapucero. Pero se cree Dios. Dios se cree.
Se para al lado mío, pecho inflado, y contempla a la oficina como si fuese dueño de cada silla, computadora, lapicera, post-it, persona y cubículo. Toma un trago del café ácido que escupe la máquina de acá y suspira, como suspiran los policías en películas yanquis en la ruta mientras controlan a los presos que pican al costado del camino.
Ahora el puntillado trazo cartográfico me rodea. Una frontera ligera y abismal me separa de este lugar. Una muralla en la forma de auriculares. Edith Piaf, esa noche con recuerdos de amanecer, canta. Canta Non, rien de rien / Non, je ne regrette rien. Y me invade la imagen de alguien contemplando a su vida, empapada de miserias y alegrías, sosteniendo que no se arrepiente de nada. Y me invade la certeza de que mi caso no es el mismo.
Pero ahí está el meollo del asunto. Las fronteras colapsan. Hay inviernos en primavera. Hay amor donde sólo debería haber una relación profesional. Hay niñez a los cincuenta años. Hay odio y discriminación en lo políticamente correcto. Hay oficina en Edith Piaf. La voz de Ramiro se cuela en la canción. Detengo enseguida el mp3, rehusando ser artífice de tan macabro dúo.
Y la muralla cae. Cae con la verdad de que no soy ajeno a esta oficina. Que no hay frontera entre ella y yo. No puedo esconderme en auriculares y canciones francesas y leyendas irlandesas y mitologías nórdicas.
Estoy acá.
Si quiero vivir en Camboya, encontraré la manera de irme a Camboya. Si deseo pasar el invierno en la India, lo haré de alguna forma. Si anhelo tomar un té en Rusia, lo tomaré nomás. Porque esas son las fronteras que no colapsan: las excusas que se pone uno mismo para no estar donde se desea, para no hacer lo que quiere.
-Los miércoles se complica.- desliza Ramiro mientras toma un trago de café, casi en un susurro, como si soltara una verdad que el mundo no está listo para oír aún.
Lo miro. Me mira. Toma otro trago. Asiente con la cabeza, sonriente. Desconoce que acaba de interrumpirme a Edith Piaf. Desconoce que si hubiéramos vivido hace setecientos años semejante imprudencia hubiese sido castigada con un hachazo en la cabeza. No sólo eso. Sigue sacándome charla. -¿Tenés algo pensado para el finde?- propone.
Asiento con la cabeza. No quiero ser incorporado en ningún posible plan.
-Yo no. Ni idea qué hacer. Quizá ir al cine. Pero no pasan nada. No sé.
Supongo que es apropiado encogerme de hombros. Eso hago.
Me señala con su dedito de team leader manager a mi monitor. -¿Venís bien con el trabajo?- dice- Avisá si necesitás que te ponga a alguien a trabajar side by side que esto tiene que salir hoy sí o sí.
Lo miro. Me mira. El muy turro también se busca el hachazo. Asiento con la cabeza. -Team leader manager.- reparo.
Sonríe, orgulloso. -¿Viste?
-Vi.
-Estoy muy contento, gracias.
-¿Te imaginabas esto?
-Algo sospechaba pero no pensé que fuera tan groso.
-No, no. De chico. ¿Qué querías ser a esta edad cuando eras chico?
Me mira. Lo miro. El brillo en sus ojos es otro. -Astronauta. Quería ser astronauta. Y paleontólogo también. Y músico. Y quería viajar y escribir mis aventuras.
Me mira. Lo miro. Toma un trago de café. Contempla a la oficina. Pero ya no es un policía vigilando a los presos que pican al lado de la ruta. Ya no hay camino. La muralla entre lo que es y lo que quiso ser colapsó. Las dos variaciones de Ramiro se miran la una a la otra, por primera vez. Y no se reconocen.

lunes, 5 de julio de 2010

Fuegos hormonales

En los últimos días, evidentemente, se compraron fuegos artificiales. Para que escoltaran al triunfo de Argentina el sábado.
Empezaron a hacerse escuchar, tímidamente, unas horas después. Algunos, al menos. Aislados. Desasociados. Envueltos en silencio a lo largo del resto del sábado y del domingo. Quizás los prendían sólo por haberlos comprado. Tal vez, para dar aliento incluso en el fracaso. O puede ser que los hayan encendido con el fin de festejar otros triunfos.
Por ahí el chiste de un sobrinito merecía un petardo.
El haber conseguido trabajo se aplaudía con una cañita.
Aprobar un parcial, con un rompeportones.
Conseguir departamento, con estrellitas.
Cada vez que un fuego artificial estallaba en la calma del fin de semana, alguien era feliz.
Pero el lunes ha llegado.
Y, con él, bocinas y caños de escapes y motores y ringtones y bocinas y pedidos de teamleaders y protestas y comentarios sobre tal escándalo en la televisión o sobre tal otro y bocinas y más bocinas. Si alguien es feliz ya no se lo escucha.
Me pongo entonces los auriculares, sabiendo que cualquier alegría es callada por la ciudad. Y subo en el ascensor como quien desciende al infierno.
Y ahí está ella.
La recepcionista nueva. Su primer día.
Me mira. Sonríe. Y me saluda con la manito. Voy hasta ella y le doy un beso. Su perfume. Sus ojos. Es. Su sonrisa. Su mirada. Seguramente. Seguramente hizo lo mismo ya con los 63 empleados que no llegaron tan tarde como yo. Seguramente no hay nada de especial en su saludo. Pero, de todas formas, a la hora del almuerzo bajaré y me compraré unos chasquibums para anunciar mi felicidad. Y que la ciudad trate de callarme si se atreve.

miércoles, 16 de junio de 2010

Detalles

–No, no. Estás equivocado.
–Te digo que no. Que va a ser la segunda.
–La última.
–La segunda.
–Estás equivocado. Va a ser la última que entró.
–No estoy equivocado.
–Vos no sabés vivir.
–Te digo que lo que importan son las tetas. El culo no se lo vas a ver. Va a estar todo el tiempo sentada. ¿Cuál tenía mejores tetas? La segunda. Caso cerrado.
–No sabés vivir.
–A ver. ¿Por qué no?
–Y porque no. ¿Qué es más interesante? ¿Lo que tenés frente a los ojos o lo que se esconde y promete? La última que entró era la que tenía mejor culo. Esa va a quedar.
–Y después me decís a mí que no sé vivir. ¿Cuándo viste que elijan a una recepcionista por el culo? Las tetas, man. Las tetas son el criterio.
–El culo.
–Las tetas.
–A ver. ¿Will? ¿Will? ¿Will?
Ya no puedo seguir fingiendo que no escucho tremendo debate filosófico. Giro hacia ellos. –¿Sí?
–¿Vos qué querés?
Frunzo los labios. –Sentirme a gusto con mi vida.
–Vos siempre en la luna. No, man. Con la recepcionista. ¿Qué preferís con la recepcionista?
–Que me haga sufrir. El resto, son detalles.

viernes, 4 de junio de 2010

Curso y castigo

–Esto es sumamente importante.

La frase se reitera con la precisión de la mentira. Porque no. No es. No es sumamente importante. De hecho, dentro del amplio mundo de lo prescindible y lo imbécil, mundo que comprende a todos los manuales que debí leer en mis trabajos, a todas las reuniones con mis managers, a todos los discursos de los CEOs en fiestas de fin de año, a la lista de los objetivos de la empresa que cada uno debe tener en su escritorio, y a Ramiro, pocas cosas son tan prescindibles e imbéciles como esto.

–Sumamente importante esto, ¿eh?

Lo bueno es que de vez en cuando varía el orden de las palabras. Eso lo hace un mentiroso hábil. Pues la verdad engendra múltiples maneras de ser contada. La mentira, en cambio, contempla apenas un puñado ya que quien la cuenta teme confundirse. Pero alguien diestro en el sutil arte del engaño sabe alterar un poco la manera de contar lo que no es. Y no, no miro Lie to me. Simplemente aprendí de las diversas veces en las cuales mi manager me explicó porqué no podían darme un aumento.

–Esto es sumamente importante.

Y vuelve a lo mismo. Está bien. No era tan habilidoso como parecía. Lo sobrevaloré. Resulta que está bien vestido. Tiene un iPhone. Un cargo alto en la empresa. Y tanto tiempo frecuentando oficinas me hizo creer que la cáscara define al interior, y no al revés. Culpa mía por sucumbir a su discurso, por ser permeable a su jerarquía de valores. Es en estos momentos en los cuales me reconozco como otro zombie cuando más quisiera correr hasta la ventana y lanzarme hacia el vacío. Claro que la torpeza de esta ciudad supo apuñalar los cielos con desprolijas marañas de cables, por lo cual terminaría suspendido de los mismos en vez de estrolarme contra el asfalto.

–Sumamente importante, gente.

Mierda. Quiero agarrarlo por las solapas de su carísimo saco y sacudirlo. Quiero gritarle que no es importante. Que nada lo es. Ni incluso las más elaboradas virtudes ni los más titánicos logros de la humanidad son monolitos que puedan perdurar por la eternidad. El tiempo es una bestia que devora a todo y, a su paso, deja sólo dos cosas: la certeza de que nada prevalece y el silencio. Frente a semejante vastedad y desolación, ¿cuál es la importancia de esta nueva función de un insípido programa que usamos en este insípido trabajo?

–¿Cuán importante?

Hay un instante de desconcierto. –Sumamente.- pronto corean todos, sonrientes por haber sido incluidos.

Y arranco el matafuego de la pared y con el mismo vuelvo cubistas a los rostros de cada uno acá presente mientras el grito que contuve por años se despliega entero en mi garganta y, con él, se resquebrajan las paredes y el edificio colapsa y los cables son arrastrados con él y, con ellos, los otros edificios y cada una de sus oficinas hasta despojar de paredes y cursos y cubículos y conferencias a cada oficinista allá afuera y que parpadeen, acomodando sus ojos al sol, hasta poder contemplar cómo lo importante, lo sumamente importante, aquello por lo que resignaron sueños y felicidades y horas y horas y horas y horas no es más que un puñado de polvo.

–Esto es sumamente importante.

lunes, 12 de abril de 2010

De vuelta

Te engañaron. Toda la vida. Te engañaron toda la vida.

No existe tal cosa como Año Nuevo.

El tiempo se hamaca entre día y noche, entre calor y frío. No hay quiebres. No hay comienzos multitudinarios.

No.

Impuesto en el almanaque, a la fuerza, haciendo uso de fuegos artificiales, bebidas alcohólicas, brindis y quince días de vacaciones para que su farsa sea aceptada, el Año Nuevo se yergue como monolito incuestionable.

No lo hace porque es un ser malvado con intenciones inhumanas.

Ni hay detrás una conspiración secreta.

No.

Nosotros lo hemos puesto ahí.

Somos nosotros los que nos engañamos con promociones de fin de año y el poder iniciático de los lunes y los eneros y los marzos, con resoluciones, borracheras y rituales gastronómicos. Congregados en familia a recibir lo que nunca va a llegar. Y lo sabemos. Lo sabemos. Tenemos sentado sobre una de nuestras neuronas al chico que nos anuncia que Godot no vendrá. Pero el reloj de TN o del 113 da las doce y el sonido de las copas abrazándose y los fuegos artificiales desperezándose en la noche acallan su voz.

Si lo hacemos, si nos congregamos alrededor del monolito que nosotros mismos hemos alzado, si alabamos a este dios cuya arquitectura diseñamos, es porque necesitamos desesperadamente a las dos mentiras que alberga el Año Nuevo. Aquellas que afirman que se puede dejar atrás y que se puede comenzar.

Nada se deja atrás. Todo lo sigue a uno.

Nada se comienza. Todo se continúa.

Y la lógica reduccionista de la oficina –donde uno entra con alma y se va con apenas una carcasa árida, donde vivir es existir, donde la angustia deviene en resignación– también obra sobre el Año Nuevo.

Sólo que reduce el año a la semana. Diciembre al viernes. Enero, al menos luego de las vacaciones, al lunes. Y los días se suceden con la frenética necesidad de llegar al viernes. Cada día y cada estado de ánimo se relacionan con su cercanía o lejanía o con el lunes o con el viernes. Pero quien vive para el fin de semana no vive.

–Cuesta empezar de nuevo.- me dice Ramiro.

–Sí.

–Los lunes se complica.

Pienso. Pienso decírselo. Pienso contarle sobre el monolito y los ritos que hacemos para preservarlo. Pienso desnudarle esas dos mentiras. Pero la máquina de café termina su ciclo de ruidos y tengo el ácido que me mantendrá ocupado por unos minutos.

Lo dejo solo en la cocina y camino hacia la oficina, con cuidado de no verter ni una gota. A ver si el café abre un agujero en el suelo. Y luego otro en el piso de abajo. Y en el de debajo de ese. Y caigo. Caigo por 332 kilómetros. Vaya uno a saber qué encontraré ahí. Acá, por lo tanto, hay una multitud de zombies con corbatas y escotes. Y entre ellos un hombre, con un vaso de plástico que heroico contiene al ácido, temiendo desear que fuera viernes.

jueves, 17 de diciembre de 2009

La venganza será invisible

Una de cada tres palabras que me dice el gordo Spam es Ricardo. La otra es Fort. La tercera, mirá. Acompaña a la tríada con un link, generalmente de YouTube. Al menos es multimedia. Ramiro, por su parte, tal vez minimalista o tal vez despojado de elocuencia, me envía los mismos links pero envueltos en silencio.
Tiempo atrás los dos, cada cual por su lado, recurrían una y otra vez a otro tema de conversación. Sobre cómo salían con la hermosa Majo.
Este cambio repentino de interés no es de extrañar. En la oficina a menudo uno se obsesiona con determinados temas y los transita a diario, recorriendo diarios y charlas. Lo que sí es de extrañar es cómo una mujer como Majo podía estar saliendo no sólo con uno de estos esperpentos sino con dos.
Resultó, como lo son a menudo los temas con los cuales uno se obsesiona en la oficina, un rumor. Ramiro y el gordo Spam se inventaron un amorío inexistente.
Podría, como ellos lo hubieran hecho si se habría tratado de otra persona, volver a semejante descubrimiento en un chisme. Ir por acá y por allá susurrando sobre cómo mintieron un romance. Murmurar desde las sombras de la máquina de café sobre cómo la pobre y hermosa de Majo quedó desconsolada.
Pero no.
Y no es que mi alternativa no es más digna. No. Es simplemente más mía.
La venganza.
No es muy difícil crear una cuenta de MSN falsa cuya dirección se asemeje al nombre y apellido de Majo.
No es muy difícil hacerse pasar por ella. Más aún, teniendo su consentimiento.
No es muy difícil que el gordo Spam y Ramiro me acepten con esta cuenta en sus respectivos MSNs.
No es muy difícil obviar contestar que soy Majo pero dejar a entender que lo soy. Después de todo, la desesperación construye certezas sobre incertidumbres.
No es muy difícil hablar con el gordo Spam y Ramiro en la misma noche por el MSN.
No es muy difícil hacer copy paste con cada uno y así y todo hacerlos creer únicos. Ni calentar un poco el ambiente. No es muy difícil pero sí muy asqueroso.
No es muy difícil percatarse que ninguna de sus direcciones de MSN contiene su nombre o su apellido.
No es muy difícil decirles que la dirección de MSN que estoy usando por algún motivo no me deja ni ver ni mostrar mi webcam y que quiero mostrarles como me toco y verlos tocarse.
No es muy difícil decirle a uno que lo voy a agregar con la dirección del otro y decirle al otro que agregue a la dirección del primero.
No es muy difícil pedirles a los dos que lo primero que hagan sea mostrarme su webcam y aceptar la mía.
No es muy difícil desconectarme del MSN e imaginar el horror y el desconcierto cuando los dos se vean masturbándose y no entiendan dónde está Majo ni qué hace el otro ahí.
Lo que sí es muy difícil es imaginarme sus caras cuando vengan a trabajar mañana. Faltaron los dos hoy. Los dos alegaron vómitos. Curioso.

martes, 8 de diciembre de 2009

Hay tanto ahí afuera

Nuestra sensibilidad audiovisual proviene o de Buenos Aires o de California o de New York. Hay pasitos al costado, sí. Rosario. Boston. Chicago. ¿Pero cuántos de nosotros nos hemos sentado ante tanta música, series y películas de Marruecos, Tailandia, Tierra del Fuego, Islandia o Rumania como lo hemos hecho ante las de Buenos Aires, California o New York? Hay tantas sensibilidades, tantas historias, tantos recursos ahí afuera.
Sin ir más lejos, el otro día veía la película egipcio-israelí La visita de la banda. En ella, un egipcio cuenta sobre un concierto que está componiendo desde hace años pero que no puede terminar. El israelí, fascinado ante la música que el otro le tocó, le pregunta porqué no lo puede terminar. El músico dice apenas “Mi mujer quedó embarazada… El tiempo…”
Eso solo.
Con eso solo habló de las resignaciones, de los sueños, de la imposibilidad a veces de cumplirlos, de la vida misma.
En determinado momento, mientras el israelí y el egipcio están en una habitación, mirando a un bebé durmiendo, el israelí le dice “Quizá así debe terminar tu concierto. No con trompetas y platillos. Así, repentinamente. Un cuarto. Un bebé durmiendo. Silencio. Y toneladas de soledad.” Y el egipcio tira de un piolín y suena una canción de cuna y tararea y no dice nada pero sabemos que tiene el final de su concierto.
Eso solo.
Con eso solo habló sobre la vida, sobre las toneladas de soledad, esa frase, dios mío, sobre cómo el fin de la vida, de los sueños y de los deseos de un hombre es la canción de cuna del otro. ¿O pensaban que sólo se trataba de un concierto?
Hay tantas sensibilidades, tantas historias, tantos recursos ahí afuera. Tantas esperanzas, ganas, sorpresas, músicas, alegrías, melancolías. Y son tan distintas la una de la otra. Tan ricas. Tan fértiles.
Y acá estamos. Trabajando en un feriado. En una empresa de telecomunicaciones norteamericana. Pareciera el punto cumbre de la ausencia de esperanzas, ganas, sorpresas, músicas, alegrías y melancolías. Pero eso no es todo. Estoy en un curso de inglés. Y no sólo eso. Nos ponen como ejemplo un capítulo de Two and a half men. Y la gente ríe y me siento enteramente de otro mundo. Aplastado por toneladas de soledad.
Pero bueno. Supongo que debo soportarlo. Supongo que debo esperar a salir del curso y finalizar la venganza que con Majo elaboramos para el gordo Spam y para Ramiro. Nunca lo verán venir. Saqué la idea de una película sueca. Hay tantas sensibilidades, tantas historias, tantos recursos ahí afuera.

martes, 24 de noviembre de 2009

Esféricos Rambos

El sueño manda a matones para que le den una buena golpiza a mis ojos. Pero mis ojos, dos esféricos Rambos, resisten. No se cubren con los párpados buscando protegerse o, al menos, amortiguar el dolor. No. Siguen abiertos. Siguen abiertos por más que sepan que no hay motivo alguno para soportar la tortura. Porque saben. Saben que el resto entero del cuerpo se ha rendido al sueño. Saben que no hay nada interesante desplegándose delante de ellos. Saben que el día afuera está nublado. Saben que no tengo trabajo en esta oficina. Saben que todas las personas jerárquicamente superiores a mí están en una conferencia y que lo van a estar por unas cuantas horas más. Saben que es tan fácil, y tan cómodo, rendirse. Cerrar los párpados y dejarse ir. Pero no. Esféricos Rambos.
Giro morosamente hacia mi costado. Y un puñal se retuerce en el abdomen de mis ojos. Ellos gritan y escupen sangre y se ríen y les preguntan a los matones si eso es todo. El gordo Spam ronca. Giro morosamente hacia mi otro costado. Ramiro ronca.
–Vamos, no tiene sentido seguir.- insta uno de los matones- Todo su cuerpo declaró la retirada. E incluso, miren, cuerpos aliados. Cierren los malditos párpados de una buena vez.
Mis ojos, ensangrentados, sonríen con esos labios y dientes ya rojos. –Siempre estuvimos solos en esta guerra.
Asomaron entonces sus cabezas. Como los soldados japoneses que, desconociendo el fin de la Segunda Guerra Mundial, permanecieron escondidos en bosques por décadas. Mis neuronas asoman sus cabezas entre los árboles. Escucharon los gritos de dolor y de resistencia de mis ojos. Reconocieron en estos un llamado. Se juntaron entonces y, en el piso del bosque, trazaron un plan de rescate.
A través de la sangre puedo ver al gordo Spam, ese ser interminable, devorador de comida chatarra y de chismes de la oficina, que sale con la hermosa de Majo. Y, al lado, a Ramiro, un oficinista bastante boludo que lo promoví a archienemigo al haber cambiado a mis espaldas mi chocolatín por el suyo.
Una de las neuronas asiente, mirando al plan trazado en el suelo. El resto comienza a asentir también.
Me levanto. Voy hasta Majo. Le sonrío. Me sonríe. –Te morís de sueño, ¿no?- me dice.
–No. Ni un poco. Jamás.- rugen mis ojos.
–Sí, la verdad que sí.- le digo yo- Encima con los ronquidos de esos dos…
Se ríe como se reiría una ardilla. –Se los escucha desde acá.
–¿A vos eso no te jode?
–No, me pongo los auriculares y listo.
Sonrío. –No, no… Decía cuando dormís… con…
–No.- se adelanta- Eso del gordo y yo es un mito. No sé quién empezó ese rumor.
Por un lado estoy aliviado. Siempre quise creer que eso era una mentira del gordo Spam. Busco que el alivio se muestre como sorpresa en mi rostro. –Ah, ¿sí? ¿Y lo de Ramiro también?
Echa su cabeza hacia atrás. –¿Qué? ¿Ahora estoy con ese boludo supuestamente?
–Supuestamente.
–Pero ni hablo con él. No entiendo. ¿Quién carajo vendrá con esos rumores?
Me encojo de hombros. Suspiro. –Hay dos opciones, creo.
Se acerca hacia mí. Puedo olor su perfume. Intento amputar el abanico de deseos que el mismo despliega en mí. –A ver…- se interesa.
–Sos una mina linda.
Sonríe. –Dale.- dice, incrédula.
–En serio. Muy linda. Por lo cual puede ser el rumor de alguna mina celosa y boluda que te quiera hacer quedar mal.
–Puede ser.
–Puede ser.- repito- O…
–O…- ayuda.
–O puede ser el rumor de algún tipo inseguro y boludo que quiera quedar bien. O dos tipos, con un rumor autoreferencial cada uno.
Frunce el entrecejo. –Decís que esos dos…
Vuelvo a encogerme de hombros. –Puede, puede.
–Yo los mato. Yo voy y los mato.
Mi mano sobre su antebrazo. Intento amputar, de nuevo, el abanico de deseos que el tacto suave y cálido despliega en mí. Le sonrío. –Pará, loca desquiciada.
–Pero se lo merecen.- dice.
–No. No. No se merecen que vayas y les digas cosas sin sentido, enojada, sin que puedas probar nada de todo lo que les decís.
–¿Entonces?
–Se merecen una elaborada venganza.
Usan el filo de sus relojes para romper la cinta que ataba a sus manos. Se liberan. Tosen un poco más de sangre. Renguean hacia fuera del sótano donde los golpearon y torturaron. Respiran, trabajosamente, aire fresco que tiene olor a dolor, a sangre y a libertad. Mis ojos resistieron, solos en una guerra ya perdida, y ahora permanecen de pie, viendo cómo se ha revertido la situación. El sueño ha sido vencido. Un objetivo, una venganza, se yergue como despabiladora meta en el horizonte. Y delante suyo se despliega una recompensa, le hermosa sonrisa de una hermosa mujer. Y los esféricos Rambos le devuelven la sonrisa.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Creep

Te mintieron. Olvidate de las neuronas, axones, lóbulos y la materia gris. Esa no es la correcta arquitectura de nuestro cerebro. No. La verdadera, la que se despliega dentro de tu cráneo, está conformada por discos de vinilo. Uno arriba del otro, con sus respectivas púas. Decenas, cientos de ellos.
Cada uno tiene su peculiaridad, aunque de vez en cuando varios suenan al mismo tiempo.
Están los vinilos lisérgicos y surrealistas de los años 60s y 70s, cuya púa despierta cuando uno duerme.
Están los reiterativos, a veces tribales y a veces electrónicos, cuyos golpes repetitivos instan a respirar, pestañar, tragar saliva y demás reincidencias necesarias.
Están los discos vintage, que uno pone con amigos o con parejas, ya sea para recordar una cronología de distancias o de cercanías.
Están los virtuosos del rock progresivo, que despliegan habilidades o fantasías que uno considera ajenas y entonces uno acaricia el vidrio detrás del cual ellas bailan, ostentando sus posibilidades, y los dedos recorren el cristal imaginando otro tacto y los labios se mojan en un vaso de whisky, solo en el living, mientras cambia los canales en el televisor y la esposa y los hijos duermen. O mientras uno tipea números en una oficina con la mirada perdida en la ventana.
Están, también, los vinilos que saltan. Uno saca la púa, o la vuelve a encaminar, pero pronto se corre otra vez, como acechada por un fantasma, y ahí está, brincando cual conejo terco. Cada pisotada deviene en una reiteración. Pero no necesaria, como la anterior de respirar, pestañar o tragar saliva. No. Esta es una reincidencia dolorosa. Es la mirada de una mujer a la cual no pudimos besar. Es un pariente que ya no está más. Es una persona que amamos y que fue nuestra rutina y nuestros deseos y que ahora vive su vida y su vida nos es desconocida. Es una contestación que no nos animamos a decir. Es un error que en el recuerdo parece tan cambiable. Es una estrofa, repetida hasta el hartazgo, rogándonos que hagamos o que no hagamos algo. Y la ignoramos y corremos la púa y la púa vuelve a saltar.
Es algo que no pudimos resolver.
¿Qué demonios hago acá? No pertenezco acá. La frase es de Radiohead en Creep. La he tarareado años y años y años. Poco más de quince ya. Nos estamos poniendo viejos... Hasta la tuve de ringtone en la jocosa versión de Richard Cheese, lo cual es la desmitificación absoluta, la demolición última de cualquier sensibilidad. Pero así y todo la mano fantasmal, en los momentos más insospechados, aún agarra a la púa y la hace saltar en esa misma estrofa.
El sábado fui a un festival internacional y gratuito de música judía en el Planetario. Cosas que uno suele perderse por hacer las mismas pelotudeces de siempre. Llegué a la música judía a través de la música gitana. Llegué a la música gitana a través de Gogol Bordello. Llegué a Gogol Bordello a través de la película Everything is illuminated. Llegué a la película Everything is illuminated a través de una recomendación años atrás acompañada por mates en el Planetario. La vida a veces en un círculo.
Llegué al Planetario y escuché. Escuché y salté. Salté y bailé. Bailé y grité. Grité y aplaudí. Aplaudí y me enamoré de una chica que bailaba sonriendo, llevando su mandíbula inferior hacia un costado en una mueca por demás tierna. Y mientras bailaba se subió al escenario una cantante loca linda de Eslovenia y empezó a tocar una canción y yo conocía esa canción. Maravillas de la globalización. Y salté más. Y bailé más. Y grité más. Y aplaudí más. Y fuegos artificiales coronaron la noche con treinta y pico de músicos en el escenario, los de todas las bandas que habían asistido al festival, entonando juntos una canción tradicional. Cosas que uno suele perderse por hacer las mismas pelotudeces de siempre.
Llegué al domingo a través del sábado. Llegué al lunes a través del domingo. Y de vuelta a las mismas pelotudeces de siempre. Esta vez, el curso de Excel que continúa con sus fórmulas insípidas y sus chistes acartonados y la voz aburrida del trainer y la aspiradora que me succiona el alma y el monocorde sonido del aire acondicionado y bostezos y ejemplos y el break del almuerzo que nunca llega.
¿Qué demonios hago acá? No pertenezco acá.
Corro la púa, molesto. Miro alrededor, buscando al fantasma pícaro que se encarga de hacer saltar al vinilo. Nadie. Ni siquiera la insinuación de un rostro o una sombra. Esta oficina es incapaz de albergar algo espectral, sobrenatural, poético. Pero de todas formas ahí está, escondido detrás de algún monitor, riendo en voz baja por su travesura. Y resoplo, malhumorado por mi impotencia. Los de alrededor me miran con el rabillo de sus ojos. Miran, luego, a mi libreta que en vez de estar llena de anotaciones sobre Excel y sus misterios se encuentra habitada por dibujos. Una expresión peyorativa trepa por sus rostros. Como si contemplaran a un extranjero cuya distancia les molesta. Y mi lapicera esboza en la hoja un dragón con galera y bastón y sus ojos dan latigazos a mi espalda.
Aunque me siento solo sé que este aislamiento no me tiene por único habitante. Hay una legión allá afuera. Una legión de extranjeros. En trabajos insípidos. En contextos chapuceros. Gente que no pertenece. Que sonríe y viste una máscara y trata de pasar desapercibida pero no puede. Aunque a veces debe hacerlo y se esfuerza y lo logra. A medias. Gente que se alegra por una cantante loca linda de Eslovenia, o por cualquier variación de esta peculiaridad. Gente que es argentinamente distante a lo argentinamente cercano.
El tiempo implacable arremete contra ellos y empapa de otoño a sus virtudes que caen fatigadas por resistir en vano. O caen ahogadas por no ser nutridas ya que el cansancio los arrima a hacer las mismas pelotudeces de siempre. Y las mismas pelotudeces de siempre avecinan a esta gente a los mismos pelotudos de siempre. Entonces la cara se consume bajo la máscara. Y de vez en cuando, mientras toman whisky frente al televisor, solos en el living, suenan los vinilos del rock progresivo con su despliegue de habilidades y fantasías y posibilidades que debieron renunciar. Y suena una canción de esa cantante loca linda de Eslovenia y recuerdan y sonríen y beben otro trago y se van a dormir.
Esta legión, cada uno desde su soledad, desde su frustración, golpea y patalea un muro. Todo muro se puede vencer. Pero el cansancio de la rutina, la confrontación contra las plagas económicas y políticas de este país, debilitan los puños y el muro de yergue estoico e imbatible.
–Wilfredo, ¿podrías pasar al frente para demostrar cómo insertar esta fórmula?- me pide el trainer.
Miro a mi alrededor, volviendo del ensueño. –Claro.
Voy al frente. Me inclino sobre la computadora y clickeo acá y allá y allá y copio unos números de una columna y los pego en otra columna y clickeo con el botón derecho y el trainer me corrige y yo asiento y clickeo con el botón izquierdo y la mano del fantasma se desliza sobre la púa y ¿Qué demonios hago acá? No pertenezco acá.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Encima eso

¿Qué harías si te indemnizan? La pregunta es la ensoñación de cada oficinista en mañanas cuando aún no llegaron los compañeros y toma mate, solo, mirando a través de la ventana al diseño abstracto que el cableado de los edificios estampa en el cielo.
Quizás irme, finalmente, a Tierra del Fuego. Buscar algún lugar en la costa. Un lugar con árboles y una cabaña. Y vivir ahí. Y tomar mate, solo, mirando a través de la ventana al mar del fin del mundo. Tal vez viajar. Viajar y empaparme de historias, olores, sabores, colores, mujeres, risas, idiomas, paisajes, silencios, todos ajenos, todos nuevos. O, por qué no, invertirlo. Agarrar el dinero e invertirlo todo en algo que asegure que jamás volveré a pisar una oficina.
La pregunta es la ensoñación de cada oficinista y es, también, mi frustración. Porque me indemnizaron. Y, como conté en “Dante, viejo y peludo”, no lo invertí. No me empapé de mundo. No me fui a Tierra del Fuego. No. Me quedé. Me quedé, alquilando, buscando un buen trabajo. Buscando algo dentro de lo mío. Buscando algo que me apasione y, también, me mantenga. Buscando, aunque sea, algo donde no hubieran matafuegos ni gente que merezca ser asesinada con los mismos. Pero los meses se sucedieron con una marcha inquebrantable y los ingresos apremiaban y conseguí un trabajo, de nuevo, en una oficina. En una oficina donde hay matafuegos y gente que merece ser asesinada con los mismos.
Ramiro, por ejemplo. Él sí hizo lo que fantaseé por tantos años pero que, al conseguirlo, no lo concreté.
–Muy bien Inglaterra. Muy linda.
Encima eso. Inglaterra para mí es… O sea, siento una conexión con los ingleses que…
–¿Fuiste a Stonehenge?- pregunto para dejar de pensar.
–No sé. No creo. ¿Qué es eso?
Entrecierro mis ojos. –El monumento. Circular. Las piedras.
–No, no.
Suspiro. –¿Y las Casas de Parlamento?
Estira su cabeza, invitándome a una definición.
Frunzo los labios. –Un edificio viejo, con—
–Ahí todos los edificios son viejos, man.
Asiento. –Claro, claro.
Encima eso. Este se fue a Inglaterra que para mí es… O sea, siento una conexión con los ingleses que… Y este… Y este ni la más puta idea qué es Inglaterra y tiene el descaro de decirme que él si fue y yo no.
–Más modernoso es el norte.- agrega Ramiro.
–¿De Inglaterra? ¿Sí? Porque yo había—
–No. De Europa.
Toso. No puedo evitar toser. Los países nórdicos, Finlandia, Noruega, Islandia, Suecia, para mí son… Son… Siento que tengo sangre… Algún antepasado… Las palabras me fallan para poder describir lo que…
–¿A dónde fuiste de ahí, seré curioso?- pregunto con un tonito de voz fino, como si la pregunta atravesara un agujero diminuto y se retorciera y estirara para poder pasar.
–Me arrastraron por todos lados. Suecia, Finlandia, Islandia, Noruega.
La pregunta que hice fue una infradotada. Si al llegar a la garganta vio que ahí había un nudo, que habían bajado la persiana del boliche, que había un cartel de contramano, la infradotada de mi pregunta tuvo que haber dado la vuelta atrás y retirarse en vez de seguir adelante, heroica, como Indiana Jones rodando bajo la pared que descendía y encima dándose el lujo de buscar su sombrero que había quedado atrás. Porque hizo eso. La pregunta metió el “seré curioso”, así, elegante, cinematográficamente, de más, como Indiana con su sombrero.
Me lo merezco. Me lo merezco por pelotudo. Por intentar cambiar. Porque soy un tipo tímido. Un tipo cuya idea de paraíso es una cabaña rodeada de bosques con un ventanal al mar del fin del mundo. Y acá estoy, socializando. Indagando. Preguntando. Intercambiando. Me lo merezco. Merezco sufrir. Merezco padecer la desgracia de escuchar a alguien despreciando lo que no sólo deseé, sino que pude tener pero no me animé. Y la frustración se posa sobre mí como una sombra. Aunque la sombra es del gordo Spam, con una caja de chocolates.
–¿Te vas mañana?- pregunto.
–Mañana me voy.- dice Spam. De vez en cuando le gusta hablar como Yoda.
Encima eso. Esta mole va por un mes a Tailandia. A dar un curso en una sucursal de esta empresa. Y yo por Tailandia… O sea, la comida, la música, los paisajes, la religión… Tailandia para mí es… Y este, con su remera XXXL de Cristian Castro… Este va… Y yo… Y yo… Y yo agarro uno de sus chocolates. Y sonrío mientras el gordo Spam arrastra su anatomía infinita hasta otro lugar. Miro al chocolate. Blanco. Encima eso. El chocolate blanco no me gusta.
–Después de ahí, del norte de Europa, me fui a Rusia.- continúa Ramiro.
Lo miro. Frunzo los labios. Encima eso. Rusia para mí es… No. Me voy al baño. No puedo soportarlo. Cuando vuelva va a estar hablando de Tinelli y ya no sufriré. Tanto, al menos. Bueno, sí, sufriré pero no con algo tan personal.
Me lavo la cara. Me miro en el espejo. –Fuerza.- me digo.
Mi manager sale del cubículo. –Los miércoles se complica, ¿no?- sonríe.
Encima eso. No sólo me escuchó sino que me lanzó esas muletillas sobre los días de la semana y su dificultad que tanto aborrezco.
–Un poco, sí.- acepto. Encima eso. Tengo que comérmela para poder seguir pagando el alquiler. Más aún ahora que me lo suben. Encima eso, también.
Vuelvo. Me siento en mi lugar y giro hacia Ramiro que efectivamente me habla de Tinelli. Desenvuelvo mi chocolate para mitigar la miseria de esta nueva conversación. Y ahí está. El chocolate. Miro confundido el paquete. Es chocolate amargo. Frunzo el ceño. Ramiro continúa hablando, como si nada. El sinvergüenza me cambió el chocolate cuando fui al baño. Tenía chocolate blanco. La puta madre. Tenía chocolate blanco.
Lo llevo a mi boca. Y la amargura se despliega en mi boca y la venganza en mi mente. Encima eso. El chocolate amargo me encanta. Así que masco lentamente, muy lentamente.